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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
El cristiano por inocente va a ser odiado y cuando es odiado es expulsado lo que lo lleva a la misión. El odio al pretender dispersarnos lo único que hace es extender el incendio del amor de Dios a otros lugares.
Homilía p033013a, predicada en 20240417, con 6 min. y 11 seg. 
Transcripción:
En alguna reflexión de estos días resumíamos ese nuevo nivel al que nos lleva el Espíritu Santo cuando realmente empezamos a buscar la inocencia, es decir, una conciencia limpia delante de Dios, una vida en santidad, ese es como como el resumen de a dónde nos quiere llevar el Señor. Pero también somos conscientes de que esa inocencia va a tener consecuencias en el sentido de que, pues el cristiano, precisamente porque denuncia los ídolos, porque es incómodo para las situaciones de corrupción, porque es un estorbo para los que tienen sus negocios ilícitos, pues va a ser odiado, el cristiano va a ser odiado. Y por eso, título de aquella pequeña homilía podría ser «Odiados e inocentes», o también «Inocentes y odiados», algo así.
Bueno, pues en este caso, si miramos la primera lectura, podríamos hablar de odiados, por una parte, porque eso es cierto, que somos odiados, pero también misioneros. Lo que sucedió fue que después de la muerte de Esteban, los enemigos de la fe cristiana se envalentonaron y dijeron: Pues acabemos con esto. Y entonces, se desató una fuerte persecución en la ciudad de Jerusalén y cuando vino esa persecución, pues resultaron expulsados de la ciudad muchos cristianos. Pero ¿qué hicieron al ser expulsados, se llenaron de miedo, se llenaron de complejos, se avergonzaron de su fe? Nada de eso. Lo que sucedió con aquellos cristianos fue que cuando fueron expulsados, óyeme esta frase, el destierro los volvió misioneros: ¿No me quieren aquí? Ustedes se lo pierden. ¿No me quieren aquí? Los que pierden son ustedes. Yo me llevo la Buena Noticia a otras partes.
Esa es como la segunda ley del cristiano, la primera ley es que el cristiano, precisamente por inocente, va a ser odiado. Pero la segunda ley es que este cristiano, cuando es expulsado, cuando es odiado, se vuelve misionero. Es como si ellos estuvieran diciendo: Yo no dependo de ustedes. Si me vas a sacar de aquí, yo no dependo de ustedes, yo no dependo de ti. No, el que pierde eres tú. Si yo me voy, el Evangelio va conmigo y el Evangelio lleva su riqueza y lleva su belleza y lleva su fruto y lleva su fecundidad, se lo lleva. El Evangelio, el Evangelio se va conmigo, la Buena Noticia se va conmigo porque tú no la quieres. Entonces la segunda ley del cristiano es, odiados pero misioneros. Si la primera era odiados pero inocentes, la segunda es odiados pero misioneros.
Y por eso, por eso es imposible apagar la llama del cristianismo. Por eso es imposible apagar el triunfo de Cristo, es imposible, porque el odio al pretender dispersarnos lo único que hace es extender el incendio del amor de Dios para otras partes. Que nos saquen solo significa una cosa, que vamos a llevar buena noticia a otros lugares, que nos saquen solo significa una cosa, que el triunfo de Cristo va a brillar allí donde sepan apreciarlo. Ya el mismo Cristo les había dicho a algunos fariseos y escribas les había dicho: «Ustedes se van a quedar con su casa vacía». Y también había dicho: «Y vendrán muchos de Oriente y de Occidente, y se sentarán a la mesa con Abrahán, Isaac y Jacob». Y también cuando el mismo libro de los Hechos de los Apóstoles nos cuenta las persecuciones que sufrió San Pablo, vamos a encontrar lo mismo. Hay un momento en el que San Pablo dice en una sinagoga: «Ustedes son los que se lo pierden. Teníamos que llevarles el Evangelio en primer lugar a ustedes, pero puesto que lo rechazan y no se consideran dignos de la vida eterna, ustedes lo pierden. Nosotros nos vamos a los gentiles».
Entonces el cristiano no es de estar rogando, no es de estar suplicando que le den un puesto, que le den una importancia, que le den un lugar. ¿No me quieres? Tú pierdes. ¿No me quieres? Tú pierdes porque yo me llevo la luz del evangelio para otros. Es que ya Cristo lo dijo a sus discípulos en vida, o sea, antes de su Pasión, porque vivo está, antes de su Pasión ya les dijo: Si los expulsan de un lugar, vayan a otro. Pues eso es lo que están haciendo los cristianos aquí. En ese pasaje de la primera lectura de hoy, capítulo octavo de Hechos de los Apóstoles: No, nos quieren en Jerusalén, nos vamos al mundo, nos vamos a Samaria, nos vamos a Antioquía, nos vamos a Chipre, nos vamos a Asia Menor, nos vamos a Roma, nos vamos a España, nos vamos a América. El Evangelio nunca va a perder, el que puede perder eres tú. El Evangelio siempre gana, porque Cristo mismo es el Evangelio, porque suya es la victoria y porque su Resurrección, mal que le pese al demonio, es irreversible. La gloria para Jesús. Amén.

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