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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Si nuestra vida cristiana no está señalada por el paso victorioso de Dios, es tiempo de crecer en la fe, la oración y la alabanza para proclamarlo a Él como nuestro Rey y Señor.

Homilía o343009a, predicada en 20161123, con 4 min. y 20 seg.

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Transcripción:

La primera lectura de hoy está tomada del capítulo número 15 del Apocalipsis, llama mucho la atención que el primer acto de victoria que viene a consolidar el pueblo de Dios y que, en cierto sentido, es su carta de nacimiento, es el Éxodo. En la gran epopeya del Éxodo, Dios, extendiendo su brazo, venció al Faraón, se mostró como verdadero rey, conquistó el corazón y la vida de su pueblo y lo llamó a la alianza, todo ese acontecimiento lo llamamos la Pascua.

Y lo que llama la atención es que ese acontecimiento que podríamos decir es el acto fundante, como ya dije, es la carta de nacimiento del pueblo de Dios, es exactamente lo que se recuerda y lo que se celebra en el capítulo 15 del Apocalipsis, como lo hemos oído en la primera lectura. Y resulta que en el libro del Apocalipsis lo que se está presentando es el desenlace de la historia de la humanidad y al hablar de las siete copas de la ira de Dios, ya sabemos que el número 7 indica la plenitud o aquello que está completo, de manera que las 7 copas de la ira están representando la totalidad de la purificación que Dios tiene que hacer a la creación.

Así que los acontecimientos del capítulo 15 del Apocalipsis nos están presentando el desenlace último de la historia de la humanidad. Podríamos decir que, como pueblo de Dios, es el último combate, porque de ahí en adelante lo que va a seguir es la victoria de Jesucristo, el que es la Palabra de Dios y que es el único que puede darle toda la gloria al Padre Celestial. Con todo esto, lo que estoy tratando de hacer es de relacionar el cántico de Moisés que se cita en Apocalipsis 15, el cántico de Moisés, que es propio de la Pascua, primer acontecimiento, acta de nacimiento del pueblo de Dios. Y luego ese mismo cántico en la escena final de la victoria del pueblo de Dios. Es decir, que la misma Alianza, el mismo Dios, la misma alegría y la misma Pascua, están al principio y al final.

Y esto significa que el mismo Dios que liberó a su pueblo del Faraón, es el Dios que nos ha liberado a lo largo de la historia de todos los faraones, y es el Dios que al final de la historia nos dará la victoria contra las fuerzas del mal, es el mismo Dios. No son dioses diferentes ni es distinta su victoria. Y en este sentido, podemos decir que el libro del Apocalipsis está uniendo esto primero que sucedió con lo último que va a suceder, y nos está diciendo que toda nuestra historia, toda nuestra vida como cristianos, tiene que estar señalada por la Pascua, tiene que estar señalada por la victoria de Dios, tiene que estar señalada por su paso victorioso.

Pregunta ¿estamos llevando una vida de Pascua, estamos experimentando en lo pequeño y en lo grande de cada día cómo Él es nuestra victoria, estamos experimentando cómo es Él el que nos levanta y nos consolida? Si no lo estamos experimentando, es tiempo de crecer en nuestra fe, en nuestra oración y en nuestra alabanza, para que sea Él el que nos regale, como regaló a los israelitas, la victoria sobre el Faraón y el júbilo de proclamarlo como Rey y como Señor.

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