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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
La vida cristiana es siempre vida en entrega: en un momento, como los mártires, o a lo largo de una vida, como tantos otros santos.
Homilía p023006a, predicada en 20220427, con 11 min. y 27 seg. 
Transcripción:
Hermanos, la palabra que golpea mi mente y palpita en mi corazón en este momento, es aquello de que Dios sacó a los apóstoles de la cárcel y los puso a predicar en el templo, y en el templo los volvieron a encontrar y los volvieron a meter a la cárcel. ¿Cuál es el sentido de eso? ¿Por qué Dios les da una libertad tan efímera? ¿Por qué no los pone definitivamente a salvo? Es una buena pregunta. La verdad es que el discípulo de Cristo nunca está realmente a salvo, su vida está empeñada en una causa, su vida es una vida ofrecida. El ángel no saca a los apóstoles de la prisión para ponerlos a salvo, Cristo tampoco estuvo a salvo, nosotros no estamos a salvo. Vivir la vida cristiana es ofrecer la vida, vivir es ofrecer la vida, vivir es entregar la vida. Y la vida que tiene significado es la vida entregada, el sentido de la vida es darla, el sentido de la vida es entregarla.
Si Dios nos pusiera a salvo, entonces ya no podríamos entregar la vida. Entregar la vida es perderla, es arriesgarla. La condición propia del cristiano es entregar, ofrecer, arriesgar, perder. Estos verbos se volvieron sinónimos en Jesucristo y se vuelven sinónimos en nosotros. Así tenemos una primera respuesta, Dios no sacó a los apóstoles de la cárcel para salvarlos, sino para ponerlos en la senda del ofrecimiento de su propia vida. Pero hubieran podido también ofrecer la vida en la cárcel, eso es cierto. Hubieran podido ofrecer la vida en el martirio, eso es cierto, lo cual significa que todas las vidas, de alguna forma, son martirio. En la medida en que todas las vidas son entregadas, todas las vidas son martirio. El mártir entrega su vida en cosa de unas semanas, días, a veces horas. Nosotros somos llamados a ser mártires a fuego lento, a entregar la vida poco a poco en el curso de días eternos, semanas, meses, años, décadas. Cuando celebramos los 25, 40 o 50 años de sacerdocio, estamos celebrando 50 años de una vida entregada.
En cierto sentido, a los que solemos llamar mártires, les resulta más fácil, entre comillas, más fácil, porque han entregado todo en un momento. Nosotros somos llamados a entregar todo, lo mismo que ellos, pero a entregarlo a un ritmo diferente. En la cárcel o fuera de la cárcel, en el templo, fuera del templo, los apóstoles tendrán que entregar la vida. Con la violencia de una tortura, la violencia de una enfermedad o la agresión progresiva de la simple vejez hay que entregar la vida, eso es entregar la vida. Somos llamados entonces a seguir el camino de la Pascua, a seguirlo con Jesús, a vivirlo con Jesús.
El texto termina diciendo que el jefe de la guardia trajo a los apóstoles sin violencia, temían ser apedreados por el pueblo. Los perseguidores obran con mala conciencia, saben que están haciendo las cosas mal, pero todavía se aferran a su autoridad, a su poder. Los apóstoles entran sin miedo en ese camino de persecución, y pronto los veremos celebrar con gozo el haber sufrido por Cristo. Resumen ¿para qué liberó Dios a los apóstoles de la cárcel? Para seguir marcándoles una senda entre muchas sendas posibles, porque todas al final son ofrecer la vida, pero en ese dar la vida se encuentra el sentido de la vida.
¡Ay de mí, Señor, si estoy a salvo! ¡Ay de mí, Señor, si estoy seguro! Ay de mí, si estoy protegido, si he aprendido a defenderme, si te he dejado por fuera. Rompe la muralla de mi comodidad, de mi seguridad, de mi egoísmo. Rompe mi oficina de burócrata. Sácame al campo y al desierto. Llévame tras tus huellas, Nazareno. Llévame por esos caminos que solo tú conoces. Repite la voz que le dijiste a Abrahán, que tengo que salir y que tengo que ir a la tierra que tú me mostrarás, y mientras llega esa tierra, solo te tengo a ti, solo tengo la orla de tu manto, solo tengo tu mano segura, tu mirada que penetra en la noche, tu voz que se deja oír en la tormenta. ¡Ay de mí si estoy a salvo!
Porque a salvo estaba Pilatos en su palacio, a salvo estaba el Sanedrín que se reunía en casa de Anás, a salvo estaban los zelotes en sus montañas y sus guerrillas, a salvo estaban los escribas en su maraña de explicaciones, a salvo estaban los fariseos en sus peñascos de orgullo. No estaba a salvo, en cambio, María. María que recibe a Jesús en las entrañas y que no tiene la menor idea de quién la defenderá cuando todo se sepa. No estaba a salvo Juan Bautista, que carecía de chaleco antibalas.

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