Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

La Pascua de Cristo y la vida de los primeros cristianos.

Homilía p022002a, predicada en 19980421, con 12 min. y 38 seg.

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Transcripción:

Podemos decir que la Pascua de Jesucristo tiene eco en todo el universo. Y nosotros decimos en el Credo Niceno-constantinopolitano, que creemos en un solo Dios, Padre, creador del cielo y de la tierra, de lo visible y lo invisible. Y por eso la Pascua de Jesús es un acontecimiento para el cielo y para la tierra. Es el centro del amor y de la adoración del cielo y de la tierra, y tiene su eco en el cielo y en la tierra. En el cielo, porque ahora los ángeles y los bienaventurados adoran a Dios. Se lo han hecho desde toda la eternidad, pero adoran a Dios, unido indisolublemente con la naturaleza humana. Y esto quiere decir que nuestra propia naturaleza es adorada en cuanto unida hipostáticamente a la persona del Verbo, es adorada por los ángeles. Lo cual, en cierto modo, supone un acto adicional de humildad, podríamos decir para estos seres celestiales.

Porque siendo tan grande la distancia entre la naturaleza de los ángeles y nuestra naturaleza, siendo tan superior la de ellos, siendo inferior la nuestra, ahora son ellos los que adoran a Dios en nuestra naturaleza, y esto supone una especie de humillación, una especie de humildad que desde luego realizan de buen grado por obediencia a Dios y porque es el mismo Dios antes y después de la Encarnación. Esto es como el cambio que el acontecimiento de la encarnación y el acontecimiento de la Pascua traen para los fieles. En cuanto al hecho de la Pascua de la Tierra, lo primero que hay que leer son los evangelios, los relatos de la resurrección, y luego hay que leer los Hechos de los Apóstoles. Porque el hecho más inmediato de la obra de la Pascua de Jesucristo en esta tierra son los Hechos de los Apóstoles. La decisión del Espíritu, el perdón de los pecados, la gracia de ser hijos por adopción. Y luego los prodigios, los milagros, las sanaciones, las liberaciones, el demonio en retirada, la muerte vencida.

El gozo del compartir, el ser mismo de la Iglesia, el ser mismo de la Iglesia, la Iglesia. Nosotros somos el fruto de aquello que Cristo sembró, con dolor, con lágrimas, con sangre, pero sobre todo con amor. En el misterio de su humillación, el misterio de su anonadamiento. Nosotros somos la gran predicación de Cristo Pascual en esta tierra, y por eso la primera lectura durante estos días se detiene con frecuencia en escenas de los Hechos de los Apóstoles, como llevando a la Iglesia a que miren su propio ser, a que vuelva a sus propias fuentes, a que reciba alegría de esa raíz gozosa, de ese origen primero en el que está, pues toda la fuerza, toda la sabiduría que le permite ser a la misma Iglesia.

De la lectura de hoy, pues, podemos destacar varias cosas. Tenían todo en común. Claro, después de que se tiene en común a Cristo, que es el tesoro por excelencia, poner en común unas monedas no es difícil. En cambio, si Cristo no está en común, si Cristo no es el tesoro de todos, tratar de poner en comunidad aunque sea dos centavos, causa dificultad. Después de que Cristo, el tesoro, está en común, pues es tan común los pensamientos, están en común los sentimientos, están en común los anhelos y están en común también las cuentitas, la plática. Ese es un aspecto.

Luego se nos cuenta la historia edificante de un José Bernabé, José Bernabé, aquel a quien los apóstoles añadieron Bernabé. Como después de la historia de José, a quien los apóstoles afiliaron, Bernabé tiene una historia terrible que nos vamos a encontrar, que nos la vamos a encontrar en la Biblia, porque aquí no aparece en las lecturas de los otros días la historia de Ananías y Safira o Safira. Como luego viene esta historia, que es así, la impresionaron mucho porque fueron los que trataron de decirle mentiras a Pedro y quedaron ahí muertos. Entonces a uno le impresiona más lo de Ananías y Safira que esta historia de José Bernabé. Pero yo quiero terminar con una palabra sobre este José Bernabé, porque es un personaje que está apenas ahí, medio dibujado, pero trae una enseñanza. José, que significa consolado, literalmente hijo de la consolación, que era el levita y natural de Chipre, tenía un campo y lo vendió. Llevó el dinero y lo puso a disposición de los apóstoles.

Qué me llama la atención de esta historia, de esta microhistoria que José Bernabé que este señor era levita. Los levitas no podían tener tierra. ¿Usted se acuerda de este detalle? Cuando viene la repartición de tierras en el libro de Josué. Entonces allá le dan amplias tierras a la tribu de Simeón, la tribu de Judá, Neftalí y Zabulón. Todo el mundo tiene tierra. Los levitas no deben tener tierra porque su porción es el Señor. Este era un levita que estaba desterrado. No estaba en su tierra, estaba desterrado, estaba en Chipre. Y allá en Chipre, yo me imagino que él había tenido sus problemas de escrúpulos y de conciencia. Y él había pensado Bueno, aquí, ¿Qué hago aquí en Chipre? Esta no es la tierra que el Señor le dio a Josué, ¿Aquí en Chipre qué hago ahora? No deje el campo fuera en Chipre. Dice que era natural de Chipre. ¿Qué hago yo? Yo soy chipriota. Yo ¿Qué hago con este campo? Si la ley dice que yo no debiera tener ninguna tierra, que mi porción debería ser el Señor. Pero por si acaso, por si acaso, aseguremos mantener esta finquita, este lotecito. José, a quien los apóstoles llamaron Bernabé, era un hombre con un conflicto interior. En cuanto levita la antigua ley decía, tú no debes tener tierra tu posición debe ser el Señor, pero él sentía que si. Muy bonito eso que dice ahí, si está muy bonito, pero ¿Yo qué hago? ¿Yo qué hago? No me voy a morir así, no vas a morir de hambre. Era un hombre, para decirlo más brevemente, en conflicto entre el ideal de Dios y la realidad concreta y cruda de esta tierra. Un hombre tensionado entre el. Bien escuchado la predicación del Evangelio. Y ¿Qué ha hecho Dios con él? Lo ha consolado.

Y cuando este levita es consolado, cuando este levita es amado, sanado, acompañar, cuando él se siente protegido por Dios. Él siente de nuevo que es cierto lo que dice el Salmo Dieciséis, o en la numeración de la liturgia Salmo Quince que oramos en completas los jueves, el Salmo Levítico. Me encanta mi heredad, protégeme, Dios mío, que me refugio en ti. El Señor es el lote de mi heredad, y mi copa y mi opinión. Ese levita rezando ese salmo y tratando de hacer el loco que nadie se diera cuenta lo que estaba diciendo. El Señor es el lote de mi heredad y mi copa, pero él tenía su otro lote y por ahí. Él estaba en conflicto interior, estaba en conflicto entre el ideal y la realidad, como le pasa a muchas personas que leen, por ejemplo, las constituciones de su instituto religioso, leen y dicen sí, esto está muy bonito. Si alguien lo viviera, ojalá se pudiera vivir eso, pero vivirlo. Era una persona que estaba en tensión entre la realidad dura y el ideal hermoso y por eso rezaba este salmo, así como entre dientes y que se acabe rapidito el salmo. Pero Dios lo había consolado, Dios le había visitado y ahora él podía decir en voz alta; El Señor es el lote de mi heredad y mi copa. Y si algo he visto que es verdad que sí es del lote en el el el cuerpo, nótese que tenía ahí y yo voy a vivir mi vida. Es decir, para este José el ideal se le convirtió en realidad. Se dio cuenta de que no era letra muerta, de que eso no era tiempo perdido, de que eso sí era posible.

Y así iba a pasar a muchos cristianos. Pero realmente la fuerza de la Pascua de Jesucristo los colma, los llena. Cuando leemos las vidas de los santos que nos suele pasar. Ay, sí. Tan bonitos esos tiempos en que había milagros. Ya que te van a dar esos milagros para otro tiempo. Llega el Señor con su Pascua. Llega el Señor con su Espíritu y de pronto todas las historias de los santos resultan ciertas y cercanas y posibles. Y uno presencia los milagros, y uno ve que las cosas suceden, y uno ve que todo es cierto. Y uno comprende que el Señor es el lote de la heredad. Y se siente libre. Ustedes se imaginan la cara de gozo de este José cuando vendió su bendito lote ese, ya no tenía que tener esas tensiones, esas mentiras. Ya no tenía que asegurarse nada. Fue gozoso, entregó el dinero a los apóstoles y le dijo al Señor Tú eres mi lote de mi heredad. El ideal se le había convertido en realidad. La Pascua de Jesucristo.

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