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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Podemos tener la experiencia de cielo en esta tierra, principalmente en el don de la Eucaristía.
Homilía p032003a, predicada en 20060502, con 12 min. y 22 seg. 
Transcripción:
¿Qué sería? ¿Qué sería lo que quería enseñar Jesucristo cuando hablaba del pan del cielo? Pan del cielo es una expresión que se dice por contraste o por oposición a los panes de esta tierra. Conocemos los panes de esta tierra. Son fruto de la cosecha y del trabajo, y del horno encendido, y finalmente se venden por algún dinero. Ese es el pan de la tierra, es el pan que es fruto de nuestro trabajo. ¿Qué es el pan del cielo? El pan que desciende del cielo. Indica algo que yo no puedo adquirir. Si el pan de la tierra yo lo puedo comprar. El pan del cielo no es algo que yo pueda comprar. Si el pan de la tierra es algo que yo puedo amasar, el pan del cielo es algo que yo no puedo amasar. El pan del cielo es algo que viene como un regalo para mí. El pan de la tierra es el fruto de un esfuerzo, de un comercio, de un intercambio. El pan del cielo, en cambio, es el fruto de un regalo. Es el fruto de la compasión, de la misericordia, de la ternura. Pero ambos son panes. El pan de la tierra alimenta, el pan del cielo, alimenta. ¿Cuál es la diferencia? Que el pan de la tierra me alimenta por un tiempo y necesito trabajar nuevamente para conseguir más de ese alimento. El pan de la tierra no soluciona el problema de la vida, lo que hace es aplazarlo. Y finalmente, cuando llega la muerte, el pan de la tierra queda en silencio y no sirve para nada. No sirve de nada alimentar a un cadáver. En cambio, el pan del cielo hace mucho más que aplazar la muerte. El pan del cielo trae la vida. La vida que nosotros recibimos con el pan del cielo es una vida que va más allá de la muerte. El mismo Cristo que nosotros comulgamos aquí, en este altar, hoy, en este lugar, en esta tierra. Ese mismo Cristo que nos alimenta aquí, es el Cristo que nos alimentará para siempre en el cielo. En el cielo no vamos a tener ni maíz, ni porotos, ni arroz, no vamos a tener ni carne, ni pescado, ni chancho. En el cielo no vamos a tener de aquello. Pero hay un alimento, hay un solo alimento que existe en esta tierra, porque ha descendido del cielo. Y ese único alimento que está en esta tierra y que estará siempre en el cielo porque ha venido del cielo, es Jesucristo. Ese es el pan del cielo. Me alimento de Cristo cuando comulgo en la Eucaristía y me alimentaré de Cristo cuando contemple para siempre su gloria y cuando llegue a ser, según dice la primera carta de Juan, semejante a él. Cuando lo contemple y llegue a ser semejante a él, él me hará semejante a él con la fuerza del esplendor de su gloria. Bueno, ¿Qué podemos aprender entonces de estos panes? Pan de la tierra y pan del cielo. Podemos aprender que hay muchas cosas por las que hay que esforzarse en esta tierra. Pero aquello que es fundamental, aquello que es central y que dura para siempre, aquello que es más fuerte que la muerte y que asegura la eternidad, ese es el que nos da esa vida. No es algo que nosotros podamos comprar, no es algo que podamos adquirir y no es el fruto de nuestro esfuerzo, sino es el fruto del regalo de la pura gracia, de la pura misericordia, de la pura, de la purísima generosidad de Dios. Ese es el pan del cielo. Bueno, de aquí podemos entender un poco, que la tierra y el cielo no son dos lugares propiamente. Nosotros no tenemos dos lugares, como decir que uno se va para la luna o se va para el cielo como si fuera otro lugar. El cielo no es así, un lugar geográfico, esa no es la idea. ¿Qué es entonces el cielo? Podemos decir que el cielo es el ámbito de la pura generosidad, de la pura gratuidad de Dios. Nosotros empezamos a experimentar el cielo en la medida en que experimentamos esa pura gratuidad, esa generosidad infinita de Dios, eso que supera nuestros esfuerzos, pensamientos, diseños, proyectos, expectativas, necesidades que nos colma de alegría, que nos colma de fuerza y que permanece para siempre. Esa es la experiencia del cielo, como uno la puede tener ya de algún modo en esta tierra. Nosotros podemos tener esa clase de experiencia del cielo. La experiencia del cielo en esta tierra es la experiencia de la generosidad, la experiencia de la gracia, la experiencia de algo que necesito pero que no merezco, algo que me alimenta, que me fortalece, que me llena, que me trae gozo, pero al mismo tiempo algo que yo no podría comprar, que yo no puedo producir, que yo no puedo diseñar, que yo no puedo ni siquiera describir completamente. Muchos de ustedes han tenido experiencias de cielo, entonces, una experiencia de cielo, por ejemplo, es cuando sentimos que viene como ese Espíritu del Señor y se adueña de nosotros y nos colma de una alegría. Es algo maravilloso, es como un sentir que te derrites por dentro de puro amor y de puro gozo. Tú no podrías producir eso, no hay una fórmula. Tú no puedes tomar una receta y decir haz esto, esto, esto, esto y te vas a morir de dice. No, no hay una fórmula para eso. Simplemente sucede. Ha sucedido algunas veces en tu vida y también en mi vida. Son experiencias del cielo, experiencias en las que nos sentimos alimentados, fortalecidos. Es Cristo mismo actuando en nuestra vida. Otras veces esas experiencias tienen que ver con un momento profundo de perdón, con un momento profundo de reconciliación. Resulta que, por ejemplo, en el sacramento de la Confesión reconocemos nuestras miserias, reconocemos nuestros errores, y Cristo reconoce también la infinita bondad de su corazón ante nosotros. Nosotros le dejamos conocer quiénes somos y él nos deja conocer quién es él. Cristo descorre un poco el velo como de su carne, y nos deja ver algo que se parece al cielo, ese momento maravilloso. Yo te absuelvo de tus pecados, en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Es algo fantástico, es un momento fundamental. Es un momento que trae fundamento, que trae alimento. Y tú sientes, Dios es puro amor, Dios es pura misericordia. Uno no podría comprar eso, uno no puede comprar ese perdón, uno no puede comprar esa paz, uno no puede producir esa paz solamente imaginándola. O qué sé yo, diseñándola. No cabe en nuestros diseños, expectativas, no cabe en nuestras palabras siquiera. Es una experiencia de cielo. Eso no tiene que ver con los lugares, no es una ciudad, no es una montaña, no es un río. No es cuestión de estar arriba o abajo, acostado o sentado. Ni siquiera tiene que ver a veces con los ambientes. A veces hay ambientes de mucha oración y otras veces son ambientes como de desierto. Y llega el Señor y nos consuela, y nos levanta y nos regala su experiencia del cielo. Bueno, así aprendemos un poco lo que significa este conocer el cielo. Saber que nosotros estamos llamados a este cielo. Pero claro, el momento más importante, la experiencia más perfecta del cielo que tenemos es la Eucaristía, porque es la comunión misma, es la unión tan perfecta como es posible en esta tierra con el Hijo del Dios vivo. Es el encuentro con él. Ya no es una sensación solamente en mi corazón, no es algo que pasa únicamente en mi alma. Es mi cuerpo y mi mente es mi sentimiento y mi recuerdo es mi futuro y mi pasado es todo lo que yo entiendo y lo que no entiendo. Todo mi ser es bendecido, abrazado, besado, transformado, santificado por Jesús. En esta maravillosa cena, en este banquete de amor que es la Eucaristía, es lo más grande que tenemos en esta tierra. Nuestra experiencia fundamental del cielo es la Eucaristía. Aprendamos a celebrar la Eucaristía con esa convicción, con esa certeza de la presencia del Pan del Cielo. En los días que siguen, vamos a seguir escuchando más sobre el pan del Cielo. Creo que hoy hemos aprendido algunas cosas. Lo fundamental es que el pan del cielo te llega como un regalo. No es algo que tú puedas trabajar, no es algo que tú puedas conseguir a base de tu esfuerzo, tu pensamiento, tus deducciones o tus proyectos. Es algo que te llega como puro regalo, don que baja de lo alto. Es Dios mismo regalándote así es Dios mismo, colmándote de su amor. Eso sucede en distintos lugares y maneras, pero tiene como su sitio privilegiado en la Eucaristía. Cuando Cristo bendice, santifica, besa, consiente, renueva todo lo que nosotros somos y tenemos. Sigamos esta celebración pidiendo al Señor que aumente nuestro amor a la Eucaristía y que nos permita ser de algún modo instrumentos para que otros tengan también experiencias del cielo. Experiencias de lo que es ser amado sin límites. Son experiencias imperfectas, claro, son apenas como adelanto cierto, pasabocas. No es todavía la plenitud, pero ya nos da como una idea, no. Una pequeña idea de cómo nos ama Dios y de cómo será aquella realidad definitiva cuando estemos con él para siempre en la gloria. Así lo conceda él. Amén. Gracias.

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