Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

La difusión del Evangelio, una paradoja.

Homilía p033001a, predicada en 19970416, con 9 min. y 31 seg.

Click derecho para descargar versión MP3

Transcripción:

Esteban, lo mismo que este Felipe, del que nos habla la primera lectura, son dos de esos siete servidores que fueron elegidos y que fueron consagrados por los apóstoles para resolver aquella situación de conflicto entre los de lengua griega y los de lengua hebrea. Ambos habían sido elegidos para solucionar un problema administrativo, los repartos de limosnas, especialmente para las viudas, y el servicio a las mesas, como lo llama este libro de los Hechos de los Apóstoles. Pero resulta que no vemos ni a Felipe ni a Esteban encargados de administración, sino los vemos llenos de la unción del Espíritu Santo en una tarea muy distinta que es la predicación, la realización de señales y prodigios, la extensión del Reino de Dios y ese maravilloso despertar de fe del que también nos habla esta primera lectura.

Estos, estos siete hombres cuyos nombres ya muestran su origen helenístico, su origen griego, son el principio de la difusión del Evangelio, más allá de las fronteras del judaísmo, aquí se nos dice que se dispersaron todos menos los apóstoles. La persecución es la persecución desatada cuando el martirio de Esteban se ve que se concentra especialmente en los mismos de lengua hebrea, dije mal, en los mismos de lengua griega, y por esa razón son ellos, empezando por esos siete diáconos que llamamos, aunque la palabra evidentemente significaba algo muy distinto de lo que es hoy el diaconado, estos siete diáconos y muchos discípulos de lengua griega tienen que irse de Jerusalén.

La circunstancia resulta providencial porque esa persecución desatada cuando Esteban, es la que va a llevar el Evangelio, o va a empezar a llevar el Evangelio más allá de las fronteras de Jerusalén, pero sobre todo, más allá de las fronteras de Judea y, en últimas, más allá de las fronteras de Palestina. Cuando vemos hoy a Felipe en plena actividad, predicando el Evangelio a los samaritanos, ya un poco al norte de Jerusalén, estamos presenciando el inicio de lo que será la maravillosa aventura del Evangelio. Es el cumplimiento, en realidad, de aquello que Jesús le decía a los apóstoles, les decía a los apóstoles que el Evangelio será predicado primero en Jerusalén, luego en Samaría y hasta los confines del orbe.

Ya estamos viendo ese cumplimiento en la lectura de hoy, cuando ya vemos a Felipe en Samaría y pronto tendremos noticias de cristianos más al norte, en Antioquía, y luego iremos de misiones de Pablo. Y entonces el Evangelio se monta en barco y el Evangelio se seguirá montando en todo género de vehículos y se monta hasta un burro, en caballos, se monta en autos, en aviones y va recorriendo y va llenando con su alegría, como llenó a Samaría, va llenando con su alegría la humanidad entera.

Es un momento entonces muy bello, pero un momento muy paradójico. Lo que suscita la proclamación de la Buena Nueva es una mala noticia. Una buena noticia que es predicada a golpes de malas noticias, porque es una pésima noticia que hayan agarrado por su cuenta un hombre justo y fiel, como Esteban, lo hayan torturado y, en un juicio inicuo, hayan llegado a la conclusión de que había que acabar, había que acabar con él. Me parece que el versículo que concentra esta paradoja lo encontramos donde se dice, donde se dice aquí: «Se desató una violenta persecución contra la iglesia de Jerusalén. Al ir de un lugar para otro, los prófugos iban difundiendo el Evangelio». ¿Dónde se ha visto eso?

Se supone que las buenas noticias las cuentan los vencedores. Pues no, estos son vencidos, prófugos, gente que está huyendo, pero que huye contando una buena noticia, esta es la paradoja de la difusión del Evangelio. Un Evangelio que es buena noticia de Dios, contada a fuerza de las malas noticias de los hombres. Un Evangelio que cuando es enterrado, resulta que estaba siendo sembrado. Un Evangelio que cuando es molido, resulta que estaba siendo difundido. Un Evangelio que cuando es perseguido, resulta que está siendo esparcido. Un Evangelio, en fin, que tiene todas las paradojas de la cruz de Cristo, porque cuando a Cristo se le estaban abriendo huecos en sus manos y pies, se le estaban abriendo fuentes a la humanidad. Y cuando a Cristo se le estaba vistiendo de sangre, se le estaba vistiendo de gracia. Y cuando a Cristo se le estaba enterrando, se estaba sembrando la semilla de la gloria. Y cuando a Cristo se le estaban poniendo esos soldados para vigilar a un cadáver, se estaba poniendo el testimonio vivo de la impresionante, de la maravillosa gloria de su resurrección.

De modo que este es un día para despertar nuestra admiración, es un día para fascinarnos de ese Evangelio que tiene todas las paradojas de la Cruz y de la Pascua de Cristo. Y es también un tiempo para pensar si no será que en nuestras vidas pasa lo mismo. De pronto, de pronto por allá, cuando nos estemos muriendo, va a resultar que la gente que más bien nos hizo fue la gente que parecía fastidiarnos más. Y de pronto va a resultar que los días en que el Evangelio ganó terreno en nuestra vida fueron, precisamente, los días en que nosotros estábamos perdiendo terreno. Esos días en que parece que nada podíamos controlar nosotros, de pronto fueron los días en que Dios ganó más control de nosotros. Esos días en que nosotros, con tristeza, veíamos derrumbarse nuestro pequeño imperio, de pronto eran los días en que Dios estaba instaurando de la mejor manera el reino de su Divino Hijo Jesucristo. De pronto va a resultar que esos días en que nos sentíamos más perseguidos, eran los días en que más estábamos avanzando.

Porque hay que ver cómo corre el que se siente perseguido, ese sí avanza. En cambio, mientras uno está tranquilo, seguramente está también morrongo y quieto, a veces se necesita un poquito de persecución, soltarle unos cuantos perros para que, para que se muevan, para que se muevan. Y no se nos olvide que Dios es el Señor de toda la creación, de manera que esos perros rabiosos, llámense tentaciones del demonio, llámense persecuciones del mundo, llámense burlas de los hermanos o de las hermanas, llámense debilidades o fragilidades nuestras, esos perros que nos persiguen, aunque ellos tengan saña y crueldad, siguen siendo servidores del Altísimo.

¿Qué nos toca a nosotros? Correr delante de los perros sabiendo que en esa carrera está creciendo el Evangelio, como Felipe. Felipe salió en plena carrera de Jerusalén, pero en esa carrera estaba corriendo una gran noticia para los samaritanos son las maravillas del amor de Dios. Y son esas obras de la gracia que hacían exclamar a San Pablo en la carta a los Romanos: «O bathos ploutou kai sophias kai gnoseos theou», «¡Qué abismo el del conocimiento, el de la sabiduría y el de la riqueza de Dios!».

Publícalo en Facebook! Cuéntalo en Twitter!

Derechos Reservados © 1997-2025

La reproduccion de estos textos y archivos de audio, para uso privado o publico,
está permitida, aunque solamente sin fines de lucro y citando la fuente:
http://fraynelson.com/.

 

Volver a las homilías de hoy.

Página de entrada a FRAYNELSON.COM