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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
El Apocalipsis nos enseña cómo unir y a la vez ver el paso que hay de la antigua a la nueva Pascua.
Homilía o343008a, predicada en 20141126, con 4 min. y 42 seg. 
Transcripción:
El comienzo del capítulo 15 del libro del Apocalipsis nos presenta a una multitud que canta. Buen momento este para enfatizar ese aspecto. San Agustín, por ejemplo, predicó bellamente sobre el significado del cantar, decía en alguna ocasión San Agustín: Es propio del que ama, cantar. Según esto, el libro del Apocalipsis es un libro repleto de amor porque con bastante frecuencia aparecen cánticos.
Nuestra Iglesia Católica ha tomado algunos de estos cánticos del Apocalipsis y los ha integrado en la oración de la tarde, la oración que se llama de vísperas. Los días martes, jueves, viernes y domingos tenemos en las Vísperas la oración oficial de la Iglesia para la tarde, tenemos textos del Apocalipsis. De modo que, bellamente, mientras seguimos peregrinando en esta tierra, mientras vamos avanzando como Iglesia peregrina, ya nos vamos uniendo a la Iglesia triunfante, ya nos vamos uniendo a la gloria de los Cielos. Y ¿qué es lo que cantan en este comienzo del capítulo 15 del Apocalipsis? Lo que están cantando es lo que este libro llama el cántico de Moisés y del Cordero.
¿Por qué esta alusión a Moisés? Bueno, cuando terminaron de cruzar el Mar Rojo los israelitas, esa victoria fue sellada con un hermosísimo cántico. Cántico que se recuerda todos los años en la noche de la Pascua. Fíjate cómo nuestra Iglesia se une a la alegría de la travesía por el Mar Rojo, queremos beber de esa alegría pascual de los israelitas, queremos unirnos a esa alegría y queremos también, de algún modo, hacer partícipes de nuestra alegría a aquellos que, en figura, pudieron experimentar el poder liberador de Dios. Digo en figura, porque ellos lo experimentaron como victoria sobre el Faraón, todavía no estaban libres del peor de los faraones que Satanás, y todavía no estaban libres de la peor de las esclavitudes, que es la del pecado.
Pero experimentaron aquellos israelitas una degustación, una prueba, un inicio de la libertad que vendría a través de Jesucristo. Entonces, cuando en el texto de la misa de hoy encontramos el cántico de Moisés y del Cordero, lo que estamos diciendo es que la alegría de la Pascua, la de Moisés y la de Cristo, y también la Pascua que se realiza en cada uno de nosotros, cuando esa victoria del pecado se consuma en nuestra vida, la alegría de todas las pascuas, la poderosa alegría que solo Dios puede traer, esa se realiza a través de la victoria de Jesucristo. En Él, en Cristo, en su Pascua se reúnen todas las Pascuas y por eso en Él se reúnen todas las alegrías y por eso en Él está la plenitud de nuestro canto, de nuestro cántico, de nuestro gozo, de nuestra alegría. Es importante aprender el cántico de Moisés y del Cordero, no solamente aprenderse ese texto que es tan hermoso, ¿no?
«Grandes y maravillosas son tus obras, Señor Dios omnipotente. Justos y verdaderos tus caminos, oh Rey de los siglos. Quién no temerá, Señor, y glorificará tu nombre, porque tú solo eres santo, porque vendrán todas las naciones, y se postrarán en tu acatamiento, porque tus juicios se hicieron manifiestos».
Está bien aprendérselo, y le doy gracias a Dios que guardo en mi memoria ese tesoro. Pero no se trata solo de que esté en mi memoria. Aprenderse el cántico de Moisés y del Cordero es aprender a vivir una vida pascual, aprender a permanecer en la Pascua y la victoria de Cristo. Que cada día sea una Pascua y que cada momento sea expresión de ese único momento en el que se rompieron las cadenas de la muerte del demonio y del pecado.

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