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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Jesús fue obediente al Padre y se ?deconstruyó? en su pasión y muerte dejando a la vista lo terrible del pecado y resucitando le dio gloria al Padre, reflejando su misericordia y eterno amor por nosotros.
Homilía o342015a, predicada en 20221122, con 7 min. y 16 seg. 
Transcripción:
Mis hermanos, esta es la última semana del año litúrgico, esta semana empezó. Por supuesto lo recordamos, con la gran Solemnidad de Cristo Rey y las lecturas de esta semana, tanto la primera, que en este caso fue del Apocalipsis, como el Evangelio que es de San Lucas, nos presentan realmente un cuadro dramático. Es lo que corresponde al final. Creo que para entender bien el Evangelio conviene tener un poco de contexto. Es del Capítulo Veintiuno de San Lucas. Estamos prácticamente en las vísperas de la Pasión de Cristo, es decir, del final de su propia existencia. Pero Lucas, estamos en el Capítulo Veintiuno, repito. Pero Lucas desde el Capítulo Noveno, desde finales del Capítulo Noveno, nos habla de un largo caminar de nuestro Señor Jesucristo, acompañado por sus apóstoles y numerosos, cada vez más numerosos discípulos. Un camino que va desde el norte, es decir, desde Galilea, atraviesa Samaría, llega a Judea y finalmente, después de atravesar Jericó, avanza hacia Jerusalén y entra en Jerusalén.
De tal manera que la escena de hoy, la escena de Cristo con sus discípulos cerca del majestuoso templo de Jerusalén, es la culminación de ese camino que prácticamente ocupa todo el Evangelio de San Lucas. Analiza, desde el Capítulo Noveno hasta el Capítulo Veintiuno en el que estamos, pues esos son doce capítulos. Es por lo menos la mitad del texto de San Lucas, porque Lucas tiene veinticuatro capítulos. La mitad del texto de San Lucas es Jesús en la ruta. Jesús caminando. Jesús en peregrinación. Jesús avanzando. ¿Avanzando hacia dónde? Hacia Jerusalén. Entonces la meta de su camino era Jerusalén. Pero los apóstoles y los demás discípulos interpretaban esa llegada Jerusalén como el final de la misión de Cristo en términos de agarrar el poder. Como quien dice ahora sí, después de tantas privaciones, después de tantas dificultades, después de tantas discusiones con los adversarios que han ido apareciendo en el camino; fariseos, escribas, saduceos, después de tantas dificultades, por fin Jerusalén, por fin el triunfo, por fin, por fin llegamos.
Y sí, en Jerusalén vendrá el triunfo, pero es el triunfo que ellos no se esperaban. Es el triunfo de la resurrección. Y el triunfo de la resurrección pasa primero por la extrema humillación de la cruz, de la pasión, del desprecio, del rechazo, de la tortura, de la traición. Eso no se lo esperaban. Eso no estaba en las cuentas de los apóstoles ni de los demás discípulos. Ellos no tenían esas cuentas hechas. Es decir que Cristo sí, que Cristo triunfa en Jerusalén. ¡Amén, Aleluya! Que la gloria de Cristo brilla en Jerusalén. ¡Amén, Aleluya! Que el Evangelio de Cristo se va a proclamar desde Jerusalén. ¡Amén, Aleluya! Sí, pero antes de eso, Cristo tenía que pasar por la terrible pasión, por esa tortura, humillación, rechazo y todas las otras palabras que he dicho. Entonces eso es lo que no estaba en las cuentas de ellos. Y los mismos Evangelios nos dicen que cuando Cristo, en ese caminar hacia Jerusalén, les hablaba de estas cosas. Les hablaba, por ejemplo, diciendo El Hijo del Hombre tiene que ser entregado en manos de los hombres. Cuando Cristo les hablaba de estas cosas, ellos no querían enterarse. Ellos no querían darse cuenta, porque ellos seguían con su idea del reino de Dios a imagen del reino del tiempo de David, es decir, expulsar a los enemigos, recibir gran prosperidad y gozarse de la bendición del Señor. Eso era lo que ellos esperaban. Imagen de lo que ellos esperaban está en las palabras con las que describen el templo. Ya ese templo lo ven como una especie de anticipación de la gloria que vendrá cuando Cristo agarre el poder, cuando Cristo se adueña del poder. Mira esas piedras, mira esa construcción. Y básicamente lo que les dice Cristo es todo eso tiene que ser desmontado.
Hoy en filosofía y en muchos ambientes culturales y académicos se utiliza una palabra y se utiliza de un modo muy ideológico, que es la palabra deconstrucción. Pues realmente lo que dice Cristo es todo eso, todo ese montaje tiene que ser desmontado y toda esa vanidad y toda esa arrogancia y toda esa mentira que está detrás de un culto falso, todo eso tiene que ser destruido, tiene que ser deconstruido, como dirían los filósofos actuales. Hay que deconstruir la mentira para que llegue la verdad. Ese es el resumen. Y Cristo soportó ser deconstruido, Él. La Pasión de Cristo fue algo así como eso, fue la deconstrucción de Cristo. Sus ropas le fueron quitadas, su dignidad profanada, su cuerpo despedazado, su vida ofrecida, entregada. Cristo se deconstruyó. Aceptó eso, lo aceptó en obediencia al Padre. Lo aceptó con un propósito: la gloria del Padre reflejada en su cuerpo resucitado. Ese, mis hermanos, es el sentido profundo. Esa analogía profunda me parece que hay entre el templo y el cuerpo de Cristo. El templo tendrá que ser deconstruido, el cuerpo de Cristo tendrá que ser deconstruido. Y en esa deconstrucción, en esa especie de destrucción, pues lo que va a quedar a la vista es lo asqueroso del pecado, lo terrible del pecado, pero a la vez lo grandioso de la misericordia, lo poderoso del amor redentor de Dios. Ese es el tono de las lecturas de estos días, y ese es el mensaje con el que vamos despidiendo el año litúrgico.

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