Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Pidámosle a Cristo que Él sea nuestro todo, que nuestra vida esté sometida a su belleza, grandeza y gloria.

Homilía p033008a, predicada en 20160413, con 5 min. y 4 seg.

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Transcripción:

Es interesante a veces tomar las afirmaciones de la Sagrada Escritura y convertirlas en criterio de discernimiento para nuestra vida, algo así como, dejarnos cuestionar por la Palabra de Dios. Voy a dar un ejemplo que no tiene que ver inmediatamente con las lecturas de hoy. En la primera carta del Apóstol San Juan encontramos una frase luminosa, pero también con una gran capacidad de interpelación para nosotros. Dice este apóstol: «El que ha nacido de Dios no peca», esa es una afirmación gloriosa, porque está mostrando la grandeza del nuevo nacimiento, aquel que sucede por el agua y el Espíritu, según las palabras de nuestro Señor Jesucristo: «El que ha nacido de Dios no peca».

Pero yo puedo también tomar esa frase y convertirla en criterio de examen y discernimiento para mi vida. Quiere decir que aquello que sigue siendo pecado en mi vida, todavía no lo he entregado al poder del amor de Cristo, todavía no ha sido renovado en Cristo. Porque si lo que nace de Dios está libre de pecado, quiere decir que hay áreas de mi vida que todavía tienen que ser renovadas, que todavía tienen que ser entregadas al poder de Cristo en su Pascua. Así tomo una afirmación de la Escritura y la convierto en un cuestionamiento para mi vida.

Algo parecido, me parece que podemos aprender del texto del Evangelio de hoy en el capítulo seis de San Juan, porque hay una frase impresionante que dice Cristo: «El que viene a mí no pasará hambre. El que viene a mí no pasará sed». Eso quiere decir que si después de encontrarnos con Cristo, nosotros seguimos retornando a nuestros antiguos pecados, tal vez es que nos hace falta un encuentro más profundo con el Señor. Quizás nuestra conversión se ha quedado, por decirlo de alguna manera, a medio camino, porque si Cristo dice: «El que viene a mí no pasará hambre», y resulta que hay cristianos que, supuestamente, han estado en el grupo de oración, han estado en el grupo juvenil, han estado en la comunidad parroquial o han estado incluso en una vocación especial como es la del sacerdote, como es la del religioso, y a pesar de todo eso, seguimos teniendo hambre de los ídolos de este mundo, de los placeres y las novedades de este mundo, ¿qué debemos aprender de ahí? Debemos aprender que nos falta un encuentro más profundo con el Señor.

Y cómo es posible que este tipo de descubrimiento lo hagamos varias veces en la vida, la única conclusión posible es que nuestro camino de conversión es eso, es un camino, es algo que no acaba, porque cada vez que estoy buscando cosas fuera de Cristo, alegrías fuera de Cristo, ganancias fuera de Cristo, placeres o amistades, o entretenimiento fuera de Cristo, todo eso lo único que está demostrando es que me falta un encuentro más perfecto con Cristo, porque el que de veras está en Cristo no requiere de nada más, no necesita encontrar ni mendigar nada a los altares del pecado. No necesita buscar en otra parte porque ha encontrado todo en Cristo. Entonces, yo tengo que preguntarme si mi vida entera está realmente en el Señor Jesús, o si tal vez, hay pedazos de mí que todavía son rebeldes al reinado de Cristo.

Cuando nos hacemos estas preguntas en serio, llegamos a encontrar que el Evangelio ha de habitar en nosotros con toda su riqueza, como lo dice San Pablo también en algún texto. Sigamos entonces nuestra celebración, sigamos la Eucaristía y al recibir a Cristo en nuestra boca, al recibir este alimento, pidámosle: Sé tú mi Todo. Eso era lo que pedía ese gran santo Francisco de Asís, así pasaba la noche en oración: Mi Dios y mi todo. ¿Qué quiere decir eso? No quiero encontrar ningún placer que no exista en ti, contigo, en obediencia a ti. No quiero encontrar ningún lucro, ganancia, amistad, entretenimiento, placer, nada quiero encontrar que no esté sometido a tu grandeza, a tu belleza y a tu gloria. Amén.

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