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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Los enemigos de Cristo quisieron repetir con los discípulos de Cristo lo que de hecho les había fracasado en el mismo Cristo: tratar de controlarlo y encerrarlo: pero hasta de la tumba se levantó libre y victorioso.
Homilía p023019a, predicada en 20210414, con 5 min. y 11 seg. 
Transcripción:
Una enseñanza que hemos aprendido hace tiempo es que Cristo es cabeza de su cuerpo, que es la Iglesia. La primera lectura de hoy de los Hechos de los Apóstoles nos ayuda a descubrir hasta qué punto esto es una realidad. No es solo una imagen bonita, diríamos una metáfora, sino que es una realidad. ¿A qué me refiero? Observemos que, para los adversarios de Cristo, la tumba era el final de la historia. Un revoltoso, un hombre incómodo, peligroso, que podía traer la enemistad y la violencia del Imperio Romano sobre Jerusalén, pero ya nos deshicimos de él, problema terminado. Para ellos, la roca que sellaba la entrada del sepulcro era el final de la historia. Todavía más, pusieron unos centinelas, un piquete de soldados para que vigilaran la tumba. Y, sin embargo, Cristo resucitado se les escapa. Cristo resucitado traspasa las barreras, Cristo resucitado no obedece la presunción, la arrogancia, ni de los soldados, ni de quienes los mandaron a que custodiaran la tumba.
Y ahora volvamos a la primera lectura. Y ¿qué encontramos? Que los mismos adversarios de Cristo pretenden con una cárcel bien cerrada y con un grupo de centinelas, acabar la historia de la Resurrección. Es decir, tenemos todo bajo control, ya encerramos a los apóstoles, ya los tenemos bien asustados. Porque es muy importante la prisión del miedo. Los hemos aprisionado, los hemos encerrado en el miedo y sus cuerpos están bien encerrados en una cárcel guardada por soldados. Sin embargo, tampoco funcionó la estrategia. Es impresionante el testimonio que dan los que les dicen a aquellas autoridades: Hemos encontrado la cárcel bien cerrada. Hemos encontrado los centinelas en su sitio. Y, sin embargo, ellos no estaban. Es ahí donde nos damos cuenta que, aunque ellos no habían pasado por la muerte, de alguna manera ya participaban de la Resurrección. Ellos tenían incluso corporalmente una libertad que nadie podía frenar, una libertad que está más allá de lo que pueden los muros de una cárcel o lo que puede un grupo de soldados bien entrenados y bien armados. Ahí se nota que lo que tiene la cabeza lo tiene el cuerpo.
Ahora preguntémonos ¿cómo podemos aplicar esta enseñanza a nosotros? Pues es importante que nosotros experimentemos la libertad del Resucitado, de modo que nada frene nuestro amor, nuestro testimonio, nuestro servicio, nuestra proclamación de la gloria de Dios. Nada tiene por qué frenarlo. Podríamos decir que nosotros somos un pueblo liberado y un pueblo que anuncia la liberación. Hemos conocido una libertad nueva, que es la que nos da el Resucitado, y esa libertad es la que proclamamos con nuestra manera de ser, con nuestra manera de orar, con nuestra manera de dar testimonio y de compartir con otros, todo lo que Dios ha hecho. Que Dios el Señor, nos libere de las prisiones interiores y exteriores, para que podamos proclamar con gozo y con valentía quién es Él y todo lo que ha hecho por nosotros. Amén.

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