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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
No juzguemos tomando el lugar de Dios pretendiendo conocer el desenlace de la vida de las personas. Y rechazar el amor de Cristo es decirle que preferimos la condenación eterna.
Homilía p023014a, predicada en 20180411, con 6 min. y 53 seg. 
Transcripción:
El Evangelio de hoy está tomado del capítulo tercero de San Juan. Podemos aprender o recordar en este día dos enseñanzas. Primero, algo sobre lo que significa el verbo juzgar en la Biblia. Segundo, la relación que ese juicio tiene con el amor de Dios. Empecemos con el sentido del verbo juzgar. Muchas personas creen que el no juzgar significa no pronunciarse, no decir nada, tolerar en silencio, no meterse en la vida de los demás. Esa manera de pensar sobre el verbo juzgar, demuestra la poca cultura bíblica que tenemos hoy en día. El verbo juzgar en la Biblia está conectado con el hecho teológico fundamental de que Dios es Rey soberano y Dios es juez soberano.
En la Biblia no existe esa división de poderes que difundió, con tanta eficacia, Montesquieu. Aquello de rama ejecutiva, legislativa y judicial, eso no existe en la Biblia. Dios es Señor soberano, en quien reposa toda sabiduría, toda misericordia, toda autoridad, todo poder. Esto quiere decir que cuando se habla de juzgar en la Biblia, se habla del acto propio del que es juez, entendiendo que el único que es juez es Dios. Y esto también significa, que el juzgar en la Biblia está relacionado con definir el destino, el camino definitivo que ha de tomar una persona.
Recordemos un caso famoso que está descrito en el Antiguo Testamento. Salomón fue muy conocido por su sabiduría y se dio el caso de dos mujeres que habían dado a luz. Cada una tenía su propio bebé, pero luego resulta que a una de ellas se le murió su niño. Y como estas dos mujeres estaban en la misma casa, pues aquella a la que se le murió el niño, no tuvo problema en tomar el niño de la otra y decir que era el suyo. En una época en la que no había pruebas de ADN, la disputa entre estas dos mujeres parecía un caso imposible de resolver.
Pero entonces Salomón, en nombre de Dios, óigase la expresión, en nombre de Dios y con la autoridad de Dios, pronuncia sentencia. Dice él: Tomen al niño, pártanlo por la mitad y le dan un pedazo a cada mujer. La que era mamá del verdadero niño, el niño que estaba vivo dice: No hagan eso, déjenselo a ella. Evidentemente, al hablar así, en su desesperación, ésta, que era la verdadera mamá, estaba tratando de salvar como fuera la vida de su hijo, mientras que la otra mujer parecía no reaccionar. Esto le llevó a Salomón a concluir que la verdadera mamá era la que había pedido que el niño fuera salvado, así no quedara con ella. De este modo, Salomón pronunció sentencia y de este modo se tomó una decisión que quedó definitiva para la vida de esas dos mujeres y también para la vida de ese niño, eso es juzgar.
Juzgar es definir qué va a pasar con una persona y juzgar es algo propio de Dios. Entonces de ahí entendemos la frase de Cristo: Dios no ha enviado a su Hijo, a través de la encarnación se entiende, «Dios no ha enviado a su Hijo para juzgar al mundo. ¿Qué quiere decir eso? Quiere decir que la presencia de Cristo no es para sentencia. Dios, a pesar de nuestros pecados, no nos está sentenciando, sino que envía a su Hijo, como un mensaje de amor y de salvación, por eso dice: No lo ha enviado para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve. Si tratas de buscar un sinónimo de juzgar en el contexto de este pasaje, te das cuenta que tendrías que decir algo como esto: Dios no ha enviado a su Hijo para condenar al mundo, lo cual indica el verdadero sentido del verbo juzgar. Repito, es algo que tiene que ver con la acción de Dios.
Y por eso cuando en otro pasaje Cristo nos dice: «No juzguéis», lo que está diciendo es no toméis el lugar de Dios, porque vosotros no sabéis en qué va a parar la vida de esa persona. Pero el hecho de que Cristo diga que no juzguemos a las personas, no significa que no podamos y no debamos juzgar de los actos de las personas y no nos demos cuenta de que hay cosas que están mal hechas. Porque si uno tomara en ese sentido equívoco, ambiguo y sumamente superficial que se utiliza, que se usa hoy con el verbo juzgar, si uno tomara ese sentido de juzgar, entonces uno tendría que ver la corrupción masiva que hay en tantos organismos públicos y los errores y las fallas que han cometido tantos hombres de Iglesia y decir no juzguemos, no juzguemos, no nos metamos. Y por supuesto, ese no es el sentido de las palabras de Cristo.
El sentido de las palabras de nuestro Señor es: No tomes el lugar de Dios pretendiendo conocer el desenlace o el final de la vida de esa persona. Y el amor ¿qué pasa con el amor aquí? Pues resulta que la máxima muestra de amor es el mismo Cristo. Y si tú rechazas la máxima muestra de amor que Dios te da en la persona de Jesucristo, ese es tu juicio. Es decir, estás trayendo la sentencia sobre ti mismo. Porque si esta tabla de salvación que te ofrece Dios en la persona de Jesucristo, tú la rechazas, estás diciendo: No me interesa, no me interesa el amor de Dios, prefiero vivir sin el amor de Dios. Pues bien, quedarse sin el amor de Dios se llama infierno, se llama condenación. Y esa es la explicación de lo que dice Cristo, ese ya está juzgado. Así que por favor, más claridad sobre estas palabras, más claridad y también más responsabilidad.

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