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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
¿Cómo construir confianza?
Homilía p041004a, predicada en 20030512, con 33 min. y 33 seg. 
Transcripción:
La fiesta del Buen Pastor que celebrábamos ayer. De alguna manera se prolonga en esta semana porque vamos a ir meditando varios pasajes del capítulo décimo de San Juan, en donde Cristo desarrolla esta comparación. Él es el Buen Pastor. Es muy interesante en el pasaje de hoy aquello de la voz. Dice Jesús: que las ovejas reconocen su voz y van detrás de él. Efectivamente, conocemos que las ovejitas son animales muy nerviosos, muy fáciles de asustar. Analicemos eso. ¿Qué quiere decir ser nervioso? Un animalito es nervioso cuando siente peligro. Por eso los animales pequeños suelen ser más nerviosos que los grandes. Un rinoceronte no es muy nervioso, ni un hipopótamo, ni un elefante, ni un león tampoco. El que es grande y el que es fuerte no suele ser nervioso. El que es pequeño y el que es débil, en cambio, sí suele ser nervioso. Porque así defiende su vida. Un mosquito, por ejemplo, es nervioso, cosa que perjudica el sueño del que trata de atraparlo. Gracias a que el mosquito es nervioso, puede huir muchas veces de nuestros intentos de matarlo. La oveja es un animal nervioso. Entonces tomemos esa imagen de la oveja nerviosa. Nosotros podemos ser más o menos nerviosos por el temperamento. Usualmente la mujer es más nerviosa que el hombre, aunque eso puede cambiar. Usualmente los niños son más nerviosos que los adultos ante las cosas nuevas, aunque eso también puede cambiar. Pero ¿qué hay detrás de esto, de ser o no ser nervioso? Ya lo dijimos, es reconocer, sentirse uno en peligro. Y uno se siente en peligro, por ejemplo, porque siente que van a aprovecharse de uno. En una ciudad insegura como Bogotá. Estar en la calle significa ser nervioso, estar lleno de nervios porque no sé si van a tratar de desvalijarme. Si distraídamente me van a sacar algo del bolso. Si estoy muy solo y me van a atracar. El alma humana. El alma humana es como esa oveja. Hay en el alma humana, una profunda desconfianza, una dificultad para confiar. Y fíjese que si uno fuera a hacer la lista de las personas a las que uno les cree todo, siempre y en todas partes, quizá esa lista tiene un nombre, o quizá dos nombres, o quizá ningún nombre. Es decir, estamos relacionando el tema de ser nervioso con el tema de la confianza. Es muy difícil llegar a confiar y en ese sentido todos somos nerviosos, nos cuesta mucho trabajo llegar a confiar y apenas entramos al mundo de los negocios nos damos cuenta de que si uno no es avispado, es decir, parecido a la avispa, pues se lo tragan vivo. La gente tiene intereses. Si uno está, por ejemplo en una junta, en un conjunto residencial, tiene que ser nervioso, porque hay mucha gente que tiene intereses, están tratando de hacer cosas. Uno tiene que estar despierto, abrir los ojos, cuidarse, mirar qué está pasando. Llegar a confiar es muy difícil. Incluso allí donde debería existir la confianza, por ejemplo, siempre debería existir la confianza entre marido y mujer. Pero a veces entra la desconfianza. Dice que me quiere. ¿Será verdad? ¿Hasta dónde me quiere? Lo dice porque le reclamé que no lo decía o lo dice porque lo siente. Debería haber mucha confianza entre los hijos y los papás, pero nosotros, los sacerdotes, continuamente escuchamos que los hijos no confían en los papás y que los papás no confían en los hijos. Debería haber una gran confianza en los sacerdotes, pero eso tampoco funciona porque hay veces que uno se va a confesar con un sacerdote y resulta que lo que uno va a acusar como pecado, no, no, eso no es pecado. Entonces dice uno bueno, ¿en quién se puede confiar? ¿Quién tiene una verdadera luz, una verdadera dirección?. De manera que decir que el alma humana es nerviosa es lo mismo que decir que el alma humana es desconfiada y por eso el Evangelio de hoy lo podemos resumir en una frase Jesús inspira, despierta, hace nacer la confianza. La oveja, siendo un animal tan nervioso como la abeja, sin embargo, llega a confiar. Y va detrás de un ser humano. Jesús hace esa comparación porque Jesús sabe que nuestras almas son como esas ovejas que por tantas heridas y cosas que les han sucedido, aprenden a desconfiar. Pero también sabe cómo despertar confianza en nosotros. Y esta es la segunda parte de nuestra meditación hoy pensemos en el pastor, el pastor, cómo despierta la confianza. Porque un mundo de nerviosos, es decir, un mundo de desconfiados, es un mundo de solos, de aislados. La desconfianza nos protege y eso es bueno, pero nos aísla y eso es terrible. En la medida en que estamos más protegidos, también estamos más aislados. Protegerse es necesario en este mundo. Pero ¿cómo protegerse sin aislarse? Esto sucede en lo psicológico y esto sucede en lo económico. Y esto sucede en todo. Un hombre acaudalado en un país violento necesita muchos escoltas. Pero los que no hemos tenido escoltas. Yo solamente una vez estuve en un carro escoltado y no me estaban escoltando a mí. Íbamos con algún alto personaje de la jerarquía colombiana y no hay mucha diferencia, siente uno entre el carro de un escolta o mejor, el carro de un escoltado y el carro de un prisionero, con la diferencia de que el carro del escoltado es mucho más cómodo. Pero defenderse es también encarcelarse. Y lo mismo sucede psicológicamente. Una persona que no confía en nadie, por ejemplo, no la van a engañar en un negocio, pero tampoco tendrá frente a quien llorar. Una persona que no confía en nadie es una persona a la que no le pueden hacer tanto daño en el corazón. Es decir, tiene muy protegidos sus afectos. De mi corazón y de mi amor nadie se va a burlar. Claro, nadie se va a burlar y tampoco nadie lo va a conocer y a nadie le va a importar. Entonces, ¿qué es peor, tener un corazón herido porque has soportado burlas o tener un corazón desierto porque no has recibido lluvia? Jesucristo. Jesucristo es ese ser maravilloso que viene a despertar en nosotros la confianza hasta en las almas más delicadas. Tratar el corazón humano es algo muy difícil y uno comete muchos errores. Bueno, ustedes saben que tengo que realizar un viaje, sino Dios no dispone otra cosa y tendré que estar unos años lejos de mi patria, de mi familia y de muchos seres queridos. Eso es como una pequeña muerte que le lleva a uno a evaluar muchas cosas sobre cómo ha vivido uno. Así como cuando una persona le dicen te vas a morir dentro de tanto tiempo, esa persona se pone a hacer como un examen de su vida, pues esta es una muerte chiquita. Voy a un lugar donde nadie me conoce y voy a dejar toda la gente que me conoce. Entonces me pongo yo a hacer evaluaciones y me doy cuenta de qué difícil es eso de pastorear corazones humanos. El ser humano es muy delicado y es muy fácil decepcionar a la gente. Muy fácil. Es muy fácil confundir a las personas, es muy fácil herir a las personas, es muy fácil decepcionar a las personas. Yo me voy. Si Dios no dispone otra cosa para Irlanda y en mi viaje me llevo una maleta grande de sonrisas, de abrazos, de cariño, de mucha gente. Pero llevo otra maleta que todavía no sé si es igual, más grande o más chiquita, de decepciones, de críticas, de dolores, de gente que con su mirada o con sus palabras dice usted como que prometía más y no salió con nada. De modo que el ser humano es muy delicado. El corazón humano es muy delicado y uno lastima, mucha gente decepciona, mucha gente desencanta y confunde a mucha gente y es muy difícil. Pero así como somos delicados y de nerviosos como ovejas y de desconfiados como gente que ha sufrido así como somos, hay uno. Hay un ser maravilloso que se llama Jesús. Jesús puede tratar a los corazones más delicados. Esto se ve muy bien en el Santísimo Sacramento. En la Eucaristía Jesús llega a tocar nuestros labios, nuestra boca, nuestro corazón, hacerse uno con nosotros. La Eucaristía es el sacramento de la gran intimidad y la intimidad es lo que uno más protege, la intimidad de sus secretos, la intimidad de sus recuerdos, la intimidad de su cuerpo, es lo que uno más protege. Y llega a Jesús con la Eucaristía a tocarnos, tocarnos, sanándonos, tocarnos, santificándonos, tocarnos bendiciéndonos. Y uno no siente susto gusto de comulgar. Uno siente como un beso de amor que viene del cielo. A mí me maravilla tanto Jesús en la Eucaristía, porque yo digo hasta el alma más delicada como puede ser el alma de un niño o de una niña. Hasta las almas más delicadas sienten en Jesús solo amor. No las asusta. ¡Eso es maravilloso! La delicadeza del amor de Jesucristo es algo maravilloso. Y si hay algo lindo de leer Escritos de los Santos cuando hablan de Jesús, es todo el amor que Jesús les despierta. Porque, por ejemplo, una esposa puede querer mucho al esposo, pero si hay alguna sombra de desconfianza, de desilusión, de tristeza, ya es un cielo que tiene una imperfección. El cielo de Jesús no tiene imperfección. Es un cielo siempre sereno, siempre bello. Por eso Jesús es nuestro gran descanso. Por eso uno llega donde Jesús escucha a Jesús, se recuesta en Jesús, se alimenta de Jesús y es sentir una libertad, es sentir una paz. Jesús es aquel que no me amenaza en nada, es aquel que no representa ningún peligro, es aquel que no me trae ninguna advertencia, porque hay personas que van o que vamos por esta vida y deberíamos llevar carteles de advertencia. Cuidado, no te metas demasiado conmigo. Jesús no tiene que llevar carteles de advertencia. Todos, desde los más necesitados y sucios hasta los más limpios, delicados y puros. Todos podemos ir a él y todos podemos descansar en él. Es maravilloso Jesucristo. Jesucristo es aquel que habla y nosotros le seguimos y nosotros sentimos confianza con Él. Yo pienso que esto es lo mismo que un médico. Uno no confía en cualquier médico y sobre todo para ciertas enfermedades y ciertas situaciones del cuerpo. Uno sí que busca cierto doctor o cierta doctora aquello donde está más en peligro la vida o donde está más en juego nuestra intimidad como personas, que es difícil es para nosotros normalmente eso de que nuestra intimidad quede exhibida. Jesús es ese médico infinitamente delicado que puede tratar todo lo que nosotros somos. Realmente es maravilloso Jesucristo. Pero nos falta la tercera parte de la enseñanza y es ¿Cómo hace Jesús? ¿Cómo lo logra? ¿Cómo lo consigue? Pues miremos al pastor. Los pastores y también otros que tienen que tratar con otro género de animalitos asustadizos, lo logran. Hay una escena del libro El Principito que he visto que es muy popular. En El Principito se supone que este personaje que es un niño llega a un cierto planeta y en ese planeta se encuentra con un animal asustadizo, el zorro. Y es muy buena la imagen que toma Antoine de Saint-Exupéry cuando nos habla del zorro, porque el zorro es un animal que puede hacer mucho daño pero que a la vez teme demasiado ser dañado. Así somos los seres humanos. Tenemos mucho miedo a que nos dañen, pero al mismo tiempo tenemos una gran capacidad de dañar a otros. Nos disgusta terriblemente que se burlen de nosotros, pero tenemos unas burlas fantásticas para los demás. Queremos que si estamos deprimidos nos sostengan, pero nos parece aburridísimo estar al lado de alguien que esté deprimido y así sucesivamente. Esta disparidad entre lo que queremos recibir y lo que nos atrevemos a dar, esa disparidad entre los animales está muy bien representada en El Zorro. El Principito se encuentra con el zorro. El zorro, como es desconfiado, se esconde, se esconde, lo propio de cada uno de nosotros. Nosotros nos escondemos detrás de máscaras, detrás de clichés, detrás de detrás de palabras vacías. Una vez saludaba a una señora muy amiga de Kejaritomene. Y le pregunto yo ¿Cómo estás? Ella se me queda mirando y dice. ¿De veras quiere que le diga? Me dio una gran lección. De veras quiere que le diga. O seguimos la respuesta. ¿Cómo estás? Bien. ¿Y tú? Bien. Bueno, ya pasamos esa etapa. Sigamos. Nuestra vida social está llena de una serie de formalismos vacíos. Más o menos vacíos. El zorro se esconde probablemente detrás de esos formalismos o detrás de su puesto. Saben que yo me he vuelto supremamente crítico con nosotros mismos, los sacerdotes, porque nosotros somos unos actores de miedo y por eso yo trato en los momentos apropiados de quitar un poco de esa máscara y de ese personaje que uno se puede volver porque uno finge muchas cosas, muchas cosas. Algunas veces, por ejemplo. Eso me ha pasado en viajes sobre todo. He ido a confesarme sin hábito o he ido a misa sin hábito. Una vez, por ejemplo, tenía que darle una razón urgentísima a un padre en Villavicencio. Y bueno, las cosas se dieron de manera que yo acababa de montar bicicleta, estaba realmente sucio, sudado, escurrido, empapado y así tenía que buscar al padre, pero tenía que buscarlo en la catedral, un lugar donde muchísima gente me conoce, pero la gente no me conocía así. Y cómo lo tratan a uno de distinto y cuánta desconfianza. Y las señoras agarran la cartera y la gente abre paso y tratan de averiguar si uno huele muy feo, demasiado feo o espantosamente feo. Es decir, vivimos escondidos como el zorro detrás de muchas cosas, incluso detrás de un hábito, detrás de un puesto. ¿Quién es el párroco aquí? ¿Quién es el sacerdote aquí? Yo soy el hombre de la casa. Todos esos son muchas veces los árboles detrás de los cuales nos escondemos. El zorro se esconde. Y entonces el Principito quiere ser amigo del zorro. Y el zorro entonces le dice. No, así no, no, no, no. Nosotros no vamos a ser amigos. Ay, pero el Principito, El Principito es una gran parábola realmente. El Principito es como la expresión de los anhelos de bondad y de la mirada ingenua sobre el mundo. El Principito llegó ahí, en ese planeta no había nadie sin un zorro. Pues hay que ser amigo del zorro. Pero el zorro le advierte no vamos a ser amigos hoy, no vamos a ser amigos. Y el Principito se queda asustado. ¿Cómo así? ¿Por qué no vamos a ser amigos? Le dice así. No es así, No es. Entonces ¿cómo es? Y responde el zorro. Y esta es la escena famosa de ese de ese libro que ha sido también convertido en película. Domestícame. Domestícame esa palabra es buenísima. De alguna manera, de alguna manera, Cristo nos encuentra fieras, zorros capaces de dañar a otros y a la vez llenos de sustos. Jesucristo es el príncipe o por cariño hoy lo llamamos el principito. Jesucristo es el príncipe. Y ese Príncipe de los cielos, heredero universal, se encuentra con unos zorros que somos nosotros. Y nosotros le decimos a Cristo lo mismo que dijo el zorro del cuento aquel. No tan rápido, domestícame. Y si a mí me dijeran ¿cuál es la imagen más bella de Cristo? Pues claro a uno le pasan muchas imágenes. Pero una es la del Cristo domesticador ¿Por qué no hacemos una iglesia a Cristo domesticador? Bueno, se le puede mejorar el título, pero la idea es esa Cristo Domesticador. Cristo lo doméstica a uno. Y entonces el Principito le pregunta al zorro: ¿Y qué hago para domesticarte? ¿Cómo se domestica a una fiera? Entonces él dice le da dos o tres consejos. A ver, creo que me acuerdo como de dos. Uno es que es necesario dar cosas y que es necesario dar ritmos. Que yo sepa cuando vas a venir eso significa dame seguridad y que yo sepa que siempre que vienes me vas a hacer un bien. Y así obra Cristo con nosotros y así obra el pastor con los corderitos. Los animales domesticados, como son las ovejas, las vacas, los marranos y tantos otros, los animales domesticados, todos reciben lo que dijo el zorro, reciben bienes y a un ritmo Dame bienes y dame un ritmo. Así se domestica una persona. Dame bienes y dame seguridad de recibirlos. Así es como obra Cristo con nosotros. Por eso en el campo, fíjate que la vida en el campo es una vida marcada por el ritmo, la hora de echarle la sal al ganado, la hora de pasarlos al abrevadero, la hora de ya sea al amanecer, ya sea al atardecer, la hora del ordeño. La vida en el campo está marcada por ritmos. El ordeñador no sale a buscarle leche a la vaca a cualquier hora. No hay una hora de ordeño. Dame un ritmo y dame vienes- Y eso es lo que ha hecho Cristo con nosotros. Cristo nos ha dado bienes y nos ha dado un ritmo, nos ha dado seguridad. Y así Cristo nos va domesticando poco a poco. Hay tantas escenas de mi vida que yo podría relacionar con Cristo domesticador. Ese podría ser un santuario único en el mundo. Por ejemplo, cuando después de algunos años de cierta frialdad espiritual, volví a los grupos de oración, pues volví por sugerencia de un hermano mío. Era un grupo de oración que se reunía semanalmente. Había un ritmo vez semanalmente y entonces mi hermano me llevó a que estuviéramos en ese grupo y yo salí y me pareció aburrido. No le vi sentido. En fin, no le encontré sabor. Pero a la semana siguiente volvimos. A la semana siguiente volvimos. Solo el ritmo es capaz de producir adentro en nosotros un hambre que no desespera. Eso es lo que le dice el zorro al Principito. Le dice si yo sé que tú vas a venir a tal hora o que tú vas a venir tales días, entonces desde el día anterior yo empiezo a alegrarme. ¡Qué lindo! Yo sé que hay un ritmo. Si ustedes miran, las personas psicológicamente más estables han sido las personas que han recibido ritmos de sus papás. Cuando uno intenta recordar los momentos como más cálidos de la infancia, son escenas que se repetían mucho. Por ejemplo el pequeño ritual para la acostada. Y entonces mi papito me cargaba y entonces mi mamita siempre me decía: ¿Y ya te lavaste los dientes? Y yo le decía ya voy mamá. Y entonces si yo me lavo. Y entonces volvía y entonces me ponía el pijama y entonces me acostaba. Y siempre me decía mi mamita me daba un besito en la frente y se iba mi mamita. Y entonces yo me he quedado dormido. Es un ritmo, es saber que va a suceder. Es romper la incertidumbre del tiempo, que es como un lago negro a través del amor que se repite, a través del amor que tiene un ritmo. Se rompe la incertidumbre del tiempo, que es como una ciénaga. Entonces el ritmo rompe eso. Eso es maravilloso. Así obra Jesús con nosotros. Jesús nos va dando el ritmo de su amor. Algo de esto dice el Papa cuando medita en la importancia del domingo. El domingo tiene su propio ritmo. El domingo es el ritmo de la iglesia, es el ritmo de la creación. Es el ritmo con el que nos encontramos con Jesús. Y sé que me voy a encontrar con él y recibo el baño de su gracia y me voy para mi casa y recibo el baño de su gracia, y me voy para mi casa y recibo Jesús. Jesús nos ha domesticado y a medida que nos vamos acercando a Él, vamos reconociendo su voz, vamos aprendiendo más de Él. Al principio el pastor no toma al corderito y le dice ahora corre detrás de mí. No, primero tiene que hacerle muchos bienes. Con esos bienes va tejiendo. Como decía Mario Benedetti en ese famoso pasaje de mi estrategia es construir un puente de palabras. Algo así hace Jesús con nosotros. Va construyendo un puente de palabras y de afecto con nosotros. Nos va, nos va envolviendo, va lanzando los hilos de su amor de una y de otra manera va haciendo un tejido, de manera que ya cuando él se va a ir ya estamos amarraditos a él y ya nos vamos con él. Ese es nuestro pastor y a través de los ritmos de su amor y a través de sus bondades, Cristo nos va quitando los miedos. Cristo va despertando la confianza. Yo me pongo a pensar, por ejemplo en Abraham ¿cómo sería eso de Abraham? Imagínate de cuántas maneras había iluminado Dios a Abraham. Qué lazo tan fuerte tenía Dios con Abraham, que un día le dijo: Nos vamos y se fueron. Y no sabía, dice la carta a los Hebreos y no sabía a dónde iba. Cómo el corderito o como el niño agarraba de la mano del papá o de la mamá. Eso sí que es bonito ver a un niño agarrado del papá, de la mamá, porque el niño lleva una cara de paloma y no tiene ni idea en qué calle está, ni qué almacenes dice, ni qué está haciendo. Él no sabe nada. Pero mientras esté aquí la mano de la mamá, a mí no me va a pasar nada, porque está la mano de mi mamá o está la mano de mi papá y no me puede pasar nada. Esa es la fe y eso es lo que Jesús quiere lograr con nosotros. Jesús quiere tejer esos hilos con nosotros. Jesús quiere tejer ese amor con nosotros. ¿Para qué? Para ponernos en movimiento, para ponernos en movimiento. Porque la vida es movimiento, la vida es movimiento, decía una campesinita en el vecino departamento de Boyacá. Su reverencia. Uno se queda quieto y huele a muerto. Decía la campesinita. La vida es movimiento, pero no es moverse en cualquier dirección. La vida es movimiento, pero un movimiento que tiene que ser camino. Y ese es el camino que va marcando Jesús. Ese es el camino que marca Jesús. Primero va tejiendo todo ese, todos esos hilos, todo ese amor, y después nos va poniendo en movimiento y nos va llevando a circunstancias, a lugares, a personas. Y uno dice y aquí y en esta cañada oscura, pero ahí viene el salmo del pastor aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque tú vas conmigo. Como el niño, aunque camine por la trece o la Caracas, nada temo, porque tú vas conmigo. Así vamos nosotros agarrados de la mano de mi Dios. Y así fue Abraham. Esta estrategia es la misma estrategia que necesita repetir la Iglesia. Al fin y al cabo, nosotros en particular obispos, sacerdotes, diáconos, tenemos un encargo de pastores. Pero esto vale también para los misioneros, vale para los catequistas, para los profesores, para los papás. Sabe ¿qué tragedia sucede con los papás en nuestro tiempo? Que los papás, cuando llega un determinado momento de la vida de los hijos, dicen: Y por qué mi hijo no me sigue, y por qué mi hijo no hace lo que yo quiero, y por qué mi hijo En ese momento se dan cuenta de que los lazos que los unen a los hijos son muy débiles. Pero es que ese lazo tocaba construirlo largamente. No digo que los papás sean siempre culpables. No, claro que no. No, no es así. Pero. Pero a veces sí hay mucha responsabilidad porque muchos papás quieren cosechar donde no han sembrado, no han sembrado confianza, no han sembrado admiración, no han sembrado cercanía, no han tejido una red que una al muchacho al corazón, a la experiencia y a la palabra del Papa. Eso no lo han tejido. Y después quieren en cinco minutos, en dos encuentros, en tres reuniones o en cuatro terapias, arreglado el problema con mi hijo. Yo simplemente le digo a mi hijo haga esto y él tiene que hacerlo porque es mi hijo. Y eso no funciona así. Y lo mismo le pasa a los profesores. Y lo mismo nos pasa a nosotros, los sacerdotes, que la gente hoy está rebelde, que la gente hoy le da la espalda a Dios. Permiso, señor sacerdote, y le hago una pregunta ¿Usted da tejido a tejido hilos de amor, de palabra y de enseñanza con esa comunidad? Es que también ahí queremos cosechar donde no hemos sembrado. Primero hay que alimentar mucho el pastor, pues no serían los tiempos de Cristo, pero en estos tiempos eso hasta les dan biberón a los corderitos, esos les dan como especies de teteros de mamilas hoy a los corderitos. Y es eso, es la cercanía, es el abrazo, es el calorcito y no una vez. Dame un ritmo, dame un ritmo, no es una vez. Eso no es que consiga un tonel y entonces vamos a echarle toda la leche encima al cordero y en un día a solucionar la confianza que no se consiguió, que no se construyó en meses o en años. Dame un ritmo, dame bienes y dame un ritmo. Así se construye. Y eso es lo que Jesús hace con nosotros. Y eso es lo que nos toca hacer a los que somos profesores, predicadores, sacerdotes tenemos que hacer eso. Y los que son papás seguramente pueden aprender también mucho de Cristo. Aquí primero hay que construir el puente, primero hay que tejer la red solo cuando estemos en la misma red, solo cuando estemos online, solo cuando estemos en línea, en la misma red, entonces podemos comunicarnos. Si yo tengo mi computadora aquí y quiero saber cuál es el inventario que está en el computador del otro piso, tiene que haber una red que nos una. Primero hay que tejer la red. Eso nos enseña Jesús. Y en la medida en que vamos tejiendo esa red, entonces vamos encontrando que luego le decimos a la persona mira, me acompañas a, y la persona dice pero claro. Claro, porque existe ese vínculo. Es decir, que este evangelio lo podríamos titular como construir confianza y tiene básicamente dos enseñanzas. Primero, dejémonos construir por Cristo, dejemos construir la confianza que Cristo quiere construir en nosotros primera. Segunda conclusión, aprendamos a construir confianza con los demás, especialmente con aquellos que tal vez nos necesitan y nos están esperando.

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