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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
El que vive en Cristo experimenta los dones del que ha vencido a la muerte.
Homilía p023008a, predicada en 20120418, con 37 min. y 59 seg. 
Transcripción:
Hermanos míos, el libro de los Hechos de los Apóstoles es lectura saludable, llena de luz y esperanza en todo tiempo, pero especialmente en el tiempo pascual. No solamente porque coincide la secuencia de los hechos, es decir, después de la muerte y la resurrección de Cristo, lo que sigue es lo que se cuenta en el libro de los Hechos de los Apóstoles. Pero no es solo una sucesión temporal la que nos interesa, sino también, porque este libro es como una hermosísima explicación, una maravillosa catequesis sobre qué significa la Pascua. Y necesitamos ciertamente esta explicación porque nosotros somos el pueblo nacido de la Pascua. Un hecho que no muchos cristianos conocen es que las propiedades nuevas, la vida nueva del Resucitado, ya es vida nuestra. Dice el Apóstol San Pedro, en algún lugar, que nosotros hemos sido hechos partícipes de la naturaleza divina. Es decir, que así como nosotros participamos de la Pasión de Cristo con nuestros dolores, incomodidades o sufrimientos, así también vamos participando del triunfo de su Resurrección, del triunfo de su Pascua, vamos participando también.
Y esto se nota de modo singular en las vidas de los santos, y lo vemos en el pasaje de hoy, tomado del capítulo quinto de los Hechos de los Apóstoles. Recordemos que en el día de la Pascua, Jesús llegó al lugar donde estaban los apóstoles y ellos tenían las puertas cerradas por miedo a los judíos. Pero Jesús, ya resucitado, traspasa esas paredes, no lo detienen ni las cadenas ni los candados. Jesucristo resucitado es incontenible, nadie lo puede frenar, los poderes de este mundo nada pueden contra Él. Y por eso, Jesús atraviesa esas paredes, atraviesa esas puertas y se hace presente en medio de sus apóstoles. Esa característica de poder atravesar las puertas y paredes, es algo propio del Resucitado, es como una señal de la nueva libertad, de la maravillosa libertad, del increíble poder que Cristo ha heredado en razón de su resurrección.
Cómo resultan de ciertas, cómo resultan de luminosas las palabras del capítulo 28 de San Mateo, allí donde Cristo dice: «Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra», y puesto que ha recibido todo poder, nada pueden los que tratan de frenarlo. Es condición del Resucitado traspasar esos límites con que se le intenta poner una frontera, un borde a su poder. Pero hay algo más maravilloso sin haber todavía probado la muerte, sin haber todavía resucitado, ya sus apóstoles vemos que participan de esta misma clase de poder, eso fue lo que oímos exactamente en la lectura de hoy.
El sumo sacerdote con todos sus partidarios, hicieron arrestar a los apóstoles y los enviaron a la prisión pública. Pero durante la noche, el ángel del Señor abrió las puertas de la prisión y los hizo salir. Cuando luego, fueron a buscar por los prisioneros, a ver dónde estaban, ¿qué sucedió? Los guardias que fueron a buscar a los prisioneros dieron este recado: «Encontramos la prisión cuidadosamente cerrada y a los centinelas junto a las puertas. Pero cuando las abrimos, no había nadie adentro». Hermanos, vemos lo que está sucediendo. La misma fuerza, el mismo poder que el Resucitado tiene, lo comunica, lo participa a sus discípulos, estos no han muerto físicamente, no han resucitado en su carne, pero ya tienen una participación real de los poderes del Resucitado y de la vida del Resucitado.
Nosotros, hermanos, nosotros somos ese pueblo que ha nacido del costado de Cristo, nosotros somos ese pueblo que ha nacido de la Resurrección. Y la pregunta es si nosotros creemos que eso, esa fuerza, esa vida que está en Jesucristo, es la misma fuerza, es la misma vida que se manifiesta en nosotros. Porque hermanos, no han sido solamente los apóstoles los que han hecho esta clase de maravillas, a lo largo de la historia, los verdaderos y grandes discípulos de Cristo, el nombre que les damos es los santos, han tenido esa clase de experiencias. Esta iglesia donde nos reunimos sabemos que pertenece a la gran familia franciscana y especialmente a esa rama que ha tenido recientes frutos de santidad, los padres capuchinos, los frailes capuchinos. Entre ellos se cuenta el muy querido, el muy amado Padre Pío.
Y las cosas que se dicen del Padre Pío son como las que hemos oído aquí en los Hechos de los Apóstoles. También en el Padre Pío se cumplieron hechos maravillosos que más parecen de un cuerpo resucitado, que de una persona que ni siquiera había muerto en ese tiempo. Así, por ejemplo, se dice del Padre Pío que aparecía en distintos lugares al tiempo, ese es el don que se llama de bilocación. Lo mismo se cuenta también de un santo, seguramente querido por ustedes, el muy amado Martín de Porres, de mi familia dominicana.
Nosotros somos pueblo de la Resurrección y no tiene nada de extraño, sino que es apenas natural que, alimentándonos de carne resucitada, alimentándonos de sangre resucitada, alimentándonos del Espíritu del Resucitado, nosotros llevemos una vida resucitada, una vida en la que lo maravilloso es natural, lo maravilloso no solo es posible, sino que incluso es forzoso. Esa libertad que el ángel de parte de Dios les concede a los apóstoles, la libertad que les permite salir de la prisión, no es un mecanismo de escape, se nota porque el ángel les da este mandato: «Vayan al templo y anuncien al pueblo todo lo que se refiere a esta nueva vida», los saca de la prisión y los manda al templo.
Si de lo que se trataba era de librarlos de los tormentos, pues muy mala y pobre solución era esa. Si se hubiera tratado simplemente de librarlos de incomodidades o sufrimientos, lo normal hubiera sido que les dijera: -Salgan de esta prisión y aprovechen la noche para desaparecerse lejos de aquí. Escóndanse donde nadie los pueda encontrar. Pero el ángel no les dio ese mandato, el ángel los manda al templo precisamente donde iban a ser más fáciles de oír, más fáciles de ver y más fáciles de encontrar.
¿Qué sentido tiene que ellos sean enviados al templo donde eran tan fáciles de encontrar? Si nosotros pensamos únicamente en términos de liberación, es decir, de ser liberados de la prisión, ese mandato no tiene ninguna lógica. Pero cuando nosotros pensamos cuál es el sentido de esa salida de la cárcel, que no es otro sino proclamar el poder de Cristo por encima de todo otro poder, la majestad de Cristo por encima de la arrogancia por encima de la soberbia, por encima de la mentira y las trampas de los saduceos, cuando caemos en cuenta que ese es el propósito de esa salida de la prisión, entonces entendemos que la voz de ellos, levantada en medio del templo de Jerusalén, era otra proclamación, era otro modo de proclamar esa soberana e irreprimible libertad, esa libertad que también nosotros necesitamos.
¿Qué hemos aprendido hasta aquí?, mis muy amados hermanos. Hemos aprendido que el Resucitado ha recibido todo poder en el cielo y en la tierra. Hemos aprendido o recordado que esa vida del Resucitado es participada a nosotros, ¿cómo? por el don del Espíritu Santo. He aquí la grandeza de aquellos movimientos que en la Iglesia Católica se esfuerzan en vivir el don del Espíritu. Quien sabe proclamar, quien se esfuerza con amor, en proclamar los carismas y los dones del Espíritu, no está haciendo otra cosa, sino abriendo las puertas para que los dones del Resucitado florezcan en el pueblo que Él adquirió con su sangre. En tercer lugar, hemos visto que lo más importante en este pasaje no es el hecho de salir de la cárcel, lo más importante es mostrar que también nosotros, cuando estamos unidos a Cristo, vencemos a los poderes, a las trampas, a los engaños de este mundo.
Apliquemos ahora ese pasaje a nuestras prisiones, ¿no será que también nosotros hemos sido enviados a prisión? Es muy interesante lo que dice Lucas, el autor de los Hechos de los Apóstoles, los saduceos no diseñaron una prisión especial ni los enviaron a una prisión especial, dice claramente el texto que oímos: «Los mandaron a la prisión pública». Y ¿qué tenemos que aprender de ese dato aparentemente sencillo, aparentemente lateral? Tenemos que aprender que los poderes de este mundo nos meterán a nosotros, seamos o no creyentes, en las mismas prisiones que padecen los demás hermanos y hermanas de la raza humana. O dicho de otra manera, no por el hecho de que tú seas cristiano y católico, no por el hecho de que tú hayas conocido el poder del Espíritu Santo, te van a poner en una prisión distinta.
Las prisiones en las que nosotros caemos o podemos caer son las mismas que las prisiones en las que caen los demás. Y ¿cuáles son esas múltiples prisiones? Pues podemos mirar a nuestros contemporáneos y podemos, sobre todo, recordar lo que dijo Cristo a las autoridades judías, según consta en el Evangelio de Juan, dijo Cristo: «El que comete pecado es esclavo del pecado». Y por supuesto que el que es esclavo del pecado, reconoce al pecado como su carcelero. Aquí se ve bien que se cumple lo que he dicho de la prisión pública. Los vicios, los pecados que nos acechan a nosotros cristianos y católicos con una experiencia de fe viva del Espíritu Santo, no son distintos de los demás.
A nosotros nos tienta el orgullo como a los demás, a nosotros nos tienta la comodidad de decir una mentira cuando conviene, a nosotros nos tientan pensamientos o movimientos contrarios a la pureza, lo mismo que al resto de la gente, a nosotros nos puede morder la envidia, lo mismo que a los demás, las divisiones, los orgullos, la arrogancia, la codicia no perdonan ninguna institución, no se detienen a la puerta del seminario diciendo: -Aquí no puedo entrar. Los pecados, horrendas serpientes que brotan del infierno, no se detienen a las puertas de los conventos y monasterios diciendo: -Oh, aquí no puedo entrar.
El pecado, remedando la capacidad que tiene Cristo de atravesar puertas y cerrojos, hace lo mismo, y también traspasa todo tipo de puertas y cerrojos. Y por eso en los monasterios más austeros, en los trabajos misioneros más santos, en los grupos de oración de más alta espiritualidad, en los matrimonios más bellos, ahí también tiene su trabajo la antigua serpiente, el llamado demonio y satanás, que querrá hacer con nosotros exactamente la misma obra que hace con las demás personas, con los demás, hombres y mujeres.
Pero aquí debo corregirme, porque en parte es cierto que el demonio nos ataca a nosotros con los mismos artificios y para meternos a las mismas prisiones, la prisión pública, dijo el texto que oímos. Pero, ¿sabes una cosa? Así como con los apóstoles, los enemigos del Evangelio se cebaron con especial crueldad, así también cuando dejamos que entre el pecado en la vida de un cristiano, ese pecado, como fiera rabiosa que busca venganza y desquite, parece no saciarse en destruir, en acabar y en profanar. Esta es una advertencia importante, creo yo, porque esto significa que si estamos en los grupos de oración, no solamente estamos sometidos a las mismas tentaciones de los demás, sino que si caemos en esas tentaciones, el enemigo malo no solamente intentara herirnos, como a los demás, sino que intentará desquitarse en nosotros, vengarse en nosotros de la espantosa ira que siente de ver liberadas a tantas presas que él creía seguras.
Y esta lección también la tenemos que aprender, según aquello que dijo Cristo en el Evangelio refiriéndose a los medio convertidos, ustedes recuerdan lo que le sucede al medio convertido, se parece a ese hombre del cual se sacó un demonio, pero ese demonio fue y buscó siete peores. Y dice Cristo: La condición de ese hombre llegó a ser peor de lo que estaba al principio. Eso mismo nos espera a nosotros. Ya este camino me permito informarles, no tiene retroceso. Retroceder, pretender devolver la historia, hacer de cuenta que yo nunca fui cristiano, deshacer el bautismo es algo imposible y deshacer la experiencia del Espíritu es algo imposible, y deshacer las gracias que Dios te ha concedido en la renovación, en tu grupo de oración o en tu matrimonio es imposible.
Esas gracias, esos regalos, Dios no los retira. Y si Dios no lo retira, pero tú los pierdes, entonces ¿qué pasa con ellos? Podemos describir lo que pasa con una imagen tomada de la comida. Supongamos que un buen amigo ha querido prepararme una fiesta con motivo de mi cumpleaños, con la amable complicidad de otros amigos, se han entrado a mi casa, han preparado una fiesta sorpresa, han servido maravillosos y deliciosos platos. Todo está listo para mi fiesta de cumpleaños y el único que no lo sabe soy yo. Llego a mi casa y están todas esas viandas, todos esos platos, todos esos postres y la alegría de mi amigo y de mis demás amigos. Pero ahora entra el pecado, el pecado es rechazo al don de Dios, el pecado es ingratitud, el pecado es tirarle por la cara a Dios lo que Él nos ha dado con tanto fuego de amor.
Entonces, vamos a suponer que yo soy un monstruo de ingratitud, vamos a suponer que yo soy una persona tan insensible, tan dura y tan desagradecida, que cuando llego a mi casa y la encuentro llena de todos esos regalos y de ese apetitoso banquete, la actitud que yo tomo es la de decirle a mis amigos: -Ustedes cómo se atrevieron a entrarse a mi casa? Yo no quiero nada de esto, no me gustan estas sorpresas, váyanse de aquí. Es una monstruosidad, es una muestra espantosa de ingratitud, pero no es menos espantosa que lo que nosotros le hacemos a Dios, después de que hemos probado sus dones, después de que sabemos el amor que nos tiene, y después le dejamos servido el banquete y el banquete se llama Jesucristo y queda servido el banquete. Y mucha gente no le recibe el banquete a Dios y los ateos y los agnósticos y muchos otros le dicen a Dios: -Yo no quería que me bautizaran, saquen eso de ahí, ¿por qué se metieron a mi vida?
Pero ¿qué harán mis amigos si yo soy ese monstruo de ingratitud? Quedarse en la casa, no se van a quedar, pero tampoco se llevarán la comida, esa comida queda ahí. Pero como yo he renunciado a comerla, ¿qué va a pasar con esa comida? Pues seguramente esa comida se va a fermentar, a dañar, a corromper, se pudrirá tristemente. Y el hedor de esa comida, que era un regalo para mí, ese hedor va a ser el aroma propio de mi casa.
Y eso es lo que le sucede al cristiano cuando le rechaza los dones a Dios, Dios no se lleva los dones, pero si esa persona no lo recibe, no los agradece, no los aprovecha, esos dones se le pudren adentro, esos dones se fermentan adentro y en vez de tener el agradable aroma de Jesucristo, según las palabras del apóstol Pablo cuando dice: «Ustedes llevan el buen aroma de Cristo», en vez de llevar ese perfume delicioso, lo que llevamos a veces es el hedor de la corrupción, porque hemos dejado que se dañe dentro de nosotros el banquete que Dios nos regaló y que Él no quita, pero que como nosotros no lo comemos ni aprovechamos, ahí se daña. Entonces, ya vemos cómo se aplica esto a nuestra vida. Ya vemos que la prisión pública también nos espera a nosotros, pero aprendemos algo adicional. Cuidado, cuidado, cuidado, porque no solamente seremos atacados por los mismos males, sino que si nos dejamos resbalar y caer, vendrá sobre nosotros una espantosa venganza.
Pasemos al último punto, y ¿cuáles serán esas cárceles? Cuando pensamos en la condición de los cristianos en la mayor parte del mundo, en un país, por ejemplo, como nuestro amado Chile, pues no diremos que se está enviando a los cristianos a la cárcel, pero poco falta para que suceda, quizás no aquí, sí en otras partes del mundo y en otras está a punto de suceder y en otras ya está sucediendo. ¿En cuáles partes ya está a punto de suceder? Yo pienso, sobre todo, en un país con el que estamos en deuda, si no por otra razón, porque la lengua en la que me expreso en este momento la recibimos de allá, hablo de España. Yo por lo menos me siento en deuda con España, amo a ese país, oro con frecuencia, y varios amigos y comunidades en España me invitan con alguna frecuencia para que vaya a predicar.
Quizás ustedes si tienen acceso a noticias internacionales, por ejemplo, a través de internet, se habrán enterado de un escándalo que se presentó el Viernes Santo de este año en curso. El obispo de Alcalá de Henares mencionó cómo las consecuencias del pecado llevaban hacia el infierno y mencionó una amplia lista de pecados. Mencionó la corrupción política, mencionó la codicia, mencionó la mentira, mencionó cantidad de pecados. Y en esa larga lista dijo el obispo, porque tal es su deber como Buen Pastor del rebaño de Cristo, dijo el obispo de Alcalá de Henares: -También ahí hay que incluir los actos propios de la homosexualidad, ah esto no se lo aguantó nadie. Y entonces, en las declaraciones, un cierto dirigente socialista dijo palabras más o palabras menos: -A ese imbécil hay que meterlo en la cárcel o hay que expulsarlo de España. Ya ves, no estamos tan cerca, no estamos tan lejos. Ahí está la situación.
Es decir, una de las tiranías a las que se pretende someter una de las cárceles, cárceles de miedo a las que pretenden meternos, es que no se pueda predicar ni el mensaje, ni la moral cristiana. Nos pretenden meter en una cárcel de miedo y pretenden que nosotros no podemos hablar aquello de lo que estamos convencidos, so capa de que es derecho constitucional, no sé cuántas cosas, se pretende poner esa palabra humana, palabra tantas veces corrupta, porque las leyes humanas van y vienen, por encima de la Palabra de Dios. Y ese es el tipo de tratamiento que recibió el obispo de Alcalá de Henares. Búscalo, por favor en Internet, documéntate para que luego no digas: en qué momento, por Dios, empezó la persecución. Ya lleva tiempo, ya empezó hace rato
En otros países el miedo es mucho más fuerte porque la amenaza es mucho más fuerte. En un país como Nigeria, en un país como Egipto, en un país como Afganistán o como Pakistán, el decir que eres cristiano en público ya es una ofensa a la ley. Resulta que hay una ley que es la ley de blasfemia, y si tú dices en una calle de Pakistán, tú dices: -Creo en el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo. Eso, la ley paquistaní lo clasifica como blasfemia y por decir eso podría ser procesado, y en un dado caso, llegar hasta la muerte. O sea que las prisiones existen, o sea que los ataques existen. Bueno, pero todavía habrá alguien que diga: -Triste cosa lo de Afganistán, triste cosa lo de Pakistán. Tristísimo, pero en mi país eso no pasa. Es verdad que no pasa todavía, ni deseamos que pase nunca, pero no significa que no haya otras prisiones que nos amenazan y que, de tanto en tanto, logran atrapar a alguno.
Me gustó muchísimo cómo el Santo Padre Benedicto, en su viaje al Reino Unido, habló de la prisión del ridículo. Hoy que tenemos como invitados especiales a los jóvenes y veo un buen número de ellos, yo sé que ellos me van a entender mejor que muchos. La prisión del ridículo, ¿qué pasa cuando ser virgen es ridículo? Qué pasa cuando empiezas a sentir que probablemente en tu grupo de amigas, tú eres la única virgen y empiezas a sentirte la tonta, empiezas a sentirte la ridícula, empiezas a sentir que la presión de tus amigos y de tus amigas te hace sentir a todas horas fuera de lugar. Esa es también una prisión, es una prisión de temor. Y hay jóvenes que caen en la trampa y que entonces, pasan por una serie de etapas, y de eso hablaremos luego en la predicación especial para los jóvenes, pasan por una serie de etapas que terminan finalmente en que el joven o la joven llega a esta funesta conclusión: -O mando a la porra mi fe cristiana y mis principios morales, o nunca voy a ser un hombre feliz, pleno, realizado, exitoso, sociable, aceptable por los demás. Porque eso es lo que pretende ese miedo, ese miedo lo que pretende es que tú, querido joven, tú, querida joven, llegues a un momento a esa bifurcación, en algunos países llamamos a eso una Y, una bifurcación.
Y cuando el joven llega a esa bifurcación, ¿ahora qué hago? Sigo cristiano, católico, orando, rechazado, ridículo, solo, nadie me quiere, no consigo el hombre que yo quería, o desecho ese cristianismo, empiezo a hacer trampa, empiezo a vivir como el mundo me propone. Lamentablemente, muchos de los jóvenes, cuando llegan a esa disyuntiva, se sienten sin fuerzas para tomar el camino del heroísmo, el camino que a veces implica renuncia y soledad. Y cuando se sienten sin fuerzas, entonces se van dejando caer. Y después del primer pecado, el segundo es más fácil y el tercero ya casi no duele, y en el cuarto ya no me acuerdo del gemido de Cristo, y en el quinto ya no sé yo quién era, y en el sexto pienso que mi papá es un tonto, y en el séptimo digo que mi abuela fue una amargada, y en el octavo estoy en las garras del mundo. Y así paso de la prisión del miedo a la prisión de cualquiera de los numerosos vicios que hoy se ofrecen.
Hermanos, la prisión pública está siempre abierta. La prisión pública está lista para devorarte querido joven, querida, joven. Y por eso necesitamos vivir, óyeme lo que voy a decir, que con esto termino, necesitamos vivir en contacto, en contacto, en contacto con el Resucitado. En contacto con el Resucitado. La carne resucitada de Cristo es tu victoria, la sangre resucitada de Cristo es el fuego de amor que necesitas para vencer a Satanás. Si no vives en contacto con el Resucitado, tu carne se acobarda. No pienses que basta únicamente que yo tengo las cosas claras en mi cabeza, que a mí me han educado muy bien, que yo sé cómo se vive, que ya soy crecido, que ya soy adulto, no te fíes de eso. Más fuerza tiene la garra, más fuerza tiene el colmillo de la tentación cuando se hinca en tu carne. Y entonces dices: -No, pero es que yo para estar solo, para estar amargado, para quedarme sin nadie, yo ni sé, yo ni entiendo. Y ahí viene el resbaladero que lleva en espiral acelerada hacia el pecado.
Vivir en contacto con el Resucitado. Ustedes no tienen que decirme si son buenas personas los jóvenes, La inmensa mayoría de los jóvenes que yo conozco son buenísimas personas, buenísimas, y su sonrisa es encantadora y su abrazo es expresivo y su palabra lo entusiasma a uno y sus cantos son una fiesta. No tienes que explicarme nada, que los jóvenes son buenas personas, yo lo doy por hecho y que la juventud chilena es buenísima persona, yo lo doy por hecho. Pero mi pregunta es otra: ¿viven nuestros jóvenes en contacto con el Resucitado?

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