Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Todo en esta vida se termina; solamente Jesucristo permanece para siempre.

Homilía p031004a, predicada en 20060501, con 15 min. y 13 seg.

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Transcripción:

Hay varias maneras de meditar en las lecturas de hoy. Una manera es hacer el contraste entre estas dos palabras lo transitorio y lo permanente. Lo transitorio es algo que es provisional, que cumple una función únicamente temporal a la espera de lo permanente y lo permanente, pues se supone que es lo que queda, lo que dura, aquello que es como el término, la meta. Y esto es muy interesante porque en la primera lectura aquellas autoridades judías se vuelven contra Esteban, que era un gran predicador, un hombre lleno del Espíritu Santo. Y uno dice ¿Pero por qué atacaban a Esteban? Esteban era un hombre bueno. ¿Cuál era el miedo de ellos? ¿Por qué se volvían contra él y lo atacaban? Esta pregunta es muy interesante, porque si nosotros aprendemos de la Biblia, por qué la gente buena es perseguida.

También aprenderemos mucho de lo que nosotros tendremos que sufrir en esta tierra. Alguien dijo con cierta gracia: No se hace el bien impunemente. Y uno se pregunta ¿Por qué? ¿Por qué la gente buena es perseguida? Por qué Esteban, por ejemplo, un hombre bueno, un hombre elocuente, un hombre santo, ¿por qué fue perseguido? Y eso tiene que ver con lo permanente y lo eterno. Podemos descubrir cuáles eran los temores de estos personajes, de estas autoridades, con las acusaciones que dicen no cesa de hablar contra el templo y contra la ley. Le hemos oído decir que ese Jesús de Nazaret destruirá este lugar santo y cambiará las costumbres. Ellos estaban instalados en unas costumbres felices con un templo. Acuérdense que ellos eran muy orgullosos de su templo. Otro pasaje evangélico nos presenta a los mismos apóstoles diciéndole a Jesús ¡Mira qué adornos! Pero el templo, mis amados hermanos, era figura, era algo provisional, era algo temporal. Y esta gente estaba tan contenta con el templo, tan contenta con el templo, que era algo provisional. Y estaban tan felices con ese templo provisional que cuando llegó la realidad, cuando llegó la meta, cuando llegó lo permanente, que es el lugar de encuentro entre Dios y los hombres y que se llama Jesucristo. Cuando llegó Jesucristo, que es el verdadero templo, estos estaban aferrados al templo de piedra. Ellos se aferraron al templo provisional y así no recibieron al templo verdadero, porque el templo verdadero es Jesucristo. Todo lo demás, todo lo demás es provisional y es secundario.

Y hasta cierto punto es accidental. Esta gente estaba aferrada. Es aferrada a lo provisional. Había una pareja de enamorados y a él le gustaba darle serenatas a ella. Y a ella le gustaba que él le diera serenatas. Entonces cada semana este enamorado, pues se reunía con algunos amigos. Iba al balcón donde estaba su amada y le cantaba las canciones de siempre, canciones de amor. Seguramente eso le gusta a todas o casi todas las mujeres. Y este hombre, con su voz muy templada, muy afinada, le cantaba las canciones de amor y se saludaban y él se devolvía para su casa. Y a la semana siguiente volvía y le cantaba las canciones de amor y se saludaban y él se volvía para su casa. Y seis meses después, el enamorado volvía y le cantaba las canciones de amor y se saludaban y él se devolvía para su casa. Bueno, tres años después el hombre volvía y le cantaba las canciones de amor y se saludaban y él se devolvía para su casa. Doce años después, el enamorado volvía y le cantaba las canciones de amor y se saludaban y él se devolvía para su casa. Veinticuatro años después, el hombre llegaba con los amigos. Algunos llegaban en silla de ruedas, otros llegaban con bastón y él le cantaba las canciones de amor. Ya con la voz un poco temblorosa y se saludaban y él se volvía para su casa. Finalmente, cuarenta y cinco años después, él volvió y la enamorada pues le había dado un ataque y había muerto. Entonces ya no se pudo más serenatas. Ustedes se estaban riendo mientras yo contaba esta historia. La historia, está, esta historieta es ridícula porque esta pareja de enamorados nunca dio el paso definitivo. Bonito recibir una serenata, una tarjeta, unos chocolates, unas flores. Pero eso es en una etapa que se llama el enamoramiento. Son enamorados, son novios. Pero la idea es que después viene que el matrimonio se van a casar.

Entonces un noviazgo eterno que nunca se vuelve matrimonio, en el fondo es una frustración. Se aferraron de algo que era provisional y no recibieron lo real. Eso fue lo que les pasó a estos judíos. Por lo menos a estas autoridades judías. Ellos se aferraron al templo. Pero todo lo que había en el templo, los sacrificios del templo, las enseñanzas, incluso la palabra misma de Moisés, no era otra cosa sino preparación para la realidad que había de venir. Porque la realidad estable y permanente, el templo que no cambia, es Jesucristo. ¿Qué es un templo? Un templo es el lugar del encuentro con Dios. Pues el lugar permanente del encuentro entre Dios y los hombres es Cristo Jesús, que es verdadero hombre y es verdadero Dios. Ese es nuestro templo verdadero. Todo lo demás, es muy accidental que nos reunamos en esta, en esta salita, aquí, o que nos reunamos en la Basílica de San Pedro, o que nos reunamos en el Santo Sepulcro o que nos reunamos en la Catedral de Dublín. Todo eso es muy accidental. La realidad bendita, el verdadero encuentro entre Dios y los hombres, se llama Jesucristo. Pero esta gente estaba tan enamorada de la etapa esa provisional, que cuando llegó el momento verdadero, entonces ya no supieron reconocerlo. Por eso Jesús lloró sobre Jerusalén. No reconociste el tiempo de la visita de Dios. Eso también nos puede pasar a nosotros. Lo temporal y lo permanente, lo provisional y lo definitivo, lo definitivo, lo permanente se llama Jesucristo.

Vamos a ver qué relación tiene esto con el Evangelio del día de hoy. También aquí aparece lo provisional y lo permanente. Dice Jesús aquí: Esfuércense por conseguir no el alimento transitorio, sino el alimento permanente. Y dice: El alimento permanente es el que da la vida eterna. Es el alimento que les dará el Hijo del Hombre, porque Dios Padre lo ha acreditado con su sello. Aquí también está lo provisional y lo permanente. Mira esto. Nosotros trabajamos para ganar dinero. Necesitamos dinero, así como necesitamos afecto. Necesitamos ropa, necesitamos vacaciones, necesitamos estudios. Pero todo eso, si lo pensamos bien, todas esas cosas de esta tierra son cosas provisionales. Incluso el mismo amor humano es provisional. Si una persona, por ejemplo, queda viuda, pues es una gran tristeza. Pero su vida tendrá que seguir. Tiene que seguir y tiene que seguir con la alegría del Evangelio y tiene que seguir con la fecundidad y con el amor que brota del Espíritu Santo porque el esposo se le murió, pero el Espíritu Santo no se ha muerto, ni Dios el Padre se ha muerto, ni Cristo muere.

Nuestra vida cristiana. Este es el punto central al que quiero llegar. Nuestra vida cristiana es una vida centrada en aquello que no muere. Nuestra vida cristiana está centrada en aquello que dura para siempre y tenemos que aprender a mirar eso que dura para siempre en todas las circunstancias de nuestra vida. Tenemos que aprender a mirar que nuestro trabajo, nuestro tiempo, nuestros amigos, nuestros afectos, nuestras alegrías, nuestra salud misma. La mayor parte de los que estamos aquí parece que estamos de muy buena salud. Se nos ve con muy buena salud, pero no sabemos. Tal vez ya dentro de nosotros está caminando un cáncer que aparecerá la semana entrante o dentro de un mes, o dentro de un año y ya está caminando dentro de nosotros. Al fin y al cabo tendremos que morirnos de algo. No, tendremos que morirnos de algo. Pues cuando me llegue la enfermedad, la mía, la que me va a matar a mí, ahí también voy a ser discípulo de Cristo. Tal vez en ese momento no podré estar de pie aquí predicando, pero seguiré siendo de Jesús y Jesús seguirá siendo el mismo, porque Él si permanece, entonces yo no puedo hacer depender mi vida cristiana de que tengo buena salud, no.

El día que me esté pudriendo con una enfermedad terrible, Jesús seguirá siendo Jesús el día en que me estén persiguiendo. Porque ustedes son muy afectuosos, muy cariñosos conmigo y la gente lo llena a uno de los hijos, y el padrecito y el padrecito que vino y el padrecito que predica y padre, bendígame padre e imponga la mano. No sabe uno sin ponerle la mano o ponerle la mano. Bueno, padre, bendígame. Pero eso es ahora. Ahora y esos elogios. Pero el día en que no haya los elogios. El día en que yo sea el personaje más ridículo. El día en que yo sea el personaje al que nadie quiere voltear a mirar. Ahí Jesús sigue siendo Jesús. Con aplausos o sin aplausos, con salud o sin salud, con mucho dinero o en quiebra. Rodeado de gente conocida o rodeado de extraños. Mi Jesús es mi Jesús, y Él permanece. Y yo trabajo y vivo para Él, para el que permanece. Porque si yo trabajo y vivo para mi salud y hago de eso lo más importante mi vida, eso también se me acaba. Un día se acaba de una o de otra forma. Por más gimnasio que le pongas y más pastillas y dietas, un día se acaba la salud. Y la belleza, los amigos y el esposo o la esposa.

Las lecturas de hoy son entonces un llamado a centrar nuestra vida en el que no muere, en el que no pasa, en el que no termina, en el que no cambia, en el que siempre, siempre estará. Ese es el alimento que nosotros recibimos. Y permítanme que termine esta reflexión contándoles una historia de mi propia vida. Cuando llegué a Dublín, yo vivo en Irlanda. Estoy haciendo unos estudios de doctorado en Irlanda. Cuando llegué a Dublín en el año dos mil tres para iniciar mis estudios. Yo no conocía a nadie en ese país, nadie. Lo que llevaba en mi maleta eran unos correos electrónicos que había intercambiado con algunas personas y con la universidad donde iba a estudiar. Pero conocer, ver a nadie, otra lengua, otra cultura y no sabía de nadie. El momento más bonito de ese primer día. Cuando llegué allá fue cuando entré al oratorio de mi convento allá y estaba la lamparita del Sagrario y estaba mi Jesús ahí. Todo había cambiado. Me hablaban en otra lengua gente que yo no conocía. Todo era nuevo, pero Jesús era el mismo y eso me dio una fortaleza y me dio una alegría tan grande, porque yo sentía todo me lo pueden cambiar, pero a mí Jesús no me lo cambian, Él permanece, Él es. Entonces que cada día, que cada día de tu vida, tu trabajo, tu palabra y tu afecto vayan a aquel que no muere, de manera que no te aferres, como les pasó a aquellos judíos a un templo que finalmente era preparación para otra cosa. Nosotros, queridos hermanos, nosotros tenemos la alegría de saber de este Salvador, de este señor y a Él le entregamos la vida. Amén.

Ya que ustedes se reían de la pareja de enamorados que nunca se casaron por estar solo dándose serenatas, yo pensaba en tantos cristianos que se pasan la vida entera coqueteándole a Jesús. Asoman, asoman, miran un poquito. Tal vez si me gusta, tal vez si me conviene. Tal vez la otra semana me convierto, tal vez el mes entrante. Le digo que sí al Señor. Son como novios o como novias eternos que no terminan de decirle sí a Jesús. Yo te invito con la bendición final de esta Eucaristía, a que no seas un novio eterno, a que no seas una novia eterna. Dile sí a Jesús. Sella compromiso de eternidad, de verdadera eternidad y verdadero amor para siempre con Él séllalo hoy.

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