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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
(1) No siempre Dios responde de la manera que uno quisiera o cuando uno preferiría; (2) Ver los signos de Dios quiere decir descubrir su presencia en nuestra vida; (3) El verdadero trabajo de la fe no es el acto de creer en sí mismo sino remover los obstáculos que le hacen la guerra a Dios.
Homilía p031019a, predicada en 20200427, con 25 min. y 18 seg. 
Transcripción:
Hermanos muy amados en Cristo Jesús. Valoremos ante todo este capítulo sexto del Evangelio de Juan. Un capítulo que es todo un camino, nos va llevando desde el pan de la tierra que Cristo multiplicó al pan del cielo, que es el mismo Cristo. Podemos decir que este capítulo nos lleva de lo multiplicado al multiplicador. Es Cristo el que se multiplica con su gracia. Es Cristo el que sobreabunda con su amor en todos los que lo aceptamos. Creemos en Él y nos alimentamos de Él. Ningún tiempo del año más apropiado para hacer este camino del Pan de la tierra al Pan del Cielo. Ningún tiempo mejor que este tiempo de Pascua.
Tomemos, hermanos, unas tres enseñanzas sobre el pasaje de hoy, que corresponde, por supuesto, a ese capítulo sexto en los versículos del veintidós al veintinueve. Como he dicho al principio de la Santa Misa, este capítulo lo empezamos a leer la semana pasada y todavía nos acompañará unos cuantos días. Tres enseñanzas de este texto, versículos veintidós al veintinueve del capítulo sexto de San Juan.
Primera enseñanza. El tema de las preguntas que le hacen a Cristo. Segunda enseñanza. Sentido del verbo ver en San Juan. Tercera enseñanza. El trabajo de la fe. Esas son las tres enseñanzas que con el auxilio del Espíritu Santo queremos compartir ahora.
Primero, el tema de las preguntas realizadas a Cristo. Es algo que llama mucho la atención, especialmente en el Evangelio según San Juan. Con mucha frecuencia, no siempre, pero con mucha frecuencia, especialmente en este Evangelio, resulta que a Cristo le hacen una pregunta o le hacen una petición. Y Cristo parece que no atendiera, incluso que no oyera la pregunta, porque lo que dice no tiene una relación directa con aquello que le preguntaron. Es algo que llama la atención.
Por ejemplo, aquí le preguntan ¿cuándo has venido aquí? Y Jesús no dice cómo a las tres de la mañana. No dice cerca del amanecer. No da detalles. Realmente no responde la pregunta. Más bien sigue con su tema. Me buscáis no porque hayáis visto signos, sino porque comisteis hasta saciaros. Otro ejemplo que viene a mi mente es cuando, hacia el final de su vida, de su ministerio, uno de los apóstoles, de hecho dos apóstoles, Felipe y Andrés, le piden a Cristo hay unos hombres, unos griegos, o sea de habla griega, que quieren verte. Esa es la petición que estos apóstoles le hacen a Cristo a nombre de aquella gente. Y Cristo no dice ni sí ni no, sino lo que dice es ahora el Hijo del hombre va a ser levantado, va a ser Glorificado. No parece una respuesta directa a lo que ellos le están preguntando. Se da entonces lo que podríamos llamar una especie de desfase o de desnivel entre las preguntas que hace la gente, las peticiones que hace la gente, y gente, somos nosotros.
Entre esas preguntas y las respuestas de Cristo, porque las respuestas de Cristo parece que van por otro lado. Este no es un detalle accidental del Evangelio según San Juan. Hay algo que está aquí porque esta es la experiencia que muchas veces nosotros tenemos. Nosotros le pedimos a Dios algo y Él a veces nos da otra cosa. Y pareciera que el Evangelio según San Juan nos quiere preparar para tratar con un Dios que no necesariamente tiene que responderme lo que a mi me parece o lo que yo creo urgente.
Un pasaje que he citado muchas veces porque nos enseña muchas cosas, es el de aquel hombre paralítico que bajaron del tejado, removieron una parte del techo y bajaron al paralítico hasta ponerlo frente a Cristo. Era obvio lo que querían y era obvio lo que podía esperar la multitud que estaba ahí. La petición, aunque fuera sin palabras, estaba clara. Cúralo. Pero Jesús sale con otra cosa. Hijo, tus pecados son perdonados. Nadie estaba pidiendo perdón, pero Cristo responde a su manera. Y esto es lo que quiero destacar. Cristo responde a su manera, no a mi manera ni a tu manera. Cristo responde, pero no tiene que responder exactamente lo que yo digo, ni tiene que responder exactamente cuando yo quiero. Es parte de la soberanía, es parte de la majestad de Cristo y es parte también de su providencia, en perfecta consonancia con su mirada penetrante que sabe cuál es nuestra verdadera necesidad.
Entonces la conclusión es que Dios no tiene que responder ni exactamente lo que yo quiero, ni exactamente cuando yo quiero. Es una enseñanza que nos invita hacia la humildad, porque muchas veces uno quiere que Dios le dé a uno exactamente lo que uno quiere, pero Él puede tener planes que son distintos. Por eso también hemos dicho varias veces Él tiene mejores ideas que mis ideas. Entonces yo debo presentarle a Dios mis súplicas. Claro, es mi Padre y me ama. Pero también debo tener certeza de que lo que Él dispone es lo mejor.
Cuando estaban a punto de ejecutar a aquel patrono de los abogados Tomás Moro, Santo Tomás Moro en épocas del rey, un rey ciertamente impío, Enrique octavo impío y libertino. Cuando iban a ejecutar a Tomás Moro, él dijo: Yo sé que lo que Dios tiene dispuesto para mí es lo mejor. Y murió. Fue ejecutado. Y Tomás Moro murió con esa convicción y murió diciendo eso. Lo que Dios tiene para mí es lo mejor y tal vez lo mejor no es lo mejor que a mí se me ocurre. Tal vez a mí no se me ocurriría morirme. No se me ocurriría morirme en este momento, pero lo que Dios tiene para mí es lo mejor. Entonces dejemos de forzar la boca de Dios o la mano de Dios. Nuestra confianza debe ser la de hijos que tienen certeza de quién es su Padre.
Pasemos a la segunda enseñanza el verbo ver. Cuando esta gente le pregunta a Cristo ¿Cuándo has venido aquí? Pregunta que podría brotar de la curiosidad, o tal vez de tratar de verificar el milagro. Cuando le hacen esa pregunta, Cristo sale con otra cosa ¿con qué? Esta frase. Os aseguro me buscáis, no porque habéis visto signos, sino porque comisteis pan hasta saciaros. ¿Qué quiere decir esa frase? Bueno, lo de comer hasta saciarse. Yo creo que lo entendemos fácilmente. Pero qué quiere decir esa parte de la frase de Cristo que expresa como un deseo de Él. Porque Él dice me buscáis, no porque hayáis visto signos. Donde se ve que Él quiere que nosotros veamos signos. ¿Y qué significa ver signos? Eso es lo que nos interesa tratar de responder ahora.
¿Qué es ver signos? En el Evangelio de Juan, como hemos comentado varias veces, la palabra signo. Que en griego se dice semeion en plural semeia. La palabra signo hace referencia a las obras prodigiosas de Cristo, como por ejemplo convertir el agua en vino. Eso está en este mismo Evangelio de San Juan, en el capítulo segundo. Y cuando sucede ese milagro, el evangelista concluye. Este fue el primer signo. No lo llama milagro. El primer signo que hizo Cristo. Primer signo, proton semeion, que hizo Cristo.
¿Y por qué es tan importante la palabra signo en San Juan? Por dos razones. En primer lugar, para que nos demos cuenta que así como nosotros le hablamos a Dios, Dios también nos habla a nosotros. Él también quiere hablarnos a nosotros y nos habla a través de los signos. Al fin y al cabo, la palabra signo no sólo aparece en San Juan, sino que aparece también en los otros tres Evangelios, los llamados sinópticos, pero siempre asociada a signos de los tiempos. De modo que Cristo, Cristo nuestro Señor, nos está diciendo Dios está hablando contigo. Dios te está dando signos y es conveniente que tú mires esos signos y que tú leas esos signos, que tú escuches la voz de Dios en esos signos. Esto es muy importante, porque así como a ti te gusta que te escuchen, a Dios también le gusta que lo escuchemos.
Entonces, ¿qué significa esto de ver signos? Ver signos quiere decir tener nuestros ojos, pero no solo nuestros ojos, también nuestros oídos y sobre todo nuestra mente atenta y despierta, para responder a esta pregunta ¿Qué me quiere decir Dios? ¿Qué es lo que Dios me quiere decir con esto? Entonces, ver signos significa que si Cristo ha multiplicado los panes y yo he comido los panes y quedé saciado, quedé feliz porque comí harto. Pues que no me quede en esa saciedad, sino que yo vaya más allá y más allá de la saciedad de mi cuerpo. Me pregunté con amor y con interiorización ¿Qué me quiere decir Dios con esto? Esta actitud la tiene Cristo en los cuatro Evangelios, no solo en San Juan. Por eso en los otros Evangelios, muchas veces después de un milagro, dice a la gente no se lo digas a nadie. Esa invitación al silencio, que es invitación al recogimiento, es una manera de decir mira lo que Dios hizo por ti, mira lo que hizo tu Señor, míralo. Y piensa lo que eso significa.
A veces el mismo Cristo, como por ejemplo en el capítulo quinto de San Juan, ayuda a iniciar esa reflexión. Así, por ejemplo, a aquel hombre que estaba paralítico junto a la piscina de Betesda, Cristo le dice No peques más, no sea que te suceda algo peor. Esa es como la minúscula homilía, pero qué densa, que Cristo hace a este hombre recién curado. No peques más. Y dice así: No peques más, hay pecado en ti. No peques más, no sea que te suceda algo peor. ¿Qué quieren decir esas palabras? Que Cristo quiere que este hombre no se quede simplemente feliz danzando y saltando. No. Un momentico cae en la cuenta, hermano. Descubre lo que eso significa y sobre todo, según la mente de Cristo, descubre que hay una parálisis mucho peor que la tortura que tú has tenido por más de treinta años. Llevas demasiado tiempo sufriendo, ¿no? Pues ten presente que lo que el pecado va a traer a tu vida es peor que treinta años de parálisis. Esa es una gran homilía de Cristo.
Entonces el verbo ver en San Juan, que es lo que aparece en el texto de hoy, está indicando exactamente eso. Ponle cuidado a los signos de Dios. Ponle cuidado a lo que Él hace por ti. Escucha. Escucha. Abre los ojos. Mira lo que ha hecho. Ese es Cristo enseñándonos.
El último punto de nuestra meditación en esta Santa Misa se refiere al trabajo. El trabajo de creer. Recordemos que aquella gente le pregunta en Cafarnaún. Ya estaban en Cafarnaún. Le pregunta a Cristo ¿Cuál es el trabajo que tenemos que hacer? Y yo creo que todos nosotros asociamos la palabra trabajo con aquellas cosas que uno hace, sobre todo labores corporales. De hecho, la ley de Moisés estaba llena de órdenes y mandatos que tenían que ver con el cuerpo. Por ejemplo, que había que ayunar, o por ejemplo, que había que ofrecer el culto de tal o cual manera, o por ejemplo, que había que dar limosna no solo a los pobres, sino también al templo. Es decir, había muchas obras de ese género en la ley de Moisés. Aquella gente en Cafarnaún le pregunta a Cristo ¿Cuál es la obra que Dios quiere? Seguramente la respuesta que ellos esperaban era algo así como de todo lo que mandó Moisés. Lo que es más grato a Dios es, por ejemplo, que ayunéis. O por ejemplo, que hagáis mucha oración. O por ejemplo, que deis muchas limosnas. Esas eran las tres obras clásicas de la espiritualidad judía: el ayuno, la limosna y la oración. Por eso nosotros, cristianos católicos, también somos invitados a esas prácticas, particularmente en el tiempo de Cuaresma. Así que ellos le preguntan a Cristo por ese tipo de obras.
Quizás un poco perdidos en la extensión de los mandatos de Moisés, que era muy grande, estaban un poco perdidos ahí. Y Cristo les responde de un modo que puede parecernos enigmático. Cristo dice la obra que Dios quiere es ésta que creáis en el que Él ha enviado. Esa es la obra que Dios quiere. Esto nos deja pensando un poco. La obra que Dios quiere es que yo crea en Cristo. Por una parte, Cristo está mostrando la superioridad del régimen de la fe, que es el que viene con Él. Con respecto al régimen de la ley, que es el que queda atrás. El nuevo régimen de la fe está por encima del régimen de la ley.
Es lo mismo que nos dirá San Pablo en el capítulo tercero de la Carta a los Romanos. Sois salvos por gracia y mediante la fe. Y no se debe a las obras, lo aclara también. Entonces la frase de Cristo el trabajo que Dios quiere es que creáis en el que Él ha enviado. Por una parte, está mostrando la superioridad del régimen de la fe. Lo más importante es que yo acepte a Jesucristo. Lo más importante no es que yo haga muchas cosas que yo aseguro que las estoy haciendo, por Dios. Lo más importante no es lo que yo haga. Lo más importante es lo que Él quiere y puede hacer en mí, si yo le abro la puerta.
Esto se parece mucho a aquel pasaje bien reconocido de aquellas dos hermanas, Marta y María. Recuerdas lo que estaba haciendo Marta. Marta hacía cosas para Cristo, mientras tanto María. María de Betania, la hermana de Lázaro, sentada a los pies del Maestro, dejaba que Cristo obrará en ella. Marta hacía obras para Cristo. María recibía la obra de Cristo en ella a través de la fe. Por cierto, cuando nosotros decimos que la obra de Cristo, o mejor que la obra que Cristo quiere es la fe, no estamos rebajando el estándar moral del Antiguo Testamento, debe quedar muy lejos de nosotros aquella frase que se atribuye a Lutero peca más, pero después tienes que creer más. No, esa trampa no es.
Y en el capítulo sexto de la Carta a los Romanos, San Pablo también dice entonces vamos a pecar, porque ahora estamos en el régimen de la gracia y no en el de la ley. De ninguna manera. Esto lo dice San Pablo, capítulo sexto de la Carta a los Romanos. O sea que el régimen de la fe nadie debe tomarlo como una especie de pretexto para pecar. Porque también dice el apóstol Pablo en su carta a los Gálatas, Ep eleuthería ekklethete adelphoi, para libertad habéis sido llamados hermanos. Pero inmediatamente aclara. Pero no toméis la libertad como pretexto para el pecado, concretamente para el egoísmo.
El nuevo régimen, que es el régimen de la fe, no puede ser un régimen de pecado. Recuerda que el régimen de la fe lo que significa es que yo abro mi mente, mi corazón, para recibir a mi Señor Jesucristo. Para que Él viva y reine en mí. Ese es el régimen de la fe. Y por supuesto, si es Él el que está reinando en mí, el pecado tiene que desaparecer. Lo dice clarísimamente la primera carta de San Juan. El que ha nacido de Dios, aceptando así a Cristo se entiende, el que ha nacido de Dios no peca. Entonces, esta frase preciosa del Evangelio de hoy debemos entenderla en clave de la superioridad del régimen de la fe con respecto al régimen de la ley. Pero esa superioridad no debe ser pretexto en ningún caso para volver al pecado, para repetir el pecado. De ninguna manera. Esto debe quedar muy claro.
Pero esa frase, según he anunciado, tiene también otra interpretación o mejor, otra enseñanza para nosotros. Dice Cristo la obra que Dios quiere es ésta, que creáis en el que Él ha enviado. Por supuesto que aquellos hombres que le preguntaron a Cristo sentían el peso de la ley, el peso de cumplir la ley de Moisés. Cuando Cristo dice que el trabajo que Dios quiere, porque la palabra griega que aparece ahí significa en primer lugar trabajo. Me parece mucho que es la palabra ergon en griego. El trabajo que Dios quiere es que creáis, pues Cristo tiene presente que esto es pesado para aquella gente.
Y esto nos lleva a la última parte de nuestra reflexión de hoy. Cuesta trabajo creer. Sobre esto nos enseña Santo Tomás de Aquino. Bendita sea su memoria entre nosotros. Bendito doctor de la Iglesia Santo Tomás. Con una claridad impresionante, nos insiste en que la fe es siempre un regalo y en ese sentido, tener fe y recibir a Cristo en sí mismo no es un trabajo. ¿Cómo es compatible eso con lo que estamos meditando? ¿Cómo es compatible lo que dice Santo Tomás? Que la fe es siempre un regalo. ¿Cómo se entiende eso con esto que dice Cristo? El trabajo que Dios quiere es que creáis en aquel que Él ha enviado. Ah, pero eso es lo que nos enseña Santo Tomás.
El trabajo de la fe no es porque a uno le cueste trabajo creer. Lo que a uno le cuesta trabajo es quitar los obstáculos que impiden la fe, es decir, lo que duele, lo que cuesta de creer no es el acto mismo de creer que es puro don del Espíritu Santo. Alabado sea el Espíritu de Dios. No, lo que cuesta de creer no es el acto de creer, ese no cuesta trabajo, ningún trabajo es un puro don, es un puro regalo. Pero Santo Tomás nos dice que lo que cuesta trabajo de la fe es quitar los obstáculos.
¿Y cuáles son esos obstáculos? ¿Cuáles pueden ser esos obstáculos? Por ejemplo, resulta que creer tiene implicaciones. Resulta que creer implica, por ejemplo, sacar los ídolos de tu vida, sacar las mentiras de tu vida, sacar lo que está turbio y sucio de tu vida. Entonces, recibir a Cristo es maravilloso. Pero como la casa donde voy a recibir a Cristo es mi corazón y como ese corazón no puede ser mitad para Cristo y mitad para mis pecados, entonces para crecer en la fe y de hecho, para recibir la fe, hay que despejar el terreno y el apego que puedo tener a mis pecados es un obstáculo para que la fe llegue.
Si una persona, por ejemplo, está apegada a un negocio sucio o a una costumbre sucia, sabe que Dios no va a gustar de eso que esa persona está haciendo. Si yo hago mi dinero, qué sé yo, vendiendo vicio. Así hago dinero. Yo sé que creer en Cristo me daña el negocio. Eso es lo que cuesta. Otro género de precio que hay que pagar cuando se llega a ser creyente es la soberbia de la mente, porque la mente muchas veces tiene la soberbia de querer entenderlo todo. Y saber que Dios es Señor de lo que yo entiendo, pero también es Señor de lo que no entiendo y de lo que no me gusta. Eso cuesta.
El trabajo de la fe no es porque sea difícil creer, lo que es difícil es abrirle campo, abrirle campo al Rey de reyes para que Él llegue y para que Él reine como Él merece reinar en mi vida, en la tuya y en la de todos. Pidamos al Señor conversión entonces. Que esta Pascua no pase en vano. Que todas estas luces benditas de la Palabra de Dios lleguen a nosotros y se queden en nosotros. Así sea.

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