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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
La vida cristiana es a la vez combate y victoria, y hay que recordar siempre ambas cosas.
Homilía o341006a, predicada en 20141125, con 50 min. y 35 seg. 
Transcripción:
Queridos hermanos. Ha sido tradición que este gran encuentro carismático del Nuevo Pentecostés se reúna al final del año litúrgico. Ayer tuvimos la hermosísima fiesta de Jesucristo Rey universal. Y la proclamación de Jesucristo como Rey es también la confrontación con todos aquellos poderes que han querido adueñarse del corazón humano y que han querido subvertir, que han querido desordenar, retorcer la creación. El primer punto que quiero destacar hoy es ese, no se puede proclamar el señorío de Jesucristo sin entrar en conflicto con los falsos señores de este mundo. Uno no puede andar por la tierra diciendo que Jesús es el Señor sin entrar en conflicto, muchas veces directo y frontal con los poderes de esta tierra. Y por eso el cristiano que proclama con su corazón, con sus obras y con sus palabras a Jesucristo Rey, sabe que está en medio de un combate. El apóstol San Pablo nos advierte en el capítulo sexto de la Carta a los Efesios que ese combate no es contra fuerzas humanas. El gran problema no es un partido político. El gran problema no es una alianza de empresas transnacionales. El gran problema no es una raza, una cultura, un pueblo. El problema es mucho más hondo y al mismo tiempo, esa profundidad del ataque nos está indicando cuál es la única fuente de la que puede venir nuestra victoria. Esa fuente única es nuestro Señor Jesucristo. Las huellas de ese ataque, las huellas de ese combate hoy son especialmente visibles para cualquiera que abra sus ojos. Y son visibles las huellas, las heridas, las cicatrices son visibles, especialmente allí donde la vida humana es frágil. Por eso el desprecio continuo al niño no nacido, porque ahí hay fragilidad. Por eso el desprecio al agonizante, al cual se le propone como único camino que acelere su ruta hacia la muerte para que no gaste los recursos del Estado. Por eso. Por eso también el ataque a la familia, porque la familia es el único refugio donde cabe la fragilidad humana, debidamente arropada por el amor, por la escucha, por la comprensión, por la ternura. Podemos decir que las fuerzas del mal tienen perfectamente claro que allí donde se destruye la familia, el ser humano se queda sin refugio. Allí donde la familia desaparece, se agrieta, se pulveriza, el ser humano se queda sin refugio. Y es entonces cuando temporalmente la sociedad de consumo y un Estado totalitario. Quieren presentarse como reemplazo del papá y de la mamá. Si en la familia el papá ha de ser como es claro en la Sagrada Escritura, principio de autoridad, no de autoritarismo, pero sí de autoridad. Y si en la familia la mamá, por voluntad de Dios, es manantial de vida, así dispuso Dios las cosas, y cada mujer lo sabe. Destruida la familia deformada la familia devaluada la familia, entonces el ser humano queda huérfano y en su orfandad busca un reemplazo del papá. El único que encuentra, el único reemplazo que encuentra es la autoridad de un Estado que con leyes acomodadas pretende indicarle qué, se puede y qué no se puede. Y el único reemplazo de la mamá, el único reemplazo que encuentra, es la sociedad de consumo, que le promete una abundancia sin límites a costa de que venda todo su trabajo, todo su tiempo, toda su conciencia. Entonces surge la pregunta ¿Quién va a defender? ¿Quién va a defender a la familia? Si la familia es la primera casa del ser humano y si la familia es el refugio para la fragilidad que todo ser humano necesita. Ahora, cuando es atacada tan abiertamente y cuando se resquebraja, ¿quién defiende la familia? Antes de buscar una respuesta y de buscarla en la Sagrada Escritura. Es bueno que sepamos que esta confrontación entre Dios y aquellos que se pretenden oponer a su plan, esta confrontación entre la familia como la que hizo Dios y los que quieren destruirla. Esta no es una confrontación del todo nueva. Si leemos la Escritura nos damos cuenta que ya desde el exordio mismo de la humanidad, desde los comienzos de la historia de la salvación, está clara la guerra entre el Dios de la vida y las pretensiones del poder de las tinieblas. Observemos cómo en el capítulo tercero del Génesis la serpiente se va contra la mujer, porque la primera casa del ser humano no está hecha de barro, ni de ladrillo, ni de madera, ni de concreto. La primera casa en la que tú habitaste y la primera casa en la que yo habité fue un vientre de mujer. Por eso sabe muy bien el enemigo, que para destruir la raza humana hay que atacar en primer lugar con toda la fuerza de su seducción, con todo el encanto de su mentira. Hay que atacar a la mujer. Y dice la Palabra de Dios. Cuando ya el Señor anuncia esperanza de salvación a Adán y Eva y repite sentencia de condenación contra la serpiente, porque esa sentencia ya había sido pronunciada antes de la historia humana. En ese pasaje le dice Dios a la serpiente: Pongo hostilidad entre ti y la mujer, entre tu estirpe y la suya. Es importante destacar esto porque indica que mientras haya posibilidad de tentación, el enemigo malo buscará a la mujer, buscará el vientre de la mujer porque es la primera casa. Buscará el corazón de la mujer porque es el manantial de la ternura. Buscará el cuerpo de la mujer porque es el santuario del que brota la vida, la va a buscar y la va a atacar. Eva no está sola De algún modo, cada mujer tiene que enfrentar este mismo drama y por eso es responsabilidad de todos defender a la mujer. Y es responsabilidad de todos cuidar el santuario de la vida. O sea que la lucha es antigua, muy antigua, pero la victoria también es antigua. Desde el momento en el que Dios dice: pongo hostilidad entre ti, es decir, la serpiente, el dragón, el demonio, pongo hostilidad entre ti y la mujer. Es evidente cuál es el lado que escoge Dios en esa hostilidad entre la serpiente y la mujer. Dios se pone del lado de la mujer. Esto quiere decir que si la mujer será la primera en ser atacada, la mujer es también la primera en ser defendida. Dios se ha puesto, Dios se ha pronunciado en favor de la mujer. Esa victoria ya está decretada desde el capítulo tercero del libro del Génesis. Pero para verla en su plenitud hay que esperar unos cuantos siglos. Cuando ya llegamos a María Santísima, será especialmente en ella la Madre del Mesías, donde podamos ver retratada completamente esa victoria. Y eso es lo que celebra la Iglesia cuando le canta, cuando se alegra porque ella es la Inmaculada, la libre de pecado, aquella en la cual la victoria de Dios es plena sobre el poder de las tinieblas. Y por eso también María será desde toda la historia de la Iglesia la gran referencia de la perfecta acogida a la voluntad de Dios y la perfecta referencia sobre el tamaño de la victoria que Dios tiene sobre el enemigo. Esta es la lucha. Esta es la confrontación. En esto estamos. Nosotros siendo conscientes de la batalla tenemos que ser también conscientes de la victoria. Parece una contradicción. Ser consciente de la batalla y a la vez ser consciente de la victoria. Pero, como dice hermosamente San Agustín, reflexionando sobre las tentaciones de Jesucristo. Y aquí cito al Santo de Hipona. Te das cuenta, tomas nota de que fue tentado y no tomas nota de que ha vencido la tentación. De algún modo, mis hermanos, la vida cristiana es eso, saber que estamos en combate para no ser tontos, para no ser víctimas ingenuas de las seducciones del mal. Saber que estamos en combate y a la vez saber que estamos en victoria. El cristiano. El cristiano tiene que tener la seriedad del combatiente y el júbilo del vencedor a la vez. Y esto no es fácil, porque podemos caer en el júbilo del vencedor. Y eso tiene un nombre en la historia de la Iglesia. Se llama triunfalismo. Cuando la Iglesia cree que ya desterró para siempre el pecado, ya venció y esto ha pasado varias veces. Cuando se piensa, por ejemplo, en que ya tal país fue evangelizado. Quizás la memoria mía no sea del todo precisa, pero quizás históricamente la primera nación con la que sucedió este error fue Francia. Francia, la que ha sido llamada muchas veces hija mayor de la Iglesia ya en el primer milenio, cuando algunos grandes soldados se pronuncian en favor de la causa cristiana. Y estamos hablando de gente como Carlos Martel y como CarloMagno. Ya en esa época, con las victorias de los ejércitos que estaban del lado de Cristo. Parece que se cometió ese error y se llegó a pensar que Francia ya era cristiana. De hecho, Francia tiene entre sus monarcas a un rey canonizado, y créanme que eso es bastante raro en la iglesia. Pero esa misma Francia, la hija mayor, la niña preciosa de la Iglesia Católica. Pasando el tiempo, ya ves lo que sucedió. Entonces ya viene la exaltación del laicismo, ya viene la exaltación de la racionalidad convertida en racionalismo. Ya vienen los absurdos de la Revolución Francesa. Hablar de una libertad, igualdad y fraternidad. Y me causa risa y lágrima oír hablar de la fraternidad en el contexto de la Revolución Francesa. Porque qué fraternidad puede haber donde no hay filiación, donde no hay papá. ¿Qué clase de hermanos son esos? Pero la Revolución Francesa hizo eso. O sea que date cuenta que cuando uno dice tal país ya está convertido, está cometiendo un gravísimo error, porque se pasó completamente al júbilo y se le olvidó que seguimos en combate. Y Francia ha traído grandes, grandes glorias a la Iglesia, pero también grandes amarguras. ¿Por qué somos nosotros católicos en estos pueblos de Latinoamérica? Porque grandes y muy santos predicadores que vinieron especialmente de España y todavía siguen viniendo predicadores de España. ¿Conocen alguno por aquí? Ah, si lo conocen, si lo conocen, lo conocen y lo quieren, claro. Bueno, de España. Grandes, santos. Grandes santos. Y cualquiera diría España. Tierra de la Virgen. España Tierra católica. España Fiel a Cristo. Hasta siempre. España del Sagrado Corazón. Y luego ves tú lo que pasa en España. Y tú dices: No se le puede olvidar a España que es combate espiritual. España no puede quedarse únicamente en el júbilo. Tiene que recordar siempre que está en combate. Y lo dicho de España, dígase de Bolivia, dígase de Colombia, dígase de México. ¿Quién de nosotros se podía imaginar los grados de barbarie a los que se ha llegado, por ejemplo, en la querida nación mexicana? Es algo que espanta. Y no hablo solo de la crueldad y de los crímenes que se presentan. Hablo de algo más serio todavía. El culto en parte antiguo y en parte nuevo a la llamada Santa Muerte. Yo no podía creerlo en mis ojos. Cuando en una misión recientemente en el estado de Texas, veo una camioneta claramente manejada por alguien de México. Y mira el tamaño de blasfemia que lleva en la parte de atrás en el vidrio de atrás. Dios me guía. La Santa Muerte me protege. Mira ese revuelto. Mira esa blasfemia. Mira esa manera de escupirle la cara a Jesucristo. Mira esa manera de burlarse de la sangre del cordero. Eso lo vi yo con estos ojos. ¿Cómo puede pasar eso? ¿No pensábamos que México tenía que ser tierra de la Virgen, Tierra de la Guadalupana, Tierra católica? No, no te puedes caer. No puedes caer en el solo júbilo. Porque el que cree que está allá en victoria muy pronto será arrollado por el río que sale de la boca del dragón, según la descripción del Apocalipsis. Pero atención, tampoco podemos caer en el otro extremo. Hay gente que solo está en combate y combate y combate y más combate. Y estos me hacen acordar de aquello que dice el Papa Francisco en su encíclica El gozo del Evangelio. Hay cristianos que están siempre en Cuaresma y que nunca llegan a la Pascua. Eso tampoco puede ser. Y ese es el tipo de gente que enferma al padre Andrés de la mansión. Estoy correcto. Esa es la gente que sé que le enferma al padre Andrés, el cristiano, porque yo me hago la misma pregunta que se hace Andrés y que se hacen muchos otros. El cristiano que no llora de alegría, El cristiano que no estalla de júbilo proclamando el reinado de Cristo. ¿Dónde? ¿Dónde tiene ese corazón? ¿Dónde lo tiene? ¿Qué es lo que le alegra tanto? ¿Qué es lo que le alegra tanto? Porque el ser humano no puede vivir sin alegría. A mí no me vengan con esa historia. El que no le danza a Jesucristo o pone otra palabra. Porque yo sé que las culturas cambian y todo aquello, pero el que no le danza a Jesucristo, el que no canta con júbilo a Jesucristo, el que no aplaude a Jesucristo, el que no se queda ronco por proclamar la gloria de Cristo, el que no aplaude hasta que le arden las manos a Jesucristo, a quien aplaude, al Barça o al Real Madrid. O a uno que se llama Oriente. Ah, ya. Eso suena más por aquí. No, hay una cosa que se llama Blooming. Uy, pero como dije una cosa y algunos se dedicaron. ¿Qué le pasa, padre? ¿Qué le pasa? Estamos en nuestro tiempo. Estamos transfiriendo al deporte la capacidad emocional, la entrega del corazón. ¿Padre, no está exagerando? No, hijo, no estoy exagerando. ¿Has oído hablar de una cosa que se llama las barras bravas? ¿Y qué hacen las barras bravas? Matan. Matan. Esa es la seriedad que tiene el deporte para esa gente. Qué se necesita para que un ser humano por el color de una camiseta o por los resultados de un equipo de fútbol mate a otro ser humano. ¿Qué se necesita? Se necesita que esa persona haya transferido su corazón y sus emociones completamente al deporte hasta convertirlo en un ídolo. Por eso, aunque yo estoy de acuerdo con aquellos que dicen que los carismáticos son o somos un poco desordenados a veces, yo creo que hay una intuición muy correcta en la Renovación Carismática cuando llama a la gente a que se ponga en pie y aplauda, que canta, que aplauda a Jesucristo. Yo creo que eso es necesario. Yo creo que eso es necesario. Si no se le enseña, si no se le enseña a los jóvenes a llorar de gozo por la hermosura de un canto que proclama la gloria de Jesús. Si no se le enseña a los jóvenes a utilizar su cuerpo para proclamar la gloria de Jesús, ¿qué harán esos cuerpos que de todas maneras necesitan gozo? ¿Qué harán esas lágrimas que no se derraman por Cristo? Se derraman porque perdió mi equipo de fútbol. Se derraman porque se acabó la novela, Se derraman porque se me murieron unas vacas, se derraman porque el negocio no me salió. Hay una santa doctora de la Iglesia, Catalina de Siena, que dice en su obra El diálogo que: hay lágrimas, lágrimas que son opuestas a Dios. No toda lágrima es valiosa. Recapitulemos lo que hemos dicho hasta ahora. Hemos dicho que estamos en el contexto de la fiesta de Cristo Rey, que esto implica combate espiritual. Que el combate espiritual no es nuevo, sino que es muy antiguo, pero que la victoria también es antigua y que la vida cristiana es una combinación de combate y victoria. Y no puedo quedarme solo en el combate, solo amargado, solo racional. Tampoco puedo quedarme solo en la victoria. ¿Qué es lo que pasa en algunos grupos de oración que están tan entusiasmados alabando y bendiciendo a Dios? Dicen ellos, alabando y bendiciendo a Dios. Que cometen las barbaridades que pasaron en una comunidad a la que a la que San Pablo o Cristo a través de San Pablo regaña. Resulta que había unos carismáticos desordenadísimo allá en Corinto. Y entonces, en medio de su entusiasmo y en medio de su histeria y en medio de su alegría, empezaban a decir barbaridades. Eso ya no le gusta a Dios. El don de lenguas bellísimo si viene del espíritu, bellísimo don de interpretación. ¡Aleluya! Don de profecía maravilloso, don de sanación. Todos los dones son bellísimos, pero hay que tener siempre discernimiento, porque uno no se le puede olvidar que también estamos en combate y el enemigo es lo suficientemente astuto para buscar como meterse hasta en las reuniones de los carismáticos. Si hay gente que dice que el enemigo es capaz de meterse por los corredores del Vaticano, ¿no será que se mete por los corredores de la mansión? También puede pasar. Y entonces aquellos corintios en algún momento resultaban gritando blasfemias. Alguno en medio de su locura, que ya no era locura del Espíritu, gritó ¡Maldito sea Jesús! Imagínate, imagínate, imagínate! Y San Pablo dice: Eso no viene, eso no viene del Señor. Por eso uno no puede dejar que el entusiasmo y el júbilo se conviertan como en una droga, como una adicción que cancela el discernimiento de la conciencia. Pero uno tampoco puede permitir que el discernimiento de la conciencia esté tan encendido y sobrecargue las baterías del cerebro hasta el punto de que uno se convierta en aquellos cristianos que denunció el Papa Francisco. Siempre en Cuaresma hay que dar espacio al júbilo y hay que saber que estamos en combate precisamente porque se trata del júbilo. Y conviene recordar lo que nos ha dicho la primera lectura de hoy, porque nos habla de júbilo y nos habla de victoria. Yo, Juan, vi al Cordero. El Cordero está aquí con C mayúscula, porque ¿quién es el Cordero? Eso. En el Apocalipsis a Jesucristo se le llama de varias maneras. Una de ellas muy hermosa, es ésta el Cordero. Y a veces se da la descripción completa Cordero degollado en pie. Eso significa Jesucristo muerto y resucitado. ¿Ves la simbología? Cordero degollado y en pie. Ese es Jesús. ¡Denle un aplauso! ¡Denle el aplauso a Jesús! Estaba de pie sobre el monte de Sión. El monte de Sión significa la morada de Dios. Significa el principio de todas sus victorias. Significa el lugar de su gloria, significa la fortaleza inexpugnable del pueblo elegido y significa también la Iglesia. Se cumple a la letra lo que dijo el profeta Sofonías: Estoy en medio de ti. Yo soy tu victoria. Eso es lo que se cumple aquí. Pero lo más hermoso es que el Cordero, el vencedor, el que murió y resucitó, no está solo en su victoria. Nos dice San Pablo. El mismo que bajó es el mismo que subió con esta diferencia cuando bajó, bajó solo porque era el Unigénito. Cuando subió, subió acompañado. El Unigénito quiso ser Primogénito. Primero entre muchos hermanos. ¿Y cuáles son esos muchos hermanos? Esos muchos hermanos. Son Rafael, Rubén, Antonio, Andrés, María, Adriana, Lucía. Nosotros somos la gloria de Jesucristo, porque Él ha expresado su victoria liberándonos. Nosotros somos su victoria. Surge una pregunta Si esa victoria es tan amplia, ¿porque el Apocalipsis solo dice ciento cuarenta y cuatro mil? Ese es un número muy pequeño si se piensa en el número de creyentes. Los Testigos de Jehová tienen una explicación sumamente confusa y retorcida. Ellos dicen que habrá ciento cuarenta y cuatro mil personas que se irán para el cielo y que el resto de los creyentes se quedará para siempre aquí en la tierra, Pero en una tierra muy, muy buena, muy feliz, muy agradable. Eso es lo que dicen los Testigos de Jehová. Pero ese es el peligro de una lectura que no toma en cuenta el género propio de la apocalíptica. Sabemos bien que el número doce tiene un simbolismo muy grande en la Biblia, porque doce es el número de Israel. Ciento cuarenta y cuatro es doce por doce, es decir, la plenitud de Israel. El Israel de todos los tiempos, no solamente Israel de un momento, sino el Israel que atraviesa la historia. Y el número mil que aparece muchas veces en el Apocalipsis está indicando abundancia. Miles y miles le servían. En cierto sentido, la Sagrada Escritura habla como hablan los niños. El niño iba de camino a casa y resulta que se encuentra con un desfile militar y le dice a la mamá Había como mil carros. No eran mil, eran treinta y ocho. Pero el niño habla así. La Biblia está muy cercana a ese lenguaje que podemos llamar un lenguaje natural. El número mil indica muchos ciento cuarenta y cuatro mil. Está indicando la plenitud del Israel de Dios en toda su abundancia, en toda su multitud. Y por eso hay que saber salir de nuestro corazón pequeñito y entrar en esta escena, saber que hemos sido llamados para tener combate con Cristo, para tener victoria con Cristo, como explícitamente lo dice San Pablo en otro lugar: Si sufrimos con él, Reinaremos con él. Es decir, no podemos escaparnos de la dimensión del combate. Tenemos que afrontar la pelea. Y la pelea hoy será, entre otras cosas, pelea contra los que defienden el derecho. Supuestamente derecho al aborto. Pelea contra los que intentan imponer la cultura de la corrupción. Pelea contra aquellos que no ven problema en hacer de la muerte un mercado, como lo denuncia el Papa Francisco. Aquellos que tranquilamente venden muerte crean guerras. Él, el Papa, ha sido valiente en denunciar eso. Entonces, siguiendo el ejemplo del Papa, también nosotros tenemos que ser valientes y tenemos que afrontar nuestro propio combate recordando lo que nos dijo el Maestro. Recordando lo que nos dijo el Señor: Los envío como ovejas en medio de, en medio de lobos. Y también nos dijo: Sean sagaces, sean astutos, es decir, utilicen su inteligencia. No sean ingenuos. La Iglesia tiene que dar este combate. Todos tenemos que dar este combate, cada uno desde su sitio. Esto de llegar a los ciento cuarenta y cuatro mil no es puro júbilo, no es únicamente dar aplausos y danzar. Eso hay que hacerlo también. Pero no es únicamente eso. Hay que dar la pelea. Tu pelea no es igual a la mía. Si Dios permite en algo así como unos dos meses, nuestro querido hermano el diácono Rafael, el que está distraído ahí. El diácono Rafael va a recibir la ordenación sacerdotal. Eso era lo que yo quería, que le dieran un aplauso. ¿Sabe por qué? No le aplauda más. Lo aplaudo más. ¿Sabe por qué quería que le dieran el aplauso? Porque quería decirle a Rafael, a quien aprecio mucho en Cristo Jesús. No toda tu vida va a ser aplauso. El día de la ordenación te lo puedo decir yo, que ya voy cumpliendo veintitrés de ordenado. el día de la ordenación. La gente aplaude. Buena esa. Qué bien que lo ordenaron. Pero la vida no va a ser solo eso. Él tendrá que combatir a donde la iglesia lleve al Padre Rafael, lo llevará a combatir. A combatir. El padre Yamil Guerrero no es el apellido. Es que le toca guerrear, le toca pelear. Yamil es dominico como yo. Levanta la mano, Yamil, por favor, para que te vean. Lo conocen, predicador, en este encuentro. ¿Sabe qué le pasa? Yamil? Yamil es dominico en la isla de Puerto Rico, como él lo contó, y Yamil está luchando por consolidar la presencia de la Orden de Predicadores en la Isla del Encanto. Así dicen con mucha modestia los puertorriqueños. Él tiene ese combate. Yo no tengo que hablarles de los combates que tiene el otro predicador invitado a este encuentro internacional, el padre José Antonio Fortea Cucurull. Ojo con eso. Él tiene sus propios combates. Entonces ustedes ven a las religiosas, pero aquí hay una hermana que seguramente tiene muchos combates. Las religiosas siempre han estado en la vanguardia de la Iglesia luchando contra la impunidad, contra la pobreza, contra la dureza de corazón, contra la ignorancia, contra todo aquello que degrada al ser humano. Predicando la ternura, el amor de Dios, la gracia divina. Me hacen un favor las religiosas aquí presentes. Se ponen un momentico de pie. No las aplaudan todavía, pero pónganse de pie, por favor, las hermanitas. Es bueno que el pueblo de Dios sepa. Mire, mire, mire la hermosura. Mírelas. Mírelas. Usted no se pare, Señor, por favor. Estamos hablando de las religiosas. Ahora, si les damos con cariño un reconocimiento a las religiosas. Cuando nosotros vemos a un sacerdote que entra en confrontación con el demonio para sacarlo de un poseso. Cuando nosotros vemos a un misionero o una misionera que se va hasta los extremos de la civilización para anunciar el nombre de Cristo, decimos ¡Qué combate tan bello! Pero te tengo una noticia: Si tú eres ingeniero, tú tienes tu combate. Si tú eres artista, tú tienes tu combate. Si tú eres cantante, tienes tu combate, si tú eres abogado, tienes, tiene doble combate. Si tú eres científico, tienes tu combate. Nadie se queda sin combate. Si tú eres mamá, a verla una levantadita de mano las mamás. Son muchas. Las mamás, pero muchísimas. Bendito sea Dios. Mire las mamás. Esta mañana, por ejemplo, me encontré con una mamá que está aquí presente. Por favor, le enfocan las cámaras. Levanta tu mano. Ella es de la Argentina, Córdoba, Argentina, presente en el encuentro de la mansión. Esa Mamita, acércate un poquito para acá. Es que esto tiene su importancia. Esta es una mamita que dejó un niño de tres años. Acércate más. Si sube por aquí un momentico. Dejó un niño de tres años en la Argentina al cuidado del esposo. Entiendo yo. Pero además se vino con el otro niño. Ella se llama Verónica y le voy a contar una cosa. Desde el momento Verónica en que tú aceptaste. Y bendito sea Dios que aceptaste ser mamá, a quien tiene como base para toda la vida, Ella es algo que bendecimos en el nombre de Jesús. Es combate para toda la vida. No se te olvide, Verónica, que lo que dice el libro del Apocalipsis, capítulo doce se cumple para toda mamá. El dragón está esperando a que tu hijo nazca para destruirlo. Si eso no es combate, entonces es que no hay combates. Por eso todos, por favor, especialmente hermanos sacerdotes. Vamos a trazar la señal de la cruz sobre ese bebé que está en la pancita de Verónica. Vamos a bendecir ese bebé porque habrá combate por ese bebé. Y necesitamos que Verónica sea fuerte, como ha sido fuerte hasta ahora y como se está fortaleciendo aquí con la oración todos juntos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén. Muchas gracias, Verónica. Puedes volver a tu sitio. Hermanos, la vida cristiana es así. Todos tenemos combates y tienes hijos. Tienes una buena razón para combatir. Si tienes alumnos, tienes una buena razón para combatir. Si estás trabajando en el gobierno, tenemos muy buenas razones para combatirte. Bueno, digo, tienes buenas razones para combatir también. Es decir, el combate es para todos. Todos tenemos que combatir y todos tenemos que saber que hay combate, así como sabemos que hay victoria. Un último detalle, un último detalle, porque la Palabra de Dios es inagotable, inagotable. Mira, nos dice aquí: Los elegidos cantaban un canto nuevo delante del trono de Dios. Nadie podía aprender este himno sino los ciento cuarenta y cuatro mil rescatados de la Tierra. A mí me llama la atención esa expresión: Nadie podía aprender ese himno, nadie podía aprenderlo. Como soy persona, quizás un poco curiosa. Yo me hago una pregunta que puede ser muy infantil ¿Qué es lo difícil de ese himno? ¿Será que la letra es muy complicada? ¿Será que está en un idioma demasiado extraño? ¿Será que la música es muy difícil? ¿Qué quiere decir eso de que nadie puede aprender ese ritmo, ese himno? Pues mira. Un canto tiene normalmente tres elementos: el ritmo, la melodía y la letra. Y déjame decirte que el ritmo de Dios es muy distinto del ritmo nuestro. El ritmo de Dios es el que conocen los santos y probablemente sólo los santos. En los comienzos de la Orden Dominicana, la comunidad a la que pertenecemos los que estamos aquí en la mansión, por allá hacia mil doscientos diecinueve mil doscientos veinte, nuestro fundador, guiado por el Espíritu Santo, recibió una inspiración y fue fiel a ella. La Orden Dominicana creo que no tenía veinticinco personas, no había veinte, tal vez veinticinco frailes. Era todo lo que tenía Santo Domingo. ¿Y sabes lo que se le ocurre a este hombre en una fiesta de Pentecostés? Enviarlos por toda Europa. Tú te vas a Polonia, Tú te vas a Italia, tú te vas a Francia, tú te vas a España y otros pocos nos quedamos aquí, en el sur de Francia. Dime esa locura. No eran veinticinco. Serían veinte. Y los manda a que funden conventos y a que creen una orden religiosa. ¿Y sabes qué te cuento? Que los dominicos estamos por cumplir ochocientos años de la locura de Santo Domingo de Guzmán. Ochocientos años. Tú te imaginas, Tú te imaginas ¿cuántas objeciones, cuántos volúmenes de objeciones se podían escribir? ¿Se podían haber escrito contra la decisión de Santo Domingo? ¿Domingo Cómo se te ocurre que vas a dispersar esta gente? En este momento no hay nada arreglado. Esto es un desorden. ¿Qué te ha pasado? Te enfermaste, Te enloqueciste. El ritmo. El santo es el único que le percibe el ritmo a Dios. Es el único que se da cuenta a qué velocidad hay que andar. Y créeme que la velocidad es bastante, bastante, pero mucho más grande de lo que nosotros estamos acostumbrados. Y por eso el católico que piensa yo con ser buena persona, no meterme con nadie, ver mi televisión, yo no le hago mal a nadie. Yo creo que yo soy un buen católico. Yo creo que yo me voy para los ciento cuarenta y cuatro mil. Viendo televisión todo el día, distraído solamente en tus propias metas, engolfado y atrapado en tus negocios sin pensamiento del combate ni de la victoria. Tú no entiendes el ritmo de Dios. Los santos sí lo conocen los santos. Y saben cuál es esa urgencia. Dice San Pablo: La caridad de Cristo nos urge. El Santo siente urgencia. Siente que no puede detenerse, que todo lo que se ha hecho es poco. Quizás pocas personas en esta tierra han hecho tanto por los pobres como San Vicente de Paúl. Quienes lo conocieron decían que era como un huracán benéfico que transformaba, que despertaba la solidaridad, la caridad, la atención a los pobres, las misiones. Porque este hombre no se limitó únicamente a cosas materiales y hasta el final San Vicente sentía que había hecho muy poco. Ese es un santo. ¿Cómo puedo acostumbrarme al ritmo de Dios? Pidiendo al Espíritu Santo de Dios que me recuerde que lo hecho es demasiado poco, demasiado poco, pidiendo al Espíritu Santo de Dios que me haga caer en cuenta cuál es el ritmo del Señor. Si quieres saber cuál es el ritmo de Cristo, escucha esta frase del Evangelio ¡Fuego, fuego he venido a traer a la tierra! Ojalá estuviera ardiendo toda. Ese es el ritmo de Dios. Y el que no siente ese ritmo de Dios, no diga que conoce el corazón de Cristo. El que no siente dolor por un pecado uno, uno, un pecado que se cometa en esta tierra. El que no sienta dolor por un pecado que se acaba de cometer en Indonesia, que se acaba de cometer en Sri Lanka, que se acaba de cometer en Uganda o que se acaba de cometer en Noruega. El que no sienta dolor por el pecado del mundo no sabe nada del corazón de Jesús. Así que se necesita el ritmo de Dios. Pero hay que aprender la melodía y la melodía. ¿Cual es? Como saben los ministerios de música. La melodía tiene altos, como ese señor que es alto y bajito, como esa señora que es bajita. No mentiras. Tiene sonidos altos, agudos, cierto. Y tiene sonidos profundos. Esa es la vida cristiana. Hay que saber levantarse en alabanza y hay que saber bajar en contrición. Hay que saber bajar por la humildad y hay que saber subir por la confianza. Hay que saber levantarse para defender los derechos de los pequeños y a bajarse para proclamar que solo Dios es grande. Solo conoce la melodía de Dios, el que sabe levantarse y bajarse según este precioso esquema. El demonio, por el contrario, quiere exactamente lo opuesto. El demonio quiere que nosotros exaltemos nuestro yo y neguemos la obra divina. Pero Él que conoce al Señor, le canta su melodía. Hay momentos dramáticos en el Evangelio en que Jesús hace ver a los discípulos que no le entienden nada. Me impacta mucho aquel pasaje en el que Jesús les dice: Cuidado con la levadura de los fariseos. Y los otros dicen: Debe ser porque se nos olvidó traer más pan. Y Jesús, que no cometió nunca pecado, pero que parece que sí, se ponía bravo de vez en cuando sin pecar, soltó esta expresión que quedó consignada en el Evangelio. Expresión que me fascina porque la siento como una bofetada que me despierta. ¡Tan torpes soy! ¿No captáis el ritmo de Dios? ¿No entendéis esta parábola? ¿Cómo entenderéis las otras? Entrar en el ritmo de Dios es saber lo que significa la alabanza y la contrición, lo que significa la caridad y la humildad, lo que significa darlo todo y al final decir solo hemos hecho lo que teníamos que hacer. Esa es la melodía. Y la palabra ¿cuál es? La palabra, la palabra que hay que proclamar en el fondo es siempre la misma palabra. Es el divino Nombre. Pero hay varios modos de entrar. Hay varios caminos al santuario del Divino Nombre para los ángeles que vio Isaías. Esa palabra era ¡Santo, Santo, Santo! Para el peregrino ruso, aquel famoso clásico de la espiritualidad de esa palabra es Jesús. Jesús. Jesús! Para Catalina de Siena, en su agonía, esa palabra fue ¡sangre! Sangre invocando la sangre de Cristo. Sangre para San Benito, la caridad para Francisco, la humildad, la pobreza. Lo que te puedo asegurar es que esa palabra, cualquiera que sea la que el Señor te dé a ti, esa palabra te llevará siempre a unirte al que es la Palabra. Porque finalmente de lo que se trata es de que tú reconozcas en ese Señor a tu único, único y verdadero Salvador, porque no hay otro nombre por el cual seamos salvos. Y es en ese nombre donde tú aprendes la canción que se canta en los cielos. Amén.

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