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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Hay que nacer de nuevo: nacer del agua y del Espíritu.
Homilía p022003a, predicada en 19990413, con 12 min. y 12 seg. 
Transcripción:
Nicodemo era un hombre anciano, un hombre mayor que tenía autoridad en medio de los judíos. Y como se había ganado el respeto de sus compatriotas, temía perder eso que había ganado. Por eso fue a Jesús, pero fue de noche, porque no quería que lo identificaran como discípulo de Jesucristo. Como no estaba seguro de Jesucristo, fue de noche donde Jesucristo para no llamar la atención. Y Jesús le habló, según nos cuenta, la lectura de ayer le habló de que había que nacer de nuevo, nacer del agua y del Espíritu. Nicodemo juzgó esto imposible. ¿Cómo va un hombre a entrar de nuevo en el vientre de su madre y volver a nacer? Pregunta Nicodemo. Nicodemo fue donde Cristo, pero fue a probar a Cristo, fue a palpar si Cristo era de fiar. No fue a entregar su corazón a Jesucristo, sino fue a ver si se podía confiar en ese profeta extraño que hacía señales. En ese contexto aparece lo que Cristo le dice a Nicodemo en este día. De lo que sabemos hablamos, de lo que hemos visto damos testimonio y no aceptáis nuestro testimonio. Y viene luego esta frase enigmática del Señor, en la que quiero detenerme un momentico. Si no creéis, cuando os hablo de la tierra, cómo creeréis cuando os hable del cielo. Es una palabra que a uno lo pone a pensar. ¿Qué fue lo que motivó que Cristo dijera eso? Lo motivó el hecho de que Nicodemo juzgó Imposible es nacer de nuevo. Para Nicodemo no había chance de volver a nacer, no veía cómo. Es evidente que cuando Cristo dice que está hablando de las cosas de la tierra, está hablando del nacer de nuevo, porque eso fue lo que Nicodemo no le creyó. Y dice Cristo no aceptáis nuestro testimonio. Y dice: Si no creéis cuando os hablo de la tierra. De manera que para Cristo ese nacer de nuevo todavía es hablar de cosas que suceden en esta tierra, y eso es cierto, porque el nacer de nuevo es algo que sucede aquí en la tierra. Entonces dice Cristo: Si no creéis, cuando os hablo de la tierra, ¿Cómo creeréis cuando os hable del cielo? Puede decirse entonces que hay como una especie de, como otro nivel, como otro nivel en el, en la palabra de Jesucristo, como que hay un discurso, como que hay una palabra que Cristo no le dice a Nicodemo porque no aparece que se la diga por ninguna parte. Una palabra que es una palabra del cielo. Hablar de la tierra y hablar del cielo. Hablar de la tierra es hablar de ese nuevo nacimiento que sucede aquí en esta tierra, nacimiento del agua y del Espíritu. ¿Qué será entonces hablar del cielo? Porque Cristo dice: ¿Cómo creeréis cuando os hable del cielo? ¿Qué será que Cristo nos hable del cielo? ¿Qué querrá decir él con eso? Pues se pueden proponer varias explicaciones. Vamos a mirar dos de esas explicaciones. El nuevo nacimiento es algo que pasa en esta tierra. Por ejemplo, el bautismo sucede cuando estamos en esta tierra y la vida de los bautizados transcurre en esta tierra. De manera que, aunque en el bautismo recibimos una vida celestial, una vida divina, esa vida todavía tiene su recorrido en esta tierra. Hablar del cielo es hablar de la vida que ya no es vida en esta tierra, sino que es vida en los cielos. De alguna manera, hablar de la tierra, el nuevo nacimiento se refiere, como al comienzo de la obra. Hablar del cielo es hablar del final de la obra en los cielos. Esa es una interpretación. Otra interpretación es que cuando nosotros hablamos de la tierra, estamos mirando que Dios vino a esta tierra. Pero hablar del cielo es hablar de que nosotros vamos a ir a donde Él está. Si no creemos lo que Dios hace por nosotros aquí. Si no creemos que Él vino. ¿Cómo vamos a creer que nosotros iremos? Estos dos misterios están relacionados. Yo creo que esta interpretación es correcta en la lógica del evangelio de Juan, porque Juan en su Evangelio maneja mucho esa expresión de vino del cielo a la tierra y ahora va de la tierra al cielo. Explícitamente lo dice Jesucristo a los discípulos; Salí del Padre y vine al mundo, ahora dejo el mundo y me voy al Padre, les dice Cristo en el discurso de despedida en la última Cena. O sea que esos dos misterios están relacionados. Salí del Padre y vine al mundo, es la obra con la que Dios nos bendice y las señales que Él nos da en esta tierra. Eso es hablar de la tierra. Ahora dejo el mundo y voy al Padre, es el recorrido que nosotros hacemos ya redimidos hacia Él y que tiene su consumación en él mismo. Y eso es hablar del cielo. Es evidente que Cristo ve más alto, ve como más alto el hablar del cielo que el hablar de la tierra. Si no creéis, cuando os hablo de la tierra, ¿Cómo creeréis cuando hable del cielo? Con esto, si nuestra interpretación es correcta, Cristo nos está diciendo: que más grande que lo que Él haga por nosotros aquí, es lo que Él haga con nosotros allá. Más grande que lo que Él haga en favor de nosotros aquí, es lo que Él haga de nosotros lo que Él quiere hacer de nosotros. Es más grande, no lo que Dios hace para mí, sino lo que Dios hace de mí. Lo que Dios hace para mí es lo que pertenece a la obra de Dios que viene a esta tierra; Lo que Dios hace de mí es su obra conmigo en mí, desde mí en los cielos. Entonces, podemos aplicar este evangelio a nuestra vida. Cuando le pedimos cosas a Dios, cuando le pedimos gracias a Dios, estamos pidiendo cosas para nosotros, cuando le pedimos a Dios que obre en nosotros, que haga de nosotros otras personas, entonces estamos pidiendo no cosas para nosotros, sino que de nosotros haga otras personas. Dios puede hacer esas, esas dos, esas dos clases de obra. Y Dios hacer obras para ti, pero eso no es lo más importante. Lo más importante es lo que Dios haga de ti. Lo más importante no es darle regalos nuevos a un niño consentido o malcriado, lo más importante es que el niño cambie. Ese niño somos nosotros. Nosotros somos malcriados, somos maleducados en muchas cosas. Entonces lo más importante no es que Dios le dé regalos a ese niño malcriado que somos nosotros, lo más importante es que nos haga a nosotros distintos para que todo sea regalo. Para un niño que está mal educado, ningún regalo es suficiente, para un niño que está educado, todo es regalo. Ese niño educado es el mismo Jesucristo. Él no tenía nada sino todo el universo. Tenía todo el universo, todo me lo ha dado mi Padre, dice Él. Él era el niño más regalado, pero no tenía nada. Papá Dios no tenía que decirle, esta silla es tuya. Cuando uno está malcriado, uno quiere oír cosas como, esa silla es mía. Si uno tuviera la cabeza en su sitio, uno descubriría que ese es un mal negocio para uno. En el momento en el que alguien me dice esa silla es la tuya, quiere decir que esa no, esa no, esa no, esa no, esa no, esa no. Todas las demás no. Cuando uno quiere regalos para uno, sale perdiendo uno. Porque todo lo que no sea regalo para uno, no es de uno. En cambio, si Dios hace de mí otra persona, entonces todo es regalo para mí. Entonces ganó el universo entero. Eso fue lo que vivió Jesucristo. Por eso Jesús no tenía nada, pero lo tenía todo. ¡Mire qué maravillas descubrimos en el corazón de Jesucristo! No tenía nada, pero lo tenía todo. Él vivía en el cielo. Modo simple de vivir en el cielo. No le voy a pedir regalos para mí, le voy a pedir que haga de mí alguien distinto, que yo sea alguien diferente, que el regalo sea yo. Es más bonito que Él me vuelva un regalo. Eso es más bonito. Más bonito, que me dé regalos a mí. Porque si me da regalos a mí de pronto eso me sigue malcriando. Pero si hace de mí un regalo, todo será regalo para mí. Y así obraba Jesucristo y así vivía Jesucristo. Y Cristo se convirtió en el regalo del Padre, que es la lectura que vamos a escuchar en el día de mañana. Que Dios nos conceda mañana asistir también a la Santa Misa para escuchar como Cristo se convirtió en regalo, como Cristo que no pidió para sí, no pidió tanto para sí, sino pidió que Dios hiciera de él. Cristo se convirtió en regalo. Yo voy a hacer propósito de lo mismo. Señor Dios, yo no quiero tanto pedir cosas para mí. Quiero pedir que de mí hagas a alguien distinto.

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