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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
El Señor nos invita a no apoyarnos en nada ni en nadie distinto de Él.
Homilía o343001a, predicada en 19961127, con 15 min. y 39 seg. 
Transcripción:
Nos habla claramente el Señor Jesús de la oposición y persecución que encontrará la Palabra de Dios en el mundo. Sus palabras pueden parecer exageradas si uno piensa que aparentemente el mundo cada vez se hace más tolerante en materia de religión. Las Naciones Unidas han declarado como derecho fundamental de la persona humana su autonomía, su libertad para escoger la opción religiosa que considere más de acuerdo con la propia conciencia. ¿En qué momento van a suceder estas cosas «Os perseguirán, os entregarán a los tribunales y a la cárcel», es que van a venir tiempos de intolerancia y de odio reprimido contra los cristianos, conoceremos nosotros o viviremos esos tiempos o, de alguna forma, esa persecución ya ha empezado y nosotros no nos hemos dado cuenta?
Por otra parte, ¿cuál es la causa de tanto odio? En algún otro lugar lo dice nuestro Señor Jesucristo: «Si me han rechazado a mí, os rechazarán a vosotros». El rechazo, la persecución, parece que son señales tan propias del cristiano que uno tiene que preocuparse si no las tiene, tanto que en la versión que San Lucas nos ofrece de las Bienaventuranzas, seguramente recordamos que después de esas bienaventuranzas vienen las lamentaciones, los ayes. Y dice allí: «Ay de vosotros si todo el mundo habla bien de vosotros». Es como no tener una de las señales fundamentales de que se es de Cristo.
Pero, por otra parte, ¿qué clase de persecución puede sufrir o vivir una persona en un ambiente como, por ejemplo, un monasterio de clausura? Más bien no será, en el monasterio puede que haya algunas personas con complejo de persecución: Nadie me entiende. Todos o todas están en contra mía, me tienden una celada. Son un poco misteriosas estas palabras de Jesús sobre esa persecución, sobre esa presión. ¿Llegará ese tiempo en el que nuestros parientes, en el que nuestros amigos se vuelvan en contra nuestra? O si no, ¿por qué nos habla así? Parece que, parece que el corazón de la enseñanza es que todo lo que podemos considerar seguro, en algún momento nos puede fallar. Parece que esta predicación del Señor es, ante todo, una invitación a no apoyarnos en nada distinto de Él, porque también los papás y los parientes y los amigos pueden fallar.
Y si se habla ahí de parientes o de padres, no es porque necesariamente estas personas lleguen a fallarnos, sino es una manera de indicar que hasta esas personas pueden llegar a fallarnos como para que uno diga en su corazón: Si hasta ellos pueden fallarme, entonces ¿de quién podría apoyarme, en quién? Es más o menos lo mismo que cuando el Señor dice que: «El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí». Esos ejemplos del Señor sirven para indicar la primacía del Evangelio. Pues bien, así como ese Evangelio ha de tener el primer lugar en la vida, también es cierto que ese Evangelio es lo único que puede sostenernos en los momentos de verdadera tribulación.
El sentido entonces de la enseñanza parece ser que debemos buscar nuestra fortaleza y la fuente de nuestra perseverancia solo en el mismo Jesucristo, y no creernos seguros porque tenemos o parientes o amigos que piensan parecido o igual a nosotros. Porque uno tiende a apoyarse precisamente cuando siente que hay otras personas que están como en la misma sintonía de uno, es algo muy humano: Ya somos varios, ya somos varios los que estamos pensando lo mismo y esto significa que ya empezamos un proceso.
Y ese espíritu de que ya somos varios, fácilmente degenerará en sectarismos y partidismos dentro de la Iglesia o dentro de una comunidad religiosa. Es que ya somos varios dentro de la provincia que ya nos hemos dado cuenta de cómo son las cosas y ya nos hablamos. Y ya entre nosotros hemos conversado, ya sabemos por dónde es que van las cosas y ahí estamos logrando que otros se nos unan y vamos a ver si logramos cambiar esto. Así, bajo capa de renovación, así, bajo aspecto de una vida nueva y de fidelidad al Evangelio y de retorno a las fuentes, rompemos muchas veces el don más preciado, que es el de la unidad.
Y aquí viene algo paradójico, muchas veces trabaja más por la unidad la persona que se sabe sola, que aquella que quiere el retorno a las fuentes o a la fidelidad o a lo que sea, pero con la pequeña ayuda, con el pequeño bastón de un partidito que tenemos. Es un partido, es un pequeño grupo que nosotros tenemos con el cual nosotros esperamos cambiar todas las cosas. Una persona que, por fidelidad, entre comillas, al Evangelio, se une con otras personas y ya logró el grupo que va a renovar y que sí es fiel, una persona así muy fácilmente termina traicionando el núcleo mismo del Evangelio.
Es que parece que, parece que el Evangelio no es otra cosa sino la continua, casi obsesiva búsqueda de los que son distintos a mí. El Evangelio es como una continua solicitud por los que piensan distinto que yo. El Evangelio es una continua misericordia y una continua ofrenda por los que no son como yo, por los que no piensan como yo. Esto contradice tendencias muy profundas de nuestra naturaleza humana, herida por el pecado, que para no sentir orfandad, que para no sentirse desprotegido, carne que para no sentirse desprotegida, intenta buscar el calorcito, el apoyo y la solidaridad de otra carne. Pero ese no es el Evangelio, el Evangelio es esa continua búsqueda, esa amorosa, esa sapiente búsqueda del que es distinto que yo, del que piensa distinto, de aquel que yo podría descartar.
Entonces, es claro que para esta búsqueda, que es al mismo tiempo misericordiosa y sabia, pensar en las alianzas y en las personas que están respaldándonos y piensan como nosotros es un estorbo, por decir lo menos. No son esas las personas que nos van a llevar a la plenitud del Evangelio. Y esta es la razón por la cual el estado natural del Evangelio es la persecución, o por lo menos la oposición, porque es que el Evangelio solo crece bien en otro patio, no en mi patio. Es una semilla extraña que si yo la siento en mi propio patio, es decir, en mi núcleo de amigos, en aquellos que son como yo, en aquellos que me quieren, en aquellos cuyo cariño está ya garantizado, ahí no crece.
Necesita lanzarse esta semilla al terreno de los otros, al jardín de los otros. Y esos otros, entonces, van a ser los que no me quieren, los que no me entienden, los que no me respetan, es allá donde debe ser lanzada la semilla del Evangelio. Y desde luego que allá lo primero que va a encontrar es oposición. Cada uno entonces, tendría que revisar su propia situación y aquí es donde se ve que esta palabra del Evangelio vale para todas las situaciones de la Iglesia y para todos los estados de vida y para todas las circunstancias por las que pase el cristiano.
Y allá en un monasterio de clausura, pues a menos que venga una terrible guerra religiosa con sacrilegios y profanaciones a bordo, difícilmente van a llegar las persecuciones al interior del monasterio, difícilmente. Eso sí, difícilmente llegarán. Pero estas otras realidades que estamos diciendo, es decir, ese creer en las propias alianzas y ese negarse a buscar la verdad del otro y ese negarse a sembrar el Evangelio en el que no piensa como yo, eso sí me parece a mí que se puede dar y que seguramente se da en más de un monasterio.
Esta semilla del Evangelio solo crece bien cuando crece mal, es decir, solo crece bien allí donde no podría aparentemente crecer. Solo allí donde parece que no tiene esperanza, solo allí donde tiene que sostenerse, como en la pura gracia de Dios. Solo hay que crecer bien en la semilla del Evangelio. Y por eso esta es la condición propia del creyente, no es solo que no se confíe de sus amistades, es que tampoco se confíe de sus conocimientos.
Haced propósito, dice Jesús, de no preparar vuestra defensa. No te apoyes ni en tus conocimientos, ni en tus virtudes, ni en tu experiencia. Es que, por favor, mi experiencia, una cosa es usted que no le acaba de sanar el ombligo y otra cosa soy yo que estoy jecho, estoy maduro, estoy por caerme del palo. Son dos situaciones distintas. Yo si puedo apoyarme en una experiencia, usted primero, vaya a que le calienten su tetero, a que le sane el ombligo, que le cambian ese pañal que se le está cayendo y luego viene y hablamos.
Pues bien, nos enseña el Señor que aquel que se apoya en su larga experiencia, sus profundos conocimientos en que pertenece al grupo renovador del monasterio, en que tiene cualquier persona, cualquier creyente que se apoye en algo suyo, no lanza la semilla del Evangelio allí donde realmente puede crecer. Me parece a mí que lo más provechoso de este modo de ver las cosas es que sirve para aplicar este texto a todas las situaciones de nuestra vida. Porque si se pone uno a esperar a que lleguen las persecuciones y a que, con su fuerza y picas y palas y hachas, entraron los perseguidores al monasterio gritando improperios e insultos a Jesús. Y allá encontraron a una monja crucificada en el coro, y entonces, burlándose cruelmente de ella.
Mientras uno espera a que ese tipo de cosas sucedan, mientras uno está esperando a que tal género de persecución suceda, mientras uno está esperando eso, no se da cuenta de lo que uno mismo está haciendo. Hoy, mañana, ayer, aquí en donde estamos, el Evangelio es para hoy, ningún Evangelio está definitivamente aplazado. Este Evangelio es para hoy y necesita crecer así, solo en esa tierra, solo en esa oposición, solo en esa dureza, despliega toda su fuerza. En el fondo es lo mismo que le dijo el Señor a San Pablo: «En la debilidad se muestra perfecto mi poder».

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