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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
El cambio profundo de corazón, el nacer de nuevo no se realiza por nuestras fuerzas y méritos, sólo recibimos la vida nueva como don y gracia de Nuestro Dios.
Homilía p021006a, predicada en 20170424, con 5 min. y 48 seg. 
Transcripción:
Nos encontramos, hermanos, al comienzo de la segunda semana de Pascua. Los evangelios que vamos a escuchar durante esta segunda semana empiezan con el encuentro entre un anciano maestro de la ley judía y un joven profeta de Galilea. El nombre de ese anciano es Nicodemo, y el nombre de ese profeta de Galilea es Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre. ¿Qué nos va a enseñar este relato? Nicodemo, como he dicho, es uno que conoce bien la ley de Moisés. Nicodemo representa esa antigua sabiduría de Israel que está plasmada en el grupo de personas que llamamos los escribas. Ellos eran los maestros de la ley. Jesucristo, por su parte, representa y es la oferta, el regalo de Dios para la humanidad, en quien se encuentra la reconciliación definitiva a través del perdón de nuestros pecados. ¿Qué va a salir de este diálogo? Pues va a salir una descripción de qué es exactamente lo que necesita el corazón humano. Los maestros de la ley podemos decir que perdían de vista el bosque por mirar a los árboles. Hay un refrán que dice eso: Los árboles no dejan ver el bosque. Es decir, a veces, cuando nos fijamos demasiado en tantos detalles, perdemos la perspectiva de conjunto. Y definitivamente los escribas de la época habían perdido la perspectiva de conjunto. Lo más importante de la ley, lo que Jesucristo nos dirá que es el resumen de la ley y los profetas, es decir, el amar a Dios con todo el corazón y el amar al prójimo como a nosotros mismos. Eso había desaparecido de la perspectiva de los escribas, que en cambio, se enredaban en eternas discusiones sobre ¿Qué es lo más importante?, ¿Qué es lo que hay que cumplir?, ¿Qué precepto obliga?, ¿Cuándo obliga?, ¿Como obliga?, ¿Cómo puedo salirme de esa obligación? Es decir, que los escribas habían perdido el conjunto por quedarse en tantos detalles. Y resulta que cuando nos vamos a lo esencial, cuando nos vamos a ese mensaje que Cristo resume como amor a Dios y al prójimo, ahí también nos encontramos con la espantosa limitación del corazón humano para realizar lo que Dios quiere. Y ese es en el fondo el mensaje que Cristo le viene a decir a Nicodemo que lo que el ser humano necesita, lo que cada uno de nosotros necesita, no son pequeñas reparaciones. Lo que nosotros necesitamos no es apenas corregir este pequeño defecto y dejar de cometer este pequeño pecado, y ya quedamos listos, no. Lo que muestra la historia del diálogo entre Jesús y Nicodemo es que el fondo mismo del corazón humano se encuentra marcado por una situación de egoísmo, por una situación de cerrazón, por una situación de pecado. El pecado no es algo que está en la superficie de nuestra vida, sino algo que se ha metido hasta el fondo de nuestro corazón. Es decir, los obstáculos para ser realmente fieles a Dios no son obstáculos de superficie. Hay algo profundamente rebelde a Dios en lo profundo de cada uno de nosotros. Y eso que es rebelde. Eso que se resiste a Dios dentro de nosotros, no sale simplemente con ejercicios de nuestra sola voluntad, no sale simplemente con buenos propósitos o con algunas prácticas de superficie. La expresión que utiliza Jesucristo es, hay que nacer de nuevo, en lo cual hay que destacar dos cosas. Primero, lo que ya hemos dicho el problema es profundo, la situación es de fondo y eso quiere decir que no se arregla con unas cuantas reparaciones aquí y allá, como cuando una persona dice pues yo soy bueno, tengo algún que otro defecto, pero yo soy una persona buena. No, no se arregla de esa manera. Mi problema, es de fondo llegar al verdadero amor y servicio a Dios. Es algo que está más allá de mis fuerzas. Punto número uno. Pero sobre todo, punto número dos. Eso nuevo, eso que yo estoy necesitando, que es mi necesidad más profunda, no me lo puedo dar yo mismo. Así como un bebé no puede hacerse a sí mismo y no puede hacerse a sí mismo, así también nosotros necesitamos recibir como regalo la vida nueva que solo Dios puede darnos. Es un regalo. Lo podemos pedir, lo podemos esperar. Podemos confiar en recibirlo, pero no podemos producirlo nosotros mismos. El nombre de esa nueva existencia marcada por el regalo de Dios es: Vida nueva, vida de la gracia. La palabra gracia entra con toda su fuerza en el tiempo pascual con este diálogo entre Jesús y Nicodemo. Yo no me puedo dar la vida nueva, la recibo como un regalo, la recibo como una gracia.

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