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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Todo el que ve a Cristo y cree en Él recibe vida eterna, y esa persona que recibe esta vida puede y tiene que ser tú.
Homilía p033010a, predicada en 20190508, con 5 min. y 0 seg. 
Transcripción:
Mis hermanos, creo que la frase central del Evangelio de hoy, tomado del capítulo sexto de San Juan, es esta: «Esta es la voluntad del Padre, que todo el que ve al Hijo y cree en Él, tiene vida eterna». Con el auxilio del Espíritu Santo, tratemos de entender esa frase. Se está hablando de la voluntad o propósito de Dios. Efectivamente, la revelación de esta voluntad, que es lo que está haciendo Cristo en este pasaje, es fundamental para nosotros, porque la revelación de esta voluntad va a destruir la gran mentira. Es un tema que hemos comentado varias veces, la gran mentira es la que aparece pronunciada por Satanás desde el comienzo de la Sagrada Escritura.
En el capítulo tres del Génesis vemos que el diablo trata de presentar las cosas de tal manera que Eva y también su esposo Adán, miren una falsa alternativa, o soy obediente a Dios o soy feliz. Y esa falsa alternativa entre ser feliz o ser obediente es la gran mentira. Fíjate que esa gran mentira queda destruida con la frase de Cristo, es que hay una voluntad del Padre y esa voluntad del Padre es nuestro bien. Entonces, mi obediencia a la voluntad del Padre es la que me orienta hacia mi verdadero bien. De modo que, la división mentirosa que satanás introduce desde el comienzo de la historia de la humanidad queda destruida por esta bendita afirmación, por esta preciosa enseñanza de Cristo. Ese es el primer punto.
Sigue la frase: «Esta es la voluntad del Padre, que todo el que ve al Hijo y cree en Él». Atención, aquí se habla de todo el que ve al Hijo. Esa frase también tiene su importancia, porque el auditorio de Cristo, en ese capítulo sexto son, ante todo, los judíos. Y sabemos que una gran parte del judaísmo de la época, también tal vez en nuestra época, una gran parte del judaísmo veía las cosas como que la salvación, las bendiciones, los privilegios, eran únicamente para ellos. Aquí Cristo dice, es para todo, para todo el que ve al Hijo. Esto quiere decir que hay salvación, bendito Dios, para el pueblo elegido, el pueblo judío, pero no solamente para ellos, es para todo el que ve al Hijo y cree en Él.
Por supuesto, el Hijo es Él mismo, al presentarse como Hijo está utilizando la palabra que en lenguaje humano es la más próxima para apuntar, para señalar ese misterio que está más allá de toda palabra, la relación entre la primera y la segunda Persona de la Santísima Trinidad. Nosotros hablamos de Padre, Hijo y Espíritu Santo. Esas palabras no son completamente exactas, porque la manera como Dios Padre es Padre de su Hijo, de Jesucristo, no es exactamente igual a como en la naturaleza humana, los padres son padres de sus hijos. Pero indudablemente la palabra hijo es la que nos acerca mejor a esa realidad bendita, a esa realidad de la relación entre el Padre y el Hijo.
Y todo el que ve al Hijo y cree en Él, ese ver es tan importante en el Evangelio de Juan, porque ese ver está indicando que yo no me quedo simplemente con lo externo, de las señales, de los signos, de los milagros, de los bienes que recibo, de la prosperidad que Dios me ha concedido, de la alegría y la paz que por fin he encontrado, no me quedo solamente en eso. Cuando mi mirada va más allá del bien recibido, entonces descubro a Aquel que es la fuente de ese bien, y ahí empieza la fe. Y el que cree en el Hijo tiene vida, el que cree en el Hijo recibe vida eterna. Eso es lo que nos está enseñando Jesucristo. Fíjate cómo hay tanta densidad, cómo hay tanta hermosura y, sobre todo, cómo hay tanta vida en esa frase. Grábala, grábala en tu memoria: «Todo el que ve al Hijo y crea en Él tiene vida eterna». Y ese, ese que tiene vida eterna, ese puede ser tú, ese tienes que ser tú, ese tengo que ser yo. Así sea.

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