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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Demos gracias a Dios Padre por amarnos; porque la prueba de su amor está en su Hijo, en todo lo que Jesús hizo, predicó y padeció y que ahora se puede ver en su glorioso cuerpo resucitado.
Homilía p033011a, predicada en 20210421, con 5 min. y 15 seg. 
Transcripción:
En el Evangelio de ayer veíamos que le preguntaban a Cristo: ¿Cuál es el signo? La respuesta plena a esa pregunta está en el Evangelio de hoy, Yo, dice Cristo: «Yo soy el pan de vida. El que viene a mí no tendrá hambre. El que viene a mí no padecerá sed». En Cristo está la saciedad del corazón humano, esa es una primera enseñanza del Evangelio de hoy. En Cristo está la saciedad del corazón humano, y esto nos invita a preguntarnos ¿qué es saciarse en Cristo o de Cristo? La respuesta la encontrarás en tus propias inquietudes, búsquedas y preguntas. Si lo que más está anhelando tu corazón es la verdad, o es la paz, o es la justicia o es el amor, vuélvete hacia Cristo, mira qué significan esas palabras en el diccionario del Corazón de Cristo, y al encontrar lo que son en ese corazón, seguro, seguramente vas a poder decir: Me sacia, me llena. Entonces es la primera enseñanza, Cristo saciedad del corazón humano.
Pero hay todavía más, Cristo dice: «A todo el que viene a mí, yo no lo echaré fuera». Y la razón que da, de esa acogida maravillosa, esa acogida bendita de su corazón, es el designio de Dios, el designio de Dios Padre que le ha mandado a Cristo que no nos rechace. Sobre lo cual hay que decir dos cosas, por lo menos. Primero, démonos cuenta de cómo el designio de nuestra salvación tiene su origen en Dios Padre. Algunas veces se presenta una especie de imagen de Cristo tratando de detener la ira de Dios Padre que quiere acabar con nosotros, es una imagen demasiado deformada, demasiado deformada. Es como si Cristo quisiera salvarnos, y el Padre, en cambio, quisiera destruirnos o condenarnos. Lo que muestra la Escritura es lo contrario, que es el amor, es el amor que tiene su fuente en el corazón de Dios, nuestro Papá. Es el corazón de Dios Abbá, es el corazón de Dios Padre el que por pura ternura y compasión hacia nosotros ha enviado a su Hijo.
Habrá que repetir aquí aquella frase, la más famosa de la Biblia: Tanto amó Dios, ese es Dios Padre, al mundo que envió a su Hijo, ese es Jesucristo, para que todo el que cree en Él no perezca, sino que tenga vida eterna. Entonces, el designio de nuestra salvación no empieza en Cristo, se realiza en Cristo, pero empieza en Dios Padre. Eso es precioso y es precioso ver por qué ese designio, para que nosotros volvamos a la vida, para que nosotros resucitemos, para que se cumpla precisamente el plan de Dios, que es plan de vida, que es plan de amor en cada uno de nosotros, para que no se frustre, para que no fracase, para que no fracase la obra de Dios en nosotros.
Nosotros somos todos imagen y semejanza de Dios, pero esa imagen y semejanza ha quedado desfigurada, desteñida, deteriorada. ¿Por qué? Ha quedado así destruida por la obra del pecado, pero somos imagen de Dios. Entonces, enviando a su Hijo, Dios está rescatando ese plan, está rescatando esa verdad de lo que Él quiso para nosotros, está rescatando esa belleza que estaba perdida, eso es lo que está haciendo. Demos gracias a Dios, que nuestra oración confiada se levante hacia Dios Padre agradecidos, diciéndole cuánto, cuánto nos has amado. Y la prueba y la señal y el signo de ese amor está en tu Hijo, en todo lo que Él hizo, en todo lo que Él predicó, en todo lo que Él padeció y ahora se retrata, ahora se puede ver en su glorioso cuerpo resucitado. Amén.

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