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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Homilía p041002a, predicada en 20010507, con 27 min. y 4 seg. 
Transcripción:
Cristo se presenta como pastor y se presenta también como puerta. Pero la manera de hablar es un poco compleja para nuestro entendimiento. Santo Tomás de Aquino hace una reflexión muy bonita que aparece en el oficio de lectura sobre cómo si Cristo dice que es el pastor y Cristo dice que es la puerta, entonces Cristo entra por sí mismo y explica que se puede hablar así porque la única puerta al misterio de Cristo es Cristo mismo. De modo que Cristo se manifiesta, por así decirlo, a través de sí mismo. Solo en Cristo tenemos la clave para el misterio del mismo Cristo. Esta idea le gustaba mucho a Santo Tomás, por lo que yo entiendo porque más o menos del mismo modo explica eso otro que dice, Nuestro Señor en este mismo evangelio: Yo soy el camino, la verdad y la vida. Dice Santo Tomás, verdad y vida indican los anhelos más profundos del corazón humano. Y Cristo es camino y es verdad y es vida. Es decir, que a través de Él, por eso es camino, llegamos a lo que Él mismo es, a la verdad y a la vida. De nuevo, pues, esta misma idea de Cristo como aquel que entra por sí mismo, es decir, que a través de sí mismo nos concede la manifestación de su ser y que por consiguiente, hace que nosotros debamos pasar por él, debamos, en cierto sentido, atravesarlo para llegar a Él mismo. Estas ideas finalmente conducen a Santo Tomás a decir que aquí hay una manifestación del misterio mismo de la Encarnación. Cristo es camino en cuanto hombre. Cristo es verdad y es vida en cuanto Dios. Al decir que es camino, verdad y vida, está de alguna manera declarando al mismo tiempo su perfecta humanidad y su perfecta divinidad. Cristo es puerta en cuanto hombre. Cristo es vida y es pastor nuestro en cuanto Dios. Porque en efecto, en el Antiguo Testamento el pastor, el pastor de Israel es Dios. De manera que Cristo puerta en cuanto hombre, pastor, en cuanto Dios. Es puerta, y pastor es hombre y es Dios. Es una manera de exponer con cierta claridad. De un modo catequético estas expresiones del Evangelio. Sin embargo, nos deja algunas dificultades. Porque dice el Señor Jesús os aseguro que el que no entra por la puerta, sino que salta, por otra parte, ése es ladrón y bandido. Estamos de acuerdo con la venerabilísima autoridad de Santo Tomás en que esas interpretaciones que acabo de exponer son muy buenas y muy prácticas, en el sentido de muy aplicables para recordar la enseñanza de nuestra Iglesia. Pero qué significaría, de acuerdo con esa interpretación, saltar, por otra parte. ¿Qué quiere decir eso? Además, toda esta interpretación tan bella de Santo Tomás, pues, como vemos, depende de una afirmación que desde luego es totalmente cierta y está en el núcleo de nuestra fe. Cristo es hombre y Cristo es Dios. Pero resulta un poquito irreal imaginar que San Juan al escribir esto, o Cristo al predicar esto, estaba buscando la manera de decirles, sin hacerlo abiertamente, que Él es hombre y que Él es Dios. Y por eso, sin descartar y mucho menos sin despreciar esas interpretaciones, parece que necesitamos un pensamiento, por decirlo así, un poco más semita, un poco menos cercano al dogma de Calcedonia, para entender estas palabras y para aplicarlas también a nuestra vida. Creo que en ese sentido, es útil recordar que las metáforas, las comparaciones dentro de este lenguaje semita no son equivalencias, sino que tienen vida, van evolucionando. Así, por ejemplo, encontramos en el libro tal vez más simbólico de la Biblia en el Cantar de los Cantares. Ahí tenemos una cantidad de expresiones que muestran cómo estos autores toman de una manera muy viva las palabras, es decir, puentes muy leves unen los sentidos iniciales y los posteriores. Una misma comparación se va tomando y si luego significa otra cosa, se va pasando esa otra cosa y así sucesivamente. Por ejemplo, el caso más chistoso, que es cuando el amado se pone a hacer el elogio de la amada y de acuerdo con nuestro gusto, pues resulta un monstruo, porque empieza a decir que el cuello es como una torre. Que los dientes son como ovejas. Si uno suma, pues le resulta un desastre de mujer. Eso no es ningún elogio. Seguramente si hoy se le dice eso a una mujer, dos o tres cachetadas, se lleva el pobre. Eso indica que las comparaciones que el estilo del lenguaje semita no es el de una alegoría, no es el de una equivalencia, sino simplemente, cada comparación tiene como su estatuto propio. Cada comparación retrata una impresión, diríamos nosotros, subjetiva. Hoy es difícil que, por lo menos en nuestra cultura occidental, alguien le guste que le comparen la boca con un rebaño. Creo que eso no sería simpático, eso no sería agradable ni de decir ni de oír. Pero la idea no es sumar un diente con otro diente y producir un rebaño, sino la idea más bien es retratar una impresión, una ley de analogía. Que tomada del mundo de sensaciones del que está diciendo, eso, resulta bonita en ese momento y para esa circunstancia. Con este criterio no deberíamos entonces decir, que cuando Cristo habla, el que no entra por la puerta, esa es ladrón. Y cuando Cristo dice: Yo soy la puerta, la palabra puerta, que en ambos casos es una comparación, esté significando exactamente lo mismo. Más bien cabe pensar que es como una metáfora estirada, como una metáfora prolongada, como cuando se toma la cara de la niña esa del cantar y a cada cosa se le va diciendo algo. Pero no para que nosotros unimos y hagamos el monstruo, sino para que nosotros notemos cómo cada uno de los rasgos de esa mujer despierta amor en aquel que la contempla. Es como una metáfora prolongada y parece en ese sentido que es mejor mirar, captar la belleza de cada palabra dentro de su contexto inmediato. Es decir, que allá donde dice el que no entra por la puerta hay como como una imagen, como un cuadro que Cristo dibuja. Tomando el universo simbólico que era común a él y a sus oyentes. Ahí les hace un pequeño cuadrito en donde aparece la idea de una puerta. Y luego hace otro cuadrito que tiene que ver también con la puerta y que lo relaciona a él con eso. Son cuadros, son imágenes pintadas con palabras, cada una de las cuales toma más o menos de los mismos temas, pero que tiene su propio propósito, que tiene su propia intención. De acuerdo con esto, que repito, es más propio del modo semita, sin descartar todo lo que nos ayude en estos textos a recordar los dogmas de la Iglesia. Entonces, hay que asomarse a cada cuadrito. El que no entra por la puerta, sino que salta, por otra parte, ése es ladrón y bandido. ¿A qué alude eso? A este, al que entra por la puerta le abre el guarda. Las ovejas atienden a su voz. Él va llamando por el nombre a sus ovejas y las saca afuera. ¿Qué es llegar? ¿Qué es ese llegar por la puerta? En ese cuadrito, quedémonos en ese cuadro. Pues varias cosas podemos suponer. El que llega por la puerta llega por donde se le está esperando. Nosotros no esperamos que el que salta por encima de la reja o por encima del de la barda. Nosotros no esperamos que se venga a ser bien. La puerta es donde estamos esperando el que llega. Respondiendo a tu esperanza. Eso es algo bonito y cierto. Marta de Betania, en este mismo evangelio de Juan, expresa esto con palabras bonitas. Cuando ella hace su profesión de fe, le dice a Jesús: Tú eres el que tenía que venir. Y ese tema es importante tanto en el Evangelio de Juan como en el Apocalipsis, el que tenía que venir. Llegar por la puerta es llegar respondiendo a la esperanza. Llegar respondiendo a las promesas, es llegar en consonancia con el deseo más profundo del alma humana. Es llegar, atendiendo a lo que había sido dicho por los profetas. Llegar por la puerta es entonces ser el Mesías, el que se estaba aguardando. O como dijo Marta, el que tenía que venir. ¿Y quién es el que salta por otra parte, de acuerdo con esto? Pues es el que no responde a esa esperanza. Tal vez resuelva algún problema, tal vez proporciona algún gusto tal, tal vez trae algún bien, pero seguramente ese bien es venenoso. Seguramente ese gusto es traicionero. Llega Jesús por la puerta, llega respondiendo a esa necesidad, llega por donde lo estábamos esperando, es decir, por donde le necesitábamos, por donde habíamos aprendido de acuerdo con la palabra de la antigua Alianza. Por ahí llega. Otro modo de mirarlo es sobre todo tomando aquello del guarda. El Evangelio de Cristo siempre llega a la puerta y toca y espera un tema que también aparece en el Apocalipsis en el capítulo tercero. Estoy a la puerta y llamo. De modo que aquí puerta estaría indicando que Dios llega ofreciendo. No llega imponiendo. Cristo no llega arrasando, Cristo no llega aplastando ni a la vida nuestra, ni a la vida de nuestros amigos, ni a la vida de nuestros enemigos. Cristo llega aplastando. A veces uno quisiera que Cristo llegara aplastando a las vidas de algunas personas. ¿Es que debería Dios hacerse sentir en la vida de esa gente y mostrarles que no pueden seguir haciendo lo que están haciendo? Deberían salirles tan mal las cosas que tuvieran que volverse a Dios. Cristo llega y llega donde el guarda y es necesario que el guarda le abra. Ese guarda en ese caso podría ser, por ejemplo, el consentimiento humano, esa especie de rendición. Hay que rendirse ante Cristo. Y así este tema de la puerta adquiere una relevancia muy grande, porque seguramente Cristo también hoy está llegando a nuestras vidas. Y también, y también necesitamos que el guarda esté atento, que reconozca Cristo y que le abra. ¿En quiénes de nosotros? ¿A qué partes de nuestras vidas? ¿A qué parte de nuestro corazón no ha podido entrar Cristo? De modo que en ese cuadro descubrimos a Cristo como el alimento del alma humana, y también como el que ofrece con amor, que es su única arma, lo que el corazón humano necesita. Dice Jesús en el otro cuadro: Yo soy la puerta de las ovejas. Los que han venido antes de mí son ladrones y bandidos. Este cuadro tiene relación con el anterior, evidentemente por el tema de la puerta, pero se ve que no es lo mismo. Es una cosa distinta, porque Jesús dice: Los que han venido antes de mí son ladrones y bandidos. ¿A qué se podía referir con eso? no se estaba refiriendo, evidentemente a la historia del pueblo de Dios, porque en el pueblo de Dios, antes de él, como lo muestra en otras parábolas, habían llegado precisamente los profetas que eran enviados por Dios. ¿Qué quiere decir esa frase? Esa frase indica la experiencia que tiene el corazón humano de haber abierto muchas veces la puerta a lo que no era. Indica la experiencia decepcionante que tantas veces tenemos de haber intentado tantas cosas que no han resultado. Se parece a lo de aquella mujer que había perdido todo su dinero en médicos que no la habían curado. Esa frase no se refiere, desde luego, a lo que Dios ha hecho con su pueblo, a la esperanza de su pueblo, que se ha forjado con la palabra de los profetas. Esa palabra se refiere más bien a la experiencia que cada uno de nosotros tiene de haberse ilusionado con alguna criatura, con alguna idea, con algún proyecto, con algo de esta tierra, y sentir que eso nos robó. Que normalmente es la experiencia de la persona que se convierte a Dios. Esa persona que ha gastado su vida y que siente que algún vicio, que las malas compañías, que las malas ideas, que tantas cosas en las que se empeñó y que no dieron ningún fruto, lo único que hicieron fue robarle la vida que he perdido. Me la han robado. Me han robado la vida. Y yo creo que esta experiencia también la podemos aplicar nosotros. Escritores como Mark Twain o como Borges, hablan de esa sensación en el ocaso de la vida. Las preocupaciones inútiles, por ejemplo, de cuántas cosas me preocupé, a cuánta gente intenté agradarle a toda costa, cuánta paz perdí por nada, no valía la pena. Cuando va pasando la vida, cuando uno hace un balance y cuando uno dice tanto que me amargué por tal cosa o tal otra y no valía la pena. Todo el tiempo que perdí luchando por ganarme un lugar en el corazón de tales o cuales personas, y eso para mí se volvió un dios. Y no valía la pena. Todo eso que el hombre dice no valía la pena. Yo no tenía que haberle gastado tantas fuerzas ni tanto empeño a eso. Todo eso ¿qué me hizo? Me robó, me robó. Y yo creo que todas las cosas que nos prometen felicidad, que nos prometen seguridad, que nos prometen sabiduría y que no cumplen todas esas cosas, son estos ladrones y bandidos. Son los que han venido antes de Cristo y nos han quitado la paz y nos han quitado la alegría y le hemos gastado las fuerzas. Y uno siente eso que sacrifiqué no sirvió para nada, me engañaron, me prometieron que así sería feliz, y eso de nada sirvió o sea, me robaron. Jesús dice: entonces ahora entra por mí. Ahora que lo has probado todo, entra por mí. Qué tal que en vez de buscar que exista ese o esa súper amigo súper amiga, qué tal que me busques a mí. De pronto, ya es la hora de que dejes esas ilusiones, de que dejes de trabajar tanto, tanto para ver si se logra un pedacito, para que me tomen en cuenta, para que me quieran, para que sean mis amigos, para que me hagan feliz, para que me incluyan en sus chistes. Tanto esfuerzo y me robaron. Y eso no sirve para nada. De pronto ya es la hora de que intentes esta otra oferta. ¿Y por qué no entras tú por mí? Los dos cuadritos se complementan. En el primer cuadrito es Cristo el que entra en nosotros. En el segundo cuadrito es Cristo el que nos invita a entrar por Él. Son dos ideas parecidas. Son dos ideas, parientes pero distintas. Y me parece muy hermoso ver así este pequeño pasaje. ¡Qué bonito! Dos cuadros que nos invitan el uno a dejar entrar a Cristo. Él es el que responde a la esperanza y al hambre profunda del hombre. Y el segundo cuadro yo puedo entrar en Cristo, porque dentro de Cristo, en el universo de Cristo, en la lógica de Cristo, ya no me van a robar más, ya no va a suceder otra vez que estoy yo esperando y sufriendo para ver si logro un pedacito que nunca llega. Y en esas dos imágenes está lo que significa ser discípulo. El discípulo es el que ha dejado entrar a Cristo y el que ha entrado en Cristo. El discípulo es el que ha dejado que Cristo le responda a su anhelo profundo y correspondientemente es el que ha entrado en el mundo, en el universo de Jesucristo, para estar con Él, para vivir con Él. El ladrón no entra sino para robar, matar y hacer estragos. Yo he venido para que tengan vida y la tengan abundante. Que Cristo llegue a mí me trae vida. Pero que yo entre en Cristo no solo me conduce a tener vida, sino a tener vida abundante. Esa palabra, ese calificativo, indica la sensación de estar rodeado por Cristo, la sensación de estar dentro de Cristo es más perfecto tener vida abundante que solamente tener vida. El que tiene vida es el que ha dejado entrar a Cristo, porque tiene adentro a Cristo, que es la vida. Pero el que tiene vida abundante es el que está dentro de Cristo, porque ese está rodeado por Él y a donde quiera que mire solo encuentra el amor de Dios.

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