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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
La cosecha con hoz afilada indica que nada permanece para siempre, y que las consecuencias de toda voluntad salen a luz.
Homilía o342006a, predicada en 20121127, con 4 min. y 47 seg. 
Transcripción:
El capítulo catorce del libro del Apocalipsis es el lugar de donde viene la primera lectura en nuestra misa de hoy. La escena que se nos presenta es colosal. Es gigantesca. Se trata de la hora de la cosecha. Ha llegado el tiempo de la cosecha. Y según dijo Jesús en sus parábolas en los Evangelios, los encargados de esa cosecha son los ángeles. Ángeles que tienen unos instrumentos propios de los campesinos las hoces. La hoz es un instrumento que tiene que estar muy afilado para poder recoger todo. Ese es el sentido de esa hoz afilada. Nada se le escapa, todo tiene que ser cosechado. ¿Y qué es la hora de la cosecha? Es el final de un proceso, por supuesto. Un proceso que empezó con la siembra y después de la siembra está el cuidado del ser humano y está la bendición de la lluvia que ha caído, la lluvia que cae, la planta que crece, el hombre que cuida. ¡Qué hermosa comparación! . La semilla que ha caído en nosotros es la semilla de la palabra, es la predicación que hemos escuchado, es el testimonio que hemos recibido también de la gente que nos ama, de la gente que nos ha evangelizado. Probablemente tu papá, tu mamá, los buenos sacerdotes y predicadores han sembrado profundamente en nosotros la semilla de Dios. Y Dios sigue regando esa semilla. La lluvia de bendición que nos envía es ante todo la gracia de su Espíritu Santo. Está también el cuidado del hombre, como dice Santa Catalina de Siena: Cada uno tiene que cuidar su viña. A cada uno se le ha dado un encargo o como dice Jesús en los Evangelios tenemos que hacer prosperar, tenemos que avanzar en los talentos que nosotros hemos recibido, porque todos hemos recibido algunos talentos. Pues bien, todo ese crecimiento llega hasta la hora de la cosecha, y es evidente que lo que va a aparecer en la cosecha no es creado instantáneamente, sino que es el fruto, es la madurez de todo lo que se ha recorrido. Es eso lo que vamos a encontrar. Cómo me gusta enfatizar en este punto que el Apocalipsis nos quiere enseñar cómo la verdad de lo que hemos hecho es la verdad que va a aparecer ante Dios. Y por eso esa hora de la cosecha no es otra cosa sino la hora de la verdad. Una hora a la que no hay que tener temor alguno. Si nosotros estamos cultivando la semilla que hemos recibido, si estamos haciendo crecer esos talentos que se nos han dado, si estamos acogiendo la gracia del Espíritu que viene a través de la oración, a través de los sacramentos. No, no hay nada que temer. Cuando llegue esa hora de la cosecha. Pero hay algo muy importante, y es que se nos habla de la ira de Dios. No es que Dios esté bravo. Santo Tomás de Aquino explica que cuando se habla de la ira de Dios se refiere a la enorme desproporción que hay entre el plan de Dios y las realizaciones de la historia humana. Ese desnivel tiene que ser colmado, ese abismo tiene que ser salvado. Y entonces ahí es donde aparece la tremenda diferencia entre lo que hemos sido y lo que Dios quería que fuéramos. Y es esa diferencia la que hace sentir a Dios bravo. Pero no es que Dios esté disgustado, sino más bien que esa distancia que nosotros hemos tomado tiene consecuencias. Y serán peores las consecuencias para el que más se haya apartado de Dios. Que vivamos cada día en la santidad de la amistad con el Señor y que podamos celebrar con gozo el día en que llegue la cosecha.

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