|
|

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
La belleza que Cristo quiere.
Homilía o342003a, predicada en 20001128, con 3 min. y 51 seg. 
Transcripción:
Las palabras de nuestro Señor sirven bien para mejorar nuestra idea de belleza. Algunos ponderaban la belleza del templo. Pero no es esa la belleza que impresiona a Cristo. No es esa la que a Él le interesa y más bien muestra con ese lenguaje apocalíptico cómo esa belleza está sujeta a destrucción. Una vez dijo nuestro Señor que había que tener nuestro tesoro en el cielo, nuestras riquezas han de acumularse en el cielo. Algo parecido habrá que decir de la belleza. Hay que tener belleza celestial, es decir, aquella belleza que no es destruida ni por las revoluciones, ni por las guerras, ni por las epidemias, ni por el hambre, ni siquiera por los grandes terremotos o las revueltas de pueblo contra pueblo. La belleza que esté más allá de las guerras, los terremotos y los odios humanos. Esa es la belleza que le interesa a Cristo. Esta belleza del templo era una belleza mentirosa. Ese templo era una reconstrucción de morada paciente que se había financiado con los dineros, sobre todo de Herodes el Grande. Herodes el Grande no pertenecía al pueblo hebreo. Él era un idumeo, pero él, a base de intrigas, había logrado ponerse en una posición al mismo tiempo conveniente para el Imperio Romano y decente para el pueblo judío. Los judíos no quedaban sin rey. Les quedaba ese rey como de mentiras. Y a los romanos les convenía que estuviera un rey marioneta. Ese era Herodes, un hombre que con una habilidad política impresionante había logrado ese puesto. No lo había recibido de Dios, no le importaba a Dios, le importaba su conveniencia y mantenía su conveniencia con una hábil política para congraciarse con los judíos. Él sabía que el orgullo nacional estaba puesto en el templo y por eso le había metido mucho dinero y mucho tiempo a la reconstrucción de ese templo. Y su hijo, ese otro Herodes que mató a Juan Bautista, ese otro Herodes que se encontró con el mismo Cristo, había seguido con esa obra. Esa obra, aunque pareciera majestuosa, era la señal de un pacto traidor, era la señal de una política de zorros, era la señal de las intrigas y de lo que pueden las negociaciones humanas cuando tratan de tomar apariencia religiosa. Nada de eso le gusta a Cristo. Por más grande, por más alto, por más hermoso. Nada de eso le gusta a Cristo. Cristo quiere eso otro que nace de un corazón sencillo, unido, limpio, puesto totalmente al servicio de la gloria del Padre. Ese es el templo que quiere Cristo. Esa es la hermosura que le gusta a Cristo.

Derechos Reservados © 1997-2025
La reproduccion de estos textos y archivos de audio, para uso privado o publico, está permitida, aunque solamente sin fines de lucro y citando la fuente: http://fraynelson.com/.
|