Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Dos formas típicas de ceguera y cómo vencerlas.

Homilía o332007a, predicada en 20181120, con 23 min. y 55 seg.

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Transcripción:

Les invito a que tomemos el verbo ver. Como un hilo conductor para las lecturas de hoy. El verbo ver. Vamos a empezar encontrando ese verbo en las lecturas. La primera lectura fue del Apocalipsis y contiene dos mensajes a dos comunidades cristianas de aquella época. Las llaman iglesias. La iglesia de Sardis y la iglesia de Laodicea. Dos comunidades cristianas de aquel tiempo. Observemos lo que dice a la iglesia de Sardis. Tienes nombre como de quien vive, pero estás muerto. Ponte en vela. Reanima lo que te queda. Si no estás en vela, vendré como ladrón y no sabrás a qué hora vendré sobre ti. En Sardis tienes unos cuantos que no han manchado su ropa. Esos irán conmigo vestidos de blanco. Fíjate, le dice el Señor a esta comunidad: ¿No te has dado cuenta de que te moriste? Eso sí es estar uno muy distraído, no. ¿No te diste cuenta cuando te moriste? Y le invita. Ponte en vela. Abre tus ojos. Mira lo que has perdido. Mira lo que todavía tienes. Es decir que el verbo ver aparece en la Iglesia de Sardis, en la comunidad de Sardis, en forma de darse cuenta. Date cuenta, Date cuenta. ¿No te diste cuenta cuando te moriste? Date cuenta. ¿No te has dado cuenta de lo que has perdido? Date cuenta. ¡Despierta! ¿No te has dado cuenta de que en tu comunidad hay algunos que son fieles? Y de nuevo, date cuenta.

O sea que ahí aparece el ver en forma de darse cuenta. En la iglesia de Laodicea o la comunidad de Laodicea hay un mensaje. Dice aquí. Tú dices Soy rico, tengo reservas y nada me falta, aunque no lo sepas. Eres desventurado y miserable, pobre, ciego y desnudo. Te aconsejo que me compres oro refinado en el fuego. Así serás rico. Un vestido blanco para ponértelo y colirio para untártelo en los ojos y ver. Es decir, que la gente de esa comunidad de Laodicea se escribe en una sola palabra. La gente de esa comunidad vivía engañada. Piensas que eres rico, piensas que tienes reservas, piensas que nada te falta y estás gravemente equivocado. Entonces Dios le dice a esta comunidad: Cómprame un colirio para contártelo y que puedas llegar a ver. Tú vives engañado.

Fíjate a la comunidad de Sardis le decía: Tú no te has dado cuenta. Eso equivale a tú vives en la ignorancia. A la comunidad de Laodicea le dice: Tú vives engañado. Esas son dos formas de ceguera espiritual. Vivir en la ignorancia o vivir en el engaño son dos formas de ceguera. Y por eso a la Iglesia de Sardis le dice: Date cuenta. Y a la iglesia de Laodicea le dice: Comprame un colirio. Para que podamos sanar tus ojos. Quedémonos con esas dos expresiones, dos formas de ceguera; la ignorancia y el engaño. La ignorancia, lo que uno no conoce y el engaño lo que uno cree que conoce, pero en realidad está equivocado. Son dos formas de ceguera.

El hombre que aparece en el Evangelio es Zaqueo. Zaqueo aparece en el Evangelio y también tiene un problema por su baja estatura y por la gran multitud, no logra ver a Jesús. Pero a Zaqueo se le ocurre una solución. Si soy bajito, por lo menos me puedo subir a un árbol y desde esa altura voy a poder ver. Se sube a esa higuera y allá subido logra ver a Jesús. Pero sobre todo, lo más bello. Haya subido, logra que Jesús lo vea. Y la mirada de Jesús se encuentra con la mirada de Zaqueo. Por supuesto, Jesús ve algo especial en ese esfuerzo que ha hecho Zaqueo. Uno no ve con tanta frecuencia que la gente se esté trepando a los árboles. Al ver a Zaqueo que hace ese esfuerzo, Jesús ve ese esfuerzo. Zaqueo ve a Jesús y se establece una comunicación, un puente. Por ese puente pasa Cristo y le dice: Voy a quedarme en tu casa. Entonces, qué tenemos en las lecturas de hoy tenemos dos ejemplos de ceguera, la ignorancia y el engaño, y tenemos un remedio para la ceguera. La mejor manera de curar mi ceguera es hacerme visible para Cristo. Si Cristo me ve. Un día yo podré ver a Cristo. Hacerme visible para Cristo. Bueno, ahí tenemos la idea general. Idea general de estas lecturas. Ceguera. Sanación de la ceguera.

Profundicemos un poquito sobre esas palabras. Cuáles son nuestras ignorancias, cuáles son nuestros engaños y cuáles son esas higueras a las que podemos subirnos para ver a Cristo y sobre todo, para que Él nos vea. Ignorancia llamamos lo que uno no conoce. Y la verdad es que hay muchas cosas que uno no conoce de sí mismo. Porque el ser humano tiende a algo que se llama la zona de confort. Nosotros, los seres humanos, tendemos a estar cómodos y la zona de confort nos mantiene engañados, pero sobre todo nos mantiene ignorantes. Le voy a dar dos o tres ejemplos de zona de confort. Porque puede ser el caso suyo. Y si usted está en la zona de confort, usted está en la ignorancia. Primer ejemplo de zona de confort. Cuando yo solo hablo con las personas que piensan como yo, cuando yo me quedo solo hablando con los que piensan como yo, por supuesto que me aprueban lo que yo digo y me confirman lo que yo ya pienso. Pero esas personas no me hacen ver la otra cara de las cosas. Por ejemplo, si yo tengo antipatía frente al superior. Y si yo solo hablo con los que también le tienen antipatía al superior, es evidente que yo no le voy a ver las cosas buenas porque yo no se las veo y la gente con la que hablo tampoco se las ve. Entonces voy a permanecer en la ignorancia. Yo me siento muy cómodo estando con la gente que ya piensa como yo, pero el precio que se paga de quedarse uno solo con la gente que piensa como uno es el precio de la ignorancia. Ese es un ejemplo de una zona de confort y de una ignorancia.

Segundo ejemplo para esto de la ignorancia. La mayor parte de nosotros, en muchas circunstancias, sentimos pereza. Después de un tiempo, tal vez uno se descuida en sus lecturas espirituales. Nosotros, los religiosos, los sacerdotes, dejamos de leer, de estudiar, de acercarnos a lo que es nuestra vida consagrada. Al fin y al cabo, yo ya hice mis votos. Yo ya soy de votos perpetuos, soy de votos solemnes. Ya yo aprendí, yo ya sé cómo es. Yo ya no tengo que estudiar y me siento cómodo con la manera como yo entiendo los votos y me siento cómodo con la manera como yo entiendo mi vida consagrada. Pero las exigencias del amor seguramente son mayores, pero a mí no me interesa eso porque yo estoy cómodo así como estoy. Seguramente si me pusiera a leer, si me pusiera a estudiar sobre ese tema, voy a encontrar que mi vida es mediocre. Seguramente voy a encontrar aguijones que me despiertan. Seguramente voy a encontrar como una especie de cachetada que me dice: No estás tan bien como tú crees. Entonces la zona de confort es la pereza y la mediocridad en la que uno se queda. Y yo ya sé, y yo ya vivo mi vida. Y a mí que no me vengan a decir porque yo ya sé. Esa es una zona de confort. Pero el precio que se paga por estar en esa zona de confort es la mediocridad.

Uno se queda en mediocridad, uno se vuelve un gran mediocre Por eso. Por eso, porque tiene pereza, una mezcla de pereza y de cierto miedo. Uno no quiere entrar en eso. En la vida religiosa, hay un ingrediente que es muy interesante que es el ingrediente del voto de obediencia. El voto de obediencia muchas veces me lleva a situaciones que yo no hubiera escogido. Trabajos que yo no hubiera tomado. Colaborar con personas que yo no hubiera querido. Es decir, en la obediencia hay una fuente de novedad. Me ponen a hacer un trabajo, un apostolado, un oficio en el convento, algo que a mí no me llamaba la atención. Pero tal vez en eso que a mí no me llamaba la atención, me espera un conocimiento que yo no tenía sobre mí mismo. ¿Qué quiere decir eso? Que el capricho y la rebeldía son ideales para mantenerse uno muy cómodo, pero muy ignorante de sí mismo. Cuando nos mandan algo que no nos hubiera gustado, cuando nos mandan trabajar con una persona que no la hubiéramos escogido. Cuando nos piden unos resultados que no son los que a nosotros nos motivan. Ahí entramos como en una exigencia. Pero en esa exigencia nos descubrimos a nosotros mismos y nos descubrimos cómo. Como lo que somos, como pecadores muchas veces. O en otras oportunidades, cuando nos ponen a hacer un trabajo que no hubiéramos escogido. Encontramos también talentos que ni sabíamos que teníamos. Ahí tienes tres ejemplos de zona de confort.

Cuando uno solo habla con las personas que piensan como uno. Cuando uno se queda en su pereza o cuando uno se queda en el capricho y en los tres casos. Si uno se queda en esa zona de confort. Uno está tranquilo y está cómodo, pero se está perdiendo de algo fundamental y en el fondo hay una ceguera. Por eso hay que pedirle a Dios que uno salga de esa zona de confort. Salir de la zona de confort, de la gente que piensa como yo y que me acepta y que en el fondo me aplaude y me aprueba todo, es arriesgarse a preguntar en qué tienen razón los que son diferentes, los que tienen otra formación, los que tienen otra generación, los que vienen de otro mundo. Salir de mí mismo. El Papa Francisco nos habla mucho de eso. Iglesia en salida. No te quedes centrado únicamente en ti. Hay que salir. ¿En qué puede tener razón el otro? Esa pregunta tiene que hacérsela al cristiano. Salir de la zona de confort de la pereza es sacudir nuestra mediocridad. Y es decir, yo tengo que hacer algo. Por eso la Iglesia desde hace tantos tiempos nos habla a nosotros los religiosos y nos dice formación permanente. Porque usted se duerme, porque usted se duerme, porque usted cree que ya sabe los votos. Es la misma razón por la que también la misma Iglesia nos pide que hagamos retiros espirituales, porque en esos retiros espirituales uno va a despertar y seguramente en esa predicación uno va a encontrar algo que lo tenía olvidado, que no lo quería aprender y salir de la zona de confort del capricho ¿qué es? Tomar con nuevo vigor y con nueva alegría la obediencia.

Estoy hablando sobre todo para nosotros, los religiosos. Eso nos saca de la ignorancia. Así se cura la ceguera propia de la ignorancia. Y hay que salir de esa ceguera. Bueno, ¿y cómo salir del engaño? Lo que más me parece que ayuda es el vivir los medios que nos ofrece la Iglesia, especialmente a nosotros los religiosos, la buena confesión, la buena dirección espiritual y aquellas amistades que nos digan las verdades. Es tan importante eso, porque en nuestra época se suele entender la amistad como complicidad. O sea, lo que dije antes, zona de confort. ¿Quiénes son mis amigos? Los que me tratan como a mí me gusta que me traten. No, amigo, es el que saca lo mejor de mí, el que me pone en la ruta para lo mejor de mí. Ese es el verdadero amigo. Ese es el verdadero hermano. Entonces, si uno aprovecha los recursos que tiene la Iglesia el diálogo con los superiores. Buena dirección espiritual. Confesores. Buen examen de conciencia. Seguramente uno puede salir de unos cuantos engaños que tiene y puede curarse de esa ceguera.

Bueno, hemos hablado de la ceguera, de la ignorancia y de la ceguera del engaño. Digamos para terminar, una palabra en relación a este evangelio tan bello que hemos oído. Zaqueo no se resignó a su ceguera. La ceguera de él habló metafóricamente ceguera en el sentido de que no podía ver a Jesús. La razón en el caso de él era por su baja estatura, ya lo hemos dicho, pero él no se resignó. Y ahí tenemos algo que aprender nosotros. Era Cristo el único que podía cambiarle del todo la vida a Él. Era solo Cristo. Cristo y solo Cristo. Pero observa una cosa. Zaqueo puso algo de su parte. Como su problema era de estatura, él puso algo que fue subirse a un árbol. ¿Cuál es el problema tuyo? Si el problema tuyo es como el de Zaqueo, la solución tuya será como la de Zaqueo. Entonces hay que buscar a qué árbol se sube uno. Pero tal vez el problema que yo tengo es distinto. Entonces, un buen diagnóstico de qué es lo que me impide ver a Jesús ya me pone en la ruta. Yo tengo que hacer algo. Esa es la frase que yo quiero destacar en esta parte final. Yo tengo que hacer algo.

Yo no puedo quedarme simplemente con que mi vida fue un fracaso. Yo no me puedo quedar simplemente con que no, las cosas son así. Yo no me puedo quedar simplemente con que no en esta comunidad hasta aquí llegamos. Yo tengo que dar un paso. Yo tengo que hacer algo. Y eso que tengo que hacer va en la línea de la limitación que yo tengo. O sea, no puede quedarse uno simplemente lamentando las cosas. Eso es lo que la Iglesia llama propósito de enmienda o lo que en los retiros espirituales se llama una resolución. Uno tiene que tomar una resolución. ¿Qué es lo que voy a hacer? Por favor. En estos últimos segundos de la homilía, mientras todavía estoy hablando, usted piense ¿Qué voy a hacer? O sea, ¿Cuáles son mis cegueras, cuáles son mis comodidades, cuál es mi zona de confort? ¿Yo qué voy a hacer? Tal vez yo he sido una persona caprichosa toda la vida. Muchos de nosotros hemos caído en eso. Somos gente de muchos caprichos.

Entonces yo tengo que hacer algo en la línea del problema que yo tengo. Yo he sido un caprichoso. ¿Qué tengo que hacer? ¿Qué significa subirse al árbol? Significa hacer algo para vencer lo que me ha detenido. A Zaqueo le detenía el problema de la estatura. Él hizo algo. Se subió a un árbol. En mi caso. ¿Qué me detiene? Tengo que hacer algo para vencer eso. ¿Qué me detiene a mí? Que he sido perezoso. ¿Qué me detiene a mí? Que siempre, siempre hablo con las mismas personas y repito las mismas murmuraciones. ¿Qué me detiene a mí? Tengo que examinar qué me detiene a mí? Tengo que dar un paso y tengo que mostrarle a Jesús mi deseo. Yo tengo que mostrarle a Jesús mi deseo. Yo quiero verte. Yo quiero verte. Yo no quiero. Yo no quiero que se me vaya la vida así. Yo quiero verte. Yo quiero encontrarme contigo. Yo quiero estar contigo. Yo quiero verte. Y cuando uno se pone en esa ruta, Jesús le sale al encuentro. Y entonces Jesús le dice: Es que yo también quería verte. Y no solo quiero verte, quiero quedarme en tu casa, quiero quedarme contigo. Y eso, eso nos da vida, eso nos da verdadera vida. Pidamos al Señor. Pero recuerda, hay que dar un paso. No dejes que termine esta Eucaristía sin pensar cuál es el paso que me corresponde a mí.

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