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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Nicodemo fue a la casa donde estaba Jesús. El Señor entonces le mostró lo que implica entrar en la casa del Evangelio: (1) entender que la gracia es algo que yo necesito pero que no puedo conseguir por mis propias fuerzas; (2) dejar atrás los títulos los cargos y los motivos de preferencia según la lógica del mundo; (3) comprender que en el nuevo modo de vida el control lo tiene Dios y no yo.
Homilía p021009a, predicada en 20200420, con 17 min. y 28 seg. 
Transcripción:
Queridos hermanos, la visita de Nicodemo tal como la cuenta el Evangelio de Juan, que es el único que habla de esta conversación entre los evangelistas. Esa visita de Nicodemo tiene un profundo significado porque es el encuentro de dos maestros. Ambos son maestros, pero qué diferentes. El uno, un hombre muy mayor, el otro relativamente joven, Nicodemo, es un hombre respetable y mayor. Jesucristo, prácticamente un recién aparecido y relativamente joven. Nicodemo va de noche. Quiere averiguar, quiere enterarse, pero es precavido. No quiere que lo vean a la luz del día, teniendo conversación con un profeta del cual todavía no hay demasiada seguridad. Nicodemo es experto maestro de la ley. Jesucristo va a traer la ley nueva del Espíritu. Porque bien nos enseña Santo Tomás de Aquino que el Espíritu Santo es la nueva ley, la que rige en la Iglesia, la que rige en el cristiano. Nicodemo es un hombre que conoce muy bien las jerarquías y las estructuras de esta tierra. Jesucristo es experto en los cielos. ¿Qué saldrá de esta conversación? Esta conversación es preciosa porque ya desde los primeros versículos nos muestra la novedad que trae el Evangelio. Y para tener algo claro en mente, voy a mencionar tres puntos destacándolos de esa lectura que hemos escuchado hoy. El primer punto es cómo llega ese Reino de Dios, cómo llega esa obra del Evangelio. La expresión que utiliza Cristo es: hay que nacer de nuevo. Y si lo piensas un poco, te das cuenta que en esa sencilla expresión está condensado el misterio del mensaje de Cristo y de la persona misma de Cristo. ¿Por qué lo digo? Porque nacer de nuevo es algo claramente necesario en las palabras de Cristo. Dice Él: Nadie puede entrar en el reino de Dios si no nace de nuevo. Entonces es algo necesario, pero a la vez es algo que uno no puede hacer. ¿Cómo puede una persona nacer? El mismo Nicodemo lo dice: ¿Y ahora yo qué hago? Siendo mayor, entró de nuevo en el vientre de mi madre para nacer otra vez. Entonces observemos este primer punto Cristo está hablando de algo que es a la vez necesario para nosotros, pero imposible para nosotros. Parece una contradicción. Cristo nos está diciendo que necesitamos nacer de nuevo y a la vez nos está diciendo que por nuestras propias fuerzas y capacidades no podemos nacer de nuevo. Algo que es necesario pero que es imposible. Sabes en teología ¿Qué es eso que es a la vez infinitamente necesario y completamente imposible para el ser humano? En teología se llama la gracia, la obra de la gracia. Solo la obra de la gracia puede hacer de nosotros criaturas nuevas. Necesitamos de la gracia. Necesitamos de esa acción directa, o como la llamaba el teólogo Karl Rahner, esa autodonación, esa autocomunicación de Dios en nosotros. Necesitamos de la gracia, pero no podemos producirla ni con nuestros razonamientos, ni con nuestro dinero, ni con nuestras amenazas. Entonces, primera característica del régimen nuevo que trae Cristo es necesaria, pero es imposible la gracia. Entonces, ¿qué tengo que hacer? Aquello que yo necesito y que no puedo alcanzar. ¿Qué puedo hacer? Pedirlo y disponerme para recibirlo. De hecho, como dijo San Agustín, todo el Antiguo Testamento es una preparación para la gracia. La ley, lo propio del Antiguo Testamento, prepara la ley nueva, que es la ley de la gracia. Entonces, primera característica para el Reino de Dios. Lo necesito, pero no lo puedo. ¿Qué tengo que hacer? Pedirlo y prepararme. Segunda característica. En este nuevo régimen, las antiguas jerarquías caen. Observemos los niveles tan diferentes de diálogo, es decir, de conversación entre Nicodemo y Jesús. Nicodemo entra con un saludo pomposo, un saludo propio de las estructuras y jerarquías de esta tierra. Como no está seguro sobre qué clase de persona es Cristo. Como no está seguro sobre qué clase de maestro es, como se suele decir en el refrán, él se cura en salud y dice yo mejor le doy un trato bien respetuoso. Y mira que saludo tan adornado le da, le dice: Rabí, empecemos por ahí, Rabí, o sea, Maestro, maestro de la ley. Claramente Jesús era demasiado joven para ser maestro de la ley. Costumbre entre los judíos era que no se enseñaba antes de tener por lo menos cuarenta años de edad. Cristo en ningún caso los tenía. Pero repito, Nicodemo se cura en salud. Él dice: Yo no voy a cometer un error por falta de cortesía. Y sigue el camino de la cortesía. Sigue ese camino que es el de las buenas relaciones humanas. Y entonces lo saluda y le dice: Rabí con gran elogio. Y siguen sus palabras. Sabemos que has venido de parte de Dios, como quien dice entremos suavemente y conversemos como amigos. Vienes de parte de Dios como Maestro. Nadie puede hacer los signos que tú haces si Dios no está con Él. Como yo mismo, mis hermanos, he conocido un poco del ambiente académico. Yo me sonrío, me sonrío interiormente de este tipo de elogios, porque esto es lo que oye mucho. Esto es lo que se oye mucho en el ambiente académico en cualquier congreso de teología, cristología, mariología, pastoral o como abundan los elogios. Me place muchísimo presentar ante ustedes al padre que tiene dos doctorados no sé cuántas licenciaturas. Verdadera autoridad. Indigno soy de presentarlo ahora los dejo con esta gran eminencia, para quien pido un fuerte aplauso. Ese es el lenguaje que muchas veces se utiliza en los ambientes académicos. Y Nicodemo era maestro de la ley. Sabía mucho de cómo hay que tratar con gran deferencia, elogio por aquí, elogio por allá. Oh, pero por favor, no me diga eso. No, en ningún caso. Por favor. Soy yo el que está obligado. Pues entonces discúlpeme su eminencia. Eso es lo propio de ese mundo antiguo. Cristo hace caso absolutamente omiso de eso. Es más, la respuesta de Cristo, como lo hemos comentado en otras oportunidades, parece más bien ruda, mientras que Nicodemo está con toda esa, con toda esa presentación y adorno almibarado por uno y otro lado, Jesús va al punto. El que no nazca de nuevo no puede ver el reino de Dios. Este lenguaje de Cristo crudo y duro es un lenguaje que nos recuerda algo muy importante, y es que ante Dios todas esas jerarquías sean civiles, académicas, eclesiásticas, de algún modo quedan en segundo, tercero o último plano. Frente a Cristo el Señor, la única palabra sensata que se puede decir es la que dijo un gran obispo y doctor de la Iglesia llamado San Agustín. Predicando San Agustín a su grey, les decía con vosotros soy cristiano para vosotros, para servicio vuestro. Soy obispo, pero con vosotros soy cristiano. Y mira lo que nos dice también la carta del apóstol Santiago: No queráis muchos ser maestros, porque los maestros y ahí se incluyen predicadores y gente que hace homilías, porque los maestros tendremos un juicio más severo. Entonces, si algún privilegio había en aquello de ser maestro, o en ser obispo, o en ser cardenal, o en tener doctorados, o en tener muchos estudios, todo eso, como dice la carta a los Filipenses, tiene que doblar rodilla, porque ante el nombre de Jesús toda rodilla se dobla. Entonces, ¿Cuál es la segunda enseñanza? Que para entrar al Evangelio entramos igualitos, que soy de familia noble, que tengo muchos estudios, que tengo un cargo importante. Todo puede ser, pero ante Cristo toda rodilla se dobla. Ante Cristo somos iguales. No lo dijo también el apóstol San Pablo Ya no hay judío ni griego, ya no hay bárbaro ni escita. No importa tanto lo de ser hombre o mujer, no importa tanto lo de ser esclavo o libre. Todos hemos de llegar a ser uno solo en Cristo Jesús. Entonces es la segunda característica para entrar al Evangelio. Deja por favor, si quieres entrar a la casa del Evangelio, por favor deja la entrada todos tus títulos, tus abolengos, ojalá rancios. Deja tus rancios abolengos, deja todos tus títulos y tus cargos . De hecho, mis hermanos, no es eso lo que sucede en la vida, en la realidad cruda de la vida. Ha circulado mucho por internet. Un mensaje supongo que es auténtico. Quien lo firma se presenta como la mamá de un gran empresario. Me parece que la Argentina y dice hizo mucho dinero y fue muy exitoso. Lamentablemente es un hombre que murió en esta epidemia del coronavirus y dice murió solo en un hospital pidiendo lo único que es gratis, Aire. Tenía los pulmones averiados. Un hombre lleno de dinero murió pidiendo lo único que es gratis. Toda la plata se quedó en la casa. O sea, la vida nos enseña que estar uno tan pegado a títulos, abolengos, cargos o cuentas bancarias es necedad. Bueno, pues el Evangelio te pide exactamente lo mismo. No esperes a morirte si quieres entrar de lleno en la vida del Evangelio, deja la puerta, tus grandes títulos, tus grandes cargos, tus grandes cuentas bancarias. Te vas a morir como todos. Y para el otro lado. No vas a llevar nada de eso. La última enseñanza que nos da nos da muchas más, pero la última que yo puedo comentar hoy sobre este pasaje del Evangelio es la pérdida de control. Ya se trate del control remoto del televisor, que sobre esto hay muchos chistes en las parejas y en la familia. Ya se trata del control remoto del televisor, o ya se trate del control de una situación o del control de mi futuro. No cabe duda que a todos, hombres, mujeres, niños, jóvenes, nos encanta tener el control. ¿Y qué es lo último que dice Cristo en el pasaje que estamos comentando? ¿Qué es lo último que dice? Dice el viento sopla donde quiere y oyes su ruido. No sabes de dónde viene ni a dónde va. A ver, ponle muros al viento. Dile para dónde tiene que ir. A mí siempre me impresiona cuando llega esa época del año que llaman la temporada de huracanes. Siempre me impresiona. Pues un poco por la formación científica que he tenido siempre me impresiona mucho eso de que los grandes servicios meteorológicos del mundo y las grandes simulaciones de computadora no gobiernan a los vientos. Por ejemplo, a los huracanes no los gobiernan, no. Lo único que dicen es parece que va a seguir por aquí, parece que va a seguir por allá. Pero se cumple lo que dice Cristo. Oyes su ruido, oyes su ruido, pero en realidad no sabes de dónde viene ni a dónde va. Parece que quién lo gobierna, ¿Quién gobierna el viento? ¿Quién lo gobierna?. Esto se parece al Capítulo número Treinta y ocho del libro de Job. En un tiempo que tengas, léelo. Aquellas palabras que le dice Dios a Job. Es impresionante el señorío de Dios en la naturaleza. Bueno, pues ese señorío de Dios en la naturaleza es también señorío de Dios en la sobrenaturaleza, es decir, en el régimen de la gracia. ¿Eso qué quiere decir? Si quieres entrar a la casa del Evangelio, entonces olvídate que tú vas a tener el control, olvídate que tú vas a tener la última palabra. No vas a tener ni la primera ni la última. A la casa del Evangelio se entra para obedecer, eso sí, obedecer al que más nos ama, al que más nos conoce y al que quiere para nosotros un bien superior al que nosotros queremos obtener con tantas cosas que controlamos. Entonces, yo creo que son lecciones interesantes que nos da este texto. Quiero entrar a la casa del Evangelio, es decir, quiero vivir el Evangelio. Cristo te dice, no hay ningún problema, pero ten en cuenta estas tres cosas. Primera, entrar es algo que tú necesitas, pero entrar no es algo que tú puedes. Pídelo y prepárate para recibirlo. Segundo, todos tus títulos y cargos abolengos y cuenta del banco. Eso déjalo ahí, a la puertecita. Eso no entra. No importa. Eso no cambia las cosas. Y tercero, estás acostumbrado a controlarlo todo. Así no es. Aquí no se trata de que tú llegas a ser Señor, porque tú llegas a la casa del Señor de señores, tú llegas a la casa del Rey de Reyes y es Él el que manda. Así como tú no mandas sobre los vientos, así como no eres tú quien le pone un límite a la soberbia de las olas, dice el libro de Job. Así también, si quieres llegar al Evangelio, llega para servir. Así como llegó el apóstol San Pablo en su conversión, así exactamente qué tengo que hacer. Bueno, ya que estamos en tiempo de Pascua, pues que el Señor nos dé esta gracia de la vida nueva. Ya hemos dicho, no la podemos forzar en nosotros, solo podemos humillarnos y desde la sensatez, suplicar la vida de la gracia y prepararnos para recibirla. Así sea.

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