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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
El discípulo de Jesús también debe pasar por la ?desconstrucción? y Él nos dice que el cristiano, aunque lo entreguen a la muerte no será destruido.
Homilía o343013a, predicada en 20221123, con 5 min. y 50 seg. 
Transcripción:
Mis hermanos, cuando Cristo describe lo que va a suceder en el templo, es decir, destrucción, templo de Jerusalén, destrucción total, también estaba describiendo lo que iba a suceder con su propio cuerpo en la Pasión, es decir, su cuerpo iba a ser destruido, destrucción total, de dónde vendría la reconstrucción de su cuerpo, hablo en metáfora, por supuesto, que es el levantarse en la gloria de la resurrección. Entonces, hay una relación profunda entre el templo y el cuerpo de Cristo. Pero recuerdas que San Pablo nos enseña que el cuerpo de Cristo somos también nosotros, de manera que hay una relación entre el templo, el cuerpo de Cristo y el cuerpo de los cristianos.
Y por eso, es muy importante lo que nos trae el Evangelio de hoy, que es continuación del de ayer, también del capítulo 21 de San Lucas, donde nos encontramos con esta expresión, que nosotros vamos a ser odiados. De un modo muy explícito lo dice el Evangelio según San Juan, dice: «Me han odiado a mí, los van a odiar a ustedes». Y también dice en San Juan: «El discípulo no es más que su maestro». Pero aquí estamos con San Lucas y la idea es la misma. La idea es que, así como el templo tiene que ser deconstruido o tiene que ser destruido, y así como el cuerpo de Cristo pasará por una destrucción, también el discípulo de Cristo pasa por una destrucción.
Pero hay algo muy interesante que vale la pena subrayar aquí y que se aprecia muy bien en los verbos que encontramos en la lengua original de los Evangelios, es decir, en la lengua griega. Y es que dice, hacia el final del texto de hoy, que no es un texto tan largo, dice que hasta nuestros padres, hermanos, parientes, amigos, nos van a entregar a la muerte. Literalmente, eso es lo que significa el verbo «thánatos» que aparece ahí, nos van a entregar a la muerte. O si lo quieres más sencillo, nos van a matar, nos van a entregar a la muerte. Pero luego dice Cristo: «Ni un cabello de vuestra cabeza perecerá». Entonces, por un lado tenemos el matar y por otro lado tenemos el perecer. Por una parte, tenemos el ser muerto y por otra parte tenemos el perecer.
Para perecer, el verbo griego que aparece, es un verbo que precisamente significa destrucción y significa destrucción total, ese es el verbo «apóllumi», ese verbo significa ser destruido y es lo que se traduce aquí por perecer. Lo que sucede es que en el castellano actual, y esto lo comentábamos en nuestra exégesis del domingo pasado, en el castellano actual, perecer y morir son prácticamente sinónimos. En cambio, en griego «thánatos» y «apóllumi» no son sinónimos, porque «thánatos» es simplemente entregar a la muerte, mientras que «apóllumi» significa ser devastado, ser destruido.
Y básicamente lo que nos está diciendo Cristo y lo dice de sí mismo, pero lo dice también de nosotros. Y en el texto de hoy lo dice básicamente de nosotros, discípulos de Cristo, lo que nos dice es: «Aunque a ustedes los entreguen a la muerte, no van a poder destruirlos». Ese es el sentido, aunque los entreguen a la muerte, no los van a poder destruir. Porque una cosa es «thánatos» y otra cosa es «apóllumi». Una cosa es ser entregado a la muerte y otra cosa es ser destruido. Destruido en el sentido de reducido a la nada, reducido a ruinas. Pues el cristiano, aunque pase por el martirio, lejos de quedar destruido a ruinas, lo que hace, quedar reducido a ruinas, lo que hace el cristiano es proclamar la grandeza de la victoria divina. Por eso tantos mártires murieron dando gracias.
Hace poco me encontré con un mensaje que me gustó mucho por el amor que le tengo a España. Por eso también sufro por la España actual. Ese mensaje decía: España es el país del mundo en donde más condenados han muerto agradeciendo a sus verdugos. ¿Cómo puede una persona condenada a muerte agradecerle a su verdugo? ¿Sabes por qué lo hace? Porque tú puedes matarme, verdugo. Pero tú no puedes destruirme. Y ese mensaje es tan profundo, piénsalo un poco, te lo repito. Y esto expresa muy bien el martirio de tantos, por ejemplo, en la Guerra Civil española, de la cual se van a cumplir cien años dentro de unos pocos.
Imagínate esa escena, tú me puedes matar, pero tú no me puedes destruir, porque mi vida, el sentido de mi vida e incluso la resurrección de mi cuerpo, no está en tu poder, está en el poder del que más me ha amado, está en el poder del que es Señor de todos y que la gloria sea para Él. Amén.

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