Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Leer de modo nuevo las señales de Dios en la propia vida; ensanchar el corazón al tamaño de los deseos de Dios; aprender a abrir la boca para clamar como hijos.

Homilía p031008a, predicada en 20120423, con 66 min. y 47 seg.

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Transcripción:

Amados hermanos, invoquemos el don del Espíritu Santo para mis palabras, para sus oídos y para nuestros corazones. Ven, Espíritu Divino, Ven, ven, ven. Acércate a mí. Ven. Ven, ven Espíritu Divino. Ven, ven, ven. Acércate a mí. Apodérate, apodérate, apodérate de todo mi ser. Apodérate, apodérate, apodérate de todo mi ser. Si, mis hermanos. Durante estos días estamos escuchando el capítulo sexto de San Juan en la parte correspondiente al Evangelio. En la Misa vamos siguiendo en una lectura prácticamente continua, el capítulo sexto de este Evangelio. Y lo primero que debemos preguntarnos es por qué se lee ese texto en la Pascua. Recordemos qué orden va llevando el Evangelio durante el tiempo pascual. Durante la primera semana del tiempo pascual, que es lo que llamamos la octava de la Pascua, los evangelios eran tomados de distintos textos, es decir, de los varios evangelistas, y tenían en común los relatos, los testimonios de las manifestaciones de Cristo resucitado. En la primera semana de Pascua, la de la octava, ese fue el común denominador para el Evangelio. Lo que escuchamos fue Testimonios de encuentros con el Resucitado.

Después de esa primera semana tuvimos varios días, unos cuatro días en que escuchamos del diálogo entre Jesús y Nicodemo. Nicodemo no era cualquier persona, Nicodemo era maestro de fariseos y por consiguiente, hombre muy autorizado en lo que tiene que ver con el conocimiento de la Escritura. Podemos decir que Nicodemo es algo así como lo más avanzado que tenía el judaísmo en aquella época, y por eso San Juan, al presentarnos la conversación entre Jesús y Nicodemo, nos está contando en qué sentido y de qué manera Jesús se relaciona con la fe judía, pero también en qué sentido y de qué manera supera lo que había alcanzado el judaísmo y la manera como Cristo supera la fe judía, supera, sin anularla, sino llevándola a una plenitud nueva. La manera como Jesús hace, como conduce hacia esa plenitud, se condensa en estas palabras: Hay que nacer de nuevo del agua y del Espíritu. Se entiende muy bien por qué esa conversación y por qué ese tema tan profundo y tan necesario aparece en la Pascua.

Evidentemente a través de esas palabras que San Juan nos cuenta, nosotros mismos estamos aprendiendo qué clase de regalo hemos recibido con la Pascua. Porque nosotros, ustedes y yo, somos el pueblo nacido de la Pascua, el pueblo nacido del agua y del Espíritu, el pueblo nacido del bautismo, el pueblo nacido del sacrificio santísimo y perfecto del Señor en la cruz. Después de esos cuatro días, cuatro o cinco días con Nicodemo, hemos empezado el capítulo sexto de San Juan, que inicia con un relato común a los cuatro evangelios. Ese relato es la multiplicación de los panes. Entendemos bien por qué en la primera semana aparecieron esos relatos de las manifestaciones del Resucitado. Entendemos también por qué el diálogo con Nicodemo. ¿Pero qué tiene que ver la multiplicación de los panes sabiendo que es uno entre tantos milagros que Cristo hizo? ¿Por qué es tan importante ese texto? Podemos decir que es un texto profundamente mesiánico. Dar pan, dar alimento, es dar vida. Dar alimento en el desierto es una prerrogativa del Dios que crea y que sostiene. Dar alimento en despoblado, es mostrarse como fuente de vida. El pueblo de Dios recordaba con amor y con gratitud que cuando estaban peregrinando por el desierto, Dios los alimentó con el maná. El desierto no da pan. Quiere decir que el desierto parece un lugar donde la muerte se enseñorea. El desierto es el lugar donde la muerte se hace fuerte, pero en el lugar donde la muerte se hace fuerte, Dios sostuvo a su pueblo y les dio pan del cielo. O sea que incluso en el milagro del maná queda perfectamente claro que Dios es fuente de vida. Esa señal que realizó Moisés, la de traer el maná, quedó grabada en la memoria colectiva de Israel como una especie de marca distintiva del gran Profeta.

Si alguien puede alimentar el pueblo en el desierto, ese alguien tiene que ser de Dios. Y por eso la obra por excelencia de Moisés es haber podido alimentar a la gente. Donde no hay alimento, allí donde la muerte se hace fuerte. Pero sucede una cosa Jesús multiplica los panes y Jesús prepara un banquete en despoblado. Jesús aparece así entonces como una especie de nuevo Moisés, dentro de la perspectiva del evangelista Juan. Ya esa es una figura muy noble, y eso habla de una altura muy grande en santidad y en unión con Dios. Pero a partir de ese acontecimiento se van dando otros acontecimientos que son los que se cuentan en el capítulo sexto que estamos meditando. Y es esa sucesión de acontecimientos la que realmente abre nuestros ojos a maravillas cada vez más grandes. Es decir, el evangelista Juan en este capítulo sexto. Está haciendo con nosotros el mismo proceso que vivieron los discípulos en aquella época. Un proceso que podemos llamar asombro progresivo. Que Jesús multiplique los panes es algo grande. Que Jesús, después de esa multiplicación, rechace ser llamado rey, es algo misterioso. Que Jesús, habiendo multiplicado los panes y habiendo rechazado que la gente lo nombrara rey, luego camine sobre el agua, es algo inexplicable. Que Jesús, luego de multiplicar los panes, de de rechazar, que se le proclame rey y de caminar por el agua, sea el que lleva la barca hasta la orilla, es algo todavía mayor. Entonces Juan, al recordarnos todo lo que siguió a esta multiplicación de los panes. Lo que está haciendo con nosotros es una operación quirúrgica. Juan está ensanchando el corazón. Está ensanchando los ojos y está ensanchando la boca.

Y si el Espíritu Santo me ayuda y en él confío. Nosotros vamos a entender por qué. Por qué esta operación y qué quiere decir ensanchar el corazón, ensanchar la boca, ensanchar los ojos, abrir los ojos. Juan nos está ensanchando, abriendo más el corazón. Está ensanchando y abriendo nuestra boca. Está abriendo nuestros ojos. Juan nos está diciendo: Es grande, es realmente grande, grande, grande, inmenso, lo que Dios tiene para ti. Eso es lo que está sucediendo. Ensanchar o abrir más el corazón. Porque nuestro corazón, lamentablemente, se sacia con cosas pequeñas. Porque nuestras aspiraciones son mezquinas. Si una persona ha sufrido hambre, demasiada hambre hasta el extremo de morir, de llegar al borde de la muerte. Una de las cosas más difíciles desde el punto de vista médico es recuperar ese organismo. Si una persona pasa, por ejemplo, la barrera de los cinco, seis o siete días sin comer nada. Su metabolismo cambia radicalmente. Se empiezan a presentar una serie de cambios fisiológicos que es muy largo de escribir y hay un cierto momento en que el aparato digestivo se apaga. Lo describo así de un modo informal, como el que apaga con el interruptor, apaga la luz, el aparato digestivo se apaga. Estoy hablando de hambre extrema, extrema, próxima a la muerte. Si una persona ha llegado a ese límite, sacarla de ese extremo para que recupere una función normal es extremadamente difícil. Hay que empezar por darle solo un poco de líquido y lo que se llama suero fisiológico hay que rehidratarla muy despacio y quizás se puede recuperar. Si esa persona que lleva demasiados días sin comer absolutamente nada, nosotros le damos por ejemplo, un trozo de carne o incluso un pan, se muere porque su sistema digestivo ya está apagado.

Según la metáfora que estoy utilizando y la demanda de energía y de sangre que traería tratar de digerir algo tan sencillo como un pan es un esfuerzo demasiado grande para ese organismo. Si una persona ha pasado demasiados días sin comer nada, le das un pan y lo matas. Esto ha sucedido varias veces en la historia, especialmente cuando ciudades enteras han sido sometidas a asedio, han sido sitiadas. Este dato, que es un dato de la medicina y de la fisiología, hay que aplicarlo a lo que le sucede espiritualmente a mucha gente. Muchas personas tienen su corazón prácticamente apagado según aquello que dice el Apocalipsis. Tienen nombre de vivos, pero están muertos. Se murieron por dentro. Y cuando su sistema digestivo, su capacidad de digerir la verdad, su capacidad de acoger el amor, su capacidad de aceptar la belleza, su capacidad de cultivar una esperanza, se han muerto. Si una persona en esas condiciones recibe una gran noticia, la noticia del amor de Dios, en vez de aceptarla, abrazarla y hacerle bien, esa persona se endurece en su escepticismo, se endurece en la burla, se endurece en el cinismo.

Por eso el proceso que lleva Jesús es tan bello en este capítulo seis de Juan, porque el proceso que lleva a Jesús es conducir a la gente desde ese estado dramático de inanición espiritual, ensanchando poco a poco el corazón, ensanchando poco a poco su boca, abriendo poco a poco sus ojos. Hoy, por ejemplo, en el pasaje encontramos lo que les dice Jesús. Después de que ellos recibieron una bondad, una caricia de Dios que fue el pan multiplicado. Y después de que se saciaron y llenaron en Colombia decimos la barriguita aquí creo que dicen la guatita después de que llenaron la guatita después de que experimentaron esa bondad de Dios en sus cuerpos, empiezan a salir del estado dramático de inanición espiritual. Y entonces ya Jesús le suelta esta frase: Trabajen no por el alimento perecedero, sino por el que permanece hasta la vida eterna. Mira la ternura de Cristo, mira su amor incomparable, cómo los va llevando de las cosas materiales, inmediatas y terrenales a las cosas más profundas, más duraderas, más trascendentes y celestiales. Trabajen por el alimento que perdura. Ya Jesús ha ganado la bienquerencia. De esta gente. Ya lo miran con amor. Ya están agradecidos con él. Ya tienen la guatita llena. Ya están listos para oírle. Y en ese momento, Jesús da un pasito más. Y les invita a ensanchar el corazón. Mira, no te quedes solo con las cosas de esta tierra. Es verdad que necesitabas llenarte. Es verdad que necesitabas comer. Pero acuérdate que hay otra hambre. Fíjate ¡qué ternura de Cristo! Cómo les va despertando la otra hambre. Les está recordando que también hay otro pan. Que hay otro modo de trabajar. Que hay, Que hay otro alimento. Pero lo hace con una suavidad. Y ellos le preguntan ¿Y cuál es ese trabajo? Tú nos hablas de trabajo. ¿Cuál es ese trabajo? ¿Qué debemos hacer para realizar las obras de Dios? Y Jesús responde de un modo velado, de un modo escondido, pero sin embargo sugerente. Lo que son las parábolas en los evangelios sinópticos es el lenguaje simbólico, en el texto de San Juan. Las parábolas en los evangelios sinópticos son al mismo tiempo ocultamiento y revelación. Son como un crepúsculo, de modo tal que el que quiere entender, entiende. El que está bien dispuesto comprende. El que quiere endurecerse puede dejar de lado la narración que le da a Cristo. Lo mismo sucede aquí. Jesús habla de una manera velada, de una manera sugerente. Es como una invitación.

Esta es una de las características más hermosas de Jesús en el Evangelio de Juan. Es el mismo lenguaje que oímos en el capítulo cuarto de Juan con la samaritana Cómo le habló a la samaritana. También la samaritana aquella, la del pozo, no. También ella estaba buscando algo muy material y muy concreto: agua, agua para cocinar, para lavar, para la sed. Y Jesús le dice: hoy si conocieras el don de Dios, y quién es el que te pide de beber, le pedirías tú a él y él te daría agua viva. Si conocieras, si conocieras, si conocieras. Entonces ¿De qué me estoy perdiendo? Esa es la manera sutil, bella, respetuosa, caritativa de Cristo. Si supieras. Es Cristo invitándote a subir un peldaño más. Es Cristo invitándote a crecer. Y Cristo. Y te dice: Oye, tú, ¿De qué te estás perdiendo tú? ¿Tú de qué te estás perdiendo? O te basta el agua del pozo de Sicar. Te basta llenar la guatita. -Ay, que buena panzada me he dado a ese pan con ese pescado de rechupete. ¡Qué cosa tan buena! ¿Te basta eso? ¿De qué te estás perdiendo? ¿Ya conoces el alimento que perdura? ¿Ya conoces el agua de vida? dice Jesús. Y de esa manera, poco a poco, Jesús está reanimando nuestro ser que estaba al borde de perecer por inanición, nuestro ser espiritual. Estoy hablando. Y hoy Jesús nos está diciendo eso. Hoy Jesús le está diciendo a aquellos que tienen prosperidad en sus vidas, que tienen muchas cosas materiales. Tal vez tienen lo básico muy bien resuelto. -Pues no soy un millonario, pero vivo bien. Vivo bien. ¿De qué me estoy perdiendo? ¿De qué me estoy perdiendo? ¿Y Cristo? Fue eficaz. Esa pregunta logró que esta gente o esa sugerencia. Digo, mejor. Logró que esta gente soltara su pregunta. ¿Entonces cuál es el trabajo? ¿Entonces qué es lo que tengo que hacer? Y Cristo le responde La obra de Dios. El trabajo que ustedes tienen que hacer es creer. Por favor, observa la hermosura de la construcción del relato de San Juan y por favor observa la preciosa pedagogía de Jesucristo. La gente le pregunta a este nivel y él responde ligeramente arriba.

En el Evangelio de Juan, Cristo nunca responde exactamente en el nivel en el que le preguntan. Siempre responde unos milímetros o centímetros arriba y cuando tú le vuelves a preguntar, él sube otro poquito. Y Jesús te está llamando y te está levantando para que tú descubras los verdaderos bienes, para que tú descubras el verdadero alimento, para que tú descubras el verdadero amor y la verdadera alegría. La gente pregunta ¿por qué trabajo tiene que hacer? Su mente todavía es muy material. Su mente todavía es muy terrenal. Ellos saben de trabajo. Claro que saben de trabajo. Saben de arados, de abonos. Conocen bien ese dolor de espalda después de una mañana sembrando. Conocen bien el sudor que ha empapado sus ropas tantas veces. Conocen bien el sol, canicular que les ciega. Conocen bien el ardor de la sed después de tratar de arrancarle a la tierra un mendrugo. Ese trabajo lo conocen. Pero ahora que ya preguntaron del trabajo, Jesús les cambia el registro y les habla del otro trabajo. El trabajo de creer. ¡Creer! ¡A quién se le ocurre creer! Es un trabajo creer. Este profeta quiere que yo crea. Y uno queda otra vez pensando. Me cambió el registro. Otra vez me cambió el registro del hombre. Ahora resulta que el trabajo es creer y lo que tengo que hacer es creer. Y así Jesús va ensanchando el corazón. El trabajo que Dios quiere es que tú creas en el que Él ha enviado. Yo he hablado varias veces de ensanchar o abrir más el corazón. ¿Por qué dije también abrir más la boca? Porque tenemos un problema muy grave y es que Dios no nos da todas las bendiciones que quisiera, porque no le hacemos caso a un salmo. El Salmo dice: Abre tu boca y yo la saciaré. Abre tu boca, y yo la saciaré. Y por eso el que abre poquito la boca recibe poquito. El que abre mucho la boca recibe mucho. Abre tu boca. Yo creo que todos hemos visto esos especiales de ciencia natural en que la mamá, por ejemplo, un ave, está alimentando a los polluelos. Y has visto cómo abren sus bocas que parece que se les van a reventar porque tienen mucha hambre. Abre tu boca. ¿Y qué es abrir la boca? En el lenguaje metafórico al que nos invita a San Juan. Abre tu boca es: pídelo grande, pídelo mayúsculo, pídelo que merece la pena, pídelo que dura.

Imagínate que a veces uno se encuentra con Cristo. Y uno no sabe qué pedirle. Yo ya he contado la historia que me sucedió a mí mismo. En un sueño, yo iba por una calle de una ciudad que desconocía. Y de repente, por el mismo camino por donde yo iba, pero en sentido opuesto, acercándose a mí Jesucristo. Pero Jesucristo no iba vestido con su larga túnica. Era Jesús, pero estaba vestido como nos vestimos ahora con ropa como la de ustedes, ropa de paisano, ropa de civil. Pero era Jesús. Jesús se me aparece en un sueño y Jesús se va acercando. Yo no sabía qué decirle. Entonces me di cuenta que llevaba un reloj. Y yo tenía la necesidad de preguntarle, de pedirle algo a Cristo. Y entonces le pregunté ¿Qué hora son? Y Jesús me dijo la hora. Y se fue. Se me apareció Jesucristo y lo único que se me ocurrió fue preguntarle la hora. Y después me dio tanta rabia conmigo que ni siquiera me acuerdo qué hora era. Él está aquí. Él está aquí.

Y hay muchos que van a pedirle grandes cosas. Jesús se le apareció a una monja llamada Faustina Faustina Kowalska. Y entonces Santa Faustina era de las que sabía abrir la boca. En general, las hermanitas, las monjitas. Veo que hay algunas en la asamblea. Las quiero mucho. Las monjitas son buenas para pedir. Son buenas. Santa Faustina. Esa sí sabía pedir. ¿Qué quieres, hija mía? Desocupemos el purgatorio. ¡Ella pedía en grande! ¡Ella pedía en grande! Santa Catalina de Siena, que no era religiosa, pero sí era consagrada a Dios. Una virgen seglar, o sea, una consagrada laica, diríamos hoy, con voto virginal, por supuesto, le decía a Cristo: Si puedo pedir algo, vuélveme una tapa, una tapa, si vamos a tapar el infierno. Gente que sabe pedir lo grande. Pero Nelson Medina. Usted ¿qué quiere? La hora. ¡Lamentable! O como dicen algunos jóvenes ahora. ¡Patético! ¡Patético! Abrir la boca. Es entender que somos hijos de Dios. Toma solo esas palabras. Soy hija de Dios. Soy hijo de Dios. Toma esas palabras y empieza a vivir a esa escala. Porque estás viviendo a escala de lagartija, de microbio, de amiba, de virus.

Empieza a vivir a escala de hijo. Pero cuidado con esto. Hay gente que no se da cuenta que esta predicación lleva un orden. Acuérdate que primero se ensancha el corazón. Si uno no ha ensanchado el corazón y ensancha la boca, entonces empieza a pedir tonterías. Más tonterías que pedir la hora. Como por ejemplo Dios mío, dame un yate. Dame un yate. Hay gente que pide cosas así. Es decir, hay gente que no ha cumplido con lo que dice la misa en la misa, dice el sacerdote: Levantemos el corazón.

Hay gente que no ha cumplido con lo que dice Pablo en la carta a los Colosenses. Pablo en la carta a los Colosenses dice: Si hemos resucitado con Cristo, busquemos las cosas de allá arriba. O sea que lo primero es enamorarse de lo realmente grande, de lo realmente santo, de lo realmente bello. ¿Y qué es lo realmente bello, grande y santo? Es la gloria misma de Dios. Si estamos con el corazón ensanchado, si nuestro corazón se ha abierto al tamaño del amor de Dios, nuestra boca se abrirá al tamaño de la voluntad de Dios. Esa frase no la olvides, porque la vas a necesitar. Yo sé por qué te lo digo. Si el corazón se ensancha al tamaño del amor de Dios, la boca se ensancha al tamaño de la voluntad de Dios. Y es ahí donde tus palabras adquieren el poder de la Palabra Divina. Si ustedes permanecen unidos a mí, dijo Cristo a sus apóstoles en el evangelio de Juan Si mis palabras permanecen en ustedes, pidan lo que quieran y se les dará. Es lo mismo que estamos diciendo. Pero fíjate que hay una condición: estar unido a Él. Que tu corazón tome el ritmo del Corazón de Jesús, que tu amor tome el ritmo y la melodía del Corazón de Jesús. Enamórate de la gloria de Dios y verás que las cosas suceden. Ya lo anunció el Salmo. Bien, claramente lo dice: Si tu delicia está en el Señor, Él cumplirá el deseo de tu corazón. Pero lo primero es el corazón. A medida que el corazón va sintonizando con Dios, como le pasó a Santa Faustina.

Santa Faustina se dio cuenta que lo que más amaba ella. Lo digo con todo respeto. Esta frase no la vayan a tomar a mal, no se pongan bravos conmigo, no le vayan a decir a María Isabel, ese padre no lo invite, no lo vuelva a tomar. No se pongan bravos conmigo y le voy a contar esto. Santa Faustina. Ella tenía su familia y en su familia había gente que tenía deudas en su familia había gente enferma en su familia había matrimonios con problemas. Sí. O sea, la familia de esta monjita era como las familias nuestras, con problemas, con deudas, con enfermedades. Pero Santa Faustina estaba tan enamorada de la gloria de Dios que cuando llega ese momento y Jesús le dice ¿en realidad tú qué quieres? Entonces Santa Faustina no dice ay, espere, espere, por aquí tengo el papelito, por aquí tengo el papelito. Yo quiero, mire, necesito estudio para, necesito mercado para, necesito esto, necesito esto. No, no se vaya, No se vaya. Mire, necesito. También necesito. Cuando Jesús le da esa oportunidad a Santa Faustina, ella tiene perfectamente claro lo que quiere, porque lo que ella quiere es que Jesús mismo sea conocido, amado y glorificado. Y se da cuenta, Santa Faustina, que no hay escándalo mayor en el universo que esa realidad espantosa que se llama el pecado. Santa Faustina tiene plena conciencia de que el pecado es el gran obstáculo, el gran escándalo, la gran vergüenza, la única verdadera porquería en esta tierra se llama el pecado. Y Santa Faustina, con su corazón vigoroso y un poco rudo, porque su corazón era un poco rudo. No era una mujer de gran cultura. Santa Faustina tiene el corazón obsesionado con que hay que darle una patada al pecado y hay que quitar el escándalo del pecado y hay que eliminar la obra del pecado. Y la obra del pecado se manifiesta fundamentalmente en que amamos a Dios de un modo mediocre, y nuestra mediocridad es la que lleva al purgatorio, porque si amaramos a Dios con una intensidad sin límites, no habría purgatorio, no habría purgatorio, no habría necesidad de purgatorio.

Claro, un hermano de mi comunidad. Yo pertenezco a la Orden de Predicadores, los dominicos. Un hermano de comunidad le puso a un libro el título más ingenioso que yo he visto. Cuando yo les cuente el título, ustedes se van a imaginar de qué país es ese hombre. El título, por supuesto, lo estoy traduciendo. ¿Cómo evitar el purgatorio e ir derecho al cielo? ¿Nacionalidad de ese señor? Norteamericano. Como buen estadinense. Entonces esa es la obsesión. La obsesión de Santa Faustina es esa. Por qué tiene que seguir el escándalo de que amamos a Dios con tanta mediocridad, con tantos baches, con tantos vacíos, de una manera tan incoherente, tan porosa, de una manera tan vergonzosa y tan inconstante, de una manera tan opaca y tan triste. ¿Por qué Dios no es más amado? Eso es lo que tiene Santa Faustina en su cabecita. Además de tener todo el problema de que la prima está a punto de que se separa, el otro tiene un problema, el otro tiene una enfermedad, el otro tiene. Sí. Todas esas cosas ella las conoce. Pero la obsesión de la monja, la obsesión de la monja, es ¿porqué Dios no es más amado? Ese es el problema. ¿Cómo hago yo para que Dios sea más amado? ¿Cómo hago yo para que la gloria de Dios brille? El corazón de Santa Faustina Kowalska lo mismo que el corazón de muchos otros santos, ha llegado a un punto tal que a ella lo que le interesa es la gloria de Dios. Y así, enamorada de la gloria de Dios, cuando tiene ocasión de pedir algo, lo que pide, lo pide en razón de la gloria de Dios.

Otro que sabía pedir las cosas era el muy querido Santo Tomás de Aquino, famoso por sus escritos de teología, famoso por su capacidad intelectual, menos conocido por el fervor de su alma pura y bella. Jesús le habló una vez desde un crucifijo. Jesús le habló a Santo Tomás. Para alegría nuestra hubo testigos. La voz del crucifijo no solamente la oyó Tomás, la oyó otro fraile que estaba en la capilla. ¿Qué le dijo Jesucristo a Santo Tomás? Le dijo las siguientes palabras: Has escrito bien de mí, Tomas. Imagínate eso. Que Jesús te diga eso. Has escrito bien de mí, Tomas. ¿Qué quieres para ti? ¿Qué quieres para ti, Tomas? En ese momento, saca el papelito. Un momento. Saca el papelito. Espere. Yo lo tenía, Hombre, El papelito. ¿Dónde está? Aquí está el papelito. Mire, aquí está el papelito. Hay una prima que está mal de la rodilla. A un vecino mío se le cayó un marrano en un pozo. Yo mismo no sé, he tenido como un mareo, como que me da como que no me da, como que me sube, como que me baja. Yo no me estoy burlando de nadie. Esas peticiones tienen su lugar, pero es para que entendamos que si uno no ha ensanchado el corazón, tampoco ensancha la boca.

Entonces Jesús le dice ¿Qué quieres? ¿Qué quieres? Respuesta de Santo Tomás Y bendito sea Dios, que hubo un testigo para oírla. Jesús le pregunta ¿Qué quieres, Tomás? Y responde Tomás: Nada, solo a ti. Nada, solo a ti. Solo a ti. Yo no quiero nada más. Eso es el corazón ensanchado. Yo les voy a decir algo, mis amados hermanos de la Renovación Carismática, ustedes saben que la primera gran comunidad carismática en la Biblia fueron los Corintios. Los corintios tenían dones. Era la gente de los dones poderosos. Tenían amplios y poderosos dones, los dones de los corintios. Había uno que oraba en lenguas, el otro interpretaba, el otro expulsaba demonios, el otro hacía profecías, estaban o iban en serio. Esta gente iba en serio con sus carismas. ¿Pero qué dice el capítulo número catorce de la primera Carta a los Corintios? Dice si están todos esos carismas, pero hay algo mejor, pero hay algo mejor. Y eso mejor es lo que está en el capítulo trece de la primera carta. Aspirad dice capítulo trece, primera Corintios: Aspirad a los carismas superiores Y a unos voy a mostrar otro camino más, excelente. El amor es comprensivo, el amor es servicial. El amor. Aspirad a los carismas superiores. Porque con los carismas inferiores se dan divisiones y se dan peleas.

Yo les contaba a los amigos de la Renovación, allá en Concepción, de donde vine el día de hoy. Les contaba la historia de un pueblo en mi país, en Colombia. Ese pueblo se llama Sincelejo. Cuando estaba empezando la Renovación Carismática en Sincelejo había solo un grupito de oración y en ese grupo había dos señoras. Una señora tenía un don de lenguas, un don muy fuerte, y la otra tenía don de interpretación muy fuerte, también muy claro. Pero estas dos señoras que usualmente eran amigas, también peleaban. Entonces, en cierta reunión, la que tenía don de lenguas dio su mensaje en lenguas, pero como estaban peleadas, la otra le dijo: ¡Hoy, si no le interpreto! Hoy no le interpreto. Está castigada, no le interpreta. Los dones menores, aunque a nosotros nos parezcan gran cosa, dan para divisiones. Los dones mayores abren tu boca. Los dones mayores, lo realmente dones altos, altos, no dan para divisiones. ¿Y cuáles son los dones mayores? Los que buscan la unidad de la Iglesia, la gloria de Dios y el amor a los últimos y más necesitados, la caridad, la unión y la gloria de Dios.

Entonces, lo que San Pablo les está diciendo a los corintios es ya que a ustedes les gusta tanto el cuento carismático, ya que ustedes son capaces de aguantar misas de dos horas. Bueno, no dice así, pero dice parecido. Ya que a ustedes les gusta tanto el cuento carismático. Compitan por los verdaderos dones. Y los verdaderos dones es quien trabaja más y con más amor por la unidad de la Iglesia. Quién trabaja más y con más amor por la gloria de Dios. Quién trabaja más y con más amor por atraer al Evangelio de Jesús a los que no lo conocen. Eso es, esos son dones mayores y eso es abrir la boca. Nos falta lo de abrir los ojos, cosa que después de esta predicación empieza a ser necesaria para algunos de ustedes. Hablemos de abrir los ojos. Abrir los ojos. Yo creo que ya les conté lo que pasó en una predicación de éstas. Porque uno trata de aprovechar este tiempo es que yo mañana viajo. Entonces trato de aprovechar el tiempo sirviéndoles lo mejor que puedo. Entonces en una predicación de estas estaba un matrimonio y el hombre se durmió. A mí me dio impaciencia y le dije a la esposa. Le hice señas. Despiértelo. Y ella, muy tranquila, me dice: Usted lo durmió, usted lo despierta.

Hay que abrir los ojos. Abrir los ojos. Eso está en el texto de hoy. La gente le preguntó a Jesús Maestro, ¿cuándo llegaste? Porque ellos estaban aterrados de que había hecho Jesús. O sea, ellos estaban en el tema ciencia ficción. Ellos estaban en el tema. Hollywood no. ¡Uy! Este tipo camina sobre agua. Wow. Wow. Bien. Fuerte. Duro al hombre. Jesús le quita importancia a ese milagro que, entre otras cosas, declara su condición divina. Porque la soberanía sobre el agua es prerrogativa de Dios en la Biblia. Por favor, lean el Antiguo Testamento. Jesús no le da importancia a ese milagro y les responde lo siguiente. Les aseguro que ustedes me buscan, no porque vieron. Vieron. Verbo ver ojitos. Les aseguro que ustedes me buscan, no porque vieron signos, sino porque han comido pan hasta saciarse. Es evidente que el verbo ver tiene aquí una densidad especial. Así es en el Evangelio de Juan. Uno de mis propósitos con esta predicación es que ustedes se enamoren más de la Biblia, especialmente más de los Evangelios. Y en este tiempo pascual. Háganme caso por caridad, pierdan tiempo, entre comillas, pierdan tiempo con el Evangelio de Juan ¡Saboréenlo, degustenlo! ¿Cómo sabe uno que está saboreando el evangelio de Juan? Cuando en el rostro a uno se le dibuja una sonrisa que uno no puede reprimirla.

Una de las características del Evangelio de Juan es que Juan construye la densidad de las palabras. La manera de discurso de Juan es como una escalera espiral que va subiendo y en cada vuelta pasa por el mismo sitio, pero a mayor altura. Hay una serie de verbos en el evangelio de Juan, verbos que se van cargando de sentido y de densidad. Y hay una serie de sustantivos en el Evangelio de Juan que con cada vuelta de la escalera significan más. Entre los sustantivos hay que tomar palabras como agua, luz, vida, camino, ser. Entre los verbos, uno de los más importantes es el verbo ver. Ustedes se acuerdan el Evangelio que leímos el día de la Resurrección. Se acuerda que iban dos discípulos a la tumba. Uno era Pedro y el otro era el discípulo amado. Llegó primero el discípulo amado, es decir, Juan, pero no entró por respeto a Pedro. Entró Pedro y luego entró el discípulo. Y cuando entró el discípulo amado, vio y creyó.

Esa es la máxima densidad del verbo ver en contra de todos, de todo lo que dicen los científicos y los racionalistas. Que el ver se opone al creer y el entender se opone a la fe. Para el evangelista Juan, la máxima densidad de ver es creer, y la máxima densidad de creer es ver. Juan es un universo infinito. Es el banquete de regalo que nos dejó el Espíritu Santo para que nos naciéramos como ovejas de Cristo en estos pastos. Jesús les dice: Les aseguro que ustedes me buscan, no porque vieron signos, sino porque han comido pan hasta saciarse. Fíjate que esa frase es muy extraña. Tomemos esa frase en castellano normal. Les aseguro que ustedes me buscan. No porque hayan visto signos. ¿Qué quiere decir ver signos? No porque hayan visto signos. Queda uno un poco, me parece desconcertado. Pero es que la palabra signo es una palabra que Juan ha venido construyendo en su Evangelio y la va a seguir construyendo en todo el texto, signo o señal. En griego se dice semeion. Y los signos es la manera como Juan se refiere a lo que nosotros solemos llamar milagros. Juan no los llama milagros. Juan los llama signos. Porque Juan quiere que nosotros no nos quedemos en el simple hecho extraño o maravilloso, sino que vayamos al significado. Y cuando yo hablo de un significado es porque hay un signo.

Juan nos está enseñando que los milagros, incluyendo los milagros que Dios hace cuando oramos por sanación, como vamos a hacer hoy. La oración de sanación será pocos minutos antes del desayuno. Los signos. Los signos es el nombre que le da Juan a los milagros. Porque Juan quiere que entendamos que el hecho milagroso pasa. El significado queda. El hecho milagroso pasa porque, por ejemplo, una curación dura unos años. Ninguna curación es eterna. El Señor me sanó, yo era paralítico y me pude levantar. ¿Cuánto le dura ese milagro? Le dura unos quince, veinte o treinta o cuarenta años. Después de ese tiempo, a la camita y a morirse. Se acabó el tema. Usted no va a durar caminando hasta el retorno de Jesús por los siglos de los siglos. Luego el hecho milagroso se acaba como se acaba el pan de la multiplicación. Cristo multiplicó el pan y la gente comió el pan, pero después de unas horas ya será que vuelve a multiplicar porque ya está haciendo hambre. El milagro, el hecho milagroso se acaba el pan. Así haya sido pan milagroso se acaba. El sentido, el significado de ese pan multiplicado. Eso es lo que no se acaba. Y el sentido del verbo ver en San Juan es pasar del hecho al significado. Se parece mucho a la manera como hoy utilizamos algunas veces la palabra o el verbo leer. ¿Tú cómo lees esto? Algunas veces hablamos así ¿Tú cómo lees esta situación? Cuando hacemos esa pregunta, ¿Qué le queremos decir a la persona? Le queremos decir no te quedes en los hechos, sino esto ¿qué significa? Esto ¿Cómo se interpreta esto? ¿Qué consecuencias trae esto? ¿Hacia dónde nos lleva? Lo que nosotros a veces decimos con ese verbo leer. Eso es lo que Juan dice con el verbo orao el verbo ver, ver. Ese ver que es ir más allá del hecho.

Entonces traduzcamos este texto que parece que estaba en castellano, pero no es un castellano que pudiéramos entender, creo yo. Traduzcámoslo. Ya con lo que hemos aprendido. La traducción que nos ayuda a entender lo que quería decir Juan es más o menos esta. Les aseguro que ustedes me buscan, no porque hayan entendido lo que significaba el milagro, sino porque quieren más milagros. Esa es la frase, se la repito. Lo que Jesús está diciendo es eso: ustedes me buscan, no porque hayan entendido lo que significaban los milagros, sino porque ustedes siguen buscando milagros y milagros y milagros, o de otra manera lo que está diciendo Jesús es: Yo tengo muchos más milagros, muchos más. Pero antes de darles otro cargamento de milagros, antes de darles otro container de milagros, cuéntenme si ya digirieron los que les di. Cuéntenme si ya leyeron mi paso por su vida. Cuéntenme si ya comprendieron lo que significa que yo esté en su historia. Cuéntenme si ya sacaron el fruto de la obra preciosa de amor que yo hice con ustedes.

En un lugar como Santiago de Chile, donde tantos predicadores y tanta gente especialísima y llena de carismas y de sanación y de poder, viene esta pregunta es interesante. Antes de seguir pidiendo más milagros, queremos nueva tanda de milagros. Milagros. Milagros, milagros. Antes de que llegue el siguiente container de milagros. Ya digeriste los milagros que te mandé. Ya sacaste el fruto que está en ellos. Ya obedeciste a mi palabra que te decía a través de esas señales lo que yo quería de ti. Porque tú quieres algo de mí. Claro, tú quieres un container nuevo de milagros. Eso es lo que tú quieres de mí. Pero no te has preguntado que yo también puedo querer algo de ti. ¿Y tú qué? ¿Dónde están los frutos de los milagros que ya te di? ¿Dónde está tu lectura de mi presencia en tu historia y en tu vida? Eso es lo que significa, abrir los ojos.

Entonces el sentido de esta palabra es abrir el corazón, abrir la boca, abrir los ojos. Pero luego uno se da cuenta que el orden apropiado es abrir los ojos primero para alabar a Dios por lo que ya ha hecho. Luego abrir el corazón a la altura de la santidad, la gloria y los planes de Dios. Y solo de último, abrir la boca para pedir que su Reino llegue a nosotros, que su Reino llegue a nosotros. Padre nuestro del cielo. santificado sea tu nombre. Venga a nosotros tu reino. Esos son los carismas altos. Ese es el corazón dilatado por el amor. Hermanos hermosa la pedagogía de Cristo, hermosa la pedagogía de Cristo que nos quiere levantar de nuestros deseos, a veces tan limitados. Aunque Él responde, siempre responde. Pero quiere levantarnos de nuestros deseos tan limitados, tan pequeños, y quiere que abramos los ojos para ver su paso en nuestra historia. Quiere que abramos el corazón para que aprendamos a amar su gloria. Y quiere que abramos nuestra boca para que proclamemos su victoria. Amén.

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