|
|

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Necesitamos recordar con frecuencia el testimonio que dieron los Mártires de la Iglesia.
Homilía o343003a, predicada en 20001129, con 10 min. y 26 seg. 
Transcripción:
Indudablemente en estos textos finales de los Evangelios, cuando Cristo se refiere al final de su propia vida, al final de Jerusalén y al final de la historia humana, porque esas tres cosas van relacionadas, indudablemente en esos textos el dramatismo alcanza sus cotas más altas. Tiempos de persecución, tiempos de confusión, tiempos de angustia, de desconcierto. ¿Qué clase de tiempo tendremos que esperar? Hasta vuestros padres, hermanos, amigos os traicionarán y matarán a algunos de vosotros.
¿Cuándo llegará este tiempo, será en nuestra época, será después? ¿Es todo esto solamente un lenguaje figurado del que nos habla Cristo con estas palabras capaces de preocuparnos, entregados a los tribunales, a la cárcel, puestos como para dar testimonio ante los reyes y gobernadores? Yo creo que debemos enseñar que la mayor parte de estas palabras se van a cumplir así. Esto no es puro simbolismo, ya en la historia de la Iglesia ha habido momentos de persecución. Todavía no la gran persecución, todavía no la última persecución, pero ya ha habido esos momentos y se ha visto esta angustia y se ha visto que sí es posible que se dé esa traición y se ha visto que sí es cierto que van a matar y que han asesinado a muchos de los seguidores de Cristo.
Este año tuve ocasión de participar de una oración muy singular en la Basílica de San Juan de Letrán, en Roma. Una oración en el contexto de la Semana Santa organizada por una comunidad, un movimiento laical, la Comunidad de San Egidio, que es tan conocida y tan amada en Roma. Objetivo de esa oración: recordar a los que han muerto por Cristo en el siglo XX, los mártires. Y realmente en esa basílica repleta, yo creo que muchos tuvimos la sensación conmovedora, impresionante, de sentir que, desde la cruz de Cristo hasta el retorno de Cristo, hay un hilo de sangre que atraviesa la historia humana. ¿Qué cosa? Continente por continente, casi país por país, se iba recordando gente que ha muerto por Cristo.
Cristianos que han muerto luchando por la justicia, cristianos que han muerto luchando por lograr la paz entre tribus, entre etnias, cristianos que han muerto a manos de fundamentalistas o de fanáticos, cristianos que han muerto por regímenes totalitarios, cristianos que han muerto en condiciones de tortura y de cárcel. Uno no se imagina que se pueden pasar dos horas o algo más que duró esa oración, solamente oyendo los nombres, los países de las personas que han muerto por Cristo. Y después de una serie, por ejemplo, de un continente, nos poníamos de pie y hacíamos un rato de canto pidiéndole al Señor misericordia. Cantábamos entonces gentes de todos los países, bueno, de muchos países del mundo, de todos los continentes, cantábamos según esa antigua y tradicional invocación: «Kyrie Eleison», Señor, misericordia. Señor, ten piedad.
Y esa es la imagen que viene a mis ojos ante las lecturas del día de hoy, porque aquí se nos habla también de una gente que canta: «Vi una especie de mar de vidrio en la orilla, de pie, los que habían vencido a la bestia y tenían sus arpas, las arpas que Dios les había dado y cantaban el cántico de Moisés y del Cordero». Nosotros sentimos varias veces en esa liturgia magnífica en San Juan de Letrán, sentimos que no costaba trabajo dejar brotar las lágrimas pensando cuál es el precio por el que se difunde la fe en los caminos de la historia humana. Y muchas veces esas lágrimas eran de alegría de pensar que, así como nosotros cantábamos en la tierra, seguramente ellos eran de estos artistas, porque ellos vencieron a la bestia, porque ellos son del Cordero. Otras veces esas lágrimas eran de vergüenza, cuánto tiempo perdemos, qué escaso nuestro amor.
Es impresionante en esa lista de oro, en esa lista de muertos, muchos de los cuales serán beatificados y canonizados en las décadas que vengan. Es impresionante en esa lista encontrar tantos nombres de personas que día a día crecieron en amor. Verdad, verdad que si la Iglesia necesita volverse hacia los mártires, porque una iglesia sin persecución, una iglesia que no es atacada, es fácilmente una Iglesia que se duerme. Qué tristeza, nos despierta más la persecución que el amor, debería mantenernos en vela y debería mantenernos ardientes el amor. Como los serafines, aquellos ángeles que se llaman precisamente así, porque en hebreo esa palabra significa los que arden, los ardientes. Debería ser el amor el que nos mantuviera en pie, pero parece que a veces el amor necesita el acicate, el aguijón de la persecución.
Hubo nombres, hubo nombres de colombianos también ahí. Aquel padre asesinado cerca del santuario de Buga por algún medio loco, medio fanático. Mi padre, Pedro Claver. Y cómo olvidar a aquel obispo, no se nos puede olvidar el obispo de Arauca. Decía, decía uno de nuestros padres: El mejor predicador que yo haya conocido en tierras difíciles hasta el testimonio de la sangre. Realmente necesitamos de la sangre, necesitamos ver el rojo de la sangre de Cristo y recordar con veneración a nuestros hermanos que mezclaron su sangre con la sangre del Cordero. Necesitamos recordar a menudo que ese es el precio de la salvación. Necesitamos recordar a menudo que ese es el tamaño de amor que el Espíritu le ha dado a algunos.
Y necesitamos recordar que, en el desenlace final de la historia, como nos lo dice el Evangelio, será una generación inmensa de mártires la que testifique frente a la bestia, la que testifique frente al mundo que Dios merece ser amado por encima de todas las cosas, que este testimonio elocuente de los mártires, que tanta sangre derramada con tanto amor, ayude en este momento de nuestra vida. Siempre en la Misa, antes de cantar el Santo, decimos que nos asociamos a los ángeles y a los santos. Esos mártires fervorosos, ardientes en el amor, vienen a nuestra capilla, se unen a nuestros corazones de pronto tibios, de pronto negligentes, de pronto indiferentes. Yo creo que, si nosotros nos pegamos a ellos, seguramente podremos sentir algo de su fuego y renovar nuestro amor al Señor y nuestro deseo de servirle por encima de todo y de todos, porque Él merece la gloria y el honor por los siglos.

Derechos Reservados © 1997-2025
La reproduccion de estos textos y archivos de audio, para uso privado o publico, está permitida, aunque solamente sin fines de lucro y citando la fuente: http://fraynelson.com/.
|