Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Al mismo tiempo que nuestros pecados y rebeldías se acumulan y dan frutos de maldad, el bien que sembramos da frutos de bondad, preparando la victoria definitiva de Nuestro Señor Jesucristo.

Homilía o342010a, predicada en 20161122, con 5 min. y 0 seg.

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Transcripción:

La primera lectura de hoy está tomada del Capitulo número Catorce del libro del Apocalipsis. El Domingo pasado celebrábamos la solemnidad de Cristo Rey. Esta fiesta marca el final del Año litúrgico, de manera que estos días en los que nos encontramos son un eco de esa celebración de Cristo Rey y son también como una preparación para el próximo Domingo, en el que daremos inicio a un Nuevo Año Litúrgico. Efectivamente, el próximo Domingo será el Primer Domingo de Adviento. El libro del Apocalipsis, curiosamente, sirve tanto para marcar el final del Año litúrgico, porque vemos la grandeza de la victoria de Cristo, como también sirve para marcar el comienzo del Nuevo Año litúrgico. Porque esa victoria de Cristo que anhelamos todavía no se ha dado en plenitud y por eso queremos que Cristo venga. Y ese es el sentido del Adviento, especialmente en su primera fase. O sea que el Apocalipsis nos marca el final y nos marca el principio.

El Apocalipsis marca cómo Dios ha sido el que ha vencido. Pero también cuánta falta nos hace la victoria de Dios. Y precisamente porque anhelamos esa victoria del Señor, precisamente por eso entramos en el Tiempo de Adviento. Y en el Tiempo de Adviento le rogamos al Señor que haga perfecta su victoria. Observemos que este final que nos marca el Apocalipsis supone también la acumulación de las consecuencias tanto de los bienes como de los males. Porque si algo tiene la Sagrada Escritura, si algo tiene la Biblia es que nos enseña que Dios toma en serio la vida humana. Dios quiere que nosotros lo tomemos en serio. Pero es que Dios también nos toma en serio. Y la seriedad en este caso quiere decir que el bien que hacemos tiene consecuencias porque da frutos de bondad y el mal que hacemos tiene consecuencias porque da frutos de maldad. En el fondo es lo mismo que dijo nuestro Señor Jesucristo en el Evangelio. Cristo decía en el Evangelio No hay árbol bueno que dé frutos malos, ni árbol malo que dé frutos buenos. Con lo cual estaba indicando que cada uno de aquello que tiene da fruto finalmente. Y eso exactamente es lo que muestra el Apocalipsis, tanta maldad que se va acumulando, tantas cosas perversas que se van aprobando una tras otra. Tanto daño a tantas vidas inocentes, por ejemplo, a través del aborto. Tantas injusticias, por ejemplo, a través de la explotación económica o la trata de personas. Tanta destrucción de la dignidad humana, por ejemplo, a través de la pornografía o a través del narcotráfico. Eso es sembrar maldad. Y esa maldad que se va sembrando tiene consecuencias. Esas consecuencias un día revientan.

De hecho, en la historia podemos decir que en una escala pequeña, ya vemos que esto sucede, si una persona, por ejemplo, maltrata su organismo porque es un alcohólico, un día ese hígado de esa persona se rebela, se revienta y dice no más. Y entonces aparecen las consecuencias de todos los abusos que se han causado. Lo mismo sucede también en el plano social. Cuando una clase política o cuando una clase social pretende adueñarse del país y pretende imponer sus condiciones sea como sea y no le quiere dar opción a nadie más, eso termina reventando mal porque eso tiene consecuencias. Eso es exactamente lo que nos muestra el Apocalipsis, sólo que lo presenta en una escala global, es decir, el conjunto de la historia de la humanidad finalmente mostrará las consecuencias de tantos pecados que hemos cometido. El consuelo para nosotros es que así como nuestros pecados y rebeldías se acumulan y tienen consecuencias, el bien que vamos sembrando está preparando también la victoria definitiva de nuestro Rey y Señor Jesucristo. A Él sea la gloria y la alabanza por los siglos. Amén.

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