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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Cristo nos conduce a descubrir que Él es el verdadero alimento y que el Padre celestial es el Único que dirige nuestro camino.
Homilía p032011a, predicada en 20170502, con 6 min. y 15 seg. 
Transcripción:
Vamos avanzando en la tercera semana de Pascua y el Evangelio del día de hoy está tomado del capítulo sexto de San Juan. Recordemos que para las lecturas de la Misa de entre semana, la Iglesia ha querido apegarse particularmente a este Evangelista Juan. Su camino de contemplación, es decir, su camino de penetración en el misterio de Cristo, es verdaderamente un don para la Iglesia en todo tiempo, pero sobre todo en la Pascua, cuando podemos mirar con ojos nuevos el conjunto del misterio de Jesucristo.
Los primeros días, en las misas de entre semana de Pascua, tuvimos el encuentro entre Jesús y Nicodemo, una verdadera revelación del misterio de Cristo que viene a traer vida nueva y que por eso nos dice hay que nacer de nuevo. El pan nuevo es el segundo tema que aparece dentro de estas lecturas de entre semana en Pascua. Empezábamos la semana pasada a escuchar poco a poco, podríamos decir por sorbos, el capítulo sexto del Evangelio de Juan. Y empieza este capítulo sexto con la multiplicación de los panes. Pero de ese pan puramente material que sacia una necesidad puramente temporal, Jesucristo nos va conduciendo poco a poco para que descubramos cuál es el verdadero pan, y no es otro, sino él mismo. Es Cristo el verdadero pan. Él es nuestro verdadero alimento y atención, no sólo alimento para esta tierra, sino también alimento de eternidad. Más que una necesidad puramente temporal, como sucede con el alimento material, Cristo es pan verdadero, es alimento durante nuestra vida en el tiempo, pero también es capaz de saciar todo nuestro anhelo de plenitud y de felicidad en la gloria eterna del cielo. Ese es el contexto general de este capítulo sexto.
Y en el pasaje de hoy, tomado por supuesto de ese capítulo, encontramos una frase que es fundamental Jesucristo dice a los judíos. No fue Moisés el que os dio el pan, fue mi Padre. Es mi Padre el que os dio aquel pan. Se está refiriendo en ese momento al maná. Así que en el capítulo sexto aparecen en realidad tres tipos de alimento. Aparece un alimento completamente natural, es decir, cultivado, preparado según las leyes de la naturaleza, como es aquel pan que Cristo multiplicó. Ese es el primer modelo de pan. Luego aparece otro pan que también alimenta nuestro cuerpo, pero que es fruto completamente de un milagro de Dios en el desierto, el pan es el maná. Y ese segundo pan que los judíos llamaban venido del cielo, viene a servir como de escalón para llegar al último y más importante de todos los panes, como he dicho, es precisamente Cristo, pan de vida. La secuencia completa de este capítulo es pan material, pan del cielo, pero que alimenta nuestro cuerpo, es decir, el maná y luego pan del cielo que nos alimenta en la tierra y en la eternidad, y que es el mismo Cristo.
Es interesante la frase de Cristo. No fue Moisés el que os dio el pan del cielo, es decir, el maná fue mi Padre celestial. Cristo quiere que levanten la mirada a partir de aquel líder tan grande pero también limitado, llamado Moisés. Cristo quiere que levanten la mirada de ese instrumento para llegar al que es fuente de toda bondad, de toda generosidad, de toda santidad, es decir, al Padre Celestial. Y yo creo que ese levantar la mirada tiene dos propósitos. Observemos que mientras iban en el desierto, muchas veces los hebreos llenos de descontento, se iban contra Moisés como si fueran ideas de Moisés, como si fuera creación de Moisés. El hecho de que ellos tuvieran que atravesar ese largo desierto, es decir, le cobraban a Moisés que era el líder, lo que en realidad querían reprocharle a Dios.
Y la primera corrección que hace Cristo es si Moisés no fue el que dio el pan del cielo, descubre quién es el que realmente está dirigiendo tu camino para lo que a ti te parece bueno, como es alimentarte y para lo que a ti te parece arduo, como es peregrinar por el desierto. Esto vale también para nuestra época. Con mucha frecuencia la gente se vuelve con verdadera rabia, con verdadero odio hacia el Sacerdote. Y la razón por la que atacan al Sacerdote, sobre todo si está enseñando con claridad el Evangelio de Jesucristo es porque el Sacerdote o el Obispo o el Papa, lo mismo que Moisés, tiene que cumplir una función, no es dueño de la doctrina, no es dueño de la Eucaristía, está cumpliendo su función, está cumpliendo su misión.
Pero la segunda razón por la que Cristo quiere que miremos más arriba de Moisés es porque, ante todo, la alabanza y la gratitud, la admiración, no deben quedarse en ningún líder de esta tierra. Por más que sintamos simpatía o cercanía hacia un determinado líder. Nosotros, debemos recordar siempre que el único que es fuente de toda bondad es Dios nuestro Padre, y por eso, si obramos de esa manera, ayudaremos a que también nuestros líderes conserven su propio lugar, como se dice popularmente, no se le suban los humos, sino que puedan descubrir que todos somos finalmente servidores de Dios en Cristo Jesús, como se llamaba a sí mismo el apóstol San Pablo.

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