Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Mientras el miedo dispersa, el amor de Cristo vivo congrega. Las señales de la victoria del cristiano no está en el puño que derriba sino en la mano tendida que sirve.

Homilía p021010a, predicada en 20210412, con 5 min. y 44 seg.

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Transcripción:

Hay libros de la Biblia que nos acompañan en secciones específicas del año litúrgico. Estamos ahora en el tiempo pascual que empezó con la Vigilia Pascual y que culminará el día de Pentecostés. Durante estos cincuenta días, ¿Cómo nos alimenta nuestra Madre la Iglesia? Bueno, en lo que tiene que ver con las primeras lecturas de las Misas, va a aparecer con muchísima abundancia el libro de los Hechos de los Apóstoles. Esto tiene una gran lógica, porque cronológicamente, después de los Evangelios. Es decir, después de la historia de Jesús y de su dolorosa Pasión y de su gloriosa Resurrección, lo que sigue es el tiempo de los discípulos, liderados por supuesto, por los apóstoles. Así que eso es muy lógico que sigamos el orden cronológico.

Pero además de eso, es lógico también en el plano personal, después de ver las maravillas que han sucedido en Cristo Resucitado y de escuchar aquellas apariciones que nos encienden el corazón. Pues lo que tenemos que preguntarnos es ¿Y yo qué? Es decir, ¿Qué va a pasar conmigo? ¿Dónde está ese fuego en mi vida? Y para eso ningún testimonio mejor que lo que vivieron aquellos primeros cristianos. Lo cual no significa que su vida como cristianos haya sido fácil. Muy al contrario, como aparece claramente en el pasaje de hoy, tomado del capítulo cuarto de los Hechos de los Apóstoles, fue bastante compleja la situación.

Muy pronto se desata una persecución contra los apóstoles, empezando por Pedro, que era el primero entre ellos y Juan. Pedro y Juan, perseguidos, encarcelados, humillados, amenazados. ¿Y cómo responde la Iglesia? Esa es la parte que más nos interesa. Porque no se trata de ser simplemente, cómo llamarlo, notarios que vamos llevando el recuento de todos los desmanes en contra de la Iglesia. Lo más interesante es la respuesta que el Espíritu Santo suscita en la Iglesia. Eso es lo más interesante, eso es lo más bello. Y la respuesta es ante todo, una respuesta de unidad y una respuesta de oración.

Mientras que el miedo dispersa, el amor de Dios, del Cristo vivo congrega. Aún en medio de la persecución. Unidad y oración. Se reúnen, no se dispersan, se reúnen y orán. Y así tenemos que hacer también nosotros con los desafíos que plantea nuestro tiempo, unirnos y orar. Pero de la oración de ellos hay cosas que debemos aprender. Por ejemplo, nos damos cuenta que ellos leen la situación que están viviendo a la luz de lo que estaba en las Escrituras. Que para ellos las Escrituras eran lo que nosotros llamamos Antiguo Testamento. Tengamos en cuenta que ellos no tenían el Nuevo Testamento. Eran una comunidad cristiana. Pero, por supuesto, el Nuevo Testamento estaba todavía por escribirse.

Entonces ellos miran su situación presente y vuelven a la Escritura. Ellos regresan a la Escritura en el caso presente. Ellos miran el Salmo número dos y en el Salmo dos encuentran una manera de leer lo que está pasando ahora. Decía el Salmo dos ¿Por qué se amotinan las naciones y los pueblos planean un fracaso? Se alían los reyes de la tierra contra el Señor y contra su Mesías. Ese salmo es muchos siglos anterior a Cristo, por supuesto, pero sirve a estos cristianos para ver lo que está sucediendo en su propio tiempo y decir esto fue lo que pasó con Jesús. Y esto es lo que nos va a seguir pasando a nosotros. Es decir, la Escritura les ilumina su situación y a la vez les da fuerzas.

Otro aspecto que hay que destacar. ¿Ellos qué piden? le piden a Dios un puño fuerte para derribar al Sanedrín, que fue el que mató a Jesucristo, el que diseñó la muerte de Cristo. Piden un puño fuerte contra Pilato, contra Herodes. No. Piden fortaleza para resistir. Pero lo que piden con respecto a su exterior, lo que piden hacia afuera es, sigue obrando señales y prodigios, curaciones, milagros. Es decir, que las señales de la victoria del cristiano no están en el puño que derriba, sino están en la mano tendida que sirve, que ama, que levanta. Ese es el sello permanente que deja la pasión de Cristo.

La Pasión de Cristo, recordemos bien, la pasión de Cristo fue un confluir de odios contra el Señor. Pero la respuesta de Él no fue respuesta de odio, sino de amor y de intercesión, y de servicio y de esperanza. Si hemos nacido de Cristo, tales han de ser también nuestras armas. Nos lo enseñan aquellos primeros cristianos.

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