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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Desde ya hemos de mirar hacia Pentecostés porque sólo el Espíritu Santo hace que el triunfo de Cristo sea nuestro.
Homilía p022004a, predicada en 20120417, con 4 min. y 28 seg. 
Transcripción:
El diálogo entre Jesús y Nicodemo tiene enorme interés para nosotros, porque Nicodemo era un hombre preparado, era maestro de la ley. No sólo era fariseo, sino jefe de fariseos. Es tal vez el interlocutor, en términos intelectuales de mayor grado, que llegó a tener Cristo en esta tierra. Y por eso la conversación que se da entre ellos, conversación que es sobre todo discurso de Cristo, según lo presenta el evangelista Juan, tiene también ese alto nivel. En realidad, si uno mira lo que aparece en ese Capítulo Tercero del Evangelio de Juan, descubre que casi cada frase es motivo de meditación y es de una profundidad muy grande. Además, los temas principales de nuestra fe, especialmente como se expresa en la Pascua, aparecen de un modo vertiginoso, casi acelerado. Se habla del espíritu, se habla del agua, vida nueva, se habla de cómo ese espíritu y esa vida nueva han llegado a ese pueblo de Dios por el amor. Yo me alcanzo a imaginar en la medida en que esta conversación recuerde algo que sucedió. Yo me alcanzo a imaginar el asombro de Nicodemo frente a esa catarata de luz, frente a esa secuencia tan rápida, fulminante, de certezas y de sabor de cielo que tiene la conversación de Cristo. Porque finalmente todo apunta hacia el cielo. Y esto es algo que no debemos olvidar. Cuando se habla de vida nueva, no es refiriéndonos únicamente a la vida que tendremos después de morir. Pero cuidado, vida nueva tampoco es algo que debamos reducir o que podamos reducir simplemente a portemonos bien, seamos buenas personas y con eso Dios queda contento y glorificado. La vida nueva es algo que empieza ya en esta tierra, pero es algo que tiene su plenitud y que mira hacia la realidad maravillosa del cielo. Y en esta presentación que hace Cristo, la palabra fundamental es Espíritu. Yo quiero que subrayemos esa palabra porque estamos apenas en la segunda semana de Pascua, pero ya esa palabra nos está invitando a mirar el punto de llegada de todo el tiempo pascual, litúrgicamente hablando, el Espíritu. El Espíritu es el que va a hacer que el triunfo de Cristo sea también nuestro triunfo. El mismo Espíritu que resucitó a Cristo de entre los muertos es el que obra en nosotros, y por eso tenemos vida nueva. Es decir, que nuestra vida es ya un fruto de la Pascua y de la resurrección de Cristo, y por eso el tiempo pascual tiene que mirar hacia Pentecostés, porque en la donación, en la efusión y derramamiento del Santo Espíritu de Dios, está nuestra esperanza para proclamar nuestra esperanza, de proclamar la grandeza de lo que Dios ha hecho. Y sin ese Espíritu lo único que podríamos decir es que Cristo, pues, realizó cosas fantásticas, maravillosas, muy bellas, pero de ese Cristo únicamente tendríamos un recuerdo, para que ese Cristo sea vida de nuestra vida, para que nosotros entremos en vida nueva y para que nosotros podamos compartir esa vida nueva. Para eso necesitamos el Espíritu. Es una de las muchas enseñanzas que Jesús le regala a este Maestro de la Ley. Pidámosle a ese Espíritu Santo que abra nuestra mente para que nosotros sepamos qué hemos recibido y para que llevemos una vida digna de los dones que nos han sido otorgados.

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