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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Homilía p033002a, predicada en 19990421, con 24 min. y 11 seg. 
Transcripción:
La primera lectura que escuchamos se encuentra en los Hechos de los Apóstoles en el capítulo octavo, dice: «Aquel día se desató una violenta persecución contra la Iglesia de Jerusalén». Esta persecución no fue la primera, porque si nosotros recordamos algunas lecturas que hemos oído en días anteriores, pues sabemos que los apóstoles fueron perseguidos, ya cuando se cuenta de esta persecución, ya Pedro y Juan han tenido sus carcelazos, no es la primera persecución. Pero mire esta diferencia, antes siempre se dice, hubo una persecución. Y luego Lucas, autor de los Hechos de los Apóstoles dice: La Iglesia gozaba de paz, la Iglesia alcanzó paz. Da como un balance de paz. En cambio, aquí se nos habla de una persecución. Ya no se nos vuelve a hablar de paz. «Aquel día se desató una violenta persecución contra la iglesia de Jerusalén», y ya no se dice después de ese texto, y la persecución cesó. Es algo que uno supone, es algo que uno se imagina, mala imaginación, mala suposición.
Las anteriores persecuciones iban hacia los apóstoles, se dirigían a los apóstoles, pero los apóstoles resistieron dando testimonio con su propia sangre, esa es una manera de resistir a la persecución, hacerse matar, así se resiste a la persecución. Hay una frase inmortal en este sentido, la dijo el obispo San Cipriano mártir. Dijo San Cipriano: «La sangre de mártires es semilla de nuevos cristianos». De modo que matar es darle más cristianos a Dios, matar cuando se produce mártires. Pero a partir de este capítulo octavo de los Hechos de los Apóstoles, empieza de una manera nueva de resistir a la persecución, se resiste a la persecución evangelizando. Y por eso, fíjate que la respuesta que dio la Iglesia a esta persecución del capítulo octavo de los Hechos, fue una respuesta doble, una respuesta bicéfala, una doble estrategia, mira: «Todos, menos los apóstoles, se dispersaron por Judea y Samaria».
Hay unos, que son los apóstoles, que se quedan ahí en Jerusalén, ofreciendo su sangre. Pero hay otros que se dispersan, y ¿por qué se dispersan, por cobardes? Vamos a ver, vamos a ver lo que dice aquí: «Se dispersaron por Judea y Samaria. Al ir de un lugar a otro, los prófugos iban difundiendo el Evangelio». A la persecución se responde unas veces padeciendo y otras veces evangelizando en otros sitios, y estos son dos modos de victoria de la Palabra de Dios. A veces, la victoria de la Palabra de Dios es darle mártires a Dios, que es multiplicar la presencia de la sangre de Cristo en esta tierra. La grandeza de los mártires es eso, multiplican la presencia de la sangre de Cristo en esta tierra. Otras veces, la Iglesia resiste evangelizando en otros lugares, y se necesitan estas dos respuestas, una, la respuesta de aquel que padece por Cristo, otra, la respuesta de aquel que se va a otro lugar a anunciar a Jesucristo.
Y los que se fueron, ya no volvieron. A ver, que es un modo de hablar, es un modo de decir que la Palabra, una vez que salió de las murallas de Jerusalén, ya nunca, nunca se detuvo. Así como Cristo, después de salir del sepulcro, ya no hubo manera de volverlo a entrar al sepulcro. Así como Cristo, una vez liberado de los clavos de la Cruz, ya no puede ser crucificado de nuevo. Así también la Iglesia, después de salir de esa persecución de Jerusalén, lleva consigo la Palabra, y como diría años después, el apóstol San Pablo: «La palabra no está encadenada». Y ya fue imposible apresar a la Palabra. Antes tenían el anuncio del Evangelio solo en Jerusalén, pero ahora estos prófugos se fueron y empezaron a evangelizar.
Esto a mí me da mucha alegría, porque lo que uno siempre ha visto con las malas noticias que se difunden y que nadie las puede parar, lo que uno siempre ha visto con los chismes y las murmuraciones que una vez comenzado ya no se pueden detener. Eso que era fuerza del mal, aquí lo vemos corriendo y viviendo con fuerza en el viento. Esta vez es una buena noticia, la que nadie puede parar, esta vez es la potencia de la Palabra de Dios, que nadie la puede detener, nadie la puede parar, y avanza, avanza, avanza. «Aquel día se desató una violenta persecución contra la Iglesia», pero si miramos bien, el fruto fue a favor de la Iglesia. Vistas las cosas solo con la mirada humana, era un ataque contra la iglesia. Vistas las cosas desde la mirada de Dios, era esparcir la semilla y era a favor de la Iglesia. Qué significa esto, sino aquello que luego diría San Pablo en su capítulo octavo de la Carta a los Romanos: «Todo concurre para el bien de los que aman a Dios». Los que estaban persiguiendo a la Iglesia no estaban pensando en difundir el Evangelio, pero los perseguidos de la Iglesia sí pensaban en difundir el Evangelio. Lo que hace que sea en contra de la Iglesia o a favor de la Iglesia no es la intención de los perseguidores, sino la intención de los perseguidos.
Y esto que es cierto para esa Iglesia naciente, también es cierto para la Iglesia de todos los tiempos y también para nuestra vida, claro que sí. Aquello que puede parecer contra ti, visto de otro modo, seguramente va a ser a favor de ti. ¿Por qué los mártires, por qué tantos mártires murieron con sonrisas de gozo, con cánticos de alabanza, es que no era suficientemente perversa la intención de los que estaban tratando de aniquilarlos? Pues claro que era perversa, era una intención maligna. Los que se ensañaban contra la Iglesia, como Saulo en esta descripción de este capítulo, los que se ensañaban contra la Iglesia querían acabarla. Pero lo que se nos está diciendo es que la gloria de Dios es de tal tamaño, que ese odio de los perseguidores termina convirtiéndose en un fruto abundante, en una cosecha abundantísima de santidad. Así vamos descubriendo, mis amigos, el poder de la Cruz. Los que se ensañaron contra Jesucristo también querían acabarlo, querían destruir a Jesucristo. Y las llagas eran para aniquilarlo y para que le doliera, y le dolió. Pero de esas llagas brota la sangre, la gracia, la paz, el perdón, incluso para sus perseguidores.
Así que nosotros, cuando padezcamos algún género de persecución, pidamos a Dios la sabiduría, porque con esa sabiduría descubriremos que la Iglesia, que nació por el misterio de la Cruz, solo se extiende por el misterio de la Cruz. La Iglesia no se extiende, no gana terreno por el triunfo de más conocimientos, de más tecnología, de más estrategias, de más pactos con las fuerzas humanas. Hay una cosa impresionante, San Lucas nos habló varias veces de los tiempos de paz de la Iglesia, pero nunca se difundió tanto la Iglesia como cuando fue perseguida. No hay tiempos más fecundos para la Iglesia que los tiempos de persecución. Eso no quiere decir que nosotros hayamos de pedirle a Dios que seamos nosotros perseguidos, más bien hemos de pedirle que nos abra los ojos, porque, repito, el evangelista dijo: «Se desató una violenta persecución», y sigue desatada y sigue desatada, eso no ha terminado, ha tomado mil formas.
Así como hay mil modos de ser apóstol, también hay mil modos de ser Caifas y de ser Anás. Hay mil modos, hay mil sanedrines. Ahora son muchos juicios, ahora son muchas condenas, son muchos flagelos. La mediocridad o el pecado de los sacerdotes, ¿no es una persecución para la Iglesia? La indiferencia de las familias que se encierran cada una, con egoísmo en sus propios intereses. La soberbia del que se prepara y recibe tantas cosas de Dios para sentir que está en una torre por encima de los demás que son unos estúpidos. Esa, ¿esas no son también persecuciones? Y los tiempos de aparente comodidad y de aparente acogida del Evangelio, que se convierten en pactos ignominiosos entre la Iglesia y los poderes de este mundo, ¿esas no son también persecuciones?
Yo creo que ninguna lectura tan actual, como esta que acabamos de oír: «Aquel día se desató una violenta persecución», esa persecución no ha cesado. Y si tú no la estás sintiendo, el que está mal eres tú. Si tú no estás sintiendo la dificultad, pero al mismo tiempo la alegría, si no estás sintiendo la humillación, pero al mismo tiempo el gozo, si no estás sintiendo la tentación, pero al mismo tiempo la victoria de ser cristiano, si no estás sintiendo eso, estás mal en la vida, estás mal en la vida.
Una persona, mejor, dos personas están en un río. Uno no siente la fuerza de la corriente y el otro sí la siente. Explicación, el uno está nadando contra la corriente y el otro ya se dejó llevar. El que se dejó llevar, listo para la catarata y el despeñadero, ese no siente la fuerza de la corriente y dice: Todo es normal, todo va más o menos bien. Soy una persona normal, como todos estos otros, todos estos otros que van en la misma corriente, listos a despeñarse y a despedazarse en la catarata. Y el que está tratando de nadar contra la corriente dice: Esto está pesado. Y los otros le gritan: que es su amargura, ¿cuál es su problema? Que es su gritadera. Mire, haga como yo, vea aquí uno navega suavemente, se va, se va. Pero resulta que el que está nadando contra la corriente sabe que hay una catarata y que se va a despeñar allá al que siga por esa corriente. Si tú no estás sintiendo la fuerza de la corriente, probablemente es porque la corriente te está llevando, esta violenta persecución es esa corriente. Mi amada Catalina de Siena habla del mundo y del pecado como esa corriente, como ese río impetuoso que empezó a correr, y el trabajo es cómo vencer a esa corriente.
Si tú sientes que puedes ser cristiano y que puedes pasearte tranquilamente por las calles de la ciudad sin sentir nada, pésimo cristiano eres, porque yo conozco a un cristiano llamado Pablo, Pablo de Tarso, que cuando se paseaba por las calles de Atenas, dicen los Hechos de los Apóstoles, se le recomía el corazón, le ardía el corazón, le dolía el corazón viendo tantos ídolos. Si tú puedes pasearte por un centro comercial, si tú puedes pasearte por las calles de la ciudad, puedes pasearte por las páginas de los periódicos o pasearte por los noticieros, si puedes pasearte por las páginas de internet o por las emisoras del dial y puedes sentirte tranquilo, eres un desgraciado, eres un desgraciado, en el sentido primero de la palabra, que no es un insulto, sino aquel que carece de gracia. Si tú puedes sentir paz, así como está el mundo, quiere decir que la persecución te tragó vivo, te tragó vivo.
Y si de algo tengo yo que arrepentirme en mi vida, y si de algo tengo que decir: Malhaya, es malhaya esos días en que yo no sentí la persecución. Entonces usted quiere que todos seamos unas especies de Rambos solos contra el mundo y que cada día digamos: bueno, yo contra el mundo. A eso hay que corregirle dos cosas. Primero, que no estamos solos, no estamos solos, nos alienta el testimonio de los santos y especialmente de los mártires, especialmente. Y, en segundo lugar, hay que corregirle a ese comentario el hecho de que, el hecho de que darse cuenta de las cosas, darse cuenta de la persecución, no es caer en desesperación, porque el que cae en desesperación está peor que el que se lo está llevando la corriente, quiere decir que se le olvidó nadar y se está ahogando. Pocas sensaciones tan desesperantes como la asfixia.
De manera que completemos nuestro cuadro y digamos que en ese río hay tres tipos de personas. Hay unos que van sonrientes y que dicen: ¿Cuál es el problema? ¿Cuál es el problema? Esos, cuando vean el problema, estarán ya siendo despeñados a 110 kilómetros por hora hacia una roca. Entonces dirán: Ay, sí. Eso es un grupo de personas. Otro grupo de personas son las que ven la corriente, las que sienten la corriente, las que dicen: Esta corriente es terrible, esta persecución es terrible. Uno no puede ser bueno, que porquería de vida. Y no dice más porque las siguientes palabras son glup, glup, glup. Esos se están ahogando, no han entendido que hay un camino para, para luchar contra esa corriente.
Y hay un tercer grupo, hay un tercer grupo que está representado en primer lugar por los mártires y por los santos apóstoles, que son aquellos que saben que hay que luchar contra la corriente, pero que luchan con una alegría distinta de la alegría muelle y plácida de los que van rumbo al despeñadero. Tienen una alegría distinta, estos últimos han cumplido en su vida aquello que dice la Palabra de Dios en el capítulo 55 de Isaías: han renovado sus fuerzas y como águilas pueden luchar contra la corriente, han renovado su juventud y se sienten felices y se sienten gozosos y se sienten plenos. Esto es lo que nos corresponde a nosotros.
De modo que este es un día para escoger en cuál de los tres grupos quieres estar. Quieres estar en el grupo de los ciegos que no ven la corriente, que nunca miran a las orillas, que no tienen ninguna referencia, que no piensan en nada. O quieres estar en el grupo de los que abren los ojos, pero solo ven sus brazos ya acalambrados y entonces se quejan, maldicen y se hunden. O quieres, tal vez, quieres ser consciente de la corriente, ser consciente de la persecución, darte cuenta de la persecución. Pero saber que esa persecución es la ocasión de la evangelización.
Gracias a Dios, gracias a Dios, en este río Dios ha puesto tal, cual tronquito. Ustedes dirán: Ah, claro, un tronco para que yo me salve. No, un tronco para que se tropiece. Los troncos que hay en el río no son para que usted sobreagüe. No, son para que usted se tropiece. Son esos tropezones que se dan en una y en otra parte, los que le hacen a uno pensar que, tal vez, el río no está tan bueno como uno creía. Dios ha dejado tal, cual caimancito por ahí, tal, cual alimaña por ahí, unos cuantos sapos, algas pegajosas, ha dejado ciertas incomodidades que son regalos de Él. Benditas sean esas alimañas, sapos, caimanes, rayas. Todo ese tipo de incomodidades son maravillosas porque son las que hacen que uno diga: Oiga, este río no está tan bueno. Es lo mejor que le puede pasar a uno, así uno empieza a despertar. Cuando uno golpea con el dedo chiquito del pie a uno de esos troncos, en ese momento dice uno dice: Uy, la vida no es como me decían, la vida no es como me decían. Pero ese, ese golpe, esa tronchada salvaje, hace que uno diga: Ah, es que la cosa es de otro modo. Si a uno nunca le pasara eso, si uno nunca se tropezara, entonces uno seguiría, uno seguiría tranquila y dulcemente.
Mi amada Catalina dice que el demonio, cuando ve que una persona está navegando sin ningún problema en ese río, se queda callado y no lo molesta y no lo molesta. Dice, se calla y se aparta para despertar con todos sus terrores a la hora de la muerte. El demonio, que es astuto, astuto, se aparta de las personas que ve que van navegando rumbo a la muerte y deja que todo le salga bien y que les vaya muy bien, muy, muy bien. Pero a la hora de la muerte, entonces sí aparecen todos los terrores, todo el absurdo, todo el asco, todo el dolor, para que la persona que ha navegado sin acordarse de Dios, cuando vaya a pensar en Dios, lo vea como un enemigo. ¡Qué terrible plan, qué terrible plan! Por eso, uno va aprendiendo que la persecución, que es como ese tronquito con el que uno se pega. Esa, esa es la bendición grande, bendita la hora en que me di cuenta de que mi vida se rasgaba, se rompía. Bendita la hora en que entendí que necesitaba de este Evangelio y que podía proclamar este Evangelio. Bendita la hora, bendita la hora en que el río mostró su finitud, en que me di cuenta de que no todo podía ser este río, que yo había sido hecho para otra cosa.
Con la gracia poderosa, con la gracia bendita del Espíritu Santo, que nosotros acojamos la salvación que Él nos ofrece. Con estas imágenes acuáticas habla Catalina de Siena mucho, y ella dice que un día uno descubre que hay un puente, un puente tan amplio y tan sólido que une el cielo con la tierra, y ese puente se llama Jesucristo. Y luego esta Santa Doctora de la Iglesia empieza a contar cuáles son los escalones de ese puente y cómo se sube por él hacia Dios, esta es la manera como habla Santa Catalina de Siena. Yo le doy gracias a Dios en este momento, le doy gracias a Dios por todas las cosas que me han salido mal. Desde que tuve que aprender siendo bebé, lo que era tener una necesidad y no suplirla en el momento en el que llegaba la necesidad, tener hambre y no tener alimento al mismo tiempo, cómo es de necesario eso, darse cuenta que existe la necesidad. Pues desde esos primeros recuerdos, desde esas primeras enfermedades, dolores, incomprensiones, regaños, correcciones, desde ese primer día hasta el último disgusto, decepción o tristeza que yo haya tenido en el día de hoy, yo alabo a Dios.

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