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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Lo saludable en el llamado del temor.
Homilía o342002a, predicada en 19981124, con 19 min. y 24 seg. 
Transcripción:
Estas lecturas de la semana trigésima cuarta del tiempo ordinario. Las lecturas posteriores a la Solemnidad de Jesucristo Rey Universal, nos invitan a contemplar el desarrollo, el desenlace al mismo tiempo trágico y glorioso de la historia de la humanidad. Por medio de símbolos impactantes, las lecturas nos describen ese final de nuestra historia. Se trata como la cosecha de la viña que produce una cantidad indescriptible de sangre. Se trata como la destrucción del templo y de Jerusalén entera. Se trata de la conmoción de los cimientos del orbe. Se trata de algo que apenas nos atrevemos a imaginar, algo que escapa a nuestros pensamientos, algo que va más allá de nuestras expectativas. Algo que nunca ha sido contado porque nunca ha sucedido y nunca volverá a suceder. Estos acontecimientos futuros. Estos acontecimientos definitivos, producen una impresión muy honda en el alma. Guerras, epidemias, terremotos, señales en el cielo. Ángeles que con voces poderosas convocan a la cosecha definitiva. Se siente algo de miedo. Se siente algo de temor. Antiguamente, la liturgia de la Iglesia ayudaba a subrayar este temor. Dies irae, dies illa solvet seclum in favilla teste David cum sybilla. Decía el himno. El himno conocido, El día de la ira. Aquel día. El día de la ira. El mundo entero se disolverá en cenizas. Estas imágenes causan casi terror. Y aunque es cierto que Jesucristo nos invita a no tener pánico, es difícil no sentir pánico ante esas imágenes. El orbe entero en cenizas. Los sepulcros que se abren y los hombres y mujeres de todos los tiempos que tienen que presentarse ante el tribunal de Jesucristo para ser juzgados. Este temor tiene algo de saludable, tiene algo de saludable. Dice el refrán: El que nada debe, nada teme. De manera que el temor nos ayuda a buscar cuáles son nuestras deudas, qué será lo que andamos debiendo por ahí. Ya San Agustín preguntaba Bueno, ¿pero cómo es eso que te da temor el retorno de Cristo? ¿Cómo puedes temer el retorno de tu Salvador? Ese temor le sirve a uno para buscar en la conciencia. Buscar a qué está apegado uno. Buscar qué afectó torcido o egoísta uno conserva. ¿Cuál es el resentimiento del que no quiere desprenderse? ¿Cuál es el buen propósito que sigue aplazando? ¿Cuál es esa lectura? ¿Cuál es esa vida de oración que nada empieza, que todavía no empieza? Ese temor lo podemos convertir nosotros como en una especie de lamparita. Y con esa lamparita recorrer la casa del alma. Ir presentando con esa lamparita o ante esa lamparita del temor, de ese cierto miedo, incluso ir presentando nuestra propia vida. ¿Por qué tememos? ¿Qué será lo que tememos? Él no nos va a faltar. Entonces, lo que tememos, ¿qué es? Pues que hay cosas buenas que no hemos hecho, que hay cosas malas que seguimos haciendo, que hay apegos desordenados, que hay propósitos aplazados, que hay cosas que deberíamos hacer y que sin embargo no las estamos haciendo. Entonces, tampoco se puede pasar tan fácilmente esta semana o estos días, como si todas estas imágenes fueran para otras personas. Decía un padre predicador que hay gente que habla de estos acontecimientos como si los fueran a vivir con palco, Como que el mundo entero, le van a pasar muchas cosas, no. Esto se refiere a nosotros. Esto se refiere a nuestra vida, a nuestra tierra y a nuestra raza. Entonces no debemos pasar estos días así nomás, como si nada sucediera, como si nada nos pudiera pasar. Nosotros, nosotros también seremos juzgados. También nuestra vida tiene que comparecer ante la vida de Jesucristo. Y si hay cosas que nos denuncien nuestra conciencia, pues es señal de que debemos de corregirlas. Estaba repasando hace poco ese himno, el himno dice: Nil inultum remanebit: Nada quedará sin ser castigado, sin ser corregido. Los pecados grandes y chicos necesitan ser reformados. Y hay que hacer penitencia. Hay que corregirse de las faltas. Y hay que hacer obras buenas y tratar de reparar el mal que hemos hecho y el tiempo que hemos perdido. De manera que esa parte, ese llamado del temor, no debemos, me parece a mí, dulcificarlo edulcorarlo como si nada pareciera. El hecho de que Dios es amor no quita nada, sino que añade mucho a la seriedad y a la profundidad de su juicio, precisamente porque su amor es total, irreversible, irrevocable, continuo, gratuito. Precisamente por eso juzga. Un amor así nos ha dejado sin ninguna excusa. Porque toda excusa, en última se resume; si me hubieran dado la oportunidad de. Pero es que si me hubiera sucedido. ¿Qué? Si hubiera conocido a. Si me hubiera pasado o si no me hubiera pasado. Pero cuando descubrimos, y en la medida en que descubrimos la potencia de la gracia en Jesucristo, descubrimos que por eso Él es el Juez. Precisamente por ser tan amoroso, precisamente por ser tan tierno, precisamente por haberse ocupado tanto y tantas veces de tantas maneras de cada uno de nosotros. Por eso Él es el único Juez. Porque ante la verdad del amor de Jesucristo, ninguna excusa queda. Uno puede decir lo que las otras personas dieron o no dieron. Pero como el juicio es ante Él, y Él nos ha amado así, y sabemos que nos ha amado así, entonces no hay excusas. Así que la imagen de Dios amor no significa un Dios sonso, ni un Dios miope, ni un Dios complaciente, ni un Dios mediocre, ni un Dios que antes era fuerte y que ahora, como vio que nadie era santo, entonces empezó como a bajar un poquito los estándares y empezó a bajar la medida. Dios no es un comerciante de esos que intenta vender un libro y dice bueno, ¿cuánto da va por este libro? Y como la persona no dio cien mil, entonces dice: Bueno, entonces denme setenta, quedemos en ochenta. Así no es la obra del amor de Dios en nuestras vidas. No es que Dios exigía mucho allá en esos tiempos cuando sí se podía ser santo. Pero ahora en estos tiempos de extendida mediocridad, con cualquier cosa que uno haga, hay más o menos con tal de ser buenas personas, porque algunas veces se oye hablar de la santidad y predicar de la santidad como si fuera eso, como si todo el mensaje de Cristo fuera ser buenas personas, no hacerle mal a nadie, guardar si la urbanidad, eso sí. Y los que tienen familia pues que cuiden a la familia, que sean hombres de bien y que hagan las cosas con mucho amor a Dios. No se quita nada al heroísmo callado que pueden tener tantas vidas. No se le quita nada. Pero seguro, pregunto yo. ¿Estamos seguros de que esas vidas no recibieron llamados más generosos, más audaces que esos? Estoy pensando sobre todo en las personas que, si se me disculpa la expresión, se encierran en los intereses de su casa. No le hacen mal a nadie. Tienen su esposa, tienen sus hijos, descansan, trabajan, son personas de bien y preparan a sus hijos para que sean buenos ciudadanos y ya con eso son santos. Yo digo si es posible que sean santos. Por lo pronto, mucho más que muchos de nosotros. Pero también pregunto ¿y el Espíritu Santo no tenía ninguna otra palabrita? Nunca hubo una madrugada, o un anochecer, o una vigilia, o un insomnio en que la voz de un ángel te dijera: Ve más allá. Habla más de Cristo. Ve más allá de tus fronteras. Abre la puerta. Abre la puerta de tu mundo. Ve más allá. Nunca nadie le dijo eso. Si a una vida tranquilas, tranquilos. Nadie, nunca. Ni el Espíritu de Dios, ni ninguno espíritu bienaventurado y ningún ángel. Sí, nadie le dijo nunca eso a una persona de estas. Yo digo Es un santo que hizo lo que tenía que hacer con lo que Dios le dio. Pero yo me atrevo a dudar de que el Espíritu Santo no le pida más a esos corazones. Y lo mismo diría yo de tantos religiosos y de tantas religiosas. El impulso a veces se pierde y entonces cambiamos la virtud por la simple costumbre. Estamos acostumbrados a hacer las cosas y vamos como cediendo, cediendo. Y creemos que finalmente cuando no hay grandes conflictos es porque hay grandes virtudes. Eso no necesariamente es cierto. Hay veces que la falta de conflictos lo que indica es una misma cobija de mediocridad que nos está tapando a todos. Y entonces, debajo de esa cobija nadie pelea, porque todos estamos calienticos. Entonces hay que preguntarse si realmente no hay tensiones, porque estamos unidos en el corazón y en los intereses de Cristo. O no hay tensiones, porque qué pereza ponernos a pelear. Eso hay que preguntárselo. Ya decían los antiguos padres de la Iglesia mártires veros non facit nisi causa. Hay que ver por qué causa, hay que ver por qué fue que murió y hay que ver por qué fue que vivió, para ver si si fue mártir o no fue mártir. Lo mismo toca decir de la santidad. No ella, ella era como una florecita. Ella era muy tranquila. No se metía con nadie. Ella ahí estuvo siempre. Bueno, y el Espíritu Santo no tuvo ninguna palabra para esa religiosa. Nunca el Espíritu Santo la llamó a una vida sublime, entregada. Nunca la llamó a consumirse de amor y de ardor por la causa del Reino de los Cielos. No será que en medio de ese sosiego, en medio de esa paz y esa carita de yo no le hago mal a nadie, hay otra carita, yo tampoco hago mucho bien a nadie. Entonces eso también hay que saberlo, porque al cielo no nos podemos presentar sólo con cara de que no hemos hecho mal. Hay que presentarse con cara de que sí hemos hecho bien. Entonces es preciso consumirnos. Es preciso que nos consuma el fuego del amor para que ninguno de estos fuegos que se anuncian en el Apocalipsis y en los discursos escatológicos de los Evangelios nos consuman. Es preciso estar ya quemados. La única forma de que no nos quemen es que ya estemos quemados. Eso pasa, eso pasa. La única materia que es incombustible completamente es la ceniza, que ya está calcinada. Todo lo demás se puede poner arder. Entonces Isaías recibió un ascua encendida que uno de los serafines le llevó un ascua del altar y le quemó los labios. Quedaron calcinados los labios de Isaías. Pues algo parecido ha de sucederle a nuestra vida. Necesitamos que lleguen ascuas encendidas, de manera que nosotros ya estemos quemados, calcinados por el amor irrevocable y poderoso de Dios. Que estemos ardidos de ese amor cuando ya estemos hechos cenizas. Eso se dice, eso se dice en latín. Se dice: cineres, cinera. Cuando nosotros estemos vueltos cinera, cuando estemos vuelto fabule, cuando estemos así, en cenizas calcinadas, por el amor de Dios, cuando nos vengan con historias, mire que viene Cristo. Pues por una parte no es gran noticia porque hace tanto que reina en mi alma, pero sí es gran noticia, porque va a reinar sobre todo el orbe. Pero temor, ¿cuál temor? Conozco su fuego. Lo ha probado. Él ha probado su fuego en mí y me ha transformado y ha vuelto de mí lo que yo soy. ¿Qué temor puede tener una persona así? Que sea la bondad de Dios, que sea esa gracia de Jesucristo que durante todo el camino es el Salvador y en el último día es el Juez y es juez porque es Salvador. Ya lo hemos entendido. Que sea la gracia abundante de ese Jesucristo la que nos regale fuego. Hay que morir ardidos, hay que morir quemados y hay que morir en una búsqueda insaciable, en una búsqueda, en una búsqueda, en una búsqueda continua. Como Santo Domingo de Guzmán, como Santo Domingo de Guzmán, con la mirada siempre más allá. La gente que sea buena persona póngase a pensar eso, por favor. Yo creo que aquí hay gente que es muy buena persona. Ustedes no se presenten con su linda cara donde Cristo a decir bueno, aquí estoy. No. Oigan, les estoy hablando de parte de Jesús, les habló en el nombre de Jesucristo y les digo Amen, amen más, amen más hasta que quemen el mundo. Amen más, mucho más, amen más y que se sienta, amen más y que transformen vidas, porque estoy de acuerdo en que están libres de muchos males. Seguramente que sí. Por lo pronto las veo mucho más libres que yo. Están libres de muchos males, pero es que yo quisiera verlas adheridas, mucho más adheridas a muchos bienes, porque son esos bienes los que harán presente a Jesucristo. Entonces, venga fuego del cielo, venga. A nosotros no nos extraña que el último día sea una explosión y llamaradas. Eso no nos extraña. No nos extraña, porque durante toda nuestra vida hemos pedido eso precisamente. Fuego, llamas que abracen nuestro corazón. ¡Fuego! He venido a traer la tierra a la tierra, decía Jesucristo. Y ojalá estuviera ya ardiendo. Dice el Apocalipsis Sangre y sangre y sangre que llenaba hectáreas enteras. Sangre. Sangre. No nos extraña. Nosotros vemos manar la sangre continuamente del cáliz de Jesucristo. No nos extraña. Terremotos. No nos extraña. Porque nosotros, como aquellos cristianos de los Hechos de los Apóstoles, cuando oramos, tiembla. Entonces no nos extrañan los terremotos. A nosotros no nos extrañan esas cosas. Los ángeles no nos extrañan, nos han acompañado en todas nuestras plegarias. Nos acompañan de día y de noche. Les invocamos, aprendemos de ellos. ¿Cuál es el problema? Qué viene la cosecha. No nos extraña. ¿Qué otra cosa podría venir si no hemos hecho sino sembrar y sembrar el Reino de Dios? ¿Qué más podría venir sino la cosecha? ¡Qué bellos son los santos! Qué bella una vida que esté así colmada de fuego, de sangre, de amor y de santidad.

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