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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Conversión de los perseguidores.
Homilía p023002a, predicada en 19980422, con 10 min. y 34 seg. 
Transcripción:
La escena o la serie de escenas que nos han presentado los Hechos de los Apóstoles en este día son casi cómicas. Es uno de los pasajes de la Biblia en que el humor está cerca y eso merece ser subrayado, porque en general, la Biblia es un libro muy serio, no rígido ni amargo, todo lo contrario, misericordioso, dulce, amoroso, pero es una misericordia seria. En cambio, aquí estamos ante una escena cómica. Se reúne todo el Sanedrín, muy circunspecto, muy serio, para tomar una decisión. Y cuando todos están listos, ahora sí traigan los presos, no hay presos. Esta situación es cómica, no porque Dios se haya vuelto chistoso en este capítulo de los Hechos de los Apóstoles, sino porque para el ser humano lo absurdo fácilmente es chistoso.
Y efectivamente, es tan absurdo el comportamiento de aquellos que quieren acabar con los apóstoles, los mismos que encabezaron la persecución contra Jesús, es tan absurdo que llega a parecer casi gracioso, casi cómico. Ya el apóstol Pedro les había dicho: -Bueno, hoy nos están juzgando porque le hicimos un favor a un hombre, con lo cual les estaba descalificando como jueces. Qué tal jueces que buscan condenar cuando precisamente lo que está en juego es una obra buena, es la sanación de un paralítico. Ahí quedaron descalificados como jueces y ahí quedan descalificados como maestros. Ellos eran los maestros de la ley, ellos eran los que enseñaban o debían enseñar lo recto y advertir sobre lo torcido. Sobre todo, es el libro del Deuteronomio en el que todos ellos creían y al que todos ellos proclamaban como ley suya. Es el Deuteronomio el que insiste en la labor del levita, del sacerdote como maestro de la ley para el pueblo. Y estos son, precisamente, los sumos sacerdotes, los saduceos, el senado del pueblo, pero no son maestros.
Uno se puede preguntar por qué si el ángel lo sacó de la cárcel, no se los llevó de una vez lejos, semejante milagro sacar de la cárcel a los apóstoles para dejarlos ahí, a dos cuadras en el templo, enseñando. El objetivo del milagro, eso es lo que yo quiero destacar, no era salvar la vida física de los apóstoles, porque si no, otra persona dirá: -Bueno, si es cierto que después volvió a suceder el milagro con la liberación de Pedro, cuando el ángel se le aparece y le quita las cadenas y todo aquello. Pero ¿por qué no siguieron los milagros? Porque al apóstol Santiago, Herodes sí lo mandó matar, y ahí no hubo ángel ni hubo milagro, no hubo nada, sino que hubo sangre. Eso sería malentender el propósito del Espíritu Santo con todas estas obras. Si el objetivo de estos milagros fuera salvarlos de la muerte física, pues obviamente lo que habría tocado hacer es, empacar a todos estos apóstoles en un crucero rápido por el Mediterráneo, que fueran allá a dar a una ciudad donde nadie los conociera, donde empezaran a predicar su doctrina y donde pudieran fundar en paz una Iglesia.
Pero ellos no procedieron así, ni los ángeles los llevaron a eso, ni esa era la voluntad del Espíritu Santo, ni eso fue tampoco lo que hizo el apóstol Pablo. Porque en este mismo libro de los Hechos de los Apóstoles nos vamos a encontrar después con que Pablo le daban palo, insultos, discusiones, problemas en una sinagoga, y se iba para la otra ciudad, y lo primero que hacía era: vamos a la sinagoga. Entonces la Iglesia, la Iglesia entera, no está fundada sobre una manada de cobardes que están tratando de salvar su pellejo. No se trata, porque si se hubiera tratado de eso, repito, pues esta gente ya viéndose libre por el ángel o por quien hubiera sido: -Bueno, ahora sí, ya pongámonos serios y vámonos pronto de aquí. No hicieron eso, el sentido del milagro no era ese.
Estos sumos sacerdotes querían llamar a los apóstoles para regañarlos, darles una fuetera y decirles: -Ustedes lo que tienen que enseñar es esto. Los saduceos, el Sanedrín llama a los apóstoles para que los apóstoles se conviertan en discípulos de ellos, para que los apóstoles aprendan a repetir el discurso del Sanedrín, para que el Sanedrín haga de maestro y los apóstoles hagan de discípulos. ¿Ya se asustaron? Sí, se dieron cuenta el carcelazo que les hicimos pasar. Bueno, entonces ya no se porten mal de ahora en adelante digan esto y esto. Pero, cuándo van a llamar, la cárcel está vacía, la estrategia de ellos no sirve. Y entonces se quedan, se quedan en esta escena cómica, el comisario del templo y los sumos sacerdotes no atinaban a explicarse qué había pasado con los presos. A ver, ahora sí los grandes maestros, los que conocen la ley de Dios, los que saben de la voluntad de Dios, expliquen por qué Dios libera a esta gente.
Y luego viene lo otro, uno se presentó avisando: -Los hombres que metisteis en la cárcel están ahí en el templo, y siguen enseñando al pueblo. Lo que el mensaje profundo de esto es, esos apóstoles no son discípulos de ustedes, son ustedes los que tienen que hacerse discípulos de ellos. Son ustedes los que tienen que escuchar el mensaje del Señor, son ustedes los que tienen que hacerse discípulos para que ustedes encuentren salvación. El gran mensaje no era, miren que Dios puede atravesar paredes o puede hacer milagros, el gran mensaje no era ese. El gran mensaje era: ustedes ya no son los maestros. Y si ustedes quieren tener vida, dejen de creerse maestros y háganse discípulos, aprendan de ellos.
Y por eso, el comisario salió con los guardias y se los trajo y ellos se dejaron traer, sin emplear la fuerza por miedo a que el pueblo los apedrease. El comisario salió con los guardias y se los trajo, pero ya no se los trajo como niños a los que les iban a dar una fuetera para regañarlos, queda castigado y aprenda a hablar como manda el Sanedrín. Ya no vienen como discípulos a aprender a fuete. Vienen, ellos vienen como maestros, salió con los guardias y se los trajo, pero ahora sí les tocó traerlos con respeto, como se trae a alguien para que le hable a uno. Lamentablemente las escenas que siguen muestran que esta obra del Espíritu Santo, esta obra, que era un llamado a la conversión de este Sanedrín, no dio fruto, por lo menos, en este momento no dio fruto. Era un llamado a que ellos se hicieran discípulos, no lo hicieron, por lo menos en este momento no lo hicieron.
Y detrás de estos milagros nos parece reconocer al mismo Jesucristo, a Jesucristo mismo, que sigue llamando a su pueblo a la conversión. Acuérdate lo que decía el apóstol Pedro: «Vosotros crucificasteis al justo. Yo sé, sin embargo, que lo hicisteis por ignorancia. Y lo mismo vuestras autoridades». ¿Qué hay en todo esto? En todo esto hay el eco del corazón orante de Jesucristo, que cuando está siendo crucificado dice: «Perdónalos porque no saben lo que hacen». Es ignorancia, es una profunda, una espesa tiniebla que envuelve esos corazones. Y el Espíritu de Cristo resucitado intenta penetrar con la luz, con la Palabra esos corazones tercos, entenebrecidos que se consideran maestros, intenta llegar con rayos de luz a esos corazones, para que también ellos, que han sido los perseguidores de Cristo, se conviertan y tengan esa vida abundante que el Señor Jesús anunció.

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