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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Las consecuencias del pecado del mundo tarde o temprano llegarán a colmar la medida, llevarán a una sentencia definitiva; pero antes de que ésta llegue Dios nos ofrece la salvación en Nuestro Señor Jesucristo.
Homilía p023022a, predicada en 20240410, con 5 min. y 40 seg. 
Transcripción:
La mayor parte de las veces en la Biblia, la palabra juzgar significa pronunciar sentencia. Por ejemplo, cuando se lleva un caso ante un juez, después de escuchar los distintos argumentos, seguramente de la parte acusatoria y de la defensa, el juez en algún momento tiene que pronunciar sentencia, pronunciar sentencia, ese es el sentido más propio de juzgar. Y por eso en la Biblia el verbo juzgar tiene como principal sujeto a Dios, porque el único que tiene todos los elementos de juicio, el único que realmente conoce cómo son las cosas, el único que escruta los corazones es Dios. Por eso también Cristo nos dijo: «No juzguen ustedes». Lo cual significa básicamente, no te atrevas a pronunciar sentencia sobre las personas humanas.
Por supuesto que sobre los actos sí necesitamos tener una claridad. Y el mismo Cristo, pues, fue muy claro al mostrar, por ejemplo, cuáles eran las perversiones de su tiempo, por decir algo, la hipocresía de los fariseos o el egoísmo de los escribas, o la ignorancia de los saduceos. Cristo no tenía problema en juzgar las acciones, pero fíjate que nos aclara mucho, el quedarnos con eso que dije al principio, que juzgar significa pronunciar sentencia.
Armados con esa claridad, acerquémonos al Evangelio de hoy, que está todavía en ese capítulo tercero de San Juan y en el diálogo que tienen nuestro Señor Jesucristo y Nicodemo, uno de los más famosos maestros de la ley en aquel tiempo. Además, un miembro del Sanedrín, es decir, del Senado de aquella época. Cristo dice esta frase, que quiero destacar del texto de hoy: «Dios no envió su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para salvarlo». Fíjate cómo nos aclara esa frase que hemos dicho de pronunciar sentencia. Dios no envió su Hijo al mundo para pronunciar ya la sentencia. Porque, claro, pronunciar sentencia sobre el mundo, sobre la realidad del mundo, un mundo que no conoce a Cristo, un mundo que no ha recibido el Evangelio. Por favor, ¿dime qué clase de sentencia sería esa? La única sentencia sería de condenación, la única sentencia sería de absoluta reprobación.
Pues bien, nos está diciendo Cristo que Dios no envió a su Hijo al mundo para ya pronunciar la sentencia, sino que antes de esa sentencia que tendrá que llegar en algún momento, es lo que llamamos el juicio final o el juicio particular cuando cada uno de nosotros muere, antes de pronunciar esa sentencia, Dios nos ofrece a su Hijo, nos da a su Hijo, nos presenta a su Hijo como puerta de salvación, como esperanza de nuestras almas, como mano tendida, mano tendida. Es Dios Padre diciéndonos: Mira, aférrate a esta mano, eso es lo que significa la salvación. Entonces Dios no envió a su Hijo para ya pronunciar la sentencia, sino que antes de esa sentencia, con la predicación del Evangelio, con el conocimiento del Hijo, Jesucristo, nos da una esperanza de salvación.
Por supuesto, una vida sin Cristo y, sobre todo, una vida que rechaza a Cristo, está rechazando esa oferta, esa oferta de amor con la que Papá Dios dice: Toma esta mano, toma esta puerta, toma esta posibilidad, toma este salvavidas. Si lo rechazas, si prefieres ahogarte, si prefieres hundirte. Bueno, ya esa fue tu decisión, esa fue tu decisión, eso fue lo que tú decidiste. Entonces, mira qué hermoso que es esto. Las consecuencias del pecado del mundo, tarde o temprano, llegarán a colmar la medida. Las consecuencias del pecado del mundo, tarde o temprano, llevarán a una sentencia definitiva, que es el juicio del que nos habla, por ejemplo, el libro del Apocalipsis.
Pero antes de que llegue esa sentencia definitiva para la humanidad, y antes de que llegue la sentencia definitiva para ti, que será la hora de tu muerte, Dios te está diciendo: Toma esta mano, te doy a mi Hijo, te doy a Mi Hijo para que te aferres a Él. Y ¿cómo se aferra uno al Hijo? Nos lo dice el mismo diálogo entre Cristo y Nicodemo, creyendo, «para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna». Aférrate a Mi Hijo, aférrate por fe a Mi Hijo antes de que llegue el momento de la sentencia que como persona te llegará a la hora de la muerte y para la humanidad entera, llegará en el juicio final. ¡Qué profunda, qué bella y solemne frase la que nos ha dicho Cristo el día de hoy! Que la recibamos con fe y, sobre todo, nos apeguemos a Él con amor, con gratitud y con renovada fe. Amén.

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