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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Para recibir a Jesús como nuestro pan en la Eucaristía se requiere hambre de Él, obediencia interna propia de la fe y obediencia externa para acercarnos y alimentarnos de Nuestro Señor.
Homilía p033012a, predicada en 20230426, con 6 min. y 39 seg. 
Transcripción:
Desde hace unos días en el Evangelio estamos escuchando como por sorbos el capítulo sexto de San Juan. San Juan es el evangelista que más nos acompaña durante el tiempo pascual. Recuerdas que la primera semana de Pascua, o sea la octava de Pascua, estábamos escuchando relatos de apariciones, de los distintos Evangelios. Después, en la segunda semana de Pascua, empezamos con el encuentro entre Jesús y Nicodemo, fueron unos cuatro textos que nos están hablando de la vida nueva, ese es el concepto fundamental en esa conversación entre Cristo y Nicodemo, que hay vida nueva, y es vida nueva del agua y del Espíritu. Después de esa parte seguimos con San Juan, pero damos un salto porque lo de Nicodemo estaba en el capítulo tercero.
Nos vamos al capítulo sexto, que empieza con la multiplicación de los panes y uno se pregunta ¿qué tiene que ver la multiplicación de los panes con la Pascua? Pues hay varias relaciones, pero la principal es la que aparece en los pasajes de estos días, fundamentalmente, que Cristo es el pan vivo, el pan vivo que baja del cielo, pan vivo que baja del cielo y que el que cree en Él y el que come de ese pan tiene vida eterna, vida eterna. Entonces, como el gran tema en toda la Pascua es el tema de la vida, porque Cristo ha entrado en la vida perdurable y Cristo tiene para sus seguidores, para quienes somos sus discípulos, tiene una promesa de vida, pues entonces tiene todo el sentido que así como nos ha hablado de la vida nueva en el Espíritu, en su conversación con Nicodemo, en esta parte nos habla de la vida nueva que está representada en ese pan.
Es una obra maestra el capítulo sexto de San Juan, porque nos va llevando del pan material al pan del milagro, que es el maná, y del pan del milagro al pan vivo, que es el mismo Cristo. De manera que Dios Padre es el que nos da el pan material a través de los campos, Cristo es el que nos da el maná a través de su intercesor, de ese mediador de aquella época que era Moisés. Y Cristo es don del Padre, es Dios Padre, el que nos da ese pan que es Cristo. Entonces Dios Padre nos da el pan que está sobre nuestra mesa, Dios Padre nos dio el maná a través de Moisés, y Dios Padre nos da el pan verdadero y vivo que es Cristo, ese es el esquema.
Pero es necesario darnos cuenta qué se necesita para cada uno de esos panes, por ejemplo, para el pan material lo único que se necesita es tener hambre y obviamente, pues que haya pan, ¿no? Pero habiendo pan, lo único que se necesita es tener hambre, hambre, se agarra mano al pan y a comer, ya está, lo único que se necesita es hambre. Para el maná necesitas hambre también, pero necesitas obediencia. Obediencia porque había que creerle a Moisés y había que seguir lo que decía Moisés. Por ahí hubo algunos que eran desobedientes, Moisés les dijo: «Recojan lo que necesitan para el día», no faltaron los que recogieron más, pero aunque la gente era desobediente, los que recogieron más no les rindió lo que recogieron de más, apenas les alcanzó para el día, cuando ya fueron a preparar pan con eso. Entonces, para el pan material se requiere solo hambre, para el pan de Moisés, el pan del milagro, se requiere hambre y se requiere obediencia.
Pero ahora para recibir a Cristo como pan nuestro, como pan vivo, que es exactamente lo que tenemos en la Eucaristía, se requiere hambre, hay que tener hambre de Cristo, se requiere obediencia, porque hay que llegar a Él, pero esa obediencia ya no es la obediencia externa, sino la obediencia interna, que la Biblia llama la obediencia de la fe, la obediencia de la fe. Entonces, para el pan material solo hambre bastaba. Para el pan de Moisés, hambre y obediencia externa. Para el pan que es Cristo, hambre, hambre de Cristo, obediencia interna, que es la propia de la fe, y obediencia externa, porque hay que acercarse a comer de ese pan. Tener hambre de Cristo, creer en Cristo y seguir la Palabra de Cristo para alimentarnos de Él.
Y entonces, recibimos esa plenitud de vida, recibimos esa gracia de vida que ya nada puede detener. Porque el pan material dura unas horas y nos vuelve a dar hambre, el pan de Moisés duró mientras estaban en el desierto, el pan que es Cristo, ese pan del que hay que tener hambre, ese pan que necesita de nosotros obediencia interna, que es la de la fe, y obediencia externa, que es seguir el camino que Él marcó a su Iglesia, para ese pan, hay una promesa preciosa: ya no volverás a tener hambre, ya no volverás a tener sed. Ese es Cristo, esa es la vida nueva en Cristo.

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