Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

No se trata simplemente de aplazar la muerte

Homilía p031017a, predicada en 20190506, con 9 min. y 43 seg.

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Transcripción:

Queridos hermanos, durante esta semana nos va a acompañar el capítulo sexto del Evangelio de Juan. Este Evangelio empieza con la multiplicación de los panes y termina declarando a Jesús como Pan, Pan del cielo, Pan vivo, Pan que da la vida. Por eso podemos decir que el capítulo sexto de San Juan es como un camino que nos va llevando pedagógicamente de las cosas más materiales a las más espirituales, de las cosas puramente terrenas, a las cosas del cielo, de aquello que es temporal, a aquello que es eterno.

El nombre que tiene en filosofía, en teología y en espiritualidad. Ese camino es muy bonito. El nombre es trascendencia. Hay, en el corazón humano, una capacidad y una necesidad de trascendencia. Y hay, en el corazón de Dios, una respuesta a la necesidad que tenemos de Trascendencia

La necesidad de trascendencia en el corazón humano se nota por una especie de insatisfacción, una necesidad de más, una necesidad de mejor, una necesidad de perfección, una necesidad de duración y eternidad. Cuando aquella pareja, cuando aquellos novios o esposos se miran a los ojos y cuando se dicen te voy a amar para siempre. Ahí está despertando la trascendencia. Cuando un papá abraza a su primer hijo, tal vez cuando abraza a esa bebita o a ese bebito y sienten su corazón. Yo por esta mujercita, yo por esta bebita, yo entregaría mi vida. Ese es un signo muy claro de la necesidad de trascendencia.

El mundo, por el contrario, hermanos, quiere encerrarnos en la Intrascendencia. ¿Qué es la intrascendencia? Es una vida entregada solamente a producir, consumir y entretenerse. El mundo parece que quisiera aprisionarnos en esa rueda, hacer plata, comprar cosas y pasarla bien. ¡Hacer plata, comprar cosas, pasarla bien, hacer plata, comprar cosas, pasarla bien, hacer plata?! Y ahí se nos va la vida. Pero en el fondo hay una insatisfacción muy grande. Insatisfacción que se nota en el hecho de que no compramos simplemente cosas, sino que cada vez quisiéramos comprar más y tener más y no nos dedicamos únicamente a disfrutar, sino que cada vez quisiéramos placeres más intensos.

Esto no sucede en los animales. El animal se sacia. El animal, por ejemplo, tiene su época de celo. Pasada la época de celo, parece que perdiera interés en la cuestión sexual. El animal se sacia, come lo que tiene que comer y ya está. El ser humano, no. El ser humano es insaciable. El ser humano quiere un placer todavía más intenso. Por eso se sobrepasa en el sexo, en el placer, en el descanso, en la comida, en la bebida.

Hace poco me hablaba una amiga muy querida que tiene una gran dificultad en su familia porque un hermano de ella es adicto. La adicción que tiene este hombre es una adicción al juego. Concretamente, tiene una adicción a los videojuegos. ¿Y qué significa una adicción a los videojuegos? Que este hombre algunas veces se sienta frente a una computadora, se conecta con otras personas en otras partes del mundo y organizan campeonatos. Ha llegado a pasar veinticuatro y treinta horas sentado jugando. Se le olvida comer, se le olvida beber, se le olvida dormir. Su organismo está acalambrado, pero él no puede desprenderse de la computadora porque quiere más.

Todas las adicciones, en el fondo, son señales de que queremos más, de que necesitamos más, de que aspiramos a más. Pero esa necesidad humana o queda frustrada en la intrascendencia cuando nos dedicamos solo a producir, consumir y entretenernos, o queda desviada para destrucción de nosotros mismos a través de las adicciones y los vicios.

¿Qué es una adicción? Es una deformidad del infinito en el corazón humano. Esa es una adicción. Entonces la persona encuentra un placer bebiendo por ejemplo licor y bebe más, y bebe más y bebe más y no puede parar. Está buscando el infinito. Pero esa búsqueda le destruye. Está buscando más placer sexual. Entonces utiliza todo tipo de recursos, muchos de ellos, por supuesto, inmorales y sucios, para tratar de estimularse y lograr un placer más grande. O como aquel pobre muchacho encalambrado y encogido en su silla, con los ojos inyectados y enrojecidos. Tiene que seguir jugando. Está buscando el infinito.

Mis hermanos, estamos hechos para el infinito. Estamos hechos para trascender. Estamos hechos para levantarnos de lo puramente material hacia lo espiritual, de lo puramente corporal, hacia aquello que es verdaderamente de Dios. Levantarnos de lo que es temporal para llegar a lo eterno. Y esa es la pedagogía que tiene este capítulo sexto de San Juan. Por eso Jesús quiere enseñar a estos discípulos a que no se queden solo trabajando por el alimento que perece. Y los va llevando como de la mano para que puedan trascender. Porque quiere revelarles cosas realmente grandes, porque quiere revelarles dónde está el verdadero alimento. Es tan bello descubrir el verdadero alimento.

Hermanos, en esta tierra solo hay dos tipos de alimentos. Hay un alimento que sirve para aplazar la muerte. Y hay otro alimento que sirve para dar vida. Alimento para aplazar la muerte son todos los alimentos materiales. Ahí entra el arroz y la carne, la harina y el asado. Y ahí entra la sopita y el postre. Todos los alimentos materiales lo único que hacen es aplazar la muerte. Por virtud de esos alimentos llegamos hasta el umbral de la muerte, pero ahí nos abandonan. Es verdad que los faraones en Egipto eran enterrados con una gran cantidad de alimento, pero cuatro mil y cinco mil años después, ahí están los alimentos. No pudieron comer nada. El alimento material solo llega hasta el umbral de la muerte.

En cambio, el alimento Espiritual no aplaza la muerte, sino que la vence. El alimento Espiritual, que es Cristo, no pospone la muerte, sino que la derrota. El alimento Espiritual que es nuestro Señor Jesucristo, no frena la muerte, sino que la traspasa victorioso con esa lanza bendita que es su Palabra, y con esa fuerza, con ese ariete invencible que es su Cruz. Así atraviesa la muerte, y por eso el que se pega a Cristo. Por eso el que adora la Eucaristía. Por eso el que come santamente el pan del cielo, ya tiene vida eterna. Hermanos, que nuestras familias sean escuelas de ese amor.

Vamos a sacar tres conclusiones. Primera enseñanza hay que enseñar a los hijos que la vida no es simplemente producir, gastar y pasarla bien.

Segunda enseñanza. Hay que enseñar a los hijos que existe algo que se llama vicio y que el vicio es una deformación del infinito. Enseñen a sus hijos y a sus hijas que están hechos para el infinito, pero que si no se adhieren a Cristo, se apegarán a otro infinito que los va a destruir, sea el vicio que sea, incluyendo el afán de dinero por el que ha muerto tanta gente.

Y tercero, sobre todo hay que enseñarles, y con el ejemplo, que cada vez que nos postramos ante el Señor y cada vez que nos alimentamos de Él, atravesamos el umbral de la muerte. Amén.

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