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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Cristo no desperdició nada, todo lo aprovechó para el Plan de Dios, para que se cumpliera Su Voluntad.
Homilía p033003a, predicada en 20010502, con 10 min. y 54 seg. 
Transcripción:
Cuando terminó la multiplicación de los panes, Jesús se ocupó de algo que tal vez no le interesaba a nadie más: «Recoged los pedazos sobrantes». Y da esta razón, que nada se pierda, que nada se desperdicie. El verbo «apollumai» en griego, se refiere a eso, lo que se ha echado a perder, lo que no produjo ni producirá nada. En el Apocalipsis hay un personaje terrible, uno de esos destructores de los últimos tiempos que lleva por nombre Apolión, derivado de este mismo verbo, «apollumai» alude a eso que no dio más, que no sirve para nada, que jamás dará nada.
Nada se debe perder, la frase que dijo Cristo cuando mandó que recogieran los sobrantes fue esa: «Nada se debe perder», y recogieron muchas canastas porque nada se debía perder. En ese momento, para los apóstoles ese era un gesto que tal vez no tenía demasiada trascendencia. Al fin y al cabo, si alguien puede multiplicar panes, ¿qué le deben importar las obras? La lógica del mundo es que, si una persona nada en la abundancia desperdicia, el que tiene mucho, no le importa gastar de sobra. Cristo tiene abundancia, puede multiplicar panes, pero no desperdicia, porque nada se debe perder. Esa misma frase la repitió Cristo hoy, ya hoy no parece que sea una cosa tan trivial como un mendrugo, como un pedacito que sobró. «Esta es la voluntad de mi Padre, que yo no pierda nada de lo que Él me da».
Esos panes multiplicados no son, simplemente, el paraíso del pan. Esos panes son los panes que mi papá me dio, así piensa Cristo. Y yo no debo perder nada de lo que me da mi Padre. El mismo Cristo que multiplica panes, multiplica creyentes. El mismo Cristo que cuida de un humilde sobrante de pan, cuida del más pequeño y más humilde de los creyentes, ni uno solo se debe perder. En ese milagro, como lo cuenta San Juan, que es tan profundo, Dios mío. No es solamente la explosión de panes la que significa algo, es el obrar de Cristo: «Nada se debe perder».
A veces hay personas, a veces hay situaciones que para nosotros son como el sobrante de la comida. Comí lo que quería comer, quedó ese poco, a la basura, que se pierda, ya yo quedé tranquilo y contento. Hay situaciones que a nosotros nos parecen semejantes a esos sobrantes del pan. ¿Como qué situaciones, como qué personas? Las personas inútiles, por ejemplo, si una persona vive y disfruta la vida, eso es como comerse un pan con gusto. Pero si luego llegan los años o los meses o las semanas del fastidio, del dolor, ah qué se pierda. Una inyección, salimos de esa persona y lo mismo piensa la persona, ¿para qué sirve esto? La parte de la vida que a mí me gustaba ya la tuve, este es el sobrante. Pónganme la inyección, aplíqueme la eutanasia. Se puede perder. Y Cristo dice: «Nada se debe perder».
Casi todo lo que a nosotros nos inspira fastidio, disgusto, nos inspira lo mismo que un sobrante de pan. Para qué sirve, por ejemplo, esa incomodidad, ese fastidio, ese aburrimiento que a veces llega a nuestra vida. Es bonito sentirse fervoroso, sentir, como dice la canción, que está tan cerca de mí y hasta lo puedo tocar. Pero hay muchos días que no son así, días aburridos, días difíciles, ¿de qué sirven esos días? Cristo nos invita, con su actitud, a no dejar perder ni un solo día. El día más aburrido, la crisis más harta, la persona más inútil, el dolor más absurdo, todo tiene un lugar y nada se debe perder.
Cristo no desperdició nada, todo lo aprovechó para el plan de Dios, porque Cristo recibió los panes de Dios y los repartió, Cristo recibió los días de Dios y los repartió, Cristo recibió amor de Papá Dios y lo repartió, Cristo recibió vida de Papá Dios y la repartió, Cristo no perdió nada. Cristo no desperdició nada. Cristo mira al más pequeño y al más despreciable, al más desechable de los seres humanos, ese que ya parece que no vale nada, ese que podría existir o no existir, según la lógica eficientista del mundo. Cristo mira a todos, Cristo conoce a todos, Cristo ama a todos y conoce todo de todos y quiere que nada se pierda.
Por eso, Jesús, queremos pedirte que nos des de tu mismo corazón, que nos des de tu alma agradecida, Jesucristo, que todo lo recibamos de Papá Dios y que nada en nosotros se pierda. Que no se pierdan los días alegres ni los días tristes, que no se pierda para tu plan ni la salud, ni la enfermedad. Que no se pierda, Señor, ni la amistad, ni el rechazo. Que todo lo recibamos venido de las manos de Dios y todo lo integremos y lo entreguemos al plan de Dios. Ahora Jesús, que vamos a alimentarnos de ti, ahora te pedimos que tu misma vida esté en nosotros. Porque de pronto los tiempos que nos han parecido más inútiles y las personas que nos han parecido más inútiles, son voces tuyas con las que nos estás instruyendo, corrigiendo, animando, dirigiendo. Cuida Jesús, por favor, lo más pequeño que hay en nosotros, lo más débil que hay en nosotros. Muéstranos cómo incluso, ese mendrugo olvidado de pan recibe tu mirada, tiene tu cariño y tu atención. Amén.

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