Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Jesucristo es el signo supremo del amor, cuidado y providencia de Dios Padre; Nuestro Señor despierta nuestra fe para confiarle la vida y guiarnos seguros hacia la eternidad.

Homilía p033014a, predicada en 20250507, con 8 min. y 36 seg.

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Transcripción:

«Esta es la voluntad de mi Padre, dice Cristo, que todo el que ve al Hijo y cree en Él, tenga vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día». Esas son las palabras que con el auxilio del Espíritu Santo queremos reflexionar en este momento. «Esta es la voluntad de mi Padre», podríamos decir, este es el plan de Dios, «que todo el que ve al Hijo y cree en Él, tenga vida eterna». Aquí debo recordar que San Juan le da una densidad, le da una profundidad especial a los verbos. El verbo ver, que corresponde aquí al verbo griego «horáo», no es simplemente mirar, como yo puedo mirar en este momento que aquí hay un árbol, o que aquí hay un televisor o cosas parecidas. El ver, en el Evangelio de Juan, es un ver intenso, es un ver profundo, y lo que hay que ver fundamentalmente son los signos, es decir, la manera como Dios se comunica con nosotros es fundamentalmente a través de los signos. Dios hace obras, esas obras tienen un significado y cuando nosotros vemos esas obras y entramos en ese significado, podemos llegar a la fe, podemos llegar a creer. Son palabras claves dentro del Evangelio de Juan, el verbo ver, que es el verbo «horáo», los signos que son los «semeia» y el creer que es el verbo «pisteuo», ver signos y creer.

Pero ver los signos no significa solamente quedarse en el milagro, ver el signo significa profundizar en el significado. Algo parecido a lo que le sucede a uno cuando está leyendo, si yo estoy leyendo, por ejemplo, en español o en alemán o en francés, en el idioma que sea, yo me encuentro con unos signos sobre el papel o sobre la pared, el pergamino, lo que sea, me encuentro con unos signos. Son como unas manchas, unas líneas que están ahí y entonces yo veo esos signos, pero encuentro un significado. Por ejemplo, veo un signo que reconozco como la letra A, luego la letra M, luego la letra O, luego la letra R, y entonces encuentro, porque eso es aprender a leer, encuentro que ahí está la palabra amor, y esa palabra tiene un significado para mí. Eso es lo que Cristo quiere que nosotros hagamos, esa es la manera de mantener una relación viva con Dios. Es mantener esa lectura de lo que Dios va haciendo, esa lectura de los signos, signos de su amor, signos de su cuidado, signos de su providencia, signos de su sabiduría. Es mirar esos signos y es descubrir en esos signos la presencia de Dios, podríamos decir el lenguaje de Dios.

Esta es la voluntad de mi Padre, repito la frase que estamos reflexionando, que todo el que ve al Hijo y cree en Él. Entonces dice: ver al Hijo, al Hijo, es decir, al mismo Cristo. Entonces Cristo es el gran signo que nos ha dado Dios Padre, es el gran signo en donde están condensados todos los demás signos. Ver al Hijo es descubrir en Jesucristo todo lo que el Padre quiere darme, es descubrir en Cristo toda la providencia, toda la sabiduría, toda la misericordia, todo el amor, es descubrir en Cristo toda esa riqueza. Y cuando descubro en Cristo toda esa riqueza, entonces llego a creer en Él.

Pero ese otro verbo, el verbo «pisteuo», el verbo creer, no es simplemente un aspecto intelectual, no es solamente constatar intelectualmente una determinada verdad que sí lo es, por supuesto, hay un elemento doctrinal, hay un contenido que podríamos llamar noético, un contenido intelectual que es propio de la fe, un contenido doctrinal. Pero la fe finalmente supone un acto de entrega, la respuesta propia de la fe es una respuesta de entrega, es una respuesta de confianza. Este tema lo desarrolló de una manera maravillosa, por ejemplo, San Agustín, cuando él veía qué significa creerle a Dios, qué significa creer en Dios, qué significa creer que Dios, por ejemplo, que Dios existe. Entonces lo analiza muy bien, en ese latín precioso de San Agustín: «Credere Deum, credere Deo, credere in Deum» y hace todo un análisis que hemos tratado de plantear aquí.

Entonces, la fe, repito, no se limita a una constatación puramente de conocimiento, puramente intelectual o doctrinal, sino que supone una entrega. Es decir, el Padre me ha entregado al Hijo y yo me entrego a ese Hijo porque he llegado a creer en Él, esa es la fe por la que yo deposito mi vida en Cristo. Y cuando yo deposito mi vida en Cristo, mi vida está segura. Esa es la certeza que quiere darnos la última parte de la frase que estamos reflexionando: «Y yo lo resucitaré en el último día», «eschátei hemérai». Estas palabras para nosotros suenan un poco lejanas, ¿qué quiere decir lo del último día? Mira, los profetas, del Antiguo Testamento por supuesto, los profetas hablaron muchas veces del día del Señor y el día del Señor es lo que podríamos llamar, popularmente aquí, el día de las cuentas, el día del gran balance, el día de saber cómo quedan las cosas.

Eso es lo que significa el día del Señor, el día en el que van a aparecer todas las verdades. Porque en este mundo se dicen muchas mentiras, porque nosotros mismos hemos dicho muchas mentiras y muchas veces nuestra vida es falsa, muchas veces nuestra vida es, es mentirosa, pero lo hermoso, lo hermoso que tenemos aquí, es que en ese día final, en el día de las cuentas, en el balance último que corresponde a lo que nosotros llamamos el juicio final, entonces el Señor Dios nos asegura, tú vas a tener vida ahí, es decir, te vas a dar cuenta cuando llegue ese día del balance, cuando llegue ese día del juicio, te vas a dar cuenta que tú tienes vida, porque tú depositaste, porque tú entregaste la vida al Hijo, el Hijo conserva esa vida y la renueva y te da eternidad. Es tan profundo esto, es tan bello esto.

Entonces el movimiento completo ¿cuál es? El movimiento completo es que Dios nos da signos, que el máximo signo de su amor, de su providencia y su ternura y su cuidado es Jesucristo. Y que ese signo precioso que es Cristo despierta en nosotros una fe que nos lleva a entregarnos a Él, de tal manera que nosotros depositamos nuestra vida en Él. Y la vida que depositas en Cristo es la vida que está segura. Y cuando llegue el día de las cuentas, cuando llegue el día del juicio, tú descubrirás que tú tienes vida, que lo que tú le entregaste a Cristo ha florecido en Pascua eterna. Qué invitación la que nos está haciendo el Señor en este momento, qué invitación, ante todo, a que lo contemplemos, a que descubramos en Él todo lo que Dios podía y quería decirnos, y a que descubramos en Él el único lugar seguro para nuestra vida: Yo te entrego mi vida, Señor. Yo sé que mi vida solo está segura en ti. Yo sé que mi vida solo tiene su sentido en ti y por eso pongo toda mi confianza en tu nombre. Amén.

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