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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
¡Nada puede retener al Resucitado, ni frenar el vigor de su vida nueva en aquellos que se unen a Él por la fe!
Homilía p023009a, predicada en 20130410, con 4 min. y 4 seg. 
Transcripción:
Cuando celebrábamos la resurrección de Cristo, no solamente estábamos y estamos celebrando su victoria sobre la muerte, sino que estamos proclamando que ya nada puede retenerlo. Si los garfios, si las garras de la muerte no tuvieron poder suficiente para retener al cuerpo del Crucificado, ahora que vive, tampoco pudo retenerlo la tumba, tampoco pudo retenerlo la pesada losa que cerraba el sepulcro, tampoco pudieron retenerlo los soldados, aquel piquete de soldados que fue enviado por Pilatos para vigilar la tumba.
Y yo creo que este es un mensaje que aparece con mucha fuerza en la primera lectura de hoy, nada puede retener al Crucificado, nada puede retener al Crucificado porque ha resucitado. La resurrección significa una fuerza de vida que ya no puede ser detenida, ya nadie puede detenerlo. Y esa proclamación de la libertad soberana de Cristo no es simplemente un dato en nuestras palabras o una idea en nuestra cabeza, es una realidad que experimenta la comunidad cristiana, aunque podríamos decir por ahora de una manera sacramental, como en semilla, como en arras, es un comienzo.
Observemos, por ejemplo, lo que nos cuenta este capítulo quinto de los Hechos de los Apóstoles, nos dice que encerraron a los apóstoles en la cárcel. Dado que no se puede meter en la cárcel al Resucitado, pues vamos a meter en la cárcel a los testigos del Resucitado. Pero la cárcel abre sus puertas, la cárcel no puede retener la Palabra y no puede retener a los mensajeros de la Palabra, como diría también el apóstol San Pablo en otra ocasión: «La Palabra de Dios no está encadenada». Y por eso digo que también la comunidad cristiana, especialmente en persona de sus pastores, experimenta, aunque sea en semilla, experimenta esa fuerza de libertad, esa vida nueva, esa energía irreprimible que vence los cerrojos, que vence los piquetes de soldados, que vence las artimañas y las trampas con que el demonio, el mundo y la carne quieren apresar el mensaje de la Resurrección. Nada puede detener al mensaje de la Resurrección, nadie puede detener al Resucitado.
Acuérdate cómo en las lecturas de la semana pasada, las lecturas de la octava de Pascua, en más de una ocasión Cristo atraviesa paredes, atraviesa cerrojos, no es simplemente un despliegue de efectos especiales, más o menos al modo de las películas de Hollywood, efectos especiales. Tampoco es una negación de la realidad corporal del Resucitado, algo así como que se tratara de un fantasma porque Él mismo les dice: -Tóquenme, un fantasma no tiene carne y huesos como yo tengo. No es que el cuerpo de Cristo sea fantasmal o fantasmagórico, es que el cuerpo de Cristo no puede ser detenido, no puede ser retenido el cuerpo de Cristo, porque está colmado de la gloria del Padre, y esa es la fuerza que experimenta el que también cree en Cristo, y esa es la fuerza que Él, como cabeza, comunica a su cuerpo que es la Iglesia.

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