Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

La cosecha es el tiempo de hacer ver la verdad. Pero antes de la cosecha "de la justicia" hay una cosecha "de misericordia" por la evangelización.

Homilía o342009a, predicada en 20141125, con 60 min. y 28 seg.

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Transcripción:

Queridos hermanos, quiero empezar compartiéndoles una pequeña historia de familia. Mi madre murió cuando tenía setenta y ocho años de edad. A lo largo de su vida se enamoró cada vez más de la Palabra de Dios. Pero hubo un libro con el que siempre tuvo grandes dificultades, el libro del Apocalipsis. Mi madre, una mujer sencilla, decía, es un libro que me da miedo. Un libro que me da miedo. Haciendo lo posible, yo intentaba que ese pequeño escollo, que esa dificultad no la fuera a apartar del conjunto de la Sagrada Escritura. Sin embargo, tengo dudas de qué tanto éxito tuve en esa tarea con mi propia familia.

El pasaje que hemos escuchado el día de hoy, tomado del Capítulo Catorce del Apocalipsis, es uno de esos pasajes que le daban miedo a mi madre. Porque se habla del momento final de la cosecha. Se habla de una hoz afilada que sirve para cortar las espigas, que sirve para cortar los racimos de las uvas. Y si esa imagen todavía no parece suficientemente aterradora, la frase final de hoy parece que cumple esa tarea. El ángel pasó la hoz afilada sobre la tierra, cosechó la viña y arrojó los racimos en la inmensa cuba de la ira de Dios. Algunos quisieran tachar la expresión ira de Dios. Quisieran tacharla de la Biblia. Hay gente que tiene la idea de que Dios estaba muy bravo en el Antiguo Testamento y ya luego se le pasó la rabia en el Nuevo Testamento. Como que en el Antiguo Testamento todo fueran amenazas y guerras, castigos, mientras que en el Nuevo Testamento, según esa manera de pensar, todo sería dulzura, ternura, comprensión, tolerancia o lo que llaman en España, buenismo. El Dios del Nuevo Testamento, según esa manera de pensar, sería el Dios no bueno, sino buenista, es decir, un Dios tan comprensivo, un Dios con unas mangas más anchas que las mangas de los dominicos. Un Dios que deja pasar todo, un Dios al que parece que no le importa mucho si pecamos o no pecamos, porque al final todo el mundo acabará en el gran banquete del cielo. Todo el mundo se va para el cielo. Esa es la idea que algunas personas tienen.

Pero esa idea se puede remontar en el tiempo, por lo menos hasta la figura de un hombre llamado Marción. Por lo menos hasta la época de Marción. Esa idea de que el Antiguo Testamento es pura rabia y el Nuevo Testamento es solamente comprensión y tolerancia. Esa idea es falsa porque la primera que desmiente esa idea es la misma Biblia. Hay expresiones dulcísimas, de ternura, de misericordia, de compasión en el Antiguo Testamento, y no hay que borrarlas de ahí. No se nos pueden olvidar esas frases. Por ejemplo, Dios ha caminado contigo como un hombre lleva a su hijo. ¡Qué hermosura! O aquella otra tan notable. Aunque una madre se olvidara del hijo de sus entrañas, yo jamás te olvidaría. Esas son declaraciones de amor. Y están en el Antiguo Testamento. Así que no te dejes confundir por aquellos que dicen que el Antiguo Testamento es solamente expresión de un Dios bravo, eso no es cierto. Hay momentos en que tiene que aparecer con claridad la diferencia entre la luz y las tinieblas. Y por supuesto que la condición tan primitiva y el ambiente tan difícil de los pueblos en aquella época, estamos hablando del Siglo Dieciocho antes de Cristo en adelante. La condición durísima de esos pueblos hacía que la palabra divina, muchas veces tuviera que ser drástica.

Como son drásticas las recomendaciones que los papás dan a sus hijos cuando viven en circunstancias extremas. En Bogotá, en Río de Janeiro, en Londres, en París, en Tokio, existen barrios sumamente peligrosos. Y si un papá tiene que darle advertencias a sus hijos porque viven en esos lugares o porque tienen que pasar por esos sitios, las advertencias son severas. Esa es la explicación de la severidad del Antiguo Testamento. Qué le diría a un papá, a un hijo que vive en uno de los barrios de las mafias en Tokio ¿qué le diría? Sé buena persona con todos, sonríeles a todos y traba conversación con todo el mundo, no. El papá le diría ¿tú vas a salir solo a tales horas? cuidado con meterte con esa gente. Y si ves un problema, ya sabes lo que tienes que hacer. Esa es la severidad del Antiguo Testamento. Es la severidad propia de uno que tiene que hablar con absoluta claridad, que tiene que enseñar la diferencia entre el bien y el mal y que tiene que sacar a su pueblo de un contexto cultural terriblemente agresivo. Eso en cuanto al Antiguo Testamento.

Pero ahora no se piense que en el Nuevo Testamento todo es simplemente tolerancia. No hagamos de Cristo el Príncipe de la tolerancia. La misericordia de Cristo es real pero la gran obra de la misericordia no es dejar en el pecado, sino arrancar del pecado. Eso es lo que hace Jesucristo. Por consiguiente, se equivocan los que quieren hacer de Cristo el príncipe del buenismo, es decir, que quieren reducir el Evangelio simplemente a un mensaje inocuo de seamos buenas personas, vivamos y dejemos vivir, y arreglado todo. Yo por mi parte, soy heterosexual, pero si el resto del mundo se vuelve homosexual, no hay problema. Allá ellos, aquí yo. Yo no mataría a un hijo mío, pero si la vecina del frente quiere abortar, pues ¿qué problema para mí? Ese no es problema para mí. Hay que comprenderla, hay que entender a todos. Ese tipo de tolerancia que termina siendo complicidad con el pecado esa no es la de Cristo.

Hay estudios muy interesantes sobre este tema. Por ejemplo, de todos los libros de la Biblia o de todas las secciones de la Biblia. En ninguna parte se habla tanto del infierno como en los santos Evangelios. De hecho, si no me falla la memoria, nadie en la Biblia habla tan claramente y tan repetidamente del infierno como Jesús. ¿Por qué? Porque quiere asustarnos, no. Porque nos ama y porque no quiere que vayamos a ese lugar. Por eso, porque hay amor en Él. De manera que el tema de la posibilidad real de la condenación y el tema de la justicia de Dios y el tema de la ira de Dios no se puede quitar del Nuevo Testamento. No lo quites. Que si el Espíritu Santo lo quiso ahí, es porque ahí debe estar. Ni el Antiguo Testamento es expresión de un Dios que está bravo todo el día, ni el Nuevo Testamento es expresión de un Dios que todo lo tolera. Ninguna de las dos cosas es cierta.

Entonces, ¿cómo debemos entender la ira de Dios? Vamos en auxilio, es decir, viene en nuestro auxilio. Santo Tomás de Aquino. Doctor de la iglesia. Quien explica lo siguiente: en los escritos bíblicos, la expresión ira de Dios debe entenderse como la acumulación de las consecuencias de nuestros pecados. El pecado tiene consecuencias. Las consecuencias se acumulan y la acumulación de las consecuencias produce en un momento dado eso que nos ha descrito la primera lectura de hoy. La acumulación de las consecuencias ¿Y por qué esa expresión se atribuye a Dios? Porque las condiciones de las criaturas, es decir, el daño que sufren las criaturas por obra del pecado, proviene en último término, del ordenamiento sapiencial de Dios, que ha querido inscribir su voluntad y sus leyes, no como cosa ajena y extrínseca y agregada a las cosas, sino dentro de las cosas mismas. Eso quiere decir que el hecho de que el pecado tenga consecuencias, aunque en cierto modo pertenece a la autonomía de las cosas creadas mismas, en último término, depende de Dios que las ha creado con tales o cuales leyes. Eso se entiende muy bien en el caso de los vicios. Ahí es donde mejor se comprende.

Y de todos los vicios hay uno que es muy pedagógico para enseñarnos este tema. Pensemos en la persona que tiene el vicio del alcohol. El exceso de alcohol hace daño, entre otros lugares, en el hígado. Por supuesto, la persona que se emborracha una sola vez quizás no tenga un daño irreparable. Quizás el organismo tenga recursos interiores suficientes para sobrevivir a ese abuso. Si es un abuso. Pero la persona que se emborracha y vuelve y se emborracha y vuelve y se emborracha, está acumulando las consecuencias de su pecado y ese pecado que se acumula incluso visiblemente en el daño del hígado, daño hepático. En un momento dado tiene una consecuencia, eso explota, por así decirlo. Esa acumulación de consecuencias en el caso del alcohólico puede tener el aspecto de lo que se llama una cirrosis. Cirrosis hepática por exceso en el consumo del alcohol.

Pues sucede una cosa. Sucede que nuestro mundo se ha acostumbrado al pecado. Yo he seguido con mucha atención las oraciones que se han hecho al comienzo de esta Eucaristía. Sobre todo las oraciones de perdón, de sanación, de liberación. Y ustedes y yo nos hemos dado cuenta de algo. Nuestra sociedad está enferma y la parte más grave de esa enfermedad es que se cumple en nosotros aquello que en amenaza dijo el profeta Isaías ¡Ay de aquellos que llaman bien al mal y llaman mal al bien! No hace mucho, el jefe máximo de una de las empresas más poderosas de este planeta tierra, un hombre llamado Tim. Supongo que Timothy, Tim Cook. Dio unas declaraciones que, como son públicas y globales, yo las puedo mencionar también aquí, porque para eso se hacen las declaraciones públicas y globales. Tim Cook, el jefe máximo, el máximo ejecutivo de la empresa Apple, declaró. Nunca he escondido mi condición de homosexual y hay que entender homosexual practicante, no la tendencia, sino la práctica. Nunca he escondido mi condición homosexual, pero creo que es bueno que abiertamente lo diga para que otros también se sientan en libertad de decirlo. Dice este hombre es verdad, soy homosexual. Me siento orgulloso de ser homosexual. Y pienso que es de los grandes regalos que Dios me ha dado. Por supuesto, si una persona que está en una posición tan visible y que en cierto modo es representante del éxito empresarial en el mundo, porque se dice que su empresa es la que tiene una mayor valorización en la Bolsa de Nueva York. Tú te puedes imaginar el impacto que esto tiene en millones y millones y millones de personas. De modo que parece completamente normal. Totalmente normal. Ahí no hay nada que criticar. Ahí no hay nada que decir. Que nadie se atreva a opinar nada. Estamos asistiendo, mis hermanos, a un proceso de normalización del pecado. Normalización del pecado.

Otro tanto podríamos mencionar con otro tipo de situaciones anómalas e inmorales, como lo es la práctica de la homosexualidad. Fíjate que siempre distingo entre lo que es la persona que vive la tendencia homosexual y la persona que está en la práctica homosexual. Pero hay muchas otras situaciones que podrían servir también de ejemplo en esta predicación. Encontramos, por decir algo, que la corrupción se convierte como en una especie de ley no escrita, pero bien obedecida en muchísimos lugares. Si quieres lograr algo, debes meterte la mano al bolsillo y pasarle un sobrecito al funcionario público. Si quieres evitar una multa, mano al bolsillo, soborno al agente de tránsito o al oficial de la policía. En algunos sectores de la Iglesia se da una especie de acostumbramiento también al pecado. De acostumbramiento, por ejemplo, en la enseñanza teológica. Esto es bueno que lo sepan los que se sienten animados a la vida religiosa o al sacerdocio. En muchos lugares de la Iglesia hay graves dificultades en la enseñanza, en la formación de los sacerdotes. Hay facultades de teología que enseñan despropósitos y malogran la fe de los que se están formando. Y esto ha tomado tanta fuerza que ha llegado a convertirse prácticamente en ley. Es algo que se impone. De modo que si algún estudiante no estuviera de acuerdo con ese tipo de enseñanza, es él, el que piensa como piensa la Iglesia, es ese estudiante el que es visto con sospecha, se ve como raro al estudiante que afirme la existencia real de satanás y de los espíritus caídos. Ese estudiante de teología probablemente se va a encontrar con una muralla. Una muralla de incredulidad, una muralla de burla. El que diga que cree en su ángel de la guarda y que se encomienda al ángel de la guarda, se ve rodeado de miradas escépticas burlonas. En la Iglesia estas cosas pasan.

Hay reuniones de sacerdotes en las que parece imposible afirmar que uno quiere enseñar exactamente lo que enseña la Iglesia. Por ejemplo, en temas como la anticoncepción. Hay un magisterio claro, hay una enseñanza clara de la Iglesia sobre este tema, pero muchos sacerdotes, ya acobardados por sus años de formación y luego acobardados por un medio social hostil, no se sienten capaces de declarar a las parejas y a las familias la claridad, la claridad que ha venido. Si se trata de esta materia, sobre todo a través de la palabra del Papa Pablo Sexto. Esto quiere decir que tácitamente comulgamos con el mal. Hay sacerdotes que no se atreven a hablar de ciertos temas. Por eso, con el debido amor para mis queridos hermanos en el sacerdocio. Yo pido para ustedes y pido para mí. Valor, valor. Lo que en griego llaman con un adverbio parresía. Parresía. Hablar con parresía es hablar abiertamente, declarar abiertamente el Evangelio de Jesús, sabiendo que en los temas de defensa de la vida, en los temas de sexualidad, en los temas de familia, en los temas de corrupción, en los temas de tráfico de armas y en otros temas es bien difícil no encontrar la muralla, pero necesitamos sacerdotes valientes, necesitamos sacerdotes que nos digan la verdad. Así que, mis hermanos, si estamos viviendo en tiempos donde el pecado se volvió orgulloso. Y la virtud se volvió cobarde. Si estamos viviendo en tiempos donde se exhibe y se promueve una vida libertina, egoísta, codiciosa, individualista. Y mientras tanto, los sacerdotes asustados, los catequistas indecisos, los teólogos repletos de dudas y los obispos, algunos ya buscando cómo negociar con el mundo. Ahí entiendes, en consonancia con lo que decíamos el día de ayer. Ahí entiendes el combate espiritual en que nos encontramos. Pero ahí también entiendes cuál es el mensaje de esperanza que está escondido en un texto como el que hemos oído el día de hoy. Apocalipsis Capítulo Catorce. Porque, ¿qué significa esa cosecha? Para entenderlo, recordemos qué es lo que sucede cuando se planta y se cuida un cultivo.

Vamos al caso de la uva, que es el ejemplo que nos propone la Escritura hoy en la liturgia. ¿Qué sucede con la uva? Tú ves las uvas que cuelgan del racimo. Quizás en buen número. Se ven bonitas, pero tú no cultivas uvas para que se vean bonitas, sino para hacer algo con ellas. Seguramente vas a hacer vino. ¿Y en qué momento se sabe la verdad de la uva? Cuando la hoz pasa según la imagen bíblica. Esa hoz que corta ese corte, es muy importante, esa hoz que corta la uva significa la llegada del momento de la verdad para la uva. Si esa uva se veía muy bonita, pero al probarla es prácticamente un vinagre, ha aparecido la verdad de la uva, no sirve para nada. Esa es la verdad de la uva. Si al contrario, parecía una uva escondida en medio del follaje, pero al cortarla produce delicioso sabor y excelente aroma. Esa es una uva de verdad. Así que ahora entendemos cuál es el mensaje de esta cosecha. Lo que está diciendo el Espíritu Santo es Llegará, llegará sin falta el momento de la verdad. Y vamos a ver si cuando llegue el momento de la verdad, aquellos que viven del pecado, que alaban el pecado, que se ufanan del pecado, quedarán en pie o no. Eso lo vamos a ver ahí. Esa es una buena noticia. La verdad va a brillar. La verdad va a aparecer. Si tú, querido hermano, sientes el mismo dolor que yo siento el dolor de ver que se volvió ridícula la virtud y se volvió popular y se exalta el vicio. Si eso a ti te duele, esta lectura es para ti. Esta lectura es para que sepas que el reinado de la mentira tiene un corte, que la confusión tiene un corte, que la inversión de valores tiene un corte y que aquello que denunció Isaías ¡Ay de aquellos que llaman bien al mal y mal al bien! Esa situación, esa mentira, esa fachada engañosa caerá y brillará la verdad de Dios y brillará la verdad de cada corazón. Brillará lo que somos en realidad.

Esto nos permite entender también el contexto del Evangelio de hoy, tomado del Capítulo Veintiuno de San Lucas. Dice Jesús de todo lo que ustedes contemplan, dice refiriéndose al templo de Jerusalén, de todo lo que ustedes contemplan un día no quedará piedra sobre piedra, todo será destruido. En una primera lectura, uno podría sentir que este es un mensaje terrorífico. No quedará piedra sobre piedra. Pero es que hay que saber de qué templo hablaba Jesucristo. Y hay que saber por cuál templo reemplazó Cristo esa construcción de la que dijo que no iba a quedar piedra sobre piedra. Cristo estaba hablando de un templo que duró reconstruyéndose, terminándose treinta y ocho años. Ese templo había sido empezado. Las obras de ese templo habían empezado por orden de un hombre llamado Herodes. Herodes llamado el Grande. Herodes se hacía llamar rey pero él no era rey. Él no era descendiente de David. Él no era hijo de la promesa. Él no tenía derecho a ese trono, pero se hacía llamar rey. Y este Herodes era entonces un impostor. Impostor porque ese trono no le correspondía. Sin embargo, para congraciarse con el pueblo judío y singularmente con la casta dominante de los sumos sacerdotes. Había invertido cantidades colosales de dinero y de esfuerzo en ese templo que le había quedado muy bonito. El texto de la lectura de hoy empieza con estas palabras. Algunos hablando del templo, decían que estaba adornado con hermosas piedras y ofrendas votivas. Eso era lo que había querido Herodes el Grande, que para esta altura del relato ya había muerto. Pero sabemos que le había sucedido en la dominación de Judea, su hijo, también de nombre Herodes. Dicho de otra manera, este templo de Jerusalén era un gigantesco soborno. Este templo de Jerusalén era una expresión de la mentalidad corrupta de Herodes, que consideraba que podía comprar la conciencia del pueblo, dándoles un hermoso edificio para que, sintiéndose orgullosos de ese edificio, no se les ocurriera atacar al rey falso. Y el rey falso era él mismo, Herodes. O sea que ese templo de Jerusalén, a pesar de toda su belleza. Ese templo era la expresión misma de la mentira.

Jesús dice de todo lo que ustedes contemplan, un día no quedará piedra sobre piedra. Todo será destruido. ¿Eso qué significa? Eso significa, la mentira de Herodes caerá, el soborno de Herodes caerá. Herodes, el impostor caerá y los esbirros y cómplices de Herodes caerán. La mentira se parece a lo que sucedió con ese templo. La mentira como pecado, es así. Es el dominio de la apariencia. Por eso la mentira necesita una grandeza artificial. Por eso la mentira necesita cautivar los sentidos, ya que no puede convencer a la razón. Por eso la mentira necesita inflarse. Es vanidad, es fachada, es apariencia. ¿Y qué es lo que Cristo está diciendo? Que esa mentira, así esté en el corazón de la ciudad santa, esa mentira, así despierte la admiración de tanta gente, esa mentira, así sea aplaudida y celebrada por tantos y tantos, esa mentira un día caerá. Eso es lo que está diciendo Jesús. ¿Y cuál es ahora, hermanos, la aplicación de todo esto a nuestra vida? La aplicación, evidentemente, la encontramos con la luz de esa palabra. Lo que significa la palabra mentira. Porque hoy se quiere celebrar matrimonios de mentira y hoy se pretende tener en una nación como Bolivia, una Iglesia inventada parecida a la católica pero inventada. Es una iglesia de mentira. Y hoy hay muchos que quizás quieren parecer grandes. Pero su grandeza es de mentira. Y ahora yo te digo esas mentiras van a caer. Y no va a quedar piedra sobre piedra. Y los que se creen grandes. Y los que engañan a las multitudes. Y los que convencen a las naciones. Y los que creen que a base de grandes estructuras en la época de Jesús eran edificios. Hoy pueden ser también otras cosas. Los que creen que levantando grandes estructuras espectaculares nos van a engañar, están equivocados, porque aquel, aquel que tiene el reinado de Cristo en su corazón, poco a poco tiene la mirada de Cristo en sus ojos. Y por eso prepara esos ojos tuyos para ver caer muchas, muchas mentiras. Prepara esos ojos tuyos, porque tienen que caer y tiene que aparecer la verdad. Y eso significa una buena noticia, porque entonces el reinado de la mentira no es para siempre. Por supuesto, hay otra aplicación de estos textos a nuestra propia vida. La muerte es el momento del corte. Es el momento del corte. ¿A qué sabe tu vida? ¿Qué dejá tu vida? ¿Eres vinagre? ¿Eres apariencia? ¿Eres pura fachada? ¿O eres verdad de amor, Sangre de Cristo y vida del mundo? Esa es la pregunta que hay que hacer. ¿Qué queda de mí? Si mi vida fuera cortada ¿Qué queda de mí? ¿Qué estoy haciendo con mi vida? La uva tiene que tener sabor y tiene que tener aroma. ¿A qué huele mi vida? El sacerdote pregúntese ¿A qué huelen mis manos? ¿A qué huele mi corazón? ¿A qué huele mi sacerdocio? La pareja pregúntese ¿A qué sabe nuestro amor? ¿Cuál es el sabor que deja nuestro amor? ¿Cuál es el perfume? ¿Cuál es el aroma que envuelve a nuestra familia? Hay un juicio que viene.

Pero hay otro pasaje donde Cristo habla también de otra cosecha. Y esta cosecha de la que he hablado hasta ahora es la cosecha de la justicia. Hay una cosecha anterior que está en el Capítulo Cuarto de San Juan y que yo la llamo la cosecha de la misericordia. La cosecha de la justicia es esta que aparece en Apocalipsis y que aparece en Lucas, Capítulo Veintiuno. Y ahí ya no hay más que hacer. Cuando se cayó el templo de Jerusalén por la presión de los ejércitos romanos, ahí quedó y no hubo piedra sobre piedra. La cosecha de la que nos han hablado las lecturas de hoy es la cosecha de la justicia. Pero existe también la cosecha de la misericordia que aparece en el Capítulo Cuarto de San Juan, Capítulo Cuarto. Al final del pasaje de la Samaritana, Jesús dice esta frase que parece enigmática. ¿No dicen ustedes que faltan todavía meses para la cosecha? Yo les digo Levanten sus ojos y vean que la mies, la cosecha, ya está madura. Ahí Jesús no está hablando de este juicio definitivo o juicio final. Juan Capítulo Cuatro, nos está hablando de la cosecha de la misericordia. Entendamos bien eso. En el texto que oímos hoy del Capítulo Catorce del Apocalipsis se oye esta expresión. Empuña tu hoz y siega, porque ha llegado el tiempo de la cosecha, y los sembrados de la tierra están maduros. En Juan capítulo Cuatro, Jesús dice Levanten sus ojos, la mies está madura. Pero son dos madureces diferentes y si el Espíritu Santo me ayuda a explicar esto, estoy seguro de que vamos a volver a nuestros hogares con una inmensa alegría y con una sonrisa muy bella. La madurez de la que habla Apocalipsis Capítulo Catorce es el final del final. Ahí no hay más que hacer. En cambio, la madurez de la cosecha en el Capítulo Cuarto de San Juan hay que entenderla a la luz del pasaje de la Samaritana.

Para Jesús, la samaritana es una imagen de la cosecha que está madura. Y ustedes dirán pero ¿Qué clase de madurez tenía esa mujer que había tenido cinco maridos y el que tenía, tampoco era su marido? ¿Qué clase de madurez y qué clase de cosecha es esa que dice Cristo? Sabiendo que esa mujer tenía una vida de desastre. Una vida de desastre. Una vida que ha tocado fondo. Dios, óyelo bien, Dios en su misericordia, a veces conduce a las personas para que tengan una experiencia que en todos nuestros países llamamos tocar fondo. Tocar fondo es tener la experiencia agobiante de no poder dar un paso más porque mi vida es un desastre. La vida de la samaritana era un desastre. Ella ya no podía dar un paso más. El hecho mismo de que ella fuera a recoger agua a medio día es una señal inequívoca del grado de desesperación en el que se encuentra. Un grado de desesperación que no ha pasado inadvertido ante los ojos de Cristo. En el mundo semita, el agua se recoge temprano en la mañana para los usos de casa o al caer del sol, para dar de beber a los ganados a las ovejas, por ejemplo. ¿Quién va, qué tipo de persona va sola con el calor del sol a un pozo a buscar agua? Solamente aquella mujer que no quiere encontrarse con nadie, solamente aquella mujer que sabe que toda mirada es mirada de reproche y todo comentario es insulto para ella. Esa es la mujer que va a medio día a buscar agua. Esta mujer que ya ha probado tantos amores pero que no se siente amada. Esta mujer que está teniendo ya seis hombres pero no tiene hombre. Esta mujer que busca tanto amor y que no lo encuentra. Está en el borde del borde, está tocando fondo. Pero en ese fondo, en ese desastre de su vida, le salió al encuentro el Mesías, el Salvador, Jesús, bendito su nombre. Ahí le salió al encuentro y este Jesús se la encuentra ahí, al borde, desesperada, exhausta, tocando fondo. Las expresiones respetuosas y amorosas de Jesucristo para esta mujer abrieron en ella la esperanza y eventualmente la condujeron a la conversión. La cosecha de la que habla Cristo es: Estén atentos a aquellos que están llegando al borde, estén atentos a aquellos que ya no aguantan más, estén atentos a aquellos que ya no resisten otro día. Los campos están dorados para la cosecha, dice Jesús. Es decir, son multitud los que ya no pueden más, los que ya no pueden ni con su alma, los que no encuentran una razón para la esperanza, los que ya no tienen más fuerzas. Esta es la cosecha de la misericordia. Y la Iglesia es expresión de esa cosecha de misericordia. Nosotros, como los apóstoles, aquel día en la población de Sicar, en Samaría, nosotros somos enviados para hacer cosecha de misericordia. Todos, todos.

Pero otra vez tengo que dirigirme a mis amados hermanos en el sacerdocio, sobre todo nosotros, los sacerdotes. Sobre todo nosotros, somos llamados a abrir nuestros ojos y a reconocer a tantos que están al borde, que ya no pueden más, que ya sienten como aquella samaritana, que están quemando lo último que les queda de combustible. Acuérdate, aquella otra mujer, la viuda de Sarepta, que también estaba al borde, el profeta Elías, le dice Dame algo de comer. Y la mujer le responde solo me queda un poquito de harina. ¡Sabes lo que voy a hacer, profeta! Voy a preparar un panecillo para mi hijo y para mí. Lo vamos a comer y luego nos moriremos. Eso es estar al borde. Pero así como Elías fue enviado por Dios para rescatar a través de un fantástico acto de fe a la viuda de Sarepta, así Jesús fue enviado por el Padre para rescatar a esa mujer que ya no podía vivir un día más, que ya no aguantaba más, la Samaritana. Por eso me gustó tanto una de las oraciones que se hizo hoy aquí, pidiendo por los que están tristes, por los que están cansados, por los que están tocando fondo, por aquellos que ya no aguantan más. Hermano querido, hermana querida, si tú eres uno de esos, si tú eres uno de los que ya no aguanta más, si tú eres uno de esos que dice como la viuda de Sarepta, voy a ir a este encuentro, voy a comer este panecillo, voy a elevar esta oración y después será que me muero. Si tú eres uno de esos, yo te digo en el nombre de Jesús antes, mucho antes de la cosecha de la justicia que vendrá, está la cosecha de la misericordia.

Y hoy, aunque indigno y pecador como soy. A nombre de Jesucristo y a nombre de la Iglesia, te digo Levántate y vive, levántate, resucita, vive, porque hay uno que te ama. Hay uno que te busca. Hay uno, hay uno que te está persiguiendo, como le pasó a San Pablo, Hechos de los Apóstoles, Capítulo Nueve. Cuando cae a tierra, le pregunta a esa voz ¿Quién eres, Señor? Y le responde esa voz: Yo soy Jesús, a quien tú persigues. Pero en el Capítulo Cuarto de la carta a los Filipenses dice San Pablo sea cual sea el punto al que hayamos llegado, avancemos. Y dice yo no es que crea haber llegado, yo corro persiguiendo a Cristo, habiendo sido yo mismo encontrado por Él. Él lo venía persiguiendo. Oh, tú que estás cansada. Oh tú que te sientes derrotado. Oh, tú que te sientes enfermo y sin consuelo. Oh, tú que dices yo ya me muero con este vicio. Oh, tú que dices parece que mi familia está como maldita ¿será? Oh, tú que dices el pecado se ha adueñado de mi casa. No hables así. Ya no digas más eso. En el nombre de Jesús, calla ese lenguaje. No digas eso. No digas que eres un desastre, ni eres un caso perdido. Tú eres un caso encontrado. Te encontró Jesús. Te encontró Jesús. Tú no eres un caso perdido. Llegará un día la hoz, llegará el juicio final, llegará el día de la justicia. Pero el cristiano no tiene nada que temer. El que se ha dejado alcanzar por el lazo de la misericordia que lo convierte, no debe temer a la hoz afilada, porque la hoz no destruye. Recuérdalo. La hoz revela la verdad. Y si hoy le dices sí a Jesucristo, tu nueva verdad se llama Jesús. Jesús. Jesús. Jesús. Jesús. Esa es tu nueva verdad.

Me han contado testimonios tan bellos de lo que sucede en estos encuentros de oración. Hemos tenido el caso de conversiones, verdaderas conversiones. Tantas personas que entre comillas, le dieron una última oportunidad a Dios. Sabes que eso fue lo que hizo la viuda de Sarepta atendiendo al profeta, porque era un hombre de Dios. Eso fue lo que hizo esa viuda, solo tenía un poquito de harina y dijo ¿qué hago? Me como esta harina yo y me muero. O le doy esta harina al profeta que se ve que es hombre de Dios y Dios cuida a los que le son fieles. ¿Le creo a Dios o me muero? ¿Le creo a Dios o me hundo en la desesperación? ¿Le creo a Dios o me hundo en la nada? ¿Le creo a Dios o me lanzo al abismo de azufre y de fuego? ¿Le creo a Dios o no le creo a Dios? Y aquella viuda, frente a los ojos incrédulos de su propio hijo, que llevaba seguramente días pidiéndole alimento. Esa viuda prepara el panecillo más hermoso, y el hijo cree que ese pan es para él. Y la viuda le tiene que explicar al hijo, como en una reedición del sacrificio de Isaac, esa viuda le tiene que explicar al hijo, mira este panecillo, se lo vamos a dar a ese profeta. ¿Por qué, mamá? Tengo hambre. Se lo vamos a dar al Profeta. Él es un hombre de Dios y Dios, escúchame hijo, Dios hará algo con nosotros. Dios no nos va a desamparar. Vamos a darle el panecillo al Profeta. Y el niño, el niño no entiende nada. El niño solo entiende que le crujen las entrañas de pura hambre. Pero porque la mamá se lo dice, el niño se traga sus lágrimas y la viuda va y entrega ese panecillo, el panecillo más delicioso que nunca había preparado la mamá. Y cuando el profeta muerde ese pan, la viuda voltea a mirar la orza, el depósito de la harina. Y para su sorpresa, ve que hay más harina, que hay más harina. Que ha sucedido un milagro. Entonces, aprisa, prepara otro pan para ella y para el hijo. Y vuelve y mira la orza. Y hay más harina y siguieron comiendo y comiendo hasta que volvió la lluvia sobre la tierra.

Hermanito, si solo te queda un panecillo, si solo te queda un día de vida, si solo te queda una sonrisa, si solo te queda una palabra, dásela a Dios, dásela a Dios. Si eso es lo único que te queda, dáselo a Dios y dile al Señor no entiendo nada. Tú crees que la viuda entendía mucho. Dile al Señor, yo no entiendo nada. Lo único que me queda, son estas palabras y las voy a decir porque la Iglesia, que es mi mamá, me dice que las diga. Me cuesta trabajo, pero voy a decir estas palabras a ver, las voy a decir. Jesús, yo confío en ti. Y cuando tú sueltas esas palabras y haces un panecillo, cuando tú sueltas esas palabras, la orza de harina se llena otra vez. Tú vas a revivir. Tú no fuiste creado para la muerte. Tú no fuiste creado para el desastre. Tú no fuiste creado para el infierno. Tú fuiste creado para la vida, para caminar como peregrino de fe en esta tierra y para sentarte al banquete del Reino en los cielos. Amén.

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