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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
En Cristo se ve que el poder del bien puede hacer retroceder al mal.
Homilía o332002a, predicada en 20121120, con 4 min. y 24 seg. 
Transcripción:
Yo creo que una pregunta que es bien razonable hacerse es sobre el poder del bien y el poder del mal. Quizás no es una pregunta que uno se haga en voz alta. Quizás esa clase de inquietudes las dejamos a los filósofos, o a los teólogos, o a gente que llamamos, entre comillas, desocupada. Pero la verdad es que esa inquietud existe y existe en muchos corazones. Pensemos en un niño que va creciendo y que necesita puntos de referencia. Necesita modelos al fin y al cabo el ser humano necesita ser enseñado. Y siempre, ya sea para imitar, para contradecir, para cuestionar o para seguir, necesitamos de otras personas que vayan delante en ese camino que llamamos la vida. Todo esto viene a cuento del poder que uno ve que el mal tiene. Por ejemplo, cuando se encuentra corrupción en la política, cuando se encuentran tantos dineros mal habidos, mal administrados, cuando vemos que muchas personas y muchas instituciones nos decepcionan y a veces la Iglesia no es distinta, entonces puede quedar la sensación de que finalmente el mal es el que gana la partida, el mal es el más poderoso. ¿En la Biblia cómo aparece esto? Pues aparece con una idea muy sencilla no juntar lo malo con lo bueno, porque lo malo contamina lo bueno. Eso corresponde a una cantidad de experiencias que uno tiene. Por ejemplo, se dice que una fruta dañada daña las demás frutas. Si tenemos agua que está podrida y la echamos en agua, que está limpia. Pues el agua limpia se echó a perder. Y esa misma filosofía tiene la ley de Moisés, con respecto a las personas. Hay que alejarse del leproso, hay que alejarse del pecador, hay que dejar que el pecador, por decirlo así, se pudra él solo. Y por eso es muy entendible lo que sucede en el texto del Evangelio de hoy, capítulo diecinueve de San Lucas. Esa es la extrañeza que la gente tiene cuando Jesús, el profeta, entra a hospedarse en la casa de un pecador. Ahí da la impresión de que en la confrontación entre el poder del bien y el poder del mal, pues va a ganar el mal, y por eso la extrañeza y por eso esa sensación de que tiene, que tiene que obrar de otra manera, el profeta de Nazaret. Pero las cosas cambian incluso desde el Antiguo Testamento, cuando se menciona que a veces el bien es tan fuerte que puede hacer retroceder al mal. Hay un texto famoso en el libro del profeta Ezequiel que cuenta de un agua, agua limpia que sale del templo, pero agua que no solo es limpia, sino que es capaz de limpiar al agua dañada el agua salobre. Pues lo mismo sucede en Cristo. Cristo no solo es bueno, sino que hace bueno, lo que está cerca a Él mejora lo que está cerca de él. No solo es sano, sino que sana. No solo es santo, sino que convierte y santifica. Es decir, y en resumen, en Cristo brilla de tal manera el poder del bien, pero de tal manera que uno termina por entender que Él y solamente Él es el Señor. Y ese es el centro de la fe del Nuevo Testamento.

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