Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

La Iglesia fundada en el amor de Cristo y alimentada por el Espíritu Santo ha de llegar a ser lugar de acogida, misericordia, crecimiento, unidad, labor misionera, entrega confiada.

Homilía p022008a, predicada en 20160405, con 5 min. y 39 seg.

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Transcripción:

La primera lectura de hoy está tomada del Capítulo Cuarto de los Hechos de los Apóstoles. Es una de las imágenes más bellas de la primera comunidad cristiana. Hay crecimiento en la fe. Hay solicitud y generosidad por parte de los pastores, es decir, los apóstoles. Hay docilidad y hay obediencia por parte de los fieles. Hay trabajo misionero, hay crecimiento en la santidad, hay generoso compartir de bienes. Este cuadro ha permanecido a lo largo de los siglos como una especie de imagen permanente de lo que la Iglesia misma debe ser un lugar de acogida, fraternidad, perdón, misericordia, crecimiento, unidad, labor misionera, entrega confiada. Eso es lo que la Iglesia está llamada a hacer.

Los grandes Santos han comprendido que esta precisamente es la vocación de la Iglesia. Esto es lo que la Iglesia, fundada en el amor de Cristo y alimentada por la fuerza del Espíritu, ha de llegar a ser. Eso también significa que en sus diversos esfuerzos e iniciativas, muchos santos han querido acercarse a este ideal. El ideal de los apóstoles, el ideal de estas comunidades tan bellas, tan unidas, que aparecen en los Hechos de los Apóstoles. Así, por ejemplo, no cabe duda que cuando San Agustín se convierte y desea compartir vida cristiana con otros en un estilo de monasterio, lo que está buscando es esto que aparece aquí, este compartir a partir del regalo de la fe en Cristo, desde el tesoro que es tener a Cristo en común, llegar a ser hermanos. Eso lo buscó San Agustín. Encontramos en San Francisco, encontramos en Santo Domingo, encontramos en San Ignacio ideales parecidos, una comunidad desprendida de los ídolos de este mundo compacta en un mismo amor y en un mismo ideal, deseosa de compartir con los demás la buena noticia. Esa es la Iglesia, ese es el ideal.

También hay movimientos laicales que se han inspirado en este mismo estilo. Así, por ejemplo, también en nuestros días después del Concilio Vaticano segundo, muchos han buscado estilos de vida que correspondan un poco más de cerca, con lo que nos describe aquí la Sagrada Escritura. Así, por ejemplo, se ha hablado de comunidades eclesiales de base que buscan a través del compartir de la Palabra de Dios, a través de la conciencia de las necesidades comunes y a través de la oración y el estudio. Buscan vivir este ideal de fraternidad y también ser testigos de que la humanidad no está condenada a repetir patrones de egoísmo y de codicia.

En el movimiento carismático, en el camino neocatecumenal, en muchas otras experiencias donde se utilizan, por ejemplo, palabras como koinonía, una koinonía, una comunidad de amor, una comunidad de fe. Hay un llamado muy profundo en el corazón humano, y yo creo que es bueno recordar esto, porque nosotros no debemos renunciar a lo mejor de nuestros sueños. Ciertamente necesitaremos sabiduría, realismo, prudencia. Ciertamente necesitaremos una gran capacidad de aceptación, de renuncia de sí mismo, de dar un paso más. Pero aún en medio de las limitaciones que tienen estos distintos esfuerzos. Hay un mensaje común que no debemos dejar perder. Y ese mensaje es que estamos hechos para vivir en verdadera comunión.

Estamos hechos para vivir en verdadera comunidad y el único, el único que puede convocarnos así es precisamente Jesucristo, el Cristo resucitado con la gracia de su Espíritu. Él es el único que puede llevarnos a esa verdadera comunión. Es el único que puede construir verdadera comunidad. Me parece que lo dijo de una manera muy bella, Chiara Lubich, una mujer tan interesante, la fundadora del Movimiento de los Focolares, cuando dijo que el secreto de toda comunidad se llama Jesús en medio. Si él está entre nosotros, llegamos a ser comunidad. Si nos une o si pretendemos unirnos por otro motivo, terminamos finalmente fracturando y seguramente hiriéndonos unos a otros.

Que Cristo reine en medio de nosotros y que este ideal siempre altísimo, siempre superior en cierta forma a nuestras capacidades. Este ideal esté en lo profundo de nuestro corazón, porque hacia allá quiere llevarnos el Señor.

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