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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Jesucristo llega a nuestra vida a través de lo que en nosotros es mas frágil.
Homilía p023005a, predicada en 20090422, con 5 min. y 59 seg. 
Transcripción:
En la Eucaristía celebramos la presencia de Jesús, celebramos que Él está en medio de nosotros, pero también celebramos que nosotros estaremos para siempre con Él. Es decir, celebramos que Él ha querido venir, pero también celebramos que Él ha querido que nosotros vayamos. La Eucaristía es las dos cosas. Es descenso, misericordia, compasión, pero también es ascenso, esperanza, victoria. Y las dos cosas son importantes, recibir la misericordia y, por otra parte, ascender con este Cristo y encontrar nuestro verdadero lugar, nuestra verdadera casa junto a Él. Lo más hermoso es que el mismo motor que trajo a Cristo a la tierra, es el motor que nos lleva a nosotros hacia su cielo. Él vino a nuestra tierra por amor y por amor nosotros hemos de subir a su cielo. Y este descubrir el amor de Cristo es lo que ha hecho que este versículo de hoy sea el versículo más famoso, el más popular de la Biblia que hemos leído hoy, Juan 3, 16: «Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único, para que no perezca ninguno de los que creen en Él, sino que tengan vida eterna».
Descubrir a Jesús entre nosotros es finalmente descubrir que el amor es verdad, que el amor no es una ilusión, un simple deseo, no es una suposición, una posibilidad, no es el qué bonito sería, sino es: qué bonito es, es la realidad, es la verdad. En Jesucristo todo anhelo, todo deseo, toda súplica de amor encuentra su concreción, encuentra su verdad, encuentra su realidad. El amor es una palabra llena de sentido. Si hemos encontrado a Uno que ha amado hasta el final, Uno que ha amado hasta el fondo, o como le gusta decir a la Escritura, Uno que ha amado hasta el extremo. Y por eso, encontrarse con ese amor, es encontrar también la razón para caminar sobre esta tierra y, sobre todo, la razón para esperar el cielo, para anhelarlo. No es la espera pasiva, es la espera activa.
Quiero comentar una última cosa sobre esta frase que sigue aquí: Dios no mandó a su Hijo para condenar al mundo, Dios no mandó a su Hijo para juzgar al mundo. La presencia de Cristo en nuestra carne es una presencia salvadora, misericordiosa, una presencia accesible. Es una presencia hecha, regalada a nuestra escala, en nuestra proporción, vestido de nuestras mismas indigencias, podríamos decir, forrado en nuestra propia pobreza, ese es nuestro Señor. Y es importante que nosotros recibamos a este Cristo, así como Él ha querido venir. Que también nosotros descubramos la pobreza que hay en nosotros, porque cuando nuestra pobreza se abraza con la de Él, por fin nuestro corazón puede abrazarse al de Él.
¿Qué quiere decir que nuestra pobreza se abrace a la de él? Quiere decir que Él llegará a nuestras vidas, sobre todo, a través de aquello que en nosotros es más frágil. De pronto, lo que es más vergonzoso, de pronto lo que es más doloroso, de pronto lo que es más incomprensible. Esa puerta, la puerta del dolor, la puerta del absurdo, la puerta de lo incomprensible, es la puerta predilecta de Cristo para manifestar desde su pobreza, su riqueza y para manifestar desde nuestra pobreza, la riqueza que Él quiere darnos.
¿Con qué nos quedamos entonces el día de hoy? Meditando este Evangelio tan profundo, nos quedamos con tres cosas. Primero, descubrir el amor como la razón de la presencia de Cristo. ¿Para qué está Cristo en el mundo? Para manifestar que el amor no es solamente un deseo, es una realidad. Segundo, comprender que el amor, ese amor de Cristo, es el que realmente puede guiarnos en esta tierra y es el que tiene fuerza suficiente para llevarnos a su cielo. Y tercero, comprender que este Cristo llegará a nuestras vidas fundamentalmente a través de nuestras pobrezas, así como Él mismo quiso vestirse de esa pobreza nuestra.
Vamos entonces a seguir esta celebración, entregando en este altar todas nuestras pobrezas, todas nuestras necesidades, por qué no decirlo, todos nuestros miedos, estábamos meditando sobre el miedo. Vamos a poner todos aquí todos nuestros miedos y todos los tenemos. Esas son tus pobrezas, ahí es donde te sientes frágil, ahí es donde sientes el viento helado de la duda, ahí es donde sientes la amenaza anónima de algo oscuro. En esa puerta te espera Jesucristo, ahí quiere estar Él para decirte: -Yo soy presencia viva de un amor que no es sueño, que no es imaginación, que no es quimera, sino que es realidad. Amén.

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