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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Dos son las prisiones del corazón humano y a las dos vence Cristo: la prisión del bien engañoso de nuestros pecados, y la prisión de la exclusión por parte de quienes sufren los males reales de nuestros pecados.
Homilía o332005a, predicada en 20161115, con 12 min. y 31 seg. 
Transcripción:
Nosotros empezamos el retiro espiritual comentando sobre lo que significa encontrarse con Jesús. Y la providencia de Dios, nos permite terminar este retiro con el pasaje de Zaqueo, que nos muestra precisamente cómo cambia la vida de una persona que se encuentra con Jesús. Observemos que Zaqueo estaba doblemente prisionero. La primera prisión era su codicia y la segunda prisión era el rechazo de la gente. Podemos decir que su primera prisión era su pecado personal, y luego la segunda prisión es el pecado de dureza y de rechazo de los demás hacia él, el pecado de los demás. Y creo que ahí hay una enseñanza interesante cómo somos prisioneros de dos pecados. Por una parte, lo que uno hace mal. Pero por otro lado, la manera como la gente lo excluya a uno por los errores o por las cosas malas que uno ha hecho. Y esas son las dos presiones, las dos prisiones, perdón, la prisión de mis errores y luego la prisión de la descalificación de los demás, porque se sabe que uno se equivoca. Realmente todos hemos cometido errores y realmente cuando uno se equivoca pues los demás se dan cuenta. Recordemos cuál era la situación de los publicanos en el tiempo de Jesús. Los publicanos eran los que cobraban impuestos para el imperio romano. El imperio romano le asignaba una cuota al publicano, lo que tenía que recoger de acuerdo con el lugar donde iba a prestar esa labor y de ahí en adelante el dinero que pudiera conseguir, esa era su ganancia. Entonces, de esa manera tan astuta, el Imperio Romano lograba colaboradores fieles. Porque el publicano estaba trabajando con su propia codicia por la grandeza de los romanos. Entonces los romanos así recogían dinero, apoyándose en la codicia de éstos. Y por eso Zaqueo, pues, era un hombre, era un hombre rico, dice aquí era jefe de publicanos, o sea, un hombre que había seguramente prosperado muchísimo, pero a costa de eso, de trabajar para los romanos. Ese es su pecado personal. Y ese pecado personal encadena. Porque cuando uno experimenta los beneficios del pecado, más se apega al pecado. El placer que encuentra el alcohólico en su licor lo apega al licor. El placer que encuentra el lujurioso en su actividad sexual, pues lo aferra a su pecado sexual. Y así con el drogadicto, incluso con el resentimiento, incluso con la tristeza. Hay que decir que la tristeza también crea adicción, porque cuando uno está triste, un mecanismo muy propio del corazón humano es algo así como el auto mimo. Uno empieza a sentir. Nadie ha sufrido como yo, quien ha sufrido como yo, nadie, nadie ha sufrido como yo. Entonces uno entra en un proceso de auto mimo y ese auto mimo, esa especie de caricia que uno mismo se da, crea también adicción, porque entonces yo soy el pobrecito. Nadie, nadie me ha valorado nunca, nadie me ha entendido, nunca nadie me ha comprendido, nunca nadie, nunca nada, nada, nunca nadie. Y entonces uno se acostumbra al auto mimo. Es una especie de caricia psicológica que uno mismo se da. En la tristeza, también causa adicción. La ira causa adicción. ¿Por qué? Porque alguna vez alguien trató de imponerse sobre mí y yo lo puse en su sitio. Yo sí le salí con todo y lo puse en su sitio. Entonces me funcionó la ira. Y eso quiere decir que todo lo que a uno le funciona se le va volviendo a uno costumbre. Entonces uno después de eso ya empieza a actuar de esa manera, porque así es el ser humano, así somos. O sea, los comportamientos fácilmente tienden a volverse hábitos. Los hábitos malos se vuelven vicios. Los hábitos buenos son las virtudes. Entonces este hombre, Zaqueo, es un hombre al que le ha funcionado, le ha funcionado, su codicia ha prosperado económicamente y tanta confianza ha ganado él con los romanos que fíjate que ya lo tienen como jefe de publicanos, o sea, ya él estaba para instruir a otros, era prisionero entonces de su adicción. Es útil, aunque sea ya al final del retiro. Es útil preguntarnos nosotros de qué podemos estar prisioneros, prisioneros de rabias, de envidias, de tristezas, de placeres ilícitos, en fin, quién sabe qué cosas somos prisioneros. Pero luego está la otra prisión. ¿Qué pasaba con los publicanos? Obviamente la gente se da cuenta de lo que hace el publicano y lo detesta. Y cuando uno se siente rechazado, pues uno se endurece, uno se endurece. Así como la piel, no. Si uno tiene un roce permanente, pues eso produce fácilmente un callo, entonces así también uno psicológicamente. Me trataron mal, me duele, pero como no quiero que me siga doliendo, voy formando callo. Entonces, cuando me vuelven a tratar mal ya no me duele tanto porque ya tengo más resistencia y al final uno tiene unas corazas, uno tiene unos callos bien gruesos y ya eso es una coraza, ya uno todo le resbala y uno no se da cuenta de que ese callo que uno ha ido creando y criando, ese callo, en el fondo es la prisión en la que lo han encerrado los otros, porque los otros lo han rechazado a uno. Por eso digo que Zaqueo tenía dos prisiones la prisión de su pecado y la prisión del rechazo social. Y esas dos prisiones, seguramente todos las hemos conocido en mayor o menor grado. A uno lo rechazan y entonces uno se endurece. Y por otra parte, el pecado tiene sus ventajas y entonces uno se encierra más. Entonces Zaqueo estaba sometido a una doble muralla, era una doble muralla la que tenía este hombre, estaba realmente aprisionado, verdaderamente aprisionado, pero llega Cristo, llega Cristo y Cristo vence la doble muralla. Cristo vence la doble prisión. Cristo vence la doble prisión, porque Cristo vence el prejuicio. A veces tenemos a las personas clasificadas. ¿Quiénes son los buenos? ¿Quiénes son los malos? ¿Quiénes son los piadosos? ¿Quienes son los incrédulos? Cristo, muchas veces, como lo hemos dicho ya varias veces en este retiro, desafía esas clasificaciones. Se supone que los paganos, pues, tienen que irse al último infierno, pero acuérdate el ejemplo que ya hemos dicho Cristo toma como ejemplo de fe a un romano. O sea, Cristo rompe prejuicios y eso es muy hermoso. Cristo rompe prejuicios. Entonces Cristo rompe aquel prejuicio y va a hospedarse a casa de un publicano. Se supone que el publicano está sirviendo a Satanás. Se supone que el publicano es el que está al servicio de los invasores. Se supone que el publicano es el gran traidor y el enemigo del pueblo. Y Jesús va a hospedarse allá, una casa que tenía que ser muy rica porque este señor era rico. Entonces Jesús va a la casa del rico a quedarse ahí. Impresionante, Jesús vence el prejuicio y por eso es importante, por una parte, darnos cuenta que Jesús rompe esa barrera. Pero por eso también es importante que nosotros rompamos esos prejuicios. Yo le pido a Jesús que nosotros de este retiro salgamos rompiendo esa clase de barreras. Se supone que yo no saludo sino a los que son de mi estilo, de mi grupo, de mi gusto. Qué hermoso romper ese prejuicio y darse uno cuenta que puede encontrar también algo bueno, algo, algo bueno, en los que son distintos, en los que son incluso opuestos, que era lo que decíamos en el tema ese de la carne, no. Es exactamente eso. Los del Salón Jurásico de pronto dicen oye, pero es que puede haber algo bueno en los otros. Eso es romper el prejuicio, eso es dejar que Cristo camine como Señor en nuestras vidas. Si yo no le doy oportunidad a Cristo de que rompa el prejuicio, entonces yo me aprisiono en mi cárcel y yo encierro al otro en su cárcel. Entonces, dar la oportunidad de romper la muralla es darle la oportunidad a Cristo de que siga haciendo las maravillas como las que cuenta este evangelio. Hay que saber romper el prejuicio. Se supone que yo no debería ser agradable, ni simpático, ni amable, ni escuchar a ese otro que es del otro grupo. Pero, pero yo rompo el prejuicio en nombre de Jesús, rompo el prejuicio y soy capaz de encontrar lo bueno donde se supone que no estaba. Eso es vencer esa prisión. Pero luego hay que vencer también la otra prisión. ¿Cuáles son mis adicciones? ¿Cuáles son mis malas costumbres? ¿Cuáles son mis justificaciones? Porque uno siempre tiene justificaciones. En ese sentido. Nos ayuda la primera lectura de hoy, donde dice: tienes nombre como de quien vive pero estás muerto. O lo que le dice a la Iglesia de la Odisea dice aquí: tú dices soy rico, tengo reservas, nada me falta, aunque no lo sepas, eres desventurado y miserable, ciego y desnudo. Entonces uno tiene que volver a la oración y decirle: ¿Señor, de qué es de lo que no me estoy dando cuenta? ¿Cuáles son mis justificaciones? ¿Cuáles son mis ídolos? ¿Cuáles son las trampas que han entrado en mi vida? Y de esa manera le estamos dando permiso a Cristo para que siga rompiendo barreras y para que siga abriendo prisiones. Resumen. En el examen de mí mismo le pediré cada vez con más intensidad al Señor de qué es de lo que no me estoy dando cuenta. Porque tal vez yo soy de los que dice soy rico, tengo reservas y nada me falta. Y el Señor me responde: Aunque no lo sepas eres desventurado y miserable, pobre, ciego y desnudo. Entonces muéstrame cuál es mi pobreza, mi ceguera y mi desnudez, Señor. Ese autoexamen, ese examen humilde, ese examen en tónica de conversión que tiene que volverse norma en nuestra vida. Le da permiso a Cristo para que rompa las prisiones de mis pecados. Y luego viene lo otro también tengo que vencer las prisiones de los prejuicios que nos separan. Primero en mi mente, haciéndome la pregunta que decíamos en la charla respectiva: ¿En qué pueden tener razón los otros? Eso es muy importante. Ahí Jesús va abriendo camino. Y luego hay que dar el paso, hay que dar el paso para desarmar ese prejuicio. Uno se puede imaginar la extrañeza de Zaqueo. Y uno se se puede imaginar la extrañeza de la gente. Pero Jesús sabía lo que estaba haciendo y la victoria era para el amor de Dios, como tiene que ser. Entonces, que el Señor Jesucristo siga abriendo calabozos, siga rompiendo cadenas y siga abriendo paso a la gracia victoriosa que solo viene de lo alto. Amén.

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