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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Aprendemos mucho de la riqueza y hermosura de la Pascua en cristo, al compararla con la pascua que celebro Moisés.
Homilía o343007a, predicada en 20121128, con 4 min. y 35 seg. 
Transcripción:
Una de las características de los elegidos, de acuerdo con el libro del Apocalipsis, es la alabanza, la alegría, y como es natural en tantas culturas, esa alegría se expresa cantando. Por eso en el libro del Apocalipsis varias veces se menciona la música, por ejemplo, música poderosa de arpas en el cielo, o también cánticos de ángeles, o también, como en el caso de hoy, el canto de Moisés y del Cordero. Qué cosa tan interesante, ese cántico que relaciona las dos pascuas.
Y yo creo que vale la pena que nosotros también hagamos esa relación. De lo que se trata aquí es del vínculo que hay entre la Pascua de Moisés y la Pascua de Cristo, pues Cristo es el verdadero Cordero. De hecho, esa palabra Cordero es el primer vínculo entre esos dos cánticos y entre esas dos pascuas. En el caso de Moisés, celebramos la Pascua o se celebraba la Pascua con un cordero tomado de nuestros rebaños, era algo nuestro lo que se ofrecía. En el caso de la Pascua de Cristo, ese cordero es el único, es el Unigénito, podemos decir, no ha sido tomado de las praderas de la tierra, sino de las praderas del cielo, de allí viene este Cordero, este Cordero de Dios. Por eso lo llamamos así, el Cordero de Dios.
Celebraba Moisés que el pueblo quedaba libre del Faraón. Nosotros ¿de qué quedamos libres con la Pascua de Cristo? Las respuestas son múltiples. Quedamos libres del poder de Satanás, quedamos libres del peso de nuestros pecados, quedamos libres de las tinieblas, quedamos libres del miedo, quedamos libres del absurdo, quedamos libres de la muerte, quedamos libres de las tinieblas. Podemos decir que el Faraón, en el libro del Éxodo, era algo así como una figura de toda esa maldad y de todo eso que impide la realización del amor y el plan de Dios en nosotros. Y de todo eso hemos sido liberados en Cristo.
Los israelitas atravesaron el Mar Rojo, nosotros, siguiendo a Cristo, nuestro verdadero Cordero, pasamos por las aguas del bautismo. Los israelitas atravesando el desierto llegaron a la Tierra prometida, una tierra que creó grandes expectativas porque era la tierra que manaba leche y miel. Bueno, la verdad es que cuando llegaron a esa tierra prometida, el combate apenas tenía que empezar. Ahí encontraron a los cananeos, a los jebuseos, a los hititas, y tuvieron que entrar en grandes y prolongadas luchas.
También nosotros, después del bautismo, entramos en plenitud en una vida cristiana que supone muchas luchas, no se nos promete leche y miel. Más bien, lo que se promete es que tenemos que asumir nuestra cruz cada día. Pero al final, eso que quería decir la tierra prometida, eso y mucho más, eso es lo que nosotros recibimos, pero no recibimos tierra, recibimos cielo, porque el que recibe la tierra, por más que sea tierra prometida y tierra que mana leche y miel, el que recibe esa tierra, de todas maneras tiene que estar sujeto a la enfermedad, la traición, el pecado, la muerte. Nada de eso quedará para nosotros. Bendita la victoria de Cristo, el Cordero, prefigurada en la Pascua de Moisés.

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