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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Cuando le preguntan a Cristo cuál es su obra la respuesta del Señor es que lo que él hace es inseparable de quién él es.
Homilía p032015a, predicada en 20200428, con 22 min. y 2 seg. 
Transcripción:
Mis queridos amigos, como hemos mencionado varias veces en estos últimos días, el capítulo sexto del Evangelio de Juan nos presenta una especie de itinerario, un camino, un camino que va de la tierra al cielo, un camino que por tanto describe bien la misión de Jesucristo. Porque Cristo fue llamado, por ejemplo por Catalina de Siena, puente, puente entre el hombre y Dios. Así también este capítulo, empezando con las cosas de la tierra, con el pan de la tierra, ese que es bueno para llenar la barriga. Empezando de ahí nos lleva al pan del cielo, que es el mismo Cristo.
El pan de la tierra es el que multiplicó el Señor y alimentó a la multitud. El pan del cielo es el Cristo que multiplicó ese pan. Pero podemos decir que entre ese pan puramente terreno y el pan venido del cielo, que es Cristo, se nos habla hoy en el pasaje que acabamos de proclamar. Se nos habla de un pan, llamémoslo intermedio. Es el maná, pan que cayendo del firmamento, inspiraba en los hebreos la certeza de la providencia de Dios. No era exactamente un pan que ellos hubieran cultivado con sus manos, amasado con su esfuerzo, horneado con su destreza. No, no era un pan enteramente de la tierra, era un pan que venía misteriosamente de la providencia del Dios del cielo. O sea que el orden completo es, pan de la tierra, maná de un origen extraño, desconocido, como caído del cielo y luego Cristo verdadero, pan del cielo. Pan de la tierra, maná, pan del cielo. Esa es como la escalera por la cual nos conduce este texto bellísimo del capítulo sexto de San Juan.
Por qué aparece el maná dentro de este relato. Lo hemos oído al comienzo de la lectura de hoy. La gente asocia el maná con el poder de Moisés, como presentándole un desafío a Cristo, le dicen ¿qué signo vemos que haces tú para que creamos en ti? ¿cuál es tu obra? Nuestros padres comieron el maná en el desierto, como está escrito. Les dio a comer pan del cielo. Por eso aparece el maná dentro de este relato. O sea que la pregunta que le hacen a Cristo es ¿cuál es tu obra? ¿qué es lo que tú haces? En un pasaje anterior de esta misma serie del capítulo seis de Juan, se había hablado de la obra que nos corresponde a nosotros. Lo que a nosotros nos corresponde es creer. Le habían preguntado a Cristo ¿cuál es la obra que nosotros tenemos que hacer? Y Cristo les dijo la obra que el Padre quiere es que creáis en el que Él envió.
Y ya explicamos en su momento por qué esta es una obra, un trabajo, algo que nos cuesta. Y bien, creo que dijimos. No es porque el acto de creer en sí sea difícil o no, más bien se trata de quitar los obstáculos que riñen contra la fe. Eso es lo que cuesta trabajo. Entonces queda claro cuál es la obra que deben hacer los discípulos de Cristo. Ahora ellos le preguntan ¿cuál es tu obra para que creamos en ti? Como diciendo si la obra nuestra es creer, la obra tuya es que podamos creer en ti. Entonces, ¿cuál es la obra que tú tienes que hacer? Y presentan ellos como ejemplo. Nuestros padres comieron el maná en el desierto. Observemos la diferencia que hay en la mente de esta gente, la diferencia que hay entre el milagro que Cristo claramente ha hecho de multiplicar los panes y el maná del cielo.
Hay una diferencia.Diferencia ¿por qué? porque ese pan que Cristo multiplicó en todo era semejante al pan que pueden producir las manos humanas. En cambio, el maná es un pan que no se parece a lo que pueden producir las manos humanas. Por eso lo que le están preguntando a Cristo es ¿cuál es la obra que tú haces que nadie más puede hacer? Porque ciertamente el multiplicar el pan es un milagro. Pero ese pan, aunque multiplicado, es en todo semejante a lo que pueden hacer nuestras manos. ¿Qué haces tú que no puedan hacer nuestras manos? ¿Cuál es la obra que tú haces que nadie más puede hacer? Esta pregunta es muy importante porque nos remite a la unicidad de Cristo ¿Qué es lo que hace que Cristo sea absolutamente único? Pregunta de máxima actualidad porque hoy hay muchas personas que ven a Cristo como un líder religioso más. Uno más. Y por eso la pregunta de esta gente, así como la tratamos de entender, tiene una relevancia tremenda. Porque la pregunta de esta gente es ¿qué es lo que tú haces que nadie más puede hacer? ¿qué es lo que te hace único a ti? Y entonces dice Cristo no fue Moisés quien nos dio pan del cielo. Es mi Padre el que os da el verdadero pan del cielo.
Y luego asegura. El pan de Dios es el que baja del cielo. De manera que, ¿qué es lo que Cristo hace? Lo que Cristo hace es ser el pan vivo bajado del cielo. El hacer de Cristo es su ser. Lo que Él hace, se confunde, se vuelve uno solo con lo que Él es. Su actuar y su ser se identifican. Esto es absolutamente precioso. En otra de estas meditaciones habíamos comentado cómo Cristo hace lo que dice, dice lo que hace. El hacer de Cristo y el decir de Cristo se confunden. Son uno solo. Pues hoy estamos viendo que el hacer de Cristo y el ser de Cristo son uno solo. Es decir, que allí donde Cristo está, actúa. Parece una frase, no sé, quizás demasiado simple o quizás demasiado profunda. Tratemos de explorarla un poco, porque algo percibió la gente. Cuando Cristo, después de decir esta frase, recibió esta réplica de parte de ellos. Señor, danos siempre de ese pan. Eso sí que es algo único.
Entonces, ¿qué es lo que hace a Cristo único? que Cristo hace allí donde es, su ser, su presencia, su estar, diríamos en castellano. Su estar y su actuar son iguales. Cristo no está distante de sus obras. Cristo está donde obra. Cristo obra donde está. Observemos que esto no sucede con otras personas. Un filósofo, pensemos, por ejemplo, en Carlos Marx. Un filósofo tiene ideas y son otros los que realizan esas ideas. Hay gente que tiene proyectos, tiene consignas, tiene maneras de ver el mundo y de cambiarlo. Pero si, por ejemplo, un hombre como Lenin hace una transformación radical de la sociedad rusa usando las ideas de Marx, pues es eso. Lenin usó las ideas de Marx, pero no vamos a decir que Marx actuó ahí. El que actuó fue Lenin inspirado, enseñado, educado, como lo quieras decir, por las ideas de Marx. ¿Qué indica esto? Cristo es el único que está donde actúa. La presencia de Cristo y el actuar de Cristo van unidos.
Vamos a dar tres ejemplos de lo que esto significa que me parecen ejemplos absolutamente preciosos porque tocan nuestra vida cristiana. Primer ejemplo bellísimo el Santísimo Sacramento del Altar. La presencia de Cristo en el Sagrario. En mi propia experiencia vocacional y en la experiencia de millones de personas, Cristo, presente en el Sagrario no está, por decirlo así, estático, quieto. Actúa, Él actúa donde Él está. Actúa porque es pan vivo. El pan natural, el pan que hacemos, qué sé yo de trigo o de cualquier otro ingrediente. Ese pan, pues es un pan muerto. Nosotros nos alimentamos de él, es verdad, pero como bien explica San Agustín, al alimentarnos de ese pan, lo volvemos lo que nosotros somos es un pan muerto. En cambio, Cristo es un pan vivo. Y sigue diciendo San Agustín. Por eso cuando nosotros comulgamos, Cristo sigue vivo dentro de nosotros y sigue obrando, porque donde Él está, actúa.
Pero bueno, vamos con nuestros ejemplos más despacio. Primero el Sagrario. ¿Cuántas vidas, incluyendo la mía propia, cambiaron por las visitas al Santísimo? En aquellos años, en aquellos meses decisivos en la historia de mi vida, estoy hablando del año mil novecientos ochenta y cuatro. En aquellos años decisivos. Cuando yo estaba estudiando física en la Universidad Nacional y el Señor, por un llamado muy particular que me hizo la Virgen María, empezaba a despertar en mí la fuerza de la vida cristiana. En ese tiempo fue fundamental la visita al Sagrario, la visita al Santísimo aquí en Bogotá, en la parroquia de Corpus Christi, donde estuve no hace mucho, hace unas cuantas semanas. Allá iba yo, iba a visitar a mi Señor y mi decisión maduró ahí, o mejor dicho, como las mieses al sol. Mi vocación la maduró Cristo desde el sol de la Eucaristía. Ahí la luz de Cristo, el actuar de Cristo estuvo en mí. Si yo me pongo frente a un libro de Marx, no hace nada en mí, yo tengo que leer ese libro, tengo que creer esas ideas y tengo que practicarlas yo, si es que creo en eso, soy yo el que obra. Pero yo puedo dar testimonio como millones de personas. Yo iba a ese sagrario como hubiera podido ir a cualquier otro, porque es el mismo Cristo. Pero yo iba a la parroquia Corpus Christi en Bogotá y me sentaba un rato y a veces le cantaba a mi Señor y otras veces me quedaba en silencio. Y Cristo iba obrando en mí como el sol va madurando las mieses y el sol va madurando la mies hasta que está lista para la cosecha. Y así, de la capilla del Santísimo salió madurada mi vocación. Donde Cristo está, actúa. Él obró en mí. Él está vivo, Él es el pan vivo. Ese es un ejemplo.
Otro ejemplo aquellos que se alimentan de Cristo se vuelven como Cristo. Estuviste atento en la primera lectura de la misa de hoy. Estuviste atento. Te diste cuenta cómo murió Esteban. Te diste cuenta. Es el primer mártir de la Santa Iglesia Católica. Viste cómo murió. Te repito las dos frases que él dijo cuando estaba en su agonía. Mira lo que dijo. Señor Jesús, recibe mi espíritu y ya a punto de expirar, dijo Señor, no les tengas en cuenta este pecado. ¿Quién muere así? ¿A qué se te parecen esas frases? ¿A qué? Como dice San Agustín, los mártires son aquellos que hicieron lo mismo que habían recibido. Y lo hicieron porque al alimentarse, explica San Agustín, porque al alimentarse del pan vivo, al alimentarse de Cristo, se volvieron Cristo. Por algo dirá San Pablo, Gálatas capítulo dos. Es que ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí. Es el pan vivo. Entonces, los mártires, hombres y mujeres que padecieron de una manera atroz, como Esteban, que murió apedreado ¿por qué pudieron llegar a ese extremo? porque Cristo era el que vivía en ellos. Porque Cristo donde está, actúa y donde actúa está. Era Cristo el que obrando en ellos les daba esa fuerza, ese vigor. Imposible de explicar con las solas fuerzas humanas. Les daba un vigor impresionante. Ese vigor, ese vigor, esa fuerza que ellos tenían, era Cristo en ellos. Ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí. Esa es la fuerza que tiene la Divina Eucaristía. Esa es la fuerza que tiene el pan vivo. Ellos no estaban solamente recordando a Cristo.
Por eso fíjate la respuesta que solemos decir en la Santa Misa. Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección, ven, Señor Jesús. Anunciamos tu muerte, ese es el pasado, murió hace dos mil años. Proclamamos tu resurrección, eso es presente Él vive hoy. Ven, Señor Jesús ese es el futuro. Es la respuesta hermosísima que tenemos en la Santa Misa. Entonces Él está vivo. Jesús está vivo. El libro más famoso de aquel gran sacerdote carismático Emiliano Tardif, se llama así Jesús está vivo porque la gran sorpresa que él tuvo y ya era sacerdote. Donde se ve que nosotros, sacerdotes, tenemos que cuidar y cultivar nuestra fe. El gran descubrimiento que él tuvo, ¿cuál fue? pues ese, que nosotros no estamos recordando solamente a Cristo. Él está vivo y porque está vivo sigue haciendo hoy lo que hacía en otro tiempo y por eso hace curaciones. Y por eso nosotros en algunas de estas Santas Misas, hemos hecho oración por los enfermos y pedimos curación por las personas, curación para las personas, porque creemos que Él está vivo, y si está vivo las curaciones pueden suceder y suceden, curaciones del cuerpo, milagros verdaderos, curaciones del alma. Suceden porque Él está vivo, porque Él donde está, actúa, porque Él donde actúa está. En Cristo el ser y el hacer van unidos.
El tercer ejemplo que quiero dar de esta realidad, de esta verdad maravillosa de Jesucristo, es para mí muy impresionante. Y es impresionante porque cualquier milagro que uno mencione parece que es como un momento, pero hay un milagro continuo. Sabes ¿cuál es? La Iglesia, en estos días en esos programas que he llamado Momento cultural, estamos haciendo un recorrido por la transición de la Edad Media, el Renacimiento, la llegada a la Edad Moderna. Eso estamos haciendo. Será una serie en total de unos diez programas más o menos. Y es impresionante ver cómo muchas de esas ideas y esos personajes van pasando, van pasando, van quedando en la oscuridad y la Iglesia sigue. Cuando te pones a pensar con cuánta saña querían destruir a la Iglesia en ese siglo dieciocho, cómo esa gente de la Ilustración, por otra parte, grandes genios, grandes intelectos, pero muchos de ellos absolutamente irreverentes, arrogantes, blasfemos. Acuérdate el grito permanente, el grito blasfemo de Voltaire destruid a la Iglesia destruid a la infame. Y hubo momentos en que la persecución llevada a cabo en aquella Francia. Dios Santo. Hacía suponer que se iba a acabar todo y no, y no, y aquí está la Iglesia. Aquí está la Iglesia. ¿Y dónde está el régimen del directorio que surgió de la Revolución Francesa para los libros de historia? ¿Y dónde está el imperio de Napoleón para los libros de historia? Y sobreponiéndose a todos esos oleajes una y otra vez la Iglesia ¿sabes por qué? porque su fundador está vivo. Y porque su fundador habita en ella. Y la defiende porque la ama. Fíjate lo que dice San Pablo. Cristo amó a la Iglesia y se entregó por ella. Y yo agrego, la amó, y la ama, ¡y la ama!. Y es el amor de Cristo el que sostiene y renueva la Iglesia una y otra vez, y queda atrás el Imperio Romano y queda atrás el Imperio carolingio y queda atrás el Imperio Romano germánico. Quedan atrás los imperios, quedan atrás, los sistemas de gobierno. Se oscurecen los pensamientos de los filósofos y vienen nuevas y nuevas corrientes. Y Cristo sigue vivo.
Ese es el gran mensaje. Él está actuando y está actuando porque Él actúa donde es, y Él es ayer, hoy y siempre. Sigamos esta Celebración Eucarística con esa certeza, la certeza de que Él es la certeza de que Él permanece y la certeza de que nadie podrá detener su Palabra. Cielo y tierra pasarán. Mis palabras no pasarán, dijo Jesucristo, y lo comprobamos cada día.

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