Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Resolvámonos por Cristo.

Homilía p023003a, predicada en 19990414, con 12 min. y 12 seg.

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Transcripción:

Queridos hermanos, hemos escuchado dos lecturas. La primera es de los Hechos de los Apóstoles, que nos cuenta qué les sucedió a aquellos que creyeron de primeras en Jesucristo. La segunda lectura está tomada del Evangelio y nos cuenta el final de una conversación entre Jesús y un hombre respetable y anciano llamado Nicodemo. Nicodemo fue a ver a Jesús de noche y tuvo una entrevista con él, y en esa entrevista Jesús dijo verdades maravillosas, no solo maravillosas para Nicodemo, sino también para nosotros. Pero sucedió esto, Nicodemo pertenecía a la junta de notables, al senado de los israelitas que se llamaba el Sanedrín. De manera que en el fondo Nicodemo está en las dos lecturas que hemos oído hoy, porque el Sanedrín es el Senado de los israelitas, era el encargado de juzgar a los seguidores de Jesucristo. Y ¿quién convocaba al Sanedrín?, el sumo sacerdote, que en tiempos de aquellos primeros apóstoles era Caifás, el mismo que decretó la muerte de nuestro Señor Jesucristo.

Pensemos en la figura de Nicodemo. Nicodemo tuvo en una noche la ocasión privilegiada de entrevistarse con Jesucristo, lo tuvo para él solito. Y Jesús le habló a él en primera persona y le dijo la frase más hermosa que está en toda la Escritura: «Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único, para que todo el que crea en Él tenga vida eterna y nadie perezca». Tal vez es la frase más hermosa de toda la Biblia, es la declaración más abierta del amor de Dios, allí donde más se muestra ese amor en Jesucristo. Y Nicodemo tuvo a Cristo para él solito, en una noche pudo encontrarse así con Jesús. ¿Por qué fue Nicodemo a ver a Jesús? Nicodemo fue a ver a Jesús porque Jesús hacía obras maravillosas. Las obras de Jesucristo llamaron la atención de Nicodemo, pero como él tenía miedo de la gente, fue de noche a ver a Jesús para que nadie se diera cuenta de que Él quería hablar con Jesús. Y Jesús le recibió esta entrevista nocturna y le dijo todas esas palabras elocuentes, sabias, amorosas, que están en el capítulo tercero del Evangelio de Juan.

Nicodemo fue a ver a Jesús porque las obras maravillosas de Jesucristo le atrajeron. Fue Jesús el que llamó a Nicodemo, lo llamó mostrando obras prodigiosas, obras cargadas de gracia y de amor. Fue Cristo el que llamó Nicodemo, en el Evangelio que hemos escuchado hoy. Fue Cristo con su amor el que llamó Nicodemo, como hemos escuchado en el Evangelio de hoy. Y fue Caifás, con su odio, el que llamó a Nicodemo en la primera lectura de hoy. Nicodemo fue llamado con amor por Jesucristo y fue llamado con odio por Caifás. Nicodemo es hombre llamado por los importantes del pueblo, por el senado del pueblo, por la gente de bien, y demostrar en aquella época. Y Nicodemo también es el hombre llamado por Jesucristo.

¿Cómo no reconocer que nosotros estamos en la persona de ese Nicodemo? También nosotros podemos encontrarnos con Jesucristo, y tal vez muchos de los que estamos aquí, hemos tenido algo como lo que tuvo Nicodemo, un encuentro personal, Él para mí y yo para Él, un encuentro de tú a tú con Jesús. Tal vez nosotros, llenos de temores, como Nicodemo, un día fuimos donde Jesucristo y Él nos recibió y nos habló y nos contó que tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único, para que todo el que crea en Él no perezca, eso dijo Jesucristo a Nicodemo. Nicodemo es la imagen del ser humano dividido, es el ser humano que está en las calles y las avenidas de esta tierra, que un día se siente llamado por el amor de Cristo, pero otro día se siente llamado por el mundo, y entonces va donde Caifás. Nicodemo sabía que esos apóstoles eran inocentes, su único delito era predicar la victoria del amor y la Resurrección del Señor. Pero allá estuvo seguramente en esa reunión del Sanedrín. Nicodemo se sentía atraído por Jesús, pero se sentía también atraído por el mundo.

Y nosotros leemos los Hechos de los Apóstoles, en los capítulos cuarto y quinto, vemos cuáles fueron las obras de este Sanedrín, es decir, del senado israelita. ¿Cuáles fueron esas obras? Llamaron a los apóstoles, los encarcelaron, pensaban en matarlos, los azotaron, dice por algún lado en la Biblia que una voz se levantó en el Sanedrín para decir: No cometáis esa injusticia. Nicodemo se volvió un perro mudo. Estaba ahí, en el senado, viendo cómo se juzgaba a los seguidores de Cristo, estaba ahí mirando cómo se atacaba a Cristo, estaba ahí el mismo que se encontró con Cristo una noche y que tuvo para él solito. Él estaba en ese escenario y su boca, que no fue capaz de confesar a Cristo como Señor, se volvió cómplice en su silencio para aprobar la condenación de los seguidores de Cristo. ¡Qué grave, qué terrible es no resolverse por Cristo!

Si no te resuelves por Cristo, corres el gravísimo peligro de ser el segundo Nicodemo. Si te has encontrado con el Señor y has sentido su amor y no te resuelves por Él, corres el gravísimo peligro de ser otro traidor, otro perro mudo cómplice de las persecuciones contra los seguidores del Señor. Si tú has escuchado las palabras de amor del Evangelio y no te has dejado arrastrar por esas palabras, ya llegarán palabras de odio arrastrarte a donde tú no quieres. Si la suavidad de Jesucristo y la mansedumbre de Jesucristo no te han cautivado, ya vendrá un Caifás a comprarte a precio barato, a comprar tu voto, tu palabra y tu opinión, a prostituir tu corazón a precio económico para que tú seas cómplice de las persecuciones de la fe. Amigos, es una enseñanza grave la que nos deja la liturgia de la Palabra en este día, porque nosotros que estamos aquí, vamos a presenciar en la ofrenda de la carne y de la sangre de Jesucristo, que es verdad lo que dice el Evangelio: «Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único».

Nosotros vamos a ver a ese hijo único, entregarse, ofrecerse, lo vamos a ver. No puede mostrarnos Dios un amor más grande que el que se vive en la Santa Misa. Tú lo vas a ver, por eso te pido, si no te vas a resolver por Cristo, vete de la Iglesia. Salte, salte ahora de la Iglesia, si no te vas a resolver por Jesucristo, vete ya, vete, vete, es preferible que te vayas ahora. Es preferible que te vayas y no que te quedes aquí viendo cómo Dios nos ama, que es lo que nos va a mostrar el altar, viendo cuánto nos ama Dios para luego ser otro Nicodemo en los senados de hoy, calla, calla cobardemente, calla cómplicemente. Es preferible que te vayas de la Iglesia para no ver el amor grande que Dios te va a mostrar en el pan y el vino transformados en el cuerpo y la sangre de Cristo. Es mejor que no vuelvas a entrar a una iglesia. Es mejor que quites los Cristos de tu casa, es mejor que te vayas al último rincón del mundo y allí, en el desierto y en la soledad, le pidas a Dios que tenga misericordia de ti, como espero yo, que Nicodemo lo haya pedido al final de su vida.

O Cristo o Caifás, ¿quieres ser un seguidor de Cristo y que te persigan, o quieres ser un seguidor de Caifás y perseguir a los demás? ¿Quieres ser un seguidor de Cristo y vivir la victoria de los ángeles buenos y experimentar la ayuda de los santos ángeles? ¿O quieres ser un seguidor de Caifás y experimentar la compañía pegajosa y asquerosa de los demonios? Escoge, o Cristo o Caifás. Dios te ofrece en este día la muestra grande de tu amor con esta Palabra que nos predica la Iglesia y sobre todo con el sacramento de su amor en el pan y en el vino.

Querido amigo, por este amor te invito, te exhorto, te conjuro a que le des lo más hondo de tu vida a Jesucristo. Es preferible que te persiga el mundo y no que te unas al mundo para perseguir a Jesucristo. Dios, que nos hace renacer por el agua y el Espíritu, nos conceda la fuerza de ese Espíritu Santo para nosotros darle un sí profundo, final definitivo al amor grande de Dios, Jesucristo, no importa qué diga Caifás. Amén.

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